Cultura

Dibujar sin humillar

El caricaturista francés Plantu, impulsor de Cartooning for peace, revela su filosofía de trabajo: fastidiar, ser impertinente y denunciar, pero respetando a las creencias y culturas.

Jean Plantureux, "Plantu"
Jean Plantureux, "Plantu"
La guerra en los Balcanes, por Plantu
La guerra en los Balcanes, por Plantu
Lo que siguió al 11-S, por Plantu
Lo que siguió al 11-S, por Plantu
La matanza de Charlie Hebdo, por Plantu
La matanza de Charlie Hebdo, por Plantu
Uruguay, la legalización de la marihuana y el contrato de Edinson Cavani, por Plantu
Uruguay, la legalización de la marihuana y el contrato de Edinson Cavani, por Plantu

Jean Plantureux (64), el caricaturista francés conocido como Plantu, toma un marcador rojo y empieza a dibujar. Es un Charles de Gaulle cabezón, narigón, de gorro militar y brazos en alto. En la parte superior le agrega una frase: "¡La mano en la mano!". Es el fragmento más recordado del célebre discurso que este estadista, héroe de la Segunda Guerra Mundial, dio en México en 1964. Lo dedica y lo ofrece sonriente. Esos trazos lo vuelven mucho a sus orígenes.

"Yo lo dibujé mucho en la infancia. Siempre lo hacía así". Quizá ahí, reconoce, haciendo sucesivos De Gaulles, nació este hoy prestigioso dibujante de prensa, cuyas ilustraciones están desde 1972 en el diario francés Le Monde y que también actualmente aparecen en el semanario L'Express, creador de la asociación Cartooning for peace (Dibujos por la paz), una iniciativa que reúne a 130 caricaturistas de 40 países —entre ellos, el uruguayo Hermenegildo Sábat— en pos de un norte tan deseado como la tolerancia y la aceptación de la diversidad cultural. Una muestra de lo que hace este colectivo está en exposición desde el pasado martes hasta el 23 de mayo, incluyendo dibujos de la uruguaya Raquel Orzuj, en las salas 14 y 15 del Cabildo de Montevideo.

Su primer dibujo en prensa, una paloma de la paz que llevaba en el pico un símbolo de interrogación en vez de una rama de olivo, fue publicado en Le Monde el 1° de octubre de 1972. Refería a los encuentros de paz que se desarrollaban, con más obstáculos que logros, entre vietnamitas y estadounidenses. La ilustración, de cuatro centímetros, apenas ocupaba una columna. "No sabía en ese momento que iba a ser el comienzo de una carrera". Mucho menos imaginaría que iba a ser una suerte de promotor de una corriente de la ilustración satírica proclive más a alumbrar que a enceguecer, a fastidiar y denunciar pero no a herir sensibilidades, a tender puentes más que a dinamitarlos. Algo opuesto, si se quiere, a lo que hacía la revista Charlie Hebdo y que le valió un atentado por parte de integristas islámicos, el 7 de enero de este año, causando la muerte de 12 personas.

Límites.

"Una buena caricatura debe funcionar en dos segundos. Que en ese tiempo la gente entienda mi opinión, lo que quiero decir". Esta es la clave, según Plantu. Este hombre delgado, alto, canoso y de ojos azules pasa del marcador a la tablet, revisa papeles en su mochila y muestra ilustraciones sin cesar, suyas o de colegas, para reforzar sus conceptos. Deseoso de generar emociones, convencido de que en clave de humor un dibujo puede decir más cosas y con mucha más fuerza que el mejor texto, no ahorra causticidad en sus trazos.

"¡Termina con los deberes y ven a casarte!", le dice a una niña un miliciano del Boko Haram. "¿Qué querés hacer cuando seas grande?", "¡Irme!", es el diálogo entre un maestro yihadista y una pequeña en una escuela femenina islámica. "Los caminos del Señor son impenetrables", le dice un obispo católico a un niño, firmemente tomado de su mano. "Solo esos...", le responde el varón.

"La gente estará de acuerdo o no (con mi opinión), pero en tres segundos sabe de lo que va el tema. Por eso los yihadistas se asustan: no logran entender ese mensaje que va a tanta velocidad y parece que se les incrusta en la cabeza", afirma. Ese mensaje, además, cruza fácilmente las barreras idiomáticas. Sus límites pasan, dice, por la vida privada de las personalidades a las que satiriza. No son los únicos. "De ser posible, trato de no humillar las diferentes creencias".

—¿Episodios como el de Charlie Hebdo cambian algo? ¿Pueden generar algún tipo de autocensura?

—A diferencia de muchas posturas demagógicas, siempre entendí que la autocensura forma parte siempre de la vida del periodista y el dibujante.

Más vivos.

Internet cambió todo. "Hoy por hoy, lo que se dibuje en Saint Germain-des-Pres, en París o acá no se queda ahí. Y pueden ser entendidos, o no entendidos, por personas que viven muy lejos. Eso hay que tenerlo en cuenta. Y hay que ser más vivos que los fundamentalistas", subraya.

La publicación por el diario danés Jylland Posten de doce caricaturas de Mahoma —algo que está prohibido por el Islam—, a fines de 2005, que culminó con indignación, amenazas, revueltas, incidentes diplomáticos y embajadas atacadas en los países árabes, fue "el comienzo de una batalla que la Europa dormida o adormecida no entendió. Por eso hay que ser más astutos que los intolerantes".

—¿Piensa que las caricaturas de Charlie Hebdo "explican" lo que pasó? ¿O no hay explicación alguna?

— (Piensa largo) Yo creo que los dibujantes tienen que tener toda la libertad posible. Yo no me permitiría decir si pueden o no hacer tal o cual retrato. Respeto el trabajo de otros dibujantes. Pero en Cartooning for peace la propuesta es otra: seguir, molestar, fastidiar, ser impertinentes y hacer política sobre todo lo relacionado a los derechos humanos en el planeta.

Como ejemplo, Plantu muestra la foto sonriente de dos colegas suyos, un israelí y un palestino. "Aunque no estén de acuerdo, aunque uno satirice al Hamas y el otro al ejército de Israel, hablan entre ellos y no hay problema. El próximo Medio Oriente pacificado será construido por estos dos dibujantes". La fuerza de Cartooning —nacido bajo el amparo de la ONU en 2006—, sostiene, es dar a conocer y defender a profesionales de distintas naciones y creencias bajo el mismo fin: seguir dibujando, venciendo a los intolerantes con la pluma y la inteligencia. Y, de ser posible, sin ofender.

"Yo fui boy scout marino y aprendí mucho sobre la humillación", suelta el caricaturista con una sonrisa. También aprendió que arriba de un barco no se puede decir la palabra lapin (conejo). "¿Por qué? Porque es un roedor, porque roe la madera. No es más que una superstición marinera, ¡pero está enrabado con el tema de la humillación, con la gente que no entendió lo de los retratos de Mahoma! Yo cuando estoy en un barco no le voy a decir conejo al capitán ni le voy a ofrecer un conejo a la mostaza. Pero mi trabajo como dibujante de prensa es denunciar si en el sótano del barco hay un indonesio mal pagado trabajando en negro. Eso sí lo voy a mostrar, ¡sin usar la palabra conejo!", culmina Plantu su analogía.

CUATRO MUESTRAS DE SU TALENTO

Balcanes en guerra.

Todo el siglo XX en los Balcanes se escribio con sangre. Plantu lo reflejó en esta caricatura de noviembre de 1991, cuando la exYugoslavia comenzaba a desmembrarse y el horror hacía carne en Sarajevo. Un pequeño bebé ya pensaba en vengar a su padre en 2023. Tristemente, no es descabellado.

Después del 11-S.

El mundo se solidarizó con Estados Unidos con el 11-S. Pero ni bien comenzaron a pasar los días, ya era evidente que la represalia de la mayor potencia militar del mundo iba a ser de proporciones gigantescas. Así se ilustró en Le Monde cinco días después, el 16 de setiembre de 2001.

Dolor por los colegas.

Una caricatura puede hacer reír, provocar indignación o sorpresa. Pero siempre tiene que generar una sensación. A veces, es una declaración orgullosa de principios. Esta fue una de las tantas respuestas de este dibujante al atentado de Charlie Hebdo. Siempre el lápiz estará en la mano.

Cavani y la marihuana.

¡Uruguay presente en la pluma de Plantu! En 2013 aquí se legalizaba la marihuana y en Francia Edinson Cavani se transformaba en la transferencia más cara de un jugador de fútbol en aquel país. Y como dice el camarógrafo: para pagar 64 millones de euros por un futbolista hay que haber fumado mucho.

POR DESCARTE Y PARA SEDUCIR.

"Se debe ser más vivo que los intolerantes que hay en la vuelta".

Además de dibujar a De Gaulle, hay otros recuerdos de la infancia muy queridos para Jean Plantureux. Nacido el 23 de marzo de 1951 en París, desde chico iba muy seguido a Alemania, donde sus padres tenían amigos. Adversarios históricos, ese no era un destino muy apetecido en su país, sobre todo luego de la Segunda Guerra Mundial. "Yo tenía familiares que me decían: ‘¿otra vez vas a ir a ver a los boches?’", término despectivo con que los franceses se referían a sus vecinos. Él, en cambio, estaba fascinado con un país que se reconstruía. "Todos los alemanes con que trataba me decían que durante la guerra habían trabajado de cocineros o en las cocinas, ¡nunca me encontré uno que hubiera hecho la guerra!", se ríe.

Los De Gaulle que hacía de niño no fueron lo único que influyó en el surgimiento del caricaturista. La ya desaparecida revista satírica Hara-kiri, antecesora de Charlie Hebdo, fue otro factor. Ahí despertó su vocación, pero el fracaso escolar en varias asignaturas fue otro detonante de peso. "Me hice dibujante por la fuerza de los acontecimientos. No era bueno en latín, matemáticas ni francés. Al final, me sugirieron que hiciera ciencias. Hice un bachillerato científico y le dije a mis padres que quería estudiar dibujo. No, será mejor que hagas la Facultad de Medicina. En todo caso, podrás dibujar después. Como finalmente perdí un año y no tenía nada que hacer, me dediqué a dibujar".

Hubo un último elemento crucial que impulsó su formación en el Instituto de Arte Saint Luc, en Bélgica: "Pronto me di cuenta que haciendo dibujos se podía conseguir chicas más fácilmente (se ríe), así que lo seguí haciendo. ¡Así seduje a la madre de mis hijos!". Plantú, padre de cuatro hijos de entre 21 y 40 años, y abuelo de cuatro nietos, está hoy separado. "Pero no puedo imaginar mi carrera sin pensar en el apoyo que ella me dio".

Hoy está al frente de Cartooning for peace. Tanto traza una caricatura que ridiculiza a un político de su país —como al exprimer ministro Edouard Balladur— como dibujo a un niño palestino y uno judío hamacándose juntos en un columpio sostenido por estrellas. "Hace diez años que estamos haciendo pedagogía en escuelas, en universidades. Recién estamos comenzando una batalla no contra los yihadistas sino contra la ignorancia. Es un trabajo enorme hablar sobre nuestro papel. ¿Cuál? Ser más vivos que los intolerantes que andan en la vuelta".

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