EL PERSONAJE

Daniel Drexler: "Tener una encrucijada fue mi gran bendición"

Creció entre médicos escuchando a los Beatles y estuvo por años entre la ciencia y la música. Aunque las dos le siguen apasionando, su apuesta hoy es clara: por el arte.

Daniel Drexler

Estuvo entre diez y quince años en una encrucijada: la ciencia y el arte lo llevaban por caminos que (aparentemente) no tenían punto de contacto alguno. Por un lado estaban el intelecto y la razón, y por el otro la intuición y la poética. Eran dos polos opuestos entre los que, tarde o temprano, Daniel Drexler (48) sabía que tendría que elegir: "No se puede tener a la medicina como amante, pero tampoco a la música. Entonces ahí estaba el problema. Yo estaba entre dos disciplinas que son muy intensas y muy absorbentes".

Y lo natural, para el tercer hijo de dos padres otorrinolaringólogos, hubiese sido dejar al arte de lado, planteárselo como hobby, y dedicarse enteramente a su vocación de médico. Pero, tras hacer y terminar la Facultad de Medicina con la sensación de que había algo más, con viajes de por medio y una angustia que le provocó insomnio, gastritis y una úlcera de estomago, Daniel decidió que la música era su mundo. Sin embargo, fue recién hace unos pocos años que el músico y el médico se conciliaron totalmente: "Se empezaron a conciliar lentamente a los 35 o 36, casualmente cuando fui padre por primera vez". Y así también lo hizo él, que vive un momento de plenitud (aunque, dice, tanta calma le preocupa).

Acaba de sacar un disco, Uno que, justamente, celebra esa unificación y la conexión y "unidad con algo mayor a nosotros y que nos trasciende".

"Creo que es importante que un artista hable de todas las cosas que le pasan en la vida", cuenta sentado en el estudio que tiene montado en su casa. Y, en ese sentido, si Daniel repasa sus canciones y su música, este es un disco que supuso un punto de inflexión: ya no habla de conflictos y vacíos existenciales. "Ahora sé que quiero vivir la vida en una dimensión poética", sostiene. Es decir, vivir para la música y para el arte. Y si alguien escucha cada una de las letras de su último disco, no quedan dudas de eso: "Respirar en la poesía, anhelando la emoción de vivirla cada día como si al fin el destino fuera andar por el camino, sin que haya otro lema que vivir de monte en monte, de poema en poema".

Dos mundos.

En su primer recuerdo de la música Daniel tiene 5 años, es domingo y está con sus hermanos mayores, Paula y Jorge, en una matiné en el cine de Punta Gorda. Entre una película y otra, suena Help. "Me acuerdo que fue como pa, ¿qué fue eso? Mi viejo tenía todos los discos de los Beatles en cinta de carrete abierto, entonces cuando volvimos del cine le contamos lo que habíamos conocido y él nos puso la cinta". Recuerda pasar tardes enteras con Jorge —que años después se convertiría en el primer uruguayo en obtener un Oscar a Mejor Canción Original— frente al grabador, los dos escuchando esas canciones "con una fascinación muy especial".

Aunque la música siempre estuvo presente en su vida, nunca la sintió como una opción real para el futuro. Sus dos padres son médicos, y para él ese era el camino seguro: "Nadie nos obligó a estudiar medicina. Pasa que en casa era tan fuerte la imagen de mis padres, era una admiración tan profunda hacia ellos, que para nosotros era lo cool, era lo que estaba ahí adelante, y a su vez la biología siempre me pareció fascinante, entonces todo encajaba".

Así que después de terminar el liceo, se inscribió en la Facultad de Medicina. "Cuando empecé yo ya tenía una banda, me subí a un escenario, canté en la Facultad de Agronomía me acuerdo y cuando me bajé hice un ataque de pánico. En ese momento no entendía lo que pasaba, ahora lo miro en retrospectiva y creo que lo me pasó fue tan intenso que inconscientemente dije estoy en problemas".

Estudió dos años, y después de dar el examen de Anatomía, decidió irse un año de viaje: Estados Unidos, Europa e Israel. Recorriendo el mundo trabajó en una fábrica de chatarra en Tel Aviv, juntando sillas en la playa en el Mar Rojo, en un restorán en España, en una fábrica de ropa en Londres y limpiando casas en Miami. Hasta que un día, estando en París y siguiendo el consejo de un amigo, se animó a tocar la guitarra en el subte. "En dos horas gané el doble de lo que yo ganaba en un jornal de trabajo en la fábrica en la que estaba. Y dije: ¿y esto? Ahí empezó un problema para mí porque por primera vez entendí que podía vivir de la música".

Cuando volvió, siguió con la facultad, empezó a dar clases de guitarra y una vez más, antes de terminar la carrera se tomó un año entero para dedicarse a La Caldera, banda que tenía con su prima, Ana Prada. La confusión de estar en el medio de dos pasiones "empezó a hacer más ruido de lo que hacía originalmente".

Para cuatro.

Los cuatro hermanos Drexler hicieron su carrera universitaria: Paula es odontóloga, Jorge y Daniel son médicos, y Diego, el menor, arquitecto. Sin embargo, los cuatro terminaron uniéndose más aún en una misma pasión: la música.

De hecho, dice Daniel, con Jorge: "Vivimos la epopeya de los dos como propia. Jorge anda diciendo por ahí que yo fui el primero, porque tenía una banda cuando él estaba en facultad, pero él empezó a hacer canciones cuando yo tenía 10 años, más o menos, y yo vibraba con él". Es que, incluso, ambos atravesaron el mismo conflicto: ¿la música o la medicina?

Los primeros discos y las primeras canciones de Daniel están impregnados de esa crisis. Desde Full Time: "Cargo con la pesada cruz de ser libre, siempre estoy de turno, siempre estoy full-time", hasta Vacío: "No hay norte ni rumbo que importe ni luz de salida, no hay miedo ni cielo ni freno ni causa perdida".

La música era una pasión que rompía con la estructura de vida que Daniel había pensado. Era un latido que lo golpeaba fuerte y que hizo que, aunque realizó todo el posgrado de otorrinolaringología, nunca diera la prueba que le otorgaba el título. "Yo no soy otorrino", aclara. "En ese momento estaba trabajando con mi padre y empezando a formar una familia, si hubiese tenido el título en la mano, hubiera arrancado directamente para la medicina, porque era lo seguro".

Cree que la decisión de nunca terminar el posgrado fue la que lo "salvó". Empezó a trabajar en un laboratorio de neurociencias, a investigar sobre la audición, y a pensar en tinnitus (zumbidos en los oídos). Comenzó a desarrollar una idea que luego derivó en una aplicación que ayuda a tratar ese padecimiento. "Ahí empecé a sentir que capaz todo había tenido algún sentido, que no hubiese desarrollado esa idea si no hubiera estado parado en esa encrucijada".

Justo cuando fue padre y en el momento en el que hubiera pensado en dedicarse por completo a la medicina — a los 35 o 36 años, dice — decidió lo contrario: "Empecé a girar por España, por Brasil, por Argentina y empecé a lograr armar un sustento que me permitía vivir de la música". A los 40 años ya estaba completamente en la vereda del arte y hoy, a punto de cumplir 49, vive un momento de alegría y plenitud y sabe que vivir escribiendo canciones es la vida que siempre quiso. "Ahora que estoy en una situación más cómoda, miro para atrás y creo que haber estado en esa encrucijada fue una gran bendición. Es una bendición tener múltiples vocaciones, más en esta era, en la que aumentó mucho la expectativa de vida y vamos a tener que reinventarnos muchas veces. Tener varias fuentes de pasión en la vida es una cosa buena".

—Antes el motor para la creación era ese conflicto, ¿ahora cuál es?

—Esa es la gran duda que tengo de aquí en delante, realmente. Las letras de Uno salieron con mucha facilidad porque había muchas cosas acumuladas que quizás seguían relacionadas con ese conflicto que viví. Si me preguntás cuál es mi mayor miedo hoy es a una especie de sequedad creativa. ¿Por qué? Porque estoy muy contento. El acto creativo muchas veces surge del vacío, de la angustia. No me imagino qué me va a llevar a escribir de aquí en delante. Tengo un mecanismo raro, porque a veces digo qué divino, cómo estoy disfrutando, y de repente un día me levanto y digo ¿y ahora? tiene que aparecer algún conflicto, porque la vida es una sucesión de encrucijadas, ¿cuál va a ser la próxima?

SUS COSAS

SU LUGAR. "La rambla de Montevideo es mi lugar en el mundo, cada vez lo tengo más claro", dice Daniel. "Cuando viví en ciudades en las que no había mar, me daba una sensación de claustrofobia que es difícil de explicar". Y es tanto lo que le gusta que ya le escribió dos canciones La rambla de Montevideo I y II. Y cree que pueden venir más.

SU MOMENTO. Todos los años entre el 28 de diciembre y el 12 de enero se va con su familia, la de sus tres hermanos y sus amigos músicos a la playa La Serena. "Es un momento muy importante que se repite año tras año como algo fijo. En paralelo esta vez se está armando un festival al que vienen músicos de todos lados, se está armando una cosa muy muy linda".

EL ÚLTIMO DISCO. El 23 de noviembre presentó Uno, su último trabajo, en la Zavala Muniz. Fue grabado en Río de Janeiro (es un gran amante de la música brasileña) e incluye 12 canciones que celebran el buen momento que atraviesa. "La primera vez que canté los temas del disco, en México, me entró un estado de bienestar, una alegría que no conocía".

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