COLUMNA - CABEZA DE TURCO 

¿Usted cree que soy pesimista?

Washington Abdala

vaso agua
Foto: Inverse

Es verano, estamos en algún día de los primeros años de 1970, se huele clima político jorobado, pero soy pibe, no capto a fondo lo que se viene. Mi vida era mi barrio, el deporte, el club y soportar el liceo. La verdad, vivíamos haciendo “murito”, o sea rascándonos en los pórticos de las casas, andando en bicicleta y jugando al cordoncito con la única pelota del barrio. ¿Autos? Éramos Cuba, pasaba alguno cada mil años, y mientras tanto la vida seguía.

El verano seguía, eterno, el tiempo pasaba sin reloj. La vida era la calle, la vereda, molestar a alguna vecina y vuelta a andar en bicicleta cada vez un poco más lejos de casa haciendo que ultrapasar ese límite fuera la gran aventura. En realidad corría detrás de la vida, sin saberlo, pero era eso.

Un día, en ese tironear por la libertad, me perdí con mi bicicleta. No sé dónde fui a parar, pero era una canchita de fútbol detrás de una parroquia cerca de la casa de mi compañero de escuela Teodoro. Necesitaban a uno más para jugar. Tiré la chiva y logré destacarme en un barrio que no era el mío. Tuve unos bríos que ni yo sabía que poseía y me destaqué. Lo raro era que los muchachos no eran malos jugadores. Algo había pasado en mi cabeza que sacó de mi una forma de jugar que no conocía.

Con los años entendí que cuando estás sometido a situaciones desafiantes solo hay dos opciones: o las enfrentás, superándolas, o te corrés a un lado. Aquella tardecita me di cuenta que formaba parte del club de los que toman riesgos, de los que ponen la cara, y que no me iba a quedar siendo un “perro” toda la vida jugando mal.

Eso, ahora que ya (creo) comprendí buena parte de lo que tengo que comprender en esta vida, lo veo seguido. El Flaco Jesús se equivocó: ser profeta en tu tierra es posible, en realidad podés ser el profeta de tí mismo y eso es lo único central, porque también comprendí que el fútbol me encantaba pero no era mi pasión número uno. Opté por libros, revistas y otras cosas que me atraían más.

Y no leí todos los libros, no podría, nadie puede. Por eso las librerías me generan ansiedad al ver tanto material allí adentro que sé que no tengo tiempo real de leer. Porque me gusta leer cualquier cosa, me encuentro leyendo de ciencia, de literatura, de cine, de política y de cualquier estupidez. Eso sí: no leo de gastronomía, ni de modas, no entiendo nada, pero me gusta oír gente hablando de eso, lo que demuestra que mi dogmatismo se va venciendo ante gente en serio. Crecer te quita prejuicios si querés entender lo que te rodea (dejás de creértela).

La verdad, creo que cualquier menester que nos ocupa en la vida, el que sea, es apenas una excusa para ver qué tipo de personas somos. Según cómo “abordemos” el asunto, el trabajo o el hobby, eso definirá que perfil humano poseemos. Y acá está la clave del artículo de hoy. Solo hay dos formas de vivir el presente: con optimismo o con pesimismo. Y no sé si me creerán -porque muchas veces las circunstancias cotidianas agobian- pero estoy en el primer club. Por eso, escribo, doy clases, defiendo personas en la abogacía, trabajo en el terreno internacional y hago cosas mucho más importantes -para mí- que tienen que ver con mi familia.

Los optimistas, claro, no somos un club de gente sonriente y con fiestas dominicales precalendarizadas. No. Somos gente normal, que enfrenta a la vida para doblegarla. Gente que sabe que con empeño, conocimiento y mucho juego en equipo se alcanzan resultados. No milagros, resultados que nos terminan conmoviendo por la fuerza de lo colectivo y la suma de tanta energía que impresiona.

Las gentes cuando hacen cosas con muchas gentes somos un asunto serio. Claro, entender esto lleva tiempo, creer en la gran jugada individual es más fácil. Derribar eso es parte del nuevo tiempo.

Asumámoslo.

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