HINCHAS

Devotos del Carnaval

En cuatro días quedará inaugurada la fiesta de Momo, una celebración que también requiere meses de apronte de los más fieles seguidores.

Los viajes juntaron al hincha Fernando Marengo con sus artistas favoritos. Foto: Agustín Martínez.
Los viajes juntaron al hincha Fernando Marengo con sus artistas favoritos. Foto: Agustín Martínez.
La política sigue movilizando en algunas murgas.
La política sigue movilizando en algunas murgas.
Las Gitanas son de las hinchadas más bullangueras del Carnaval. Foto: Agustín Martínez.
Las Gitanas son de las hinchadas más bullangueras del Carnaval. Foto: Agustín Martínez.
El barrio sigue uniendo a C1080. Foto: Marcelo Bonjour.
El barrio sigue uniendo a C1080. Foto: Marcelo Bonjour.

TOMER URWICZ

El templo es, esta vez, el Club Montevideo. No hay un altar ni imágenes de santos en las paredes. Tampoco se escucha a un coro entonar salmos. En su lugar, desde los parlantes sale la melodía de La Oportunidad, de Chikano, con letra modificada por los Zíngaros. Ariel "Pinocho" Sosa, el director del conjunto, bromea diciendo que es un pastor y micrófono en mano dirige a la tribuna que viste toda de rojo. Pide que aplaudan y ellas —es que en su mayoría son mujeres— aplauden. Exige gritos y obtiene gritos. Es enero, a pocos días del comienzo del Concurso Oficial del Carnaval y los hinchas hace rato que encendieron los motores.

Detrás de una bandera, también roja, está Marisa Capobianco. Su rostro es mezcla de euforia y cansancio, porque en estas fechas en las que el conjunto de parodistas ensaya todos los días las horas de sueño son cada vez más escasas. Vive en La Paz y trabaja como feriante. Pero ni el tiempo ni los kilómetros ponen freno al "amor" que siente por este grupo de carnaval. De hecho, hace dos semanas cumplió 34 años y, como no podía ser de otra manera, la torta llevaba el logo de Zíngaros. El árbol de Navidad lo decoró con los colores temáticos del año, en el patio de su casa tiene una pared pintada en homenaje y hasta en su brazo se tatuó —por más que dice ser "antitatuajes"— el nombre de la agrupación.

Integra, al igual que otras 60 personas, "Las Gitanas", una de las hinchadas más bullangueras del carnaval uruguayo y que, según Pinocho Sosa, "es la más noble, grande e incondicional". ¿Por qué? "Alientan en todo momento, hacen sentir su respaldo cuando uno está en el escenario y cuando faltan anunciantes son el mejor sponsor". Es que más allá de llevar banderas y globos para decorar el Teatro de Verano, los carnavaleros reconocen que sus más fieles seguidores son clave para que los espectáculos sean "más redondos". A prueba de gritos y aplausos son capaces de hacer que un show cobre otro sentido, aunque el jurado y la prensa especializada insisten en que poco influye su presencia a la hora de puntuar.

En números, estos hinchas incondicionales son una mínima parte —no hay datos concretos— dentro de los más de 800.000 espectadores que el año pasado vieron, al menos, un espectáculo de carnaval. Se caracterizan por acompañar a los conjuntos en los ensayos y presentaciones, y conocen al pie de la letra el repertorio. Son públicos cada vez menos barriales y más globalizados. Suelen organizarse por Internet para comprar cotillón o pensar ideas originales para alentar a sus grupos. Son también, en su mayoría, hinchadas "más femeninas que las del fútbol y menos que las de muchos grupos musicales", según describe el sociólogo Rafael Bayce.

Lo cierto es que estos fanáticos carnavaleros le ponen un color particular a febrero y son parte imprescindible del anecdotario en la fiesta de Momo.

Con ritmo.

En las noches de febrero se maquillan y bailan en los tablados. El resto del año, animan fiestas de 15 o hacen shows en boliches. No es algo nuevo. Desde los años 80 los grupos de parodistas están emparentados con la música tropical. Y, de algún modo, son quienes han llevado a las groupies de la cumbia al Carnaval. Ya una década antes, con el clásico entre Los Gabys y Los Klapers, la imposición de bailes eróticos —que no eran del parodismo original de mediados de siglo— y la contratación de componentes con buen estado atlético hicieron crecer la presencia femenina en las tribunas. A tal punto llegó esta alianza que algunos conjuntos organizaban cenas de recaudación de fondos en las que a las hinchas se les cobraba más por estar cerca de los "facheritos", recuerda el periodista Enrique Filgueiras.

Esta lógica del baile llevada al tablado hizo que existiera un público "más pendiente de los movimientos pélvicos que de cómo se canta o actúa", dice el también periodista especializado Marcelo Fernández. De hecho, acota, "cuanto más metrosexual es un componente, más histeria genera".

Cuando era joven e integraba la primera línea de bailarines de Los Klapers, Horacio Rubino, hoy director responsable de Momosapiens, fue testigo de este furor. Ni bien había terminado una actuación en el Teatro de Verano se le acercó una adolescente, le dio una lapicera y le pidió un autógrafo. El parodista atinó a preguntarle en qué papel le escribía la dedicatoria, pero antes de que terminara de hablar la muchacha se levantó la pollera y señalándole la nalga le mostró dónde debía estampar su rúbrica. "Luego vinieron los tatuajes y una cantidad de chicas que nos seguían a todos lados en taxi", cuenta el artista.

Luis Alberto Carballo, otro histórico dentro del parodismo, también recuerda el esfuerzo de algunos hinchas por seguir a los conjuntos. "Cuando estaba en Los Adams conocí a una señora que, junto a sus dos hijas, recolectaban plata todo el año para seguirnos en taxi de un tablado a otro… era impresionante". Es que seguir, literalmente, a los componentes es una práctica que continúa hasta la actualidad. Las Gitanas, por ejemplo, suelen contratar un ómnibus para volverse del Teatro de Verano al lado de sus ídolos. Y hay más.

Catalinismo.

Fernando Marengo (32) es un fiel espectador de Agarrate Catalina desde 2004, pero fue en 2010 cuando la relación con la murga se transformó y, como él dice, los Cardozo le "cambiaron la vida". En un ensayo escuchó que promocionaban un viaje a Cuba acompañando al conjunto. No lo dudó, era la oportunidad de conocer un país que lo entusiasmaba y compartir una aventura con artistas con cuyo estilo y "forma de entender al mundo" se identifica.

Desde entonces no paró de armar valijas para seguir de cerca a la murga. Repitió Cuba, estuvo en España, Argentina —donde vivió junto a ellos la Copa América— y por poco no alcanzó ir a Rusia. Más de una vez, admite, fue sin dormir a su trabajo porque acompañaba al grupo al interior del país. El espectáculo El fin del mundo lo llegó a ver más de 30 veces fuera de concurso. Y son tantas las horas compartidas que hoy es un amigo más de los directores.

Agarrate Catalina acumula miles de seguidores —y de detractores— en lo que la prensa especializada define como un fenómeno inédito en el Carnaval. No es solo su poder de convocatoria o su grado de globalización que hace que figuras como Emanuel Ginóbili, León Gieco y Adrián Paenza sean parte de los admiradores. Lo curioso, afirman, es que logró captar a un público que no era asiduo a la fiesta de Momo. De ahí que algunos de sus videos en YouTube superan el medio millón de reproducciones.

"Me impacta el lugar que la gente le da a esta murga en su vida", admite el director Yamandú Cardozo, quien antes de la entrevista estaba conversando telefónicamente con un simpatizante que consiguió su número para pedirle aliento porque estaba sin fuerzas de seguir adelante. Esas pequeñas acciones, dice, no dejan de sorprenderlo. Como le sucedió cuando desde un velorio lo llamaron para pedirle permiso porque un padre que enterraba a su hija quería escribir parte de una retirada de la murga en el ataúd. O bien cuando una mexicana que conoció al conjunto por Internet superó su fobia a volar en avión solo para poder ver en vivo al grupo. Esto sin contar la enorme cantidad de hinchas que forman campamentos para comprar entradas en el exterior, las cientos de mascotas que llevan el nombre de alguno de los componentes o los miles de devotos que se han tatuado el arlequín distintivo de la murga.

—¿Sos como un líder espiritual?

—No me siento con la capacidad ni las ganas de ser un predicador. Mi viejo es bachiller en Teología y me he criado muy cerca de ese mundo. Pero no quiero ser eso. Intentamos no posicionarnos en el lugar de ídolos, sino que buscamos una relación horizontal ente artistas y espectadores.

—¿Hay un límite para el grado de fanatismo que parece despertar el conjunto?

—No creo que vaya a pasar el grado de violencia que acarrea el fútbol. Reconozco que ser hincha de una murga es una linda experiencia, de hecho yo fui hincha de Falta y Resto, pero los fundamentalismos de cualquier conjunto me asustan.

El barrio.

Que las murgas de La Teja son las más politizadas, que las de la Unión son las "pesadas", que el candombe del Barrio Sur es el original o que en Palermo los tambores "se contestan". Como en el fútbol, en el Carnaval la zona en que nace cada conjunto tiene un peso central y, en muchos casos, es motivo de rivalidades. Es que, en un comienzo, "las hinchadas estaban vinculadas a un barrio", dice la historiadora Milita Alfaro. Pero eso cambió. Hoy los grupos cambian de locales de ensayo año a año y arrastran seguidores, incluso, fuera del país. "Es un consumo cultural vinculado a gustos y a códigos", explica la exjurado del concurso.

Para unos pocos conjuntos el barrio sigue siendo el principal semillero de seguidores. Ocurre con algunas murgas históricas y, en especial, con las comparsas de negros y lubolos. Ana Rodríguez (46) y Ana Bravo (63) son hinchas furibundas de C1080 porque mamaron esa cultura a pocos metros del exconventillo Medio Mundo.

Tal es así que la hinchada de este conjunto tiene un rol social en la zona. Organiza actividades para que los jóvenes salgan de "situaciones embromadas de la calle" e intenta "inculcar las raíces para que no se pierdan". Por ejemplo, hay quienes —como Ana Rodríguez— hacen dormir a sus hijos escuchando la retirada de la comparsa.

Aun cuando parte de la esencia del barrio se perdió con la demolición del conventillo en 1978, el toque del tambor sigue siendo motivo de reunión los domingos y días festivos. Para el desfile de Llamadas, los viejos hinchas ocupan siempre los asientos del sector en que Carlos Gardel cambia de nombre por Isla de Flores.

"Antes pasábamos toda la noche guardando lugar", recuerda Rodríguez. Lo mismo pasaba los días de actuación en el Teatro de Verano. Una vez, ella había llegado de Suecia —donde vivió algunos años— y se fue desde el mediodía a buscar un asiento preferencial acompañada de su hijo, que apenas tenía ocho meses. "Abrieron las puertas y todos empezamos a correr, era como llegar a la Luna y plantar la bandera". Pero con el tiempo estas vivencias cambiaron. Las entradas pasaron a ser numeradas y el juego consiste en hacer cola en Abitab.

Cada vez hay menos espacio para colgar los "trapos" del conjunto porque la publicidad limitó el lugar y las hinchadas se las ingenian para rotar las banderas según qué grupo actúa en cada turno. Se prohibió el uso de pirotecnia, por lo que los seguidores deben buscar ideas originales para alentar. "Eso lo planificamos unos meses antes del Concurso", cuenta Rodríguez. "Para este año cosimos una remeras gigantes que estarán rellenas de globos con helio que soltaremos al término del espectáculo". Es una preparación que insume horas de trabajo que suelen destinar reuniéndose en las casas de los propios fanáticos.

Pero tiene su recompensa. "Uno pasa a vibrar como si fuera parte de la comparsa", asegura Bravo. En los videos de los shows se escuchan sus gritos, que ya son un sello. "Al final uno termina llorando o festejando junto a los artistas". O cumpliendo las promesas. "Una vez prometí acompañar bailando descalza todas las cuadras que recorriera la cuerda de tambores". No importó el dolor; como buena devota, cumplió.

Figuras que superan al conjunto

Con más de 60 carnavales en escena, Julio Sosa —o Kanela como lo conocen todos— es un ícono de la fiesta popular uruguaya. El bailarín y director responsable de Tronar de Tambores logró cosechar un grupo de hinchas, conocidas como Las Conventilleras, que lo siguen a él más allá del grupo de turno en el que se encuentre. ¿Cómo lo consiguió? "Creo que siempre le he puesto el glamour a lo que hago", dice el referente de 81 años. Eso sí, aclara, que "hay veces en que la hinchada perjudica porque el jurado se lo toma mal".

DUELOS PARTIDARIOS

Amor más allá de la política

En 1970 la tensión política que dividía al país también se coló en el Carnaval. Fue así que nació un duelo de hinchadas entre Los Patos Cabreros, con fuerte impronta pachequista, y La Soberana, de inclinación tupamara, recuerda el periodista Marcelo Fernández. Con el correr de los años, la política partidaria dejó de ser el principal movilizador de los seguidores de las murgas. El caso más claro es Agarrate Catalina que, teniendo afinidad con el MPP y a José Mujica como uno de sus más fieles simpatizantes, reúne adeptos de todas las banderas. De hecho, el edil nacionalista Enrique Arezo es uno de los infaltables en las presentaciones de la murga. Los conjuntos de La Teja, en especial Diablos Verdes, son quienes conservan hasta hoy más identificación ideológica. "Filosófica, de defensa de los trabajadores", dice Sonia Caquias (44), quien es militante del Partido Socialista y no del Comunista que caracteriza a esta murga. De ahí que el grupo tiene como apodo "La Consecuente" y así se llama, también, la parte de la barra que integra Sonia. "Es consecuente con su discurso y además consecuente por haber salido siempre, incluso cuando hubo censura en la dictadura", recuerda. Es que fue la propia hinchada de la murga la que permitió salir al grupo cuando su director responsable, el fallecido Antonio Iglesias, fue llevado preso. Los hinchas se encargaron de terminar de coser los trajes y convocar a los componentes. Décadas después, algunos dirigentes del Partido Comunista siguen ocupando la primera fila de hinchas. Juan Castillo es uno de ellos. "Los Diablos (Verdes) tienen un reflejo de la zona, del Cerro, La Teja, Nuevo París, Casabó… de las grandes concentraciones obreras". Pero como sucede en casi todos los conjuntos del Carnaval también hay simpatizantes de la oposición. Y esta murga tiene al nacionalista Jorge Gandini, un amigo del director histórico del conjunto. "Iglesias siempre decía que hay que respetar todas las voces y, en el Carnaval, también el estilo de todos los grupos", recuerda Sonia. "En el barrio se vive de una forma muy intensa la relación con la murga, hasta en mi patio tengo pintado un diablo gigante, pero eso no implica que uno deba atacar a otros grupos, como a la vecina Reina de La Teja".

Presiones que escapan a los seguidores incondicionales

Cuando actúa La Reina de La Teja en la tribuna del Teatro de Verano siempre acompaña una bandera de Progreso. Los Nuevos Saltimbanquis se identificaban con Huracán Buceo. Y el más reciente Asaltantes con Patente, luego Don Timoteo, contaron con el patrocinio de Álvaro Recoba y Antonio Pacheco. Aun así, el vínculo entre fútbol y Carnaval solo suele pasar por alguna simpatía barrial o el simple hecho de que dos grandes manifestaciones culturales comparten parte del público. Sin embargo, la forma en que se manifiestan las hinchadas de una y otra pasión son muy distintas. "El Carnaval es una fiesta de la familia y al lado del fútbol es un jardín de infantes", dice el periodista Nelson "Laco" Domínguez. Es que en la fiesta de Momo no existe el concepto de barrabrava. Sí hay insultos o presiones aisladas, pero nada que escape a una pasión controlada. De hecho, señala Domínguez, "en el Teatro de Verano nunca hubo un enfrentamiento grave". Los pocos incidentes que se recuerdan en el Carnaval, como la vez que le tiraron un vaso de cerveza a un jurado o la quema del traje a un componente fueron, según la prensa, "mandados" de dueños de conjuntos.

Un festejo que tuvo doble motivo

Aquel 2 de julio de 2010 Ariel "Pinocho" Sosa quedó paralizado. No podía creer lo que veía en el televisor, Uruguay acababa de vencer a Ghana en uno de los más emotivos partidos de la historia de los mundiales de fútbol. Pero no era solo eso. Sebastián Abreu convirtió el penal de la victoria, con su célebre picada, y en el festejo mostró una remera que llevaba abajo. En ella, entre escudos de los equipos de sus amores y la foto de sus hijos, estaba el logo de los parodistas Zíngaros. También tenía uno de la murga Agarrate Catalina. Es uno de los tantos famosos que son hinchas del Carnaval.

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