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Desafío que trasciende el lugar: ser padres acá y allá

¿Cómo es la crianza de los hijos en Montevideo? ¿Y lejos de la capital? Siete familias cuentan sus experiencias con la paternidad.

Luciana y Rafael buscan todo el tiempo generar tiempo de calidad con sus hijas Isabella y Julia. Foto: Marcelo Bonjour
Luciana y Rafael buscan todo el tiempo generar tiempo de calidad con sus hijas Isabella y Julia. Foto: Marcelo Bonjour

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"Cuando tenga hijos, quiero que crezcan en el interior”, es una frase recurrente de Sofía. Tiene 24 años y se mudó cuando tenía 17 a Montevideo para estudiar ingeniería agronómica en la Universidad de la República. De niña, siempre decía que su sueño era ser mamá y tener una familia numerosa. De grande, sigue queriendo lo mismo y tiene un encanto especial con los niños. Sofía creció en una ciudad del interior. Entre sus recuerdos más felices están cuando correteaba con sus amigos por la plaza o en la bici por ahí. La escuela le quedaba a tres cuadras y podía ir y venir caminando, sin problemas, lo mismo que la casa de sus amigas. Ahora, por la profesión que eligió y por sus gustos, sabe que quiere vivir en el interior. Sobre todo si de tener hijos se trata. “Me parece que es una infancia mucho más libre”, respondió a Domingo.

Por su parte, Gabriel, que tiene 80 años y pasó casi toda su vida en Montevideo -excepto por tres años que vivió en Río de Janeiro- nunca se cuestionó salir de la ciudad capitalina para criar a sus seis hijos. Ni él ni su esposa lo hicieron. El mayor ahora tiene 54 y el menor 38 y tampoco se fueron de la ciudad. Es una familia montevideana que agradece que las crisis económicas no los hayan hecho correr hacia el extranjero. Ahora, Gabriel tiene 20 nietos (de entre 31 y 3 años) y dos bisnietos de un año: sus vidas también giran por la capital y uno de sus puntos de encuentro es el Club Tabaré, en Parque Batlle. “Pasamos toda la vida en torno a Rivera y Soca. A mi esposa la conocí en el barrio, porque vivía a la vuelta de mi casa”, cuenta Gabriel. Cree que la clave para las familias en ciudades grandes está en buscar zonas sin tantos edificios, donde haya espacio verdes y muchas casas.

Hay quienes dicen que la vida corre más lento en el interior y están quienes creen que la capital tiene más oportunidades. Que “pueblo chico es infierno grande”, pero que en ciudad grande los niños están más encerrados. Que en las ciudades chicas todavía hay más tranquilidad y tiempo para la familia, que en Montevideo hay más cosas para hacer. ¿Cuáles son, para los padres, las diferencias entre vivir y criar a los hijos en ciudades del interior y en Montevideo? ¿Cambia el tiempo, el espacio y el contacto con la naturaleza? Domingo conversó con familias montevideanas y del interior que contaron sus experiencias y dieron sus puntos de vista sobre un tema que, muchas veces, está en el debate del día a día entre amigos y familias.

Las rutinas

Luciana Doassans (33) y Rafael (32), papás de Isabella (5) y Julia (3, foto principal), tienen el día a día bien organizado. Como sus horarios de trabajo son de corrido, acomodaron todo para aprovechar las horas previas a las clases. “Tratamos de compartir la levantada, el desayuno, el empezar el día”, comenta Luciana. Para ellos, lo que tiene Montevideo es “el caos de la vida al límite, en la que los horarios son bien marcados y la vida adulta también nos va moldeando y exigiendo determinado funcionamiento”.

Problema común: las pantallas

En las grandes ciudades o en los poblados más chicos, hoy en día el gran problema de los padres es la tecnología. Saben que es parte de la vida actual y que para las nuevas generaciones se vuelve imprescindible, pero les preocupa.

“La lucha contra la tecnología es una de las grandes dificultades que tenemos”, expresa Luciana Doassans, que además de ser mamá de Isabella y Julia, es maestra. “Está generando un montón de problemas. Ya de por sí en el tema motricidad, niños que no pueden recortar o rasgar papel, porque están tan acostumbrados a mover la pantalla con el dedo y todas las habilidades que se deberían generar en esas edades, no se están desarrollando”, explica. Por eso como madre busca generar instancias de juego con sus hijas, que dibujen que escriban, que lean, que vayan a la plaza.

En el caso de Adriana, que tiene hijos adolescentes, su principal temor está en las redes sociales. Dice que para Francisco (17) son un poco más prescindibles, pero para Federica es algo de todo el tiempo. Como en su época de adolescente era algo que no existía, le cuesta comprender. Aunque respeta la intimidad de sus hijos, intenta controlar el tiempo que su hija pasa con el celular, por lo menos dentro de casa. A la hora de la cena, el momento del día donde están todos para compartir y charlar, no pueden estar con el celular. Comenta que es el propio Francisco el que le dice a su hermana que lo deje. Comen en armonía, pero ni bien se levantan de la mesa, Federica ya lo está usando de nuevo. Sabe que es parte de su comunicación con los amigos y lo que la tranquiliza es que igual es una chica que comparte cara a cara con los suyos.

Luciana Gorosterrazú (27) es la mamá de Martina, que tiene siete años y nació en Paysandú. En mayo se mudaron a Solymar y en estos meses, dice la madre, Martina se ha adaptado mucho más de lo que esperaba. Ayuda que se hayan ido a la costa de Canelones y que los espacios de ahí sean similares a los de su ciudad. Lo que sí cambió fueron los horarios. La rutina de todos los días es más ajustada porque Luciana necesita más tiempo para viajar a su trabajo en Montevideo, y tuvo que conseguir un colegio de horario completo para Martina. Están nueve horas afuera de la casa y tratan de aprovechar al máximo los tiempos que les sobran para ponerse al día con los deberes y bañarse. Para la psicóloga y terapeuta infantil Fanny Berger es fundamental que -sea en la capital o en el interior- haya pautas para la familia: “La vida tiene que ser igual, con rutinas, con límites y actividades, con espacios de encuentro y mesas compartidas, por lo menos una vez al día”.

En el interior, aunque el tiempo parece más largo, todo depende del caso, afirma Karina (44), que junto a Wilson (47) viven en Paysandú con sus hijas Camila (17) y Catalina (10). Karina trabaja de doméstica en varias casas entre la mañana y la tarde, pero puede cortar al mediodía para aprontar a sus hijas para irse a estudiar, y en ese tiempo comen las tres juntas pero a las apuradas.

El tiempo compartido

 “La vida en Paysandú es de familias. De domingos en las costas del río, de sábados de shopping; los sanduceros seguimos esa rutina que nos da gusto”, cuenta Karina. Tanto ella como Wilson, Camila y Catalina vivieron toda la vida ahí. Nunca se presentó la oportunidad de ir para otro lado, y Karina cree que les hubiese costado mucho irse. Las semanas en el interior parecen correr más o menos parecidas: no se va todos los días al parque o a la costanera, hay escuela, hay que trabajar y hacer los deberes, pero, de alguna manera, sobra el tiempo para un picadito en la calle, para unas vueltas a la manzana en bicicleta, ir a la casa del vecino o charlas en familia.

Paysandú. Karina, Wilson, Camila (i) y Catalina (d) viven en el interior y disfrutan los tiempos y los espacios de juego.
Paysandú. Karina, Wilson, Camila (i) y Catalina (d) viven en el interior y disfrutan los tiempos y los espacios de juego.

Mariana (36) y Sebastián (38), ambos de Melo, vivieron alrededor de 15 años en Montevideo. El año pasado fueron padres de Martina (un año y 11 meses) y cuando tenía un año, decidieron regresar a su ciudad. “En Montevideo, yo trabajaba nueve horas”, cuenta Mariana. “Y tenía una hora de ida y una de vuelta. Seba pasaba todo el día en la calle trabajando. Acá, él sigue trabajando 10 horas, pero yo trabajo solo de tarde. Entonces le puedo dedicar toda la mañana a Marti, y él, que entra temprano, llega a la tarde y pasa con ella. Es otra cosa, nada que ver”, opina.

“En una ciudad chica las distancias cortas hacen que la vida familiar sea más armoniosa, porque en la mayoría de los casos las familias pueden almorzar juntas y hasta merendar”, sostiene la terapeuta Berger. Sin embargo, contrapone que “cuanto más grande la ciudad, más distancia, más tráfico, más tiempo en el auto o en el ómnibus y menos encuentros”.

Aunque el tiempo sí parece correr más rápido, desde que se mudaron a la costa de Canelones, Luciana Gorosterrazú y Martina crean los momentos para encontrarse. Ya no almuerzan juntas, pero la merienda, después de trabajar y antes de los deberes, es sagrada. Charlan y se ponen al día. Cambia un poco cuando hace calor, porque como están cerca de la playa, prefieren aprovechar las horas en la arena hasta que baja el sol y después volver a la casa para los quehaceres. Además, hacen gimnasia juntas. Para madre e hija, los fines de semana son un paréntesis. No hay trabajo ni escuela, así que pueden levantarse tarde y hasta desayunar en la cama.

En el caso de Luciana Doassans y Rafael, opinan que depende de cómo se use el tiempo: “Nos importa generar espacios de disfrute y tiempo de calidad con nuestras hijas. Hay papás que pueden estar más horas con sus hijos, pero capaz que en esas horas no están realmente mirándolos y atendiéndolos y disfrutando; y yo creo que la calidad en la educación y en la guía para tus hijos se da al 100 por ciento en ese tiempo que compartís”, explica Luciana. La rutina también les instauró una de sus instancias favoritas de tiempo compartido, que es el cuento de las buenas noches, porque “si no está el cuento no se imaginan dormir”.

Red social

 “No es imposible criar a un hijo ahí, pero para nosotros era muy difícil. Nosotros teníamos a toda nuestra familia acá en Melo y no teníamos quién nos ayudara”, admite Mariana. Para cuidar a Martina, Mariana y Sebastián optaron en principio por un jardín maternal. Costaba 8.000 pesos por tres horas y aunque era un esfuerzo económico extra, les generaba más confianza que una niñera que no conocieran porque “con todo lo que se ve hoy en día del maltrato a niños, no queríamos”, confiesa. El problema con el jardín fue que Martina se enfermó de un virus contagioso y hasta estuvo internada. Entonces encontraron a una chica que justo era de Melo y conocida, “pero era estudiante. Se le complicaba muchas veces y Seba y yo teníamos que estar faltando al trabajo”, dice Mariana sobre por qué se fueron al interior.

Una vez en Melo, les cambió la vida. Primero porque consiguieron como niñera a la misma señora que cuidó a Mariana cuando era niña; segundo por la tranquilidad y tercero -pero no menos importante- porque ahí están las familias, los abuelos y los tíos. Hasta recuperaron su vida de pareja: “En Montevideo, si salíamos, era los tres juntos para todos lados, pero no podíamos disfrutar de una película en el cine o bailar una noche; acá es otra cosa, siempre hay un abuelo dispuesto a cuidar a Marti y nosotros pudimos volver a tener una intimidad que en Montevideo no”.

Melo. A Sebastián y Mariana les cambió ver a Martina crecer en su ciudad.
Melo. A Sebastián y Mariana les cambió ver a Martina crecer en su ciudad.

Adriana (48) y Enzo (49) son padres de dos adolescentes, Federica (15) y Francisco (17) y viven en la capital. Ahora sus hijos están más grandes y Adriana tiene más tiempo para estar en su casa y acompañarlos en el día a día. Pero mientras fueron chicos, estuvo a punto de dejar de trabajar para cuidarlos. Aparte del jardín y la escuela no tenían suerte para conseguir alguien que los cuidara. No fue necesario que dejara el trabajo, porque su mamá y abuela de los chicos decidió jubilarse para darles una mano.

Si bien Luis Correa -psicólogo, profesor y decano del Instituto Universitario de Psicoterapia de la Asociación Uruguaya de Psicoterapia Psicoanalítica- considera que actualmente las diferencias entre la vida en el interior y Montevideo son menos notorias (particularmente en lo que respecta a las incidencias culturales), está de acuerdo con que la trama social en ciudades chicas es más próxima. En el caso de Mariana y Sebastián, su tranquilidad proviene también de que si en los lugares públicos hay descuido y “se te llega a perder (Dios nos libre), siempre hay alguien que te acerca a la gurisa, siempre hay alguien que te está cuidando”.

Muchas veces, la elección del lugar donde vivir está determinada por la trama social, buscando que la familia esté lo más cerca y presente posible en la vida de los niños. Para Luciana Doassans y Rafael la familia es “superimportante” incluso en la rutina del día a día. Con sus padres, se turnan para ir a buscar a las niñas al jardín y la escuela, y cuando alguna se enferma y se les complica para arreglar en el trabajo, son los abuelos los que están.

Amigos

El ser humano es un ser social, que necesita compararse y alimentarse de su vínculo con los otros para formar su identidad. Parte de la red social también está en los amigos. Los grupos de pares son importantes para el crecimiento y el desarrollo personal de los niños. Los amigos de la escuela, los hijos de los amigos de los padres, los del barrio, los de verano, los del club. No importa dónde, pero el vínculo es importante.

Hacer amigos es sin duda esencial tanto para grandes como para chicos, y el jardín, la escuela y el liceo son espacios trascendentes para que esos vínculos sucedan. Para Francisco y Federica el colegio ha sido el lugar por excelencia donde conocer chicos de su edad. Si bien cuando pasaron de la escuela al liceo tuvieron que cambiarse de institución, siguen manteniendo amigos de la primera etapa. Para Adriana y Enzo, es fundamental conocer a los padres de los amigos para estar tranquilos. En la escuela se les hacía más fácil porque el colegio generaba instancias para que eso sucediera, incluso los padres formaron una liga de fútbol y los hijos los iban a ver. Ya en el liceo se hizo más difícil, salvo por los amigos que venían de la escuela, a Adriana le cuesta dejar que Federica y Facundo se queden en casa de otros, prefiere que vayan a la suya. Sus hijos también tienen la ventaja de que desde chiquitos disfrutan del deporte, y ahí hay otro espacio donde ampliar los círculos.

“Nosotros somos muy sociales y trato siempre de fomentar eso”, dice Luciana Doassans, que siempre está incentivando que sus niñas de tres y cinco años interactúen con otros. Se juntan con amigos que tienen hijos de las mismas edades y más o menos los van criando juntos y van mucho a la casa de los abuelos, que tienen una placita cercana que se llena de niños. “Yo me crié ahí también, jugando con otros niños”, comenta Luciana, que quiere lograr algo parecido para sus hijas.

A Mariana, lo que le gusta más de una ciudad chica para su hija (y el hermanito que viene en camino) es la posibilidad de jugar en la calle. “En Montevideo los gurises van a la plaza y no conocen a nadie, siempre hay niños distintos porque hay más cosas para hacer. Acá Marti, que tiene casi dos años, va a la plaza y tiene a sus amigos”, compara.

Karina, que cree que tanto en Paysandú como en Montevideo los chicos están expuestos a los mismos peligros y es importante estar siempre atentos y comunicados con ellos, valora igualmente el hecho de que en su ciudad “todos se conocen”. Eso hace más fácil a la hora de saber con quiénes están sus hijas y también para conocer mejor los lugares que frecuentan: “Acá nos cuidamos entre todos”.

Oportunidades

 Un punto en el que todos los padres están de acuerdo es en el de las oportunidades de la capital y la falta de ellas en las ciudades chicas. Sobre todo Karina, que tiene a Camila adolescente, y a Miguel y Serrana, montevideanos padres de mellizos de 14 años (Juan Miguel y Joaquín), que se mudaron a Fray Bentos cuando salió la oportunidad de trabajar en Botnia (hoy UPM). Están preocupados por el futuro.

Lo de Camila, con 17, está mucho más cerca y su madre se pregunta qué pasará ahora, porque llega la etapa en la que para seguir sus vocaciones tienen que migrar a Montevideo. “Pasa por lo económico, porque muchas veces no contamos con lo que insume que un hijo se vaya a estudiar a la capital. Pero luego también está la pregunta de si después de preparados podrán trabajar en su ciudad de origen de lo que les gusta”, plantea Karina.

Aunque el tiempo vuela, para Miguel la cosa está un poco más lejana. Aun así, sabe que sus hijos tienen interés en seguir por alguna rama de la ingeniería: las ciencias se respiran en su casa porque Miguel es ingeniero mecánico industrial y Serrana es química farmacéutica. El signo de interrogación surge cuando él piensa si el nivel de bachillerato de su ciudad será suficiente. “Nos gustaría que hagan el bachillerato acá. Además está la UTEC, pero no queremos darles la desventaja al momento de entrar en la universidad”, comenta.

Adriana, por su parte, sabe que en Montevideo sus hijos tienen todo al alcance de la mano, desde la cultura y el deporte hasta la posibilidad de estudiar lo que les guste sin la necesidad de alejarse de su familia. Francisco quiere ser periodista deportivo y el poder ir a la cancha, al Centenario, al Franzini (es de Defensor) o al Parque Central cuando quiere, es toda una ventaja para él.

Libertad

 Tanto los padres montevideanos como los del interior entrevistados, concuerdan en que lo que permiten las ciudades chicas a la hora de la crianza de los hijos es “mayor libertad”. Como decía Mariana, en Melo sabe que su hija puede jugar en la vereda. Para Karina, todo queda cerca y es fácil que los hijos puedan ir solos al liceo, a inglés o a la casa de los amigos. Lo mismo les sucedió a Miguel y Serrana con sus hijos, que tenían dos años cuando se fueron a Fray Bentos.

“Nos pareció una buena idea que los chiquilines se criaran afuera de Montevideo. Más bien lo que quería era que tuvieran posibilidades o libertad similar a la que tuve yo en mi niñez en Montevideo”, cuenta Miguel. Lo que cambia, considera, es el tema de la seguridad, que los chicos se encuentren caminando o en bici para tomar un helado con sus amigos.

Migrar. Miguel, Serrana y los mellizos se mudaron de Montevideo a Río Negro.
Migrar. Miguel, Serrana y los mellizos se mudaron de Montevideo a Río Negro.

Si bien se mudó a Montevideo cuando estaba en el liceo, Rafael recuerda que de niño, en Tacuarembó, podía andar en bicicleta en todo el barrio y no solo a la vuelta del edificio. “Es otra libertad”, dice. Para Luciana Doassans el Montevideo de su infancia, por lo menos el barrio donde se crió, también le permitía esa libertad, pero ahora con las niñas se preocupan más. “Hoy hay que estar muy atentos a con quién están, mirando, cuidando”, expresa ella. Los limita a la hora de dar libertad, pero se las ingenian para dar el mayor espacio posible a Isabella y Julia. Además, están frente a la rambla, y ese, es un plus incomparable para la mayoría de los montevideanos.

“El hacinamiento da estrés y los apartamentos en las ciudades grandes son cada vez más apretados, más chicos”, describe la psicóloga Berger para hablar de los modos de vida en las ciudades, condicionados por el tipo de vivienda, y la importancia de encontrar un espacio para algo también esencial: el aire libre y el contacto con la naturaleza.

El sueño de Luciana y Rafael es tener una casa con patio, pero por ahora lo que les permite su economía es un apartamento. Lo bueno, es que está ubicado en una zona rodeada de placitas, con verde y juegos para niños. Además, así como buscan la integración con otros niños, se preocupan por hacer actividades al aire libre. Están cerca del Parque Rodó y van mucho, también van al Jardín Botánico o a otros entornos donde las niñas puedan correr, jugar, andar en bicicleta.

Mellizos. Emilia y Rodrigo querían ser padres, la sorpresa fue que en lugar de uno, llegaron dos niños a sus vidas y están adaptándose a los ritmos. Foto: Marcelo Bonjour
Mellizos. Emilia y Rodrigo querían ser padres, la sorpresa fue que en lugar de uno, llegaron dos niños a sus vidas y están adaptándose a los ritmos. Foto: Marcelo Bonjour

Llegaron los melli y todo cambió

Emilia (28) se mudó del campo a Montevideo en marzo de 2008, cuando empezó a estudiar comunicación. Conoció a Rodrigo (33), en 2012 se mudaron juntos y en 2015 se casaron. Su plan después de eso era ir por el primer hijo, pero la vida los sorprendió y les trajo dos: Maite y Felipe, que ahora tienen tres meses y medio. Aunque Emilia es del interior y Rodrigo trabaja en Florida viajando todos los días 90 kilómetros para ir y venir, los planes por ahora son quedarse en Montevideo. “Nunca pensamos realmente dónde criar a los hijos”, comenta Emilia. Eso sí, al ser dos bebés y vivir en un apartamento que queda en el segundo piso por escalera, la vida montevideana se les complica. Emilia dice que sabe que es un caso muy particular, “pero se me complica hasta para ir al súper sola. Lo más difícil para nosotros ha sido la movilidad, pero entendemos que es porque son dos”. Piensan que por lo menos en la primera escolarización los niños van a estar en Montevideo, después verán, porque les gusta la idea de mandarlos a la escuela pública y creen que en el interior es más sencillo.

Actividades. Familias de Fray Bentos crearon un club y escuela de vela, por lo que Joaquín y Juan Miguel pasan parte de sus días disfrutando el río.
Actividades. Familias de Fray Bentos crearon un club y escuela de vela, por lo que Joaquín y Juan Miguel pasan parte de sus días disfrutando el río.

Las dificultades de la adolescencia están en todos lados

El profesor, psicólogo y decano del Instituto Universitario de psicoterapia de AUDEPP, Luis Correa sabe que la adolescencia es complicada en cualquier país, sobre todo la etapa del ciclo básico, pero considera que uno de los principales desafíos de la crianza de los hijos en las ciudades más chicas está en tratar de llenar los tiempos de ocio. “De pronto el menú de actividades que tiene un adolescente en una ciudad pequeña es más reducido que en Montevideo, entonces se vuelve difícil darle sentido al tiempo de ocio”, explica. La complicación se da más en la primera adolescencia, cuando los chicos ya no son niños pero tampoco pueden ir a bailar o tener esas experiencias con amigos.

En Montevideo, Adriana y Enzo encontraron una alternativa en los deportes. Federica ama el handball y Francisco disfruta el fútbol. Además, el propio colegio al que van les ofrece espacios para desarrollar esas actividades. También se volvieron un punto de encuentro para la familia, que los fines de semana los van a ver cuando compiten.

Cuando se mudaron a Fray Bentos, Miguel y Serrana encontraron lugares donde sus chicos podían pasar el tiempo extracurricular. A uno de sus hijos le encantan los caballos y puede hacer equitación en un espacio de equinoterapia. El otro juega al golf en una escuela gratuita y ambos disfrutan haciendo vela en una institución que los padres del lugar crearon en el Club Remeros.

Es cierto que en el interior es más difícil encontrar actividades, pero los padres consideran que todo es cuestión de la motivación que se les de a los chiquilines. Karina considera que lo mejor que puede hacer para que Camila tenga una buena adolescencia, es escucharla y entender sus necesidades e intereses.

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