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Cómo conquistar las alturas del Illimani

Un guía lleva al viajante desde La Paz hasta la cima de una cordillera que incluye cuatro otras montañas, cada una de ellas de más de 6.000 metros de altura. Un ascenso que no es para cualquiera. 

La primera parada hacia la cima está a 4.800 metros de altura
La primera parada hacia la cima está a 4.800 metros de altura

El ruido de los bloques de hielo que caen a pocos kilómetros del campamento base del Illimani, montaña ubicada 80,8 kilómetros al sureste de La Paz inquieta a la mayoría de los integrantes de la expedición que lidera el guía chileno Gastón Oyarzún (71), mientras intentan dormir a 4.800 metros de altura.

El sonido es imponente y es además un adelanto de lo que estos montañistas enfrentarán en la madrugada del día siguiente, al iniciar el ascenso —con temperaturas bajo cero y rodeados de nieve y hielo— a esta cumbre, uno de los picos más reconocidos de la Cordillera Real, hito natural y símbolo para los paceños.

Oyarzún reconoce bien ese sonido. Todos los años, entre junio y agosto, este montañista chileno guía expediciones hacia el Illimani, una montaña de dificultad media pero que requiere preparación sobre todo por la altitud —su cumbre está a 6.438 metros sobre el nivel del mar— y por la cantidad de nieve que acumula. Tiene experiencia: llegó a la cima del Aconcagua en 36 oportunidades y fue jefe de una de las primeras expediciones chilenas a los Himalaya.

Debut

La primera vez que Gastón Oyarzún subió el Illimani fue en 1980 y la ha seguido escalando regularmente desde entonces, atraído por sus características, que la distinguen de otras. Aparte de ser la más alta de la Cordillera Real, se trata de una imponente montaña de nueve kilómetros de longitud que tiene cuatro cumbres por encima de los 6.000 metros.

El montañista dice que una de las particularidades del Illimani es el microclima que tiene: en una región tropical, esta cordillera no permite el deshielo y eso significa que estará cubierta de nieve durante todo el año. Sin embargo, solo se puede intentar conquistarla en invierno, para evitar las lluvias que afectan a toda esta región en verano, cuando se produce el llamado “invierno altiplánico”.

Ese manto pálido permanente que lo cubre es una de las características que permite avistarlo y reconocerlo desde La Paz, y es también lo que lo mantiene siempre en la imaginería de los paceños (que tienen a esta cumbre como protagonista en la etiqueta de una de sus cervezas más famosas).

Una de las gracias de intentar subir esta cumbre es que las expediciones deben pasar por La Paz y conocer sus alrededores. Esto porque es necesario al menos pasar un día aclimatándose a la altura, lo que algunos montañistas aprovechan para recorrer las ruinas de Tiahuanaco (un hito fundamental de la época preincaca), o partir hacia el lago Titicaca. O distraerse en el Teleférico La Paz-El Alto, que permite llevarse una increíble panorámica de la ciudad.

Pero los preparativos son más que la aclimatación. El primer desafío antes del Illimani es el ascenso al nevado Charquini, de 5.390 metros de altura, vecina de Huayna Potosí, otra montaña que se ubica 40 kilómetros al noroeste de La Paz, que tiene menor complejidad y una ruta bastante accesible pese a sus 6.088 metros.

La ventaja del Charquini, que tampoco tiene una ruta de ascenso de mayor dificultad, es que tiene características geográficas similares a las del Illimani en cuanto a hielo y nieve, así que es un ensayo perfecto. “En Charquini” -dice Oyarzún- “se puede ver la técnica de cada uno de los que ascienden”. Y es el momento para que el guía evalúe si efectivamente saben usar bien los equipos, desde los crampones -o sea, los pinchos de metal que se agregan al calzado para escalar- hacia arriba. “Muchos no están capacitados y en esta cumbre ellos mismos pueden darse cuenta”, dice el montañista.

Después del Charquini, la expedición retorna a la ciudad para abastecerse de frutas y verduras, y alquilar los vehículos todoterreno con los que llegarán hasta la primera parada del ascenso: el poblado de Pinaya.

El viaje hasta Pinaya demora un poco más de 3 horas a través de una ruta que puede ser tortuosa, con un sinfín de curvas en un camino que no está pavimentando y que pone a prueba la paciencia hasta del más sereno. Pero los paisajes andinos permiten compensar esta parte con un exuberante despliegue de flora y fauna.

Al llegar a Pinaya —que es un caserío de no más de 30 familias— los niños sonríen y corren para acompañar los vehículos. Otros juegan fútbol en el colegio de la zona, como si la altura no fuese más que un problema en la cabeza de los visitantes: Pinaya está a más de 3.700 metros sobre el nivel del mar.

Esta es una comunidad tradicional, donde los habitantes hablan poco castellano, porque el idioma que predomina es el aimara. Aun así, se las arreglan bien con los visitantes: “Ellos están esperando por las expediciones y turistas para que les contraten mulas o les compres pan amasado y productos agrícolas”.

El servicio que ofrecen es el traslado de carga en sus mulas y burros, una logística especialmente útil para las expediciones. Son aproximadamente cinco horas de marcha entre el poblado y el primer campamento base.

En este tramo, el entorno es dominado por ovejas, llamas y mulas, mientras que el color del paisaje va cambiando notoriamente a medida que la expedición comienza el ascenso, con la nieve que brilla hasta encandilar. La primera parada es el campamento base a 4.800 metros. Ahí hay que instalar el campamento, descansar, intentar dormir e hidratarse. La tarea principal comenzará en la madrugada.

Entre cóndores

El ascenso es así: poco a poco la nieve va imponiéndose y los crampones se vuelven imprescindibles. Es como si el Illimani fuese marcando su territorio con las grietas, que se vuelven cada vez más frecuentes.

Cuando los montañistas alcanzan el segundo punto base, Nido de Cóndores, el altímetro marca 5.470 metros sobre el nivel del mar y la nieve ya domina todo el paisaje, haciendo rebotar los rayos del sol de forma implacable. La asimetría del terreno implica que las zonas para levantar campamento son escasas, así que no queda más que acomodarse. Pocos metros cuadrados tienen que bastar para servir de refugio e instalar las carpas, en la última escala previo al ascenso final.

En este entorno, hasta conciliar el sueño es un desafío. El suelo irregular, la altura y, curiosamente, el cansancio dificultan lograr el reposo ideal antes de comenzar la parte final de la expedición. En este momento, la temperatura puede alcanzar hasta los 15 grados bajo cero. La temperatura es otra de las barreras a franquear.

A eso de las cuatro de la mañana comienza el último esfuerzo. Las linternas iluminan en conjunto con la luna que brilla de frente. El silencio en este lugar es absoluto y la concentración es máxima. No hay espacio para errores. La idea de partir tan temprano es que el amanecer encuentre a la expedición de espalda. A esa hora, la sombra del Illimani es como una enorme pirámide. Antes de llegar a la cima ya se puede ver a lo lejos El Alto, ese barrio periférico de La Paz que creció hasta convertirse en una ciudad en sí, y a medida que se va avanzando se aprecia además el reflejo del lago Titicaca como si fuera un enorme espejo.

Hasta hidratarse se vuelve una tarea complicada: el agua se congela y la nieve necesita mucho tiempo al fuego para derretirse. Se necesita casi una hora para descongelar un litro, y se recomienda por lo bajo tomar tres. Todo esto con un pero adicional: el hielo, al derretirse, carece de minerales. Hay que agregárselos, si no esa misma agua solo contribuye a una mayor deshidratación.

Para llegar a la cima misma hay que encorvarse y transitar a través de glaciares que se despliegan entre el campamento alto y su cumbre, desde donde la vista es impagable: entre las nubes se logra vislumbrar todo el altiplano, pero también la selva amazónica boliviana, el océano Pacífico e incluso el Parque Nacional Lauca en Chile”, Una escena para retener antes de emprender el regreso, que se puede hacer hasta esquiando si se tiene la destreza para ello. 

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