EL PERSONAJE

Claudio Taddei: "Entendí que me cantaba a mí mismo"

Recién terminó una residencia artística en el Museo Torres García, y ahora se prepara para grabar y publicar nueva música. Un artista que oscila entre la imagen y el sonido.

Claudio Taddei, un artista que vive entre la música y la imagen.

Aun año de haber entrado al grupo de los cincuentones, Claudio Taddei aún conserva un halo juvenil y bohemio, más allá de las abundantes canas y el bastón que lo acompaña desde hace casi 20 años. Pero cuando habla de su pasado y presente la voz se cubre de un tono sereno, desprovisto de la ebullición y el brillo que Taddei todavía transmite en persona y que lo colocó —durante un rato— en el centro del rock uruguayo justo en la mitad de la década de 1990.

En 1995, Taddei publicó el disco La iguana en el jardín, que tenía Why did you do it?, en la que cantaba junto a Ruben Rada. El tema representó uno de los momentos quiebre en el rock nacional, más allá de que en aquella época no consiguió crear, por sí solo, un circuito propio dentro de ese estilo. "Esa fue la primera impresión que tuvo la gente de mí", dice Taddei, "y tuve una difusión importante".

Esa difusión lo ubicó en un lugar medio raro y algo confuso. Según recuerda, hubo mucha gente que pensaba que la canción era de Rada, y que no le prestaba tanta atención al otro que cantaba. Además, no sonaba "uruguaya". Si bien el tema se hizo famoso, su autor e intérprete quedó un poco escondido detrás de él. "En aquella época, no tenía con quién compartir escenario. No es por hacerme la víctima. Es que no había lugares en los cuales se tocara ese tipo de música". Además, no se aceptaba de manera inequívoca que lo que Taddei hacía fuese "rock".

Todo eso cambió con el rotundo éxito de La Vela Puerca tres años después de que saliera La iguana en el jardín. Y Taddei tuvo que ver con ese cambio de paradigma, ya que fue el productor artístico del primer disco de la banda, Deskarado. "Cuando trabajé con ellos, me sentí libre", recuerda hoy y se le oye el entusiasmo cuando recuerda que en los músicos de La Vela Puerca encontró espíritus afines a sus inquietudes artísticas. "Sentí la libertad de proponerles incluir a una murga en una de sus canciones de ska, poder hablarlo y que ellos me escucharan y dijeran bueno, dale, vamos a hacerlo. Ahora es más común, pero en aquel momento yo lo sufría bastante. Ellos demostraron que el rock podía tener otros colores".

El propio Taddei siguió mezclando estilos y sonidos en sus discos, y más allá de los altibajos naturales de cualquier trayectoria en la música —máxime en el caso de un artista que prueba y mezcla constantemente— parecía encaminado hacia el reconocimiento en un recorrido "normal": disco, notas, conciertos... y vuelta a empezar. Pero el cáncer lo obligó a cambiar radicalmente de perspectiva.

El disco Para el sur el norte está lejos, editado en 2003, fue la despedida a ese Taddei, que en esa época dejó Uruguay y volvió a Suiza, país en el cual ya había vivido de niño cuando sus padres estaban ahí exiliados y al que regresó por un mejor tratamiento para su enfermedad.

Hoy, Taddei es un artista que parece inmerso en un proceso de paulatino regreso a Uruguay, con una faceta tanto musical como plástica. En los últimos años, la fusión entre música y pintura ha sido tal que es tentador dejar de calificarlo como "músico". Cuando se produce la charla con Domingo, Taddei ha concluido una residencia en el Museo Joaquín Torres García, donde expuso algo más de veinte obras. "Que me hayan invitado por parte del museo que lleva el nombre del pintor más representativo del país es muy importante", cuenta.

Pero no le pregunten si es músico o pintor. "No me gustan las clasificaciones, es cierto. Siempre dibujé y pinté, y siempre canté y toqué. Es que una actividad siempre tapaba a la otra". En la actualidad, por el contrario, las dos disciplinas comparten el lugar iluminado. Y él aparenta más complacido ahora que ambas pueden convivir en su quehacer artístico.

Pero no fueron solo la pintura y la música que se reencontraron. Él también se reencontró —y se reconcilió— con algunos rasgos propios que lo atormentaban. Como el timbre de su voz. "Ya no me disgusta mi voz", dice cuando recuerda que antes de irse a vivir por segunda a vez a Suiza admitía ese rechazo al sonido de su propia garganta.

"Me amigué con ella", dice, y enmarca ese disgusto dentro de una postura de autoflagelación y exigencia que no lo dejaba disfrutar de casi nada. "Me pasaba lo mismo que con la pintura. Estoy reconciliándome conmigo mismo. El tiempo me fue llevando un poco a eso, a no ser tan exigente conmigo, a aceptarme como soy, sin crearme tantas expectativas".

Las cargas internas que llevaba le vedaban el goce, y lo ponían —dice hoy— en el lugar de espectador de su propia vida: "Estás en una situación de observador, no de disfrutar el presente. Eso fue por mucho tiempo un peso. También tuvieron mucho que ver las cosas que me pasaron en la vida. Cuando me fui, no sabía si iba a vivir. Pero fui aprendiendo que no sirve de nada preocuparse, porque es como que te estás anticipando, no viviendo la situación".

—¿Y cuándo te diste cuenta de eso?

—Fue un proceso, pero me empecé a escuchar a mí mismo, a escuchar lo que cantaba. Porque no sabía lo que escribía. Aún sigo sin saberlo, porque es algo muy intuitivo. Pero estoy entendiendo, estoy considerando eso. Estaba desconectado de mí, pero empecé a aprender a leer la canción, a darme cuenta de que si estaba cantando algo, era por una razón. Un ejemplo es Conserva tu luz (del disco Para el sur el...), que es una canción paternal, que la hice para mis hijos Romeo y Dana, en donde yo les digo que vivan y confíen en ellos mismos. En realidad, me lo estaba diciendo a mí. En ese momento no lo entendí, lo fui comprendiendo con el tiempo.

Estar tantos años fuera del país, por más que esas ausencias fueran mitigadas por esporádicas visitas para reencuentros y conciertos, lo alejaron del público, que hoy puede preguntarse qué tienen que ver un artista que hace conciertos casi experimentales a partir de los sonidos que generan sus pinceles y lápices sobre la tela y el papel, y aquel joven que aparecía fuertemente maquillado en la tapa de su segundo disco, Cebras, nácar y rubí.

Entre esos dos polos hay unos cuantos años que transcurrieron en un cantón suizo donde se habla italiano y la vida en un pueblo de unos 6.000 habitantes llamado Agno, cerca de Lugano. Él entiende que hay gente que se perdió de verlo evolucionar, claro. Pero no le molesta. A veces, importa más identificar uno mismo los procesos y las continuidades en el trayecto vital.

Aún así, no deja de reconocer que sus distintas y disímiles facetas artísticas a veces descolocan a quienes se acercan a su obra. "No es fácil seguirme. Hasta mi trayectoria artística es un quilombo. Y eso en algún momento me trancó. Porque por todos lados era: ¿Qué estilo es el disco?. Es que me sale así. Un día me salía un joropo y después me salía un rock&roll". Ahora, que ya hizo un camino como un creador que se vale tanto de la expresión plástica como sonora, luce más cómodo en el terreno de la ambigüedad y lo multifacético.

En parte porque también parece sentirse más a gusto con el hecho de tener dos países entre los cuales oscilar. En los primeros años suizos, la melancolía le pesaba más. Y también le pesaba más ser inmigrante. "A veces sentía el rechazo por esa noción de que iba a robarle el lugar a alguien, cuando uno tiene muchas cosas en mente, pero no esa. Uno cuando se va, se va con mucha tristeza, pero también con mucha esperanza. Es un lugar raro para estar. Veo que ahora vienen más inmigrantes, lo que me pone contento por Uruguay. Porque nadie se va a un lugar que se está hundiendo".

—¿Y vos? ¿Vas a volver a vivir acá?

—Tengo ganas. Pero tampoco quiero vestirme con una ropa que no me corresponde. Volvemos a eso de clasificarse, de ubicarse en un lugar. No me gusta eso, nunca me gustó. Me siento más tranquilo si me puedo decir a mí mismo que puedo vivir en Uruguay, pero también en Suiza. Lo que sí he descubierto es que en todos estos años de distancia, encuentro más unión con los músicos de acá. Me siento muy bien recibido".

SUS COSAS.

Un instrumento. "Estaba de vacaciones en España y me encantó esta guitarra, pero como yo las pinto tenía miedo de que eso afectara el sonido. El luthier, bastante conocido, me dijo: Llévatela y píntala. Y ahí vemos. Si queda bien, me la pagas. La pinté y la guitarra siguió sonando tal cual antes de pintarla. Se la pagué y él me preguntó si le podía pintar un par más. Claro, le dije".
​Un libro. Dejar ir, de David R. Hawkins. "Ese libro inspiró a mucha gente que yo ya estaba leyendo y que me pareció bueno para empezar a dejar de quemarse el coco, y aprender a desaprender", comenta Taddei sobre este título de Hawkins, estadounidense y quien fue psiquiatra y que también publicó varios libros sobre temas como la espiritualidad y la fe.
​Un objeto. "Siempre me estoy olvidando de mis bastones, y los doy por perdidos. Pero hubo uno que fue especial, con el cual comprendí que el bastón es parte de mí. Fue el único bastón que, cuando me di cuenta que me lo había olvidado, lo fui a buscar. Lo encontré en la carretera, en pedazos. Y aún guardo esos pedazos".

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