EL PERSONAJE i PEDRO DALTON

"Somos de culto; los motes no me molestan"

En 2015 el líder de Buenos Muchachos repartió y dio de nuevo. Dejó la noche y los excesos. Pero siguió al firme con la música y el canto, dos pilares de su emoción a flor de piel.

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"Yo no soy millonario, soy rico, hago lo que me gusta, dice Pedro Dalton.

DANIELA BLUTH

El 2015 fue un año de quiebre para Pedro Dalton. Más allá de posturas políticas o filosóficas, aquello de "el hombre nuevo" le calza a la perfección al frontman de Buenos Muchachos. "Dejé la noche", prefiere decir para resumir a una charla que podría durar horas. Durante más de dos décadas salía de noche y volvía de día. Antes de cada show no se tomaba un whisky sino varios. Y la rutina se había vuelto mucho más caótica que previsible. "Necesitaba ordenarme... Me enrosqué en cortar con ese costado de la vida, sacármelo de arriba. Y ahí te encontrás con la energía suficiente para hacer las cosas que te gustan".

De esa vida de excesos solo sobrevive el cigarrillo. Su casa, en un garaje reciclado en el corazón de Malvín, ahora tiene las ventanas siempre abiertas. Los ensayos de la banda arrancan a las seis de la tarde y el programa de la noche se completa con una buena serie y algún libro. "Gané un toco, y eso va por todos lados: mente, cuerpo, corazón... Nunca tuve miedo de perder las musas, aprendí a ser como Picasso, a mí que la inspiración me agarre trabajando".

A los 48, Dalton siente que tiene cuerda para rato. Y por eso decidió barajar y dar de nuevo, sin cambiar de juego. Con esa actitud trabajó en Nidal, el séptimo disco de los Buenos pero el primero grabado fuera de estudio. Durante cinco días, él y los otros seis integrantes mudaron sus guitarras, teclados, bajo, batería, parlantes y micrófonos a la casa de Ricardo Di Paolo, el sonidista, en Solymar. Allí ajustaron algunas letras, tocaron, cantaron y compartieron más que un "genial" asado. "Lo que más agradecimos fue la unión como banda. Habíamos hecho algo parecido cuando grabamos Dendritas contra el bicho feo, en Buenos Aires y hace años, pero no teníamos un mango y no la pasás tan bien. Esta vez fue el sueño del pibe. Lo haría de vuelta y por más días".

Nidal, que alcanzó las 2.000 copias vendidas y se convirtió en Disco de Oro, es un trabajo diferente sin traicionar la esencia de la banda. A temas oscuros como Repente, donde le cantan a la muerte, se suman otros cargados de luz, como Se hizo bosque ese desierto, una canción en la que Dalton habla de la recuperación: "Soy un niño,/yo no sé qué es perder./Mi pasado es corto,/el futuro ya veré qué es". Este nuevo álbum es, además, el que los llevará el próximo 8 de abril al Teatro de Verano, un escenario que ya pisaron con Puro Humo, en 2011. Y que aspiran a llenar otra vez.

—La crítica en general se refiere a Buenos Muchachos como una "banda de culto". ¿Cómo la definirías vos?

—A mí los motes no me molestan porque la gente los necesita. Yo siempre dije que nuestra música es climáticoalpecho, así, todo junto y con minúscula. Si somos de culto, y sí… le gusta a gente intelectual, por ese lado puede ser. Pero somos una banda de culto que lleva más gente que la que lleva una banda de culto. Masiva no es seguro, nosotros no podemos hacer un Velódromo, donde tenés que meter sí o sí 15 mil personas. Eso lo hace la Vela, No Te Va Gustar, el Cuarteto, los Buitres, esas son las que yo considero bandas masivas. Y nosotros vamos a hacer un Teatro de Verano... para unas cuatro mil personas.

Dibujar y cantar.

Antes de ser Pedro Dalton, el líder de Buenos Muchachos fue Alejandro Fernández. Hoy, solo su madre lo llama así. Un profesor del Club Trouville, donde practicaba básquetbol con sus hermanos Orlando y Marcelo —también músicos— los apodó "los Dalton", en honor a los personajes de la historieta Lucky Luke. Después llegó un cambio de liceo, del Elbio Fernández al Joaquín Suárez, y ganó un nuevo mote. Un compañero, el "ocurrente" de la clase, lo encontró parecido a Pedro Picapiedras. La primera vez que fusionó ambos sobrenombres fue a finales de los 80, cuando tuvo que elegir un seudónimo para firmar en la revista GAS subterráneo. A partir de entonces, no lo abandonó más. "Si alguien grita Alejandro en la calle capaz que me doy vuelta, pero el personaje público es Pedro Dalton". Así lo indican varios de sus carnés.

Vueltas de la vida, a la música llegó por el dibujo, su primera vocación. Los trazos iniciales los hizo con su abuelo y los pulió en el taller de Nelson Ramos, al que iba con su amigo Vicente Martín, hijo del reconocido pintor. Con la consigna de mejorar en técnica, se anotó en las clases de Clever Lara. "Ahí aprendí en siete meses lo que no había aprendido en cinco años. Y era solo dibujo: lápiz, goma, sacapuntas y hoja en blanco". En un curso en el Foto Club Uruguayo conoció a Gustavo "Topo" Antuña, quien lo invitó a sumarse a su "bandita" de barrio. "Nos juntábamos todos los domingos a chivear, a zapar, a tocar canciones muy simples de The Doors, de no más de tres acordes. Y estábamos tres horas de corrido. Ahí arrancó Buenos Muchachos".

En la casa de los Fernández el arte estaba bien visto. Su padre, que había tocado el saxo y el clarinete hasta que una enfermedad pulmonar le impidió seguir, era fanático del jazz y el tango. Pero, más allá de los géneros, le gustaba "todo lo que tuviera fuerza". En su pasacasette sonaba desde Leonardo Favio hasta Abba o Sting. Cuando Dalton tuvo banda propia, en el apartamento de Pocitos se empezó a escuchar el primer casette que grabaron, Nunca fui yo, con el tema Caí lejos a la cabeza. "Todo el día y... ¡al mango!".

Ir a la Universidad no era una opción para Dalton, por lo que eligió la UTU, donde estudió para ayudante de arquitecto. Nunca terminó la carrera ni ejerció. El dibujo técnico, dice, no era lo suyo. El trabajo en solitario, tampoco. "Con la banda me di cuenta de que no sabía trabajar muy bien solo, porque era boludo, me gustaba pintar pero no lo hacía todos los días... Cuando descubrí el laburo en equipo se me hizo todo más fácil, porque es contagioso". En grupo también se encontró con el canto, del que se enamoró. "Siempre fui un loco muy emocional, y cantar era la emoción directa".

Garganta y rock.

Su voz carrasposa, esa que hizo que le negaran el ingreso a estudiar canto en la Escuela Universitaria de Música, es su sello y el de la banda. ¿Cigarrillo? ¿Alcohol? ¿Noche? No, explica Dalton —y se respalda en una histórica consulta con un otorrino—, simplemente tiene una "clara disfonía". Así las cosas, quizás no pueda cantar clásico, pero sí rock. Antes de grabar Amanecer búho, en 2004, tomó clases con Fernando Ulivi, quien lo ayudó a conocer mejor las posibilidades de su garganta y le dio algunos "piques" que aplica hasta hoy.

Además de la voz, Dalton también está detrás de las letras, que siempre escribe sobre la música. "Es la forma que encontré. Necesito la sustancia para escribir. Hacerlo al revés sería más difícil, sobre todo porque es hacer rock en castellano, las palabras no calzan tan fácilmente".

—Sus canciones recorren desde los temas más trascendentes hasta los más cotidianos. ¿Por qué?

—Es que para mí la vida es eso. No podría tener nunca una banda como Los Ramones, porque todos los días no me levanto Ramón. Hay días que me levanto Nocturno de Chopin, no por hacerme el culto, pero tiene unas melodías increíbles. Otro día me levanto y necesito Zitarrosa, o Jaime Roos, o Fernando Cabrera, o Mandrake Wolf, o a los Clash o a los Pistols. Eso es la música, todo eso junto.

Dalton no se siente músico sino cantante. "Músicos son los que leen música o le dedican todo el día al instrumento, no yo", argumenta. Sobre los Buenos, dice que hacen rock, pero en el sentido más amplio. "Abarca más cosas que lo que sería el rocanrol, pero nunca llegamos a la abstracción total". Una vez al mes, viaja con su voz a Buenos Aires para cantar con Chillan las bestias, una banda que lo "abrazó" durante un impasse de Buenos Muchachos y que nunca más dejó ir. "No se pegan, es otra cosa, una banda que viene más del palo del tango, con un sonido bien bonaerense. De hecho, compuse los dos discos al mismo tiempo".

—Hoy, ¿vivís de la música?

—Sí, la venta de entradas y los derechos de autor me dan una estabilidad artística que me permite vivir de esto. Si tuviera que pagar un alquiler o mantener una familia tendría que trabajar de otra cosa. A mí me va bien, no soy millonario, soy rico, hago lo que me gusta. Y eso me da riqueza.

SUS COSAS.

Banda sonora.

A Pedro Dalton le resulta imposible elegir una banda de cabecera. Es que "son varias", explica. Desde Los Beatles y The Clash hasta Einstürzende Neubauten, un grupo alemán de lo que se llamó rock industrial. Entre los cantantes, mezcla extranjeros y locatarios, como Nick Cave, Tom Waits, Neil Young, Mandrake Wolf y Fernando Cabrera.

Buenos Aires.

Una vez al mes viaja a Buenos Aires. Allí tiene su banda porteña, Chillan las bestias. Y allí también tiene a María, su compañera de ruta desde hace 11 años. Durante un tiempo vivió en la capital argentina, donde combinaba la música con un trabajo como pintor y finalista de obra. A futuro, los planes de la pareja incluyen vivir juntos y de este lado del Río de la Plata.

Pluma y tinta china.

Dibujar siempre fue parte de su vida. A partir de haber ilustrado una edición de Cuentos de amor de locura y de muerte, de Horacio Quiroga, se reencontró con la pluma y la tinta china. Sus obras de seres humanos con cabeza de animal —"tipo (Luis) Solari pero más realista"— están a la venta en la galería Ciudadela.

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