VIAJES

Dar la vuelta a Islandia, la isla de hielo y fuego

Todo es posible en esta tierra de troles y elfos, paisajes lunares, ríos de lava, volcanes debajo de glaciares, sol a medianoche, piletas de burbujas de azufre, casas de turba y mansos caballos.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
La vuelta a la isla se da en 12 días; es un recorrido de 1.900 kilómetros.

En nuestro imaginario Islandia es ese país al límite de lo habitable, con escasa población y que sólo se nos cruza por la cabeza como un destino exótico para ir después de haber conocido horizontes más clásicos. Aquí lo increíble es real. Quien sostenga la teoría creacionista debería pensar que el supremo hacedor seguro que le dio su don por un rato a algún Walt Disney a la hora de crear Islandia.

Tan estrafalario es ese suelo que debajo de los glaciares que ocupan más del diez por ciento del territorio ¡hay volcanes! De los 200 existentes, en períodos de más o menos cinco años seguramente alguno entrará en erupción. Muy cerca de hielos que tienen un espesor de un kilómetro estallan agujeros en la tierra de los que brota agua hirviendo o tremendas columnas de vapor. En cada casa para tener agua caliente sólo basta con abrir la canilla sin que tengamos caldera ni calefón, porque viene de las profundidades de la tierra. Ah, ¡y a medianoche podemos tomar sol!

En Islandia no hay una sola hormiga, pero hay dos ovejas por habitante y miles y miles de caballos medio petisos y melenudos que nos rodearán como si fueran perros falderos apenas nos vean. ¿Acaso no es esa la descripción de un país de cuento?

Hay dos maneras habituales de visitar Islandia que no sea en la parada de pocas horas que hacen los cruceros. Una es llegar a su capital, Reikiavik, y conocer sus alrededores. La otra es, además de eso, dar vuelta a toda la isla siguiendo la ruta que se conoce como Ring Road, un periplo de doce días y 1.900 kilómetros.

La Laguna Azul local.

Llegar al Aeropuerto de Keflavik ya es una curiosa experiencia. Por su escala y servicios se parece bastante a los aeropuertos de ciudades importantes, a pesar de que todo Islandia tiene 320.000 habitantes. Lo que más nos impresiona es la venta de alcohol en el duty free. Góndolas y más góndolas una tras otra repletas de botellas y colas interminables de compradores. Ocurre que en Islandia el alcohol es carísimo y sólo se vende en una cadena del Estado (Vínbúin) y para comprar allí hay que tener más de 20 años.

La vuelta a Islandia es posible hacerla entre el 1° de abril y el 31 de octubre. Luego viene el invierno, pero ese es otro viaje para ver las auroras boreales.

Entre Reikiavik y su aeropuerto hay 50 kilómetros. A mitad de camino a la ciudad hay un ícono imperdible islandés: la Laguna Azul (www.bluelagoon.com), un spa geotermal localizado en medio de un campo de lava y rodeado de nubes de vapor. Las aguas ricas en sílice y azufre despiden un olor particular, que se repetirá. Antes de zambullirse en esas aguas calientes sepa algo: hay que ducharse con denuedo y ¡desnudo! Por los vestuarios andan fiscales que se cerciorarán de que uno se quita el traje de baño y se higieniza. Los vestuarios, eso sí, no son mixtos.

El día de llegada lo aconsejable es dormir en Reikiavik para salir al día siguiente. Ese tiempo ahí puede aprovecharse para caminar por el paseo costero Saebraut y ver la interminable (literalmente) puesta de sol y a lo lejos el monte Esja. Otra alternativa es ir a cualquiera de los varios museos que tiene Reikiavik.

El Valle de Cuentos de Hadas.

Las rutas en Islandia carecen de banquina. Y como los caminos están elevados, desde el filo de la calzada lo más probable es que se abra casi a pico una caída que puede ser de un par de metros o de cincuenta. El límite máximo de velocidad nunca supera los 90 kilómetros y es muy vigilado.

El comienzo del viaje es rumbo a Borgarfjördur, conocido como El Valle de Cuentos de Hadas. La parada ineludible es Deildartunguhver. Se trata del manantial más grande de Europa, que arroja agua a 97° C. No se le ocurra comprobarlo.

Hay que seguir rumbo a Reykholt, pago chico del famoso escritor Snorre Sturlasson. A 20 kilómetros de allí se encuentra la catarata Hraunfossar, alimentada por aguas termales que caen al río Hvítá. Andando un poco más aparecerá Barnafoss (cascada de los niños).

El tercer día llegará una de las joyas del viaje: la península de Snaefellsnes, asiento del volcán Snaefellsjökull y el glaciar del mismo nombre. En el camino hay algo extraordinario. Se trata de las columnas de basalto de Geruberg. Se puede bajar, caminar campo traviesa desde la ruta y acercarse a esas tremendas paredes que lo harán sentir pequeñísimo. Para ver focas, en la playa Ytri Tunga descansan en las rocas.

Siguiendo por la costa hacia el Norte hay típicos pueblos de pescadores como Hellisandur, Olafsvik y Grundarfjördur. Para saber qué gusto tiene la carne de tiburón hay que hacer un alto en el Museo del Tiburón de Bjarnahofn, muy cerca de Stikkishólmur, donde también se puede saborear el clásico pan de Geysir. Al regresar a Reykholt se puede visitar el cráter de Eldborg, de 100 metros de altura. Es un área protegida, no pueden entrar coches y se deberá caminar bastante.

Siguiendo la ruta del fiordo Skagafjördur se recorre, el cuarto día, lo que se llama "El valle de los caballos". En toda la isla hay unos 85.000. Son tan mansos que cuando uno se acerca al alambrado se dejan acariciar. Los verá en toda Islandia.

Fumarolas y ballenas.

El quinto día encaramos hacia el lago Myvatn, famoso por sus paisajes lunares, volcanes activos, piletas de burbujas de azufre y extrañas formaciones de lava. En el camino se disfruta de la Godafoss, connotada como una de las cascadas más bellas del país y luego los pseudocráteres de Skukustadir. El entorno está lleno de fumarolas y actividad geotérmica. Una visita muy especial es ir a la cueva Grjótagjá, no muy grande pero de unos reflejos azules muy bonitos. Una buena alternativa es contratar un barco para avistar ballenas.

Siguiendo la península de Tjörnes llegamos al Parque Nacional Jökulsárgljúfur. La parada obligatoria es Äsbyrgi, un gran cañón en forma de herradura con paredes de hasta 100 metros. Allí se puede hacer senderismo y atravesar un frondoso bosque de abedules, sauces, fresnos y no pocos pinos recién plantados.

La siguiente parada es Stödvarfjördur. En ese pueblo hay algo muy raro. Una señora llamada Petra Sveinsdóttirs juntó piedras durante 70 años. El jardín de su casa es un inmenso muestrario de esa colección. En principio así contado no suena muy atractivo. Pero ver ese muestrario inagotable es fijarlo en la memoria.

Si seguimos pasaremos por el glaciar de la laguna Jókulsarlón, que se encuentra a los pies del pico más alto de Islandia, el Hvannadalshnjúkur. A esta altura del viaje (día ocho) ya estamos rumbo al Sur. Hay que llegar al parque nacional Skaftafell situado a los pies del Vatnajökull. Allí pueden verse las cataratas de Svartifoss. Desde ese lugar parte un sendero que tras 3,7 kilómetros lleva al glaciar Skaftafell. Uno puede acercarse al glaciar todo lo que quiera y hasta treparlo si se tiene coraje.

Continuando hacia el Sur llegamos a Reynisfjara, donde aparecen playas de arenas negrísimas con acantilados también negros y columnas de basalto que, según la leyenda, son troles (seres antropomórficos de la mitología escandinava) que se convirtieron en piedras.

Hacia el oeste de Vik se abre el cabo de Dyrhólaey, que es el punto más al Sur de Islandia. Si se camina hasta lo alto del acantilado de 120 metros se podrá contemplar la muy poblada colonia de frailecillos, pájaros típicos de la zona y muy vistosos por su color.

El noveno día seguimos camino por la península de Reykjanes. Allí lo que cuentan son los paisajes, donde se destacan las solfaratas (agujeros en la tierra de donde brotan vapores sulfurosos), volcanes, fumarolas, ríos de lava y otras tantas "excentricidades" de esta tierra.

Para el décimo día, último del recorrido antes de volver a la capital, reservamos otra de las más famosas atracciones de Islandia: la zona de Geysir, con sus aguas termales y los mundialmente conocidos géiseres. En ese sitio se encuentra El Gran Geysir, el más conocido y antiguo de todos y que le da el nombre a estos fenómenos en todo el mundo. A 400 metros de este abuelo se ubica el más activo de todos: Strokkur.

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