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La ciudad oculta en la ficción

En varias obras Montevideo aparece como escenario y también como personaje, desde Alejandro Dumas (padre) hasta el estadounidense Norman Mailer

El legendario Café de Las Misiones, en el corazón de la Ciudad Vieja.
El legendario Café de Las Misiones, en el corazón de la Ciudad Vieja.

Lleno de torres y campanas fundidas después de las batallas. Se parece a Mobile, Alabama, Hoboken y New Jersey. Una ciudad dominada por una amplia Catedral, Leviatán de ladrillo. Desde hace tres siglos la ciudad de Montevideo ejerce una rara fascinación en los escritores que la han visitado. Las tres primeras impresiones pertenecen a tres autores bien distintos y distantes, los tres conocieron la ciudad en épocas diferentes y la describieron en sus obras. Es poco lo que une a Julio Cortázar con Norman Mailer y Alejandro Dumas (padre) en cuanto a sus respectivos pedigrís literarios. Tienen en común dos de ellos el hecho de haber conocido la ciudad de primera mano. Y la literatura, claro.

Montevideo ha sido retratada de muchas maneras, los primeros viajeros que la conocieron en el siglo XIX lo hicieron a través de hermosos dibujos, como los dejados por el viajero francés Barthélemy Lauvergne que reproducen con increíble fidelidad la Iglesia Matriz en 1836. Más o menos por la misma época, unos años antes en rigor, por la que Charles Darwin recaló en la ciudad mientras preparaba el viaje que sería la semilla de su obra mayor, El origen de las especies.

Claro que la ciudad ha aparecido innumerables veces en las obras de los grandes autores uruguayos, las más de las veces sin nombrarla (Juan Carlos Onetti) o en forma manifiesta (Mario Benedetti). La pequeña urbe de millón y medio de habitantes parece alcanzar sus verdaderas dimensiones en algunas ficciones. Montevideo ha vivido un largo y secreto romance entre las dos luces de la realidad y la ficción, una relación en la que tal vez haya tenido que ver la vida bohemia de los cafés literarios durante el siglo XX, esas pequeñas islas de cultura que fueron esfumándose del paisaje citadino con el nuevo milenio.

El Café Brasilero, otro testimonio que sobrevive de la Edad de Oro.
El Café Brasilero, otro testimonio que sobrevive de la Edad de Oro.

OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS. “Es difícil decir qué escritor extranjero describió mejor a Montevideo, de los pocos que lo hicieron”, advierte el escritor Alejandro Michelena. En la extensa obra de Michelena hay, además de ficción, un conjunto de crónicas sobre los cenáculos literarios del Montevideo del 900 y buena parte del siglo XX.

Michelena recuerda, particularmente, las descripciones de Julio Cortázar en algunos capítulos de su Rayuela. Pero también recuerda una novela del argentino Enrique Medina, un maestro del realismo más descarnado, que en 1973 publicó una de sus obras más notables Solo ángeles “pintando la triste y conflictiva ciudad de los años 70, con las acciones tupamaras, las medidas de seguridad del pachequismo, la represión, las razzias”.

A lo largo de su obra Michelena se ocupó en forma documentada y con criterios históricos de la vida bohemia en Montevideo. Lo cenáculos literarios impulsaron buena parte de la cultura uruguaya entre el 900 y las décadas finales del siglo XX.

Precisamente, una de sus crónicas históricas indaga en la vida del mítico Café Sorocabana que por décadas reinó en la rinconada de la Plaza de Cagancha. Michelena señala que en esa obra “creo haber aportado información, anécdotas e historias nunca antes tenidas en cuenta, como por ejemplo las reuniones de teósofos y esoteristas que ocurrían allí en plena dictadura”, recuerda.

La investigación en torno a aquella viva movida cultural le permitió a Michelena advertir los cambios en una ciudad desde los albores “provincianos”, el talante vanguardista de los locos años veinte, y los aires europeos o directamente afrancesados que fue adquiriendo en las décadas de los cuarenta y cincuenta. “Recalando al fin en la conflictiva década de los setenta de agite político y posterior dictadura”, describe el autor.

Un “agite” que la dictadura se encargó de pulverizar y, a juicio del autor, provocó el “achatamiento” cultural “tornándonos provincianos en relación con Buenos Aires”, asegura.

La Peatonal Sarandí, predilecta de los visitantes que la escogen como paseo.
La Peatonal Sarandí, predilecta de los visitantes que la escogen como paseo.

MEMORIA VIVA. El arquitecto Mariano Arana, exintendente de Montevideo y actualmente edil, continúa su incansable lucha por la preservación de la memoria histórica de la ciudad.

Al referirse al ojo de los visitantes Arana recuerda los testimonios gráficos que dejaron los viajeros de aquella minúscula capital austral a principios del siglo XIX.

“Algunos de los visitantes extranjeros eran, además, muy buenos dibujantes. Había unos dibujos maravillosos, donde mostraban las azoteas con aquellas señoras que usaban polleras de gran amplitud, tomando un tecito o una cocoa, con un perrito, el negrito que le ceba mate”, recuerda Arana.

Uno de esos dibujos se reproduce en esta página y permite ver la amplia azotea con vista a la bahía montevideana, las señoras de miriñaque sentadas a la mesa y los señores oteando el horizonte con el catalejo.

Y en cuanto a las añosas construcciones que aún se mantienen en pie, son los únicos testigos materiales de aquellas épocas. “Se conservan, gracias a toda aquella patriada loca que hicimos en plena dictadura, se tomó una cierta conciencia. Lo que se ha perdido mucho son las casas más humildes, las de patio, que estaban muy deterioradas. Patios abiertos ya quedan poquísimos, algunos han sido transformados para generar un cierto nivel de confort”, señala el arquitecto.

Cuando el viajero llega de Europa en una de esas naves que los primeros habitantes del país tomaron por casas volantes, lo primero que divisa, una vez que el vigía ha gritado ¡tierra!, son dos montañas: una de ladrillos, que es la Catedral, la iglesia madre -la matriz como allá se dice-; y otra de piedra, salpicada de algunas manchas de verdura y culminada por un faro: esta montaña se llama el Cerro. (Alejandro Dumas (padre), Montevideo o una Nueva Troya).

De aquella remota capital colonial apenas quedan trazas. Algunas edificaciones posteriores sobreviven bajo nuevas condiciones. Arana recordó, a modo de ejemplo de ello, la antigua casa del brigadier general Bernardo Lecocq reconvertida en un edificio de viviendas cooperativas. Arana indicó que la iniciativa le pareció “buenísima”.

Una típica azotea montevideana del siglo XIX frente a la bahía.
Una típica azotea montevideana del siglo XIX frente a la bahía.

CUNA DE ESPÍAS. Una de las obras mayores del escritor estadounidense Norman Mailer tiene a Montevideo como uno de sus escenarios. En El fantasma de Harlot el escritor ubica a su personaje central, Harry Hubbard, en una pintoresca y apacible ciudad sudamericana, la principal característica que la hace particularmente atractiva para espías de todo pelo.

La narración transcurre a principios de la década de 1960, en pleno auge de la Guerra Fría. En el momento de su publicación (1991) Mailer dijo que llevaba más de 40 años planeando escribir una novela sobre la CIA y sus oscuros y ambiguos pasillos de poder. Las andanzas de Hubbard para averiguar los secretos que el agente de nombre clave Harlot se llevó a la tumba lo llevan hasta la estación Montevideo. En la narración se menciona Howard Hunt, un agente que operó en esta ciudad por esa época como lo reflejan sus memorias. Lo más interesante de esta parte de la narración son las descripciones que el personaje hace de la ciudad a través de una serie de cartas.

(...) En ese sentido, todo Uruguay parece provocar un interés modesto. No puede jactarse de poseer montañas, como los Andes. De hecho, apenas si tiene colinas, y carece de una selva amazónica. Sólo planicies onduladas, y ganado. (Norman Mailer, El fantasma de Harlot)

Más adelante en otra carta el narrador se refiere a la población. “No hay follaje espeso y muy pocos indios. Al parecer, todos murieron de enfermedades infecciosas traídas por los primeros europeos. En las calles se ve una población mediterránea: españoles, con una nota italiana. Gente seria, práctica. La arquitectura más antigua, de estilo barroco español y colonial español, no es atrayente, a menos que uno esté preparado para pequeñas sorpresas”, cuenta.

En otro pasaje habla de la inveterada costumbre montevideana de comer carne y asegura que el olor de las parrillas “se mete en todo lo que uno come”.

Tal vez lo más interesante de esta peculiar descripción tiene que ver con las calles laterales de la ciudad que, según el narrador. “Montevideo es una ciudad que se desparrama, y las partes antiguas permanecen; sólo se les hace una suerte de refacción”.

Y una última imagen que parece condensar todo el carácter de esta pequeña urbe nacida a fines del siglo XVIII, como sólo los grandes autores pueden hacerlo: “En Montevideo, todos los relojes públicos parecen haberse detenido. Siempre es las nueve o las dos y media...”.

El Solís, una joya de mediados del siglo XIX restaurada y viva.
El Solís, una joya de mediados del siglo XIX restaurada y viva.
Carlos maría domínguez

"Sinuosa, aldeana, decadente"

Carlos María Domínguez (Buenos Aires, 1955) vive en Montevideo desde 1989. Su extensa obra abarca desde la novela, al cuento, la crónica y la biografía, en esta última categoría tiene la mayor biografía publicada sobre Juan Carlos Onetti (Construcción de la noche). Enamorado de la ciudad desde el primer momento ha desarrollado aquí su carrera.

-¿Qué vio en Montevideo el escritor Carlos María Domínguez para elegirla como su ciudad?

-Una ciudad sin alardes, de cielos generosos, recostada sobre el Río de la Plata con la sensatez de abrirse a su ilusión marina. Una ciudad baja, portuaria, que ofrece sus secretos con discreción y cordialidad, y un desorden melancólico capaz de dilatar los goces y las obligaciones hasta la saciedad o la exasperación. Montevideo es una ciudad sinuosa, aldeana, de una atemperada decadencia, dueña de una abigarrada y silenciosa nobleza que a menudo se muestra en lugares vulgares, o personajes inesperados. Una ciudad con tiempo, hasta para ser testigo de la propia historia.

-¿Cuánto de literatura ha encontrado en Montevideo?

-Está tan cargada de relatos, sugestiones, tramas, épicas y desvanecimientos, que parece una cantera literaria. Montevideo no sueña con un destino de grandeza, prefiere ser lo que ya es, y si eso le niega un destino pujante, le da una espesura de motivos superpuestos que podríamos encontrar literaria, frente a cada logro y cada fracaso.

-¿Qué descripciones de la ciudad celebra más, tanto por sus virtudes literarias como por el acierto de sus impresiones?

-Apenas llegar a Montevideo me asombró descubrir la precisión de un verso de Borges que nombra la ciudad como una “falsa puerta en el tiempo”. Muchas veces tuve la percepción de atravesar el tiempo con la mano. (Juan Carlos) Onetti y El pozo ocupan el núcleo literario de la ciudad -“Hay en el fondo, lejos, un coro de perros, algún gallo canta de vez en cuando, al norte, al sur, en cualquier parte ignorada.” “Esta es la noche; quien no pudo sentirla así no la conoce”, la ciudad del 900 está en Zum Felde y su Proceso intelectual del Uruguay, y más acá, el melancólico Reducto de Anderssen Banchero en Las orillas del mundo, y todavía más cerca la furiosa vida callejera de Pichis, la nouvelle de Martín Lasalt.

Los rasgos que sobreviven del Montevideo antiguo integrados al nuevo paisaje.
Los rasgos que sobreviven del Montevideo antiguo integrados al nuevo paisaje.

Una ciudad de “campanas fundidas después de las batallas”

Hace pocos meses la Real Academia Española publicó una edición conmemorativa de la novela Rayuela, de Julio Cortázar. Originalmente publicada en 1963, a más de medio siglo la obra preserva su frescura y espíritu lúdico. En la novela del autor argentino las alusiones a Montevideo son persistentes, cuando aparece el personaje clave de la obra que es la Maga, la mujer uruguaya que el protagonista busca incesantemente. En el capítulo 11 el personaje Gregorovius, también fascinado con la mujer, le pregunta por su “exótico” país. “A mí me suena raro el Uruguay. Montevideo debe estar lleno de torres, de campanas fundidas después de las batallas. No me diga que en Montevideo no hay grandísimos lagartos a la orilla del río”, dice el personaje. Y tal vez con sorna la Maga responde: “Por supuesto -dijo la Maga-. Son cosas que se visitan tomando el ómnibus que va a Pocitos”. “-¿Y la gente conoce bien a Lautréamont, en Montevideo?”, insiste Gregorovius. El poeta francófono nacido en esta ciudad se convierte en una velada broma que toma como blanco al ingenuo preguntador.

Un paseo a través de los ojos de Benedetti

“Estuve un buen rato contemplando el alma agresivamente sólida del Cabildo, el rostro hipócritamente lavado de la Catedral, el desalentado cabeceo de los árboles. Creo que en ese momento se me afirmó definitivamente una convicción: soy de este sitio, de esta ciudad”. (Mario Benedetti, La tregua). La ciudad de Montevideo es, prácticamente, un protagonista más en la obra narrativa y poética de Benedetti. Sobre esta idea la fundación que lleva su nombre ideó la Guía Benedetti que propone al viajero que conoció antes su obra que su ciudad un itinerario por los sitios más representativos de la capital. El Mercado del Puerto, el Teatro Solís, la Peatonal Sarandí, el café Las Misiones (foto principal), entre otros puntos que completan un circuito turístico y a la vez escenifican muchas de las historias contadas por Benedetti a lo largo de su extensa obra. Un recorrido que la guía propone terminar en la mayor postal montevideana, por excelencia: la rambla.

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