VIAJES

Descifrando a Vitoria-Gasteiz, capital de la comunidad autónoma del País Vasco

Una coqueta ciudad que seduce con sus callejuelas, parques y palacios históricos y espacios verdes. 

Vitoria-Gasteiz
Vitoria-Gasteiz, un sitio para maravillarse.

Vitoria-Gasteiz habita entre la memoria de una ciudad medieval y un presente comprometido con la naturaleza. Su trazado, casi intacto desde que se fundó en el siglo XII, marcó el crecimiento de la ciudad y el resultado es un ejemplo de urbanismo. En pleno centro se disfruta de bellas caminatas, como el centenario paseo de La Senda, y abrazando la localidad se despliega el Anillo Verde, una proeza de 30 kilómetros de parques, senderos y humedales a media hora a pie del centro, y con la que logró ya en 2012 ser designada Capital Verde Europea. No es costera, pero tiene dos playas en el pantano de Ullíbarri-Gamboa (Landa y Garaio) donde se puede surfear, practicar vela o piragüismo. Su gastronomía (y su café) está entre las más celebradas de España. Sobrada de reconocimientos, el último es haber sido la única ciudad española elegida entre los 25 mejores destinos para viajar este 2021 por la revista National Geographic.

Riqueza medieval.

La torre de la iglesia de San Vicente, en la proa del casco viejo, es el mejor mirador para divisar Vitoria. Subir ahí era un plan muy solicitado y ahora con la pandemia es posible contactando con su párroco, Juan Carlos Pinedo, quien nos abre camino por unas empinadas escaleras con parada obligada en la cubierta original de madera, con forma de nave invertida, que cubre las bóvedas. “Es la joya de la corona. Muchos vitorianos no la conocen, porque hay que subir ex profeso y es de las pocas en España que se puede visitar”, presume.

A pesar de ser un día típico de lluvia, desde el campanario se impone la inmensa llanura agrícola que envuelve la ciudad rodeada a su vez de montañas.

Y a los pies, como una maqueta, la zona antigua. “Lo más importante es su trazado sobre la aldea de Gasteiz, en lo alto de una colina, que se ha mantenido a lo largo de los siglos, lo que hace que Vitoria sea una de las pocas urbes planificadas desde su origen”, interviene el arquitecto Patxi Cortazar. “Es muy interesante su forma de almendra, con las calles curvas al irse adaptando a la pendiente de la ladera. Esas vías se unen verticalmente por los cantones que al tener un gran desnivel cuentan con escaleras mecánicas, por algo Vitoria es puntera en accesibilidad. Y al otro extremo de la colina sobresale la catedral de Santa María (del siglo XIII)”.

La parte vieja es zona de vinos, comercios y edificios históricos, como el palacio de Escoriaza-Esquivel, la Casa del Cordón o la Torre de los Anda.

El arquitecto se detiene en dos referentes, el palacio Montehermoso y el Museo Bibat. Ambos cumplen una de sus máximas: “La arquitectura se tiene que fechar en el tiempo y ambos edificios fueron rehabilitados con criterios totalmente contemporáneos. El primero, hoy un centro cultural, es la unión del palacio del siglo XVI con el antiguo Depósito de Aguas del XIX; y el segundo está formado por el palacio renacentista de Bendaña, restaurado para el Museo de Naipes, y un edificio nuevo, el Museo de Arqueología, de 2009”. Cortazar anota otro detalle: las calles del casco antiguo conservan los nombres de los oficios que se asentaban ahí. Y anima a parar en un bar de toda la vida “con comida rica”, El Tabanko.

Esta urbe medieval se ampliaría posteriormente con el Ensanche, núcleo de actividad y ajetreo, donde se encuentran plazas y terrazas típicas para quedar: la plaza de la Virgen Blanca, la de España y la del Machete, la favorita del arquitecto. “Es un lugar de gran riqueza espacial, compuesto por un palacio renacentista, Villa Suso, y el ábside de la iglesia de San Miguel, con las escaleras que interconectan la ciudad vieja con la nueva”. Esta plaza se eleva sobre los Arquillos, “una obra neoclásica de Justo Antonio Olaguibel muy valorada por los urbanistas porque permite superar el gran desnivel que existía entre la zona vieja y nueva”, la describe.

Justo enfrente, un espacio abierto donde se han recuperado los restos del antiguo convento de San Francisco del siglo XIII, que se derribó en 1930. Las bases de las columnas del pórtico se han dejado a la vista para que la gente pueda reconocer cómo era ese entorno antes de construirse las nuevas edificaciones, entre ellas, el que fue Banco de España y futuro Memorial de las Víctimas del Terrorismo.

Seguimos hacia otras dos plazas de nuevo cuño. La de los Fueros, un proyecto de 1982 de Eduardo Chillida y Luis Peña Ganchegui acompañado de polémica porque hubo que derribar la antigua plaza de Abastos. Y a cinco minutos a pie, el Mercado de Abastos.

“Ya desde el siglo XIX se plantearon parques como La Florida, El Prado y, más adelante, Arriaga o Judizmendi, cualidad que ha culminado en el Anillo Verde. El paseo de La Senda, de finales del XIX, es especialmente atractivo, entre árboles con más de cien años y arquitectura burguesa. Yo suelo acceder a él por otro que me trae muchos recuerdos de la niñez, el paseo del cuarto de hora (paseo de la Universidad), entre cuarteles que se convirtieron en edificios universitarios y archivos que guardan la memoria de la ciudad”.

Enseguida aparecen el palacio de Ajuria Enea, residencia del lehendakari, y la Casa de las Jaquecas, con sus cariátides en la fachada sujetándose la cabeza y casa natal de la poeta Ernestina de Champourcin. El predilecto del arquitecto es el palacio de Zulueta. “Me gusta su historia y el personaje, Julián de Zulueta, un negrero que llegó a ser uno de los empresarios más ricos de Europa en el XIX. De un pueblo pequeño alavés, marchó a Cuba y logró ser alcalde de La Habana. Modernizó todos los ingenios para hacer azúcar, pero claro, fue olvidado por su pasado. Y tiene relación también con el palacio de Augusti; un abogado madrileño se casa con una hija de Zulueta y construyen su residencia en el que hoy es el Museo de Bellas Artes, con pintura vasca de los siglos XVIII y XIX”.

Antes de agotar el patrimonio arquitectónico, Cortazar anima a visitar un edificio contemporáneo de Miguel Fisac, la iglesia de La Coronación, de 1960, votado por los arquitectos alaveses como el mejor de toda la provincia. 

 Paisajes salvajes.

Un paseo por La Senda puede culminar en el parque de Armentia, célebre porque acoge la basílica de San Prudencio, patrón de Álava, que celebra su día el 28 de abril. Este bosque natural de quejigo conforma, junto con los parques de Olarizu, Salburua, Zabalgana, Zadorra y Errekaleor, el gran perímetro del Anillo Verde, que rodea Vitoria con unos accesos muy cómodos a pie o en bicicleta. Salburua, el núcleo principal de extensión de la capital alavesa aún sin acabar, es el barrio “altamente recomendable” del director David Pérez Sañudo. Aquí están los humedales, una gran obra de recuperación de una zona húmeda natural que se desecó en el siglo XIX para cultivos, y hoy es un espacio para perderse entre arbolados y lagunas con tal variedad de aves que acuden ornitólogos de toda España. “Es el punto fuerte de Vitoria, aquí dando una vuelta cambias de la ciudad al bosque, de la urbe a la llanura, de lo edificado a la más frondosa naturaleza”, resume.

Un lugar que siempre está ahí es el Museo Artium. Además de su colección de arte contemporáneo, merece la pena por sus actividades paralelas.

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