COMPORTAMIENTO

Conocer el cerebro para aprender a enseñar

Ser un buen educador es un desafío que puede ser mucho más fácil de alcanzar si conocemos más sobre nuestro cerebro, dice el psiquiatra argentino Lucas Raspall en su libro "Neurociencias para educadores".

maestra preescolar
Cómo educar en la primera infancia. Foto: Shutterstock

Si el corazón está tranquilo, el cerebro está listo para aprender”. Esa es la consigna de Lucas Raspall, psiquiatra, psicoterapeuta, acupuntor y profesor universitario argentino, y sobre eso se explaya en su libro Neurociencia para educadores. Mucho más que cerebro... ¡personas! Raspall, como padre y como especialista, toma todo lo que sabe de la experiencia de vida y de la academia para tratar de comprender mejor el aprendizaje, y todo lo que está implícito, principalmente cuando se es bebé y niño. “En los primeros años de vida se escriben quizá las páginas que más condicionan la trama del cuento”, explica al comenzar el libro.

En casa, los principales educadores son los padres, tutores, tíos, hermanos mayores, abuelos. Pero luego viene la escuela, y el aula se convierte en un ambiente fundamental. En ese espacio, el vínculo base es el de alumno y docente, y sobre esto, Raspall responde a Domingo: “Las personas crecemos en las relaciones, y esto en la escuela no es distinto. No hay variable que incida de manera más fuerte sobre el desarrollo de las capacidades cognitivas, emocionales y sociales que el vínculo que el alumno genere con su maestro”.

Conocer el cerebro es importante porque si de enseñar se trata, son los mecanismos de la mente los que están más implicados en el proceso. “Por qué es tan importante motivar, cómo funciona la atención, cuáles son los períodos en los que se logra mejor concentración, cuáles son los secretos de la memoria, cómo se encienden las distintas inteligencias, cuándo se enriquece un aprendizaje. Son preguntas que todo educador debe hacerse”, sostiene Raspall.

Énfasis emocional

En Neurociencia para educadores..., Raspall dedica buena parte a hablar de los tres cerebros que tenemos los humanos. En un extremo está el reptiliano, el más básico e instintivo, de reacciones automáticas, vinculado a mecanismos de supervivencia. En el otro polo, está el cerebro humano, ubicado en la corteza prefrontal, que es, como habrá de imaginar el lector, el racional, el que analiza, planifica y resuelve. Este cerebro, indica Raspall, se desarrolla tardíamente en comparación con los demás, por lo cual, cuando los adultos piden al niño que “sea racional”, no le están haciendo mucho caso a la neurociencia. El niño, en principio, es puro instinto y emociones: cerebro reptiliano y mamífero, “el del medio”. El cerebro mamífero es “en el que domina la escena el mundo de las emociones (...) aparece el registro de sensaciones placenteras y displacenteras”, señala el autor. Y este lado emocional, juega un papel importante en la disposición del niño para aprender.

Raspall escribe: “Son como lentes intercambiables que montamos sobre el armazón plástico de los anteojos. Si ponés lentes negros, verás las cosas de color oscuro; si ponés lentes amarillos, se llenará de luz tu percepción (...) las emociones, en gran parte, definen lo que ves”. Y aquí, de nuevo, está el peso de los educadores, porque en esas relaciones hay experiencias de vida que van moldeando las emociones que luego disponen para construir al educado. ¿Pero cómo trabajar en esos pilares de la historia del niño?

El aula, lugar seguro

El salón de clases es un “centro de desarrollo emocional”, plantea Raspall. Es en ese contexto en el que los niños pueden aprender a reconocer sus propias emociones, y regularlas; donde aprenden la empatía y comienzan a construir vínculos sanos.

“Desde hace décadas sabemos que no hay una inteligencia sola, sino muchas y distintas, y que todas deben ser exploradas y potenciadas. Poner el foco en la inteligencia emocional implica salir de lo implícito para llevarlo a lo explícito, con actividades orientadas a tal fin, que son un engranaje clave para el resto de la vida de los niños”, explica el psiquiatra.

Para que todo esto suceda, el aula tiene que ser un lugar seguro, porque entonces el niño se animará a soltarse y expresarse. “Solo así se disipan las emociones negativas, dejando espacio disponible para que las positivas puedan tomar lugar”. Y si todo esto se cumple, habrá otro logro cumplido: el niño podrá alcanzar su máximo potencial.

Una de las claves que permitirán que el aula sea un lugar seguro para el niño, está en la conocida Teoría del Apego, de John Bowlby. Con esto, el psicoanalista inglés se refería a la necesidad de aproximación a una persona con la que el vínculo será muy fuerte. Como ya vimos: en casa la figura de apego pueden ser los padres, y en la escuela, el maestro.

Entra en juego otra concepción: la “teoría de la mente”, según la cual las personas, desde temprana edad, pueden inferir lo que sucede en la mente del otro, y así conectarse. Es una facultad que se va desarrollando y se enriquece sobre los tres años del niño, paralelo al manejo del lenguaje. Raspall lo describe como “una especie de ‘wi-fi’ puramente emocional que permite vincularnos de manera adecuada con los demás”. Y añade que si “un docente puede estar atento a las necesidades de sus alumnos, podrá ayudarlos a a alcanzar el estado de regulación emocional necesario para prestar atención, escuchar, participar, reflexionar, en definitiva, aprender”.

La motivación como misión

Si se logra un entorno seguro, y a la vez se reconoce que hay múltiples tipos de inteligencia y que cada niño es un mundo, entonces ya se está preparado para poder “ajustar los procesos de aprendizaje a cada uno”. Aunque queda un punto más al que estar atentos al educar: la motivación.

Desde el cerebro, la motivación se vincula con el sistema de recompensa, donde la dopamina es la neurotransmisora encargada de ajustar la función cognitiva, la motivación y gratificaciones. El centro de recompensa se activa cuando el organismo detecta una carencia fisiológica, y busca “cancelar la necesidad”. Es en esta etapa, previa a saciar la carencia, en la que aparece la motivación. Cuando se trata de una necesidad básica, la motivación aparece por instinto. ¿Pero qué sucede cuando queremos lograr que el alumno se motive con las necesidades vinculadas al saber? Hay que despertar el interés.

En el libro, los consejos que Raspall recomiendan a los educadores considerar la edad de los alumnos, el contexto, lo que se esté viviendo. Hay que llegar a la historia de los niños para poder “convocar las emociones que movilizan”. “El cerebro es plástico desde el inicio de la vida hasta el último día, fenómeno que habilita la posibilidad de nuevos aprendizajes todo el tiempo. El punto es que para que estos sean significativos, la primera misión del educador debe ser motivar”, explica el especialista. Lo que viene después, tanto la atención como la reflexión y el sentir, añade Raspall: “Queda servido”.

Una charla TEDx sobre la verdad

En su charla TEDx, Lucas Raspall plantea que la mente escribe nuestro cuento: “Todos los días pasa tiempo ordenando las imágenes, las experiencias, fijando ideas, fijando formas. Es como un editor”. La mente pone el foco en situaciones que marcan, y transforma en verdad lo que se dice en esos momentos. Luego lo guarda en la memoria, y “son esas ‘verdades’ las que nos van a definir”. El cerebro querrá reforzar esas ideas para mantener la coherencia, pero hay otras situaciones que pueden “romper esas verdades” y cambiar el cuento.

Por qué actualizar el conocimiento

“Innovar es muy costoso”, dice Raspall. Demanda energía, mucha atención: “Aprender algo nuevo implica que todo el aparato cognitivo tiene que estar a disposición de eso y no en ninguna otra cosa”. Pero el esfuerzo de salir de la zona de confort vale, y es uno de los “objetivos sobresalientes de la educación”. Porque cambiar de punto de vista permite abrir la mente y trabajar el pensamiento crítico. Para Raspall, el peligro de moverse solo con comodidad está en “solo reproducir lo que ya está, empobreciendo la mirada y limitando la experiencia”.

Meditar, una mirada de la neurociencia

Sobre el final del libro Neurociencias para educadores..., Lucas Raspall dedica un apartado al “Mindfulness para niños”. Primero, plantea cómo se ha validado la meditación desde la neurociencia, a partir de investigaciones que muestran lo que sucede a nivel cerebral cuando se practica. Luego, enumerando beneficios como “calmar la agitación mental para estar atentos al presente, promoviendo la autoobservación y el discernimiento”.

También cuenta que se han realizado investigaciones de la aplicación del mindfulness a nivel escolar. Algunos beneficios: “Ayuda a que los niños aprendan a mirar su interior y reconocer lo que sienten y piensan (...) a detener impulsos, a frenar las reacciones automáticas y a observar las cosas desde otra perspectiva, a incrementar la tolerancia a la frustración, a desarrollar la empatía y la compasión”, escribe. 

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