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Cinco figuras uruguayas hablan sobre su experiencia con el coronavirus

Malena Castaldi, Hugo Soca, Julio Ríos, Pedro Bordaberry y Juan Andrés Verde cuentan a Revista Domingo cómo los cambió pasar por el hisopado positivo.

Malena Castaldi
Malena Castaldi

Todos tienen algo en común: un diagnóstico positivo de coronavirus, semanas de soledad, la recuperación. Son conscientes de que muchos no pudieron ni podrán contar la historia. Sintieron miedo, lo sobrellevaron, se recuperaron. La COVID-19 vino a cambiar las reglas de juego. Vino, creen algunos, a cambiarnos a nosotros como seres humanos. A enseñarnos algo o a mostrarnos otro tanto de cosas. Vino, creen otros, a ponernos al límite, a desafiarnos.

Al momento de escribir esta nota Uruguay pasó la barrera de los 300 mil casos confirmados y las 4.000 muertes.

Pasó, también, los 250 mil casos recuperados y en este último grupo aparecen ellos, que aceptaron hablar con Revista Domingo para compartir sus historias particulares a fin de, por qué no, transmitir un mensaje a quien necesite leerlo. Para concientizar, para tranquilizar.

Estos cinco entrevistados hablan desde su experiencia con la enfermedad.  

“Una cosa es decir ‘tiene COVID’, otra es decir ‘tengo COVID’. Una cosa es que la ambulancia pare en tu edificio por alguien más, otra cosa es que pare para vos. Una cosa es ver pasar la ambulancia, otra cosa es ir dentro de la ambulancia. La gente se ve diferente, los ómnibus se ven diferentes, el día se ve diferente. El sol se ve diferente. Entonces vos te preguntás: ¿qué va a pasar conmigo?”, dice Julio Ríos.

El charco, los pies mojados y los escalofríos

 “Los escalofríos llegaron primero, los ojos llorosos después. A la noche, un dolor agudo a la altura de los riñones y una puntada en el pecho que cruzaba hasta la espalda. El viernes amanecí con el cuerpo abatido después de 14 horas consecutivas de sueño y el sábado me desvanecí en la ducha. Raro”. Así describe los síntomas Malena Castaldi (35), periodista, en un texto en primera persona que publicó en Telemundo. Dice, también, que a fines de marzo de 2021 le hicieron su primer hisopado en toda la pandemia.

Al principio subestimó los síntomas. Creía que era una gripe porque había metido los pies en un charco y había pasado horas con los zapatos mojados. Sentía chuchos de frío y empezaba a notar un estado subfebril. Pidió dos veces que le tomaran la temperatura en su trabajo. Nada. Después, el cuerpo se entregó solo.

El hisopado dio positivo. “A mí no me saltó ninguna advertencia en la aplicación Coronavirus. Tampoco recibí el llamado de nadie que me dijera ‘che, sabés que me hice un hisopado, estuvimos juntos, hacete un hisopado por las dudas’. Las personas que veía eran las de mi trabajo y cuatro por fuera. Pero me terminé contagiando, hasta el día de hoy no sé cómo”, cuenta a Revista Domingo. Los días después fue un vaivén entre darle a su cuerpo todo lo que necesitaba y la mayor estabilidad posible a su cabeza.

“El cuerpo me pedía quedarme en la cama y seguir durmiendo. Estaba inapetente, cero ganas de comer, entonces el cuerpo pedía el menor gasto de energía posible”. Los médicos la tranquilizaron y ella no se quedó con ninguna pregunta guardada. El miedo aparece como algo recurrente. Como una sensación que se apodera de la piel a la vez que la fiebre y los escalofríos y los dolores punzantes. Tenía que trabajar en eso, tranquilizarse.

“El momento más vulnerable fue cuando recibí la noticia. Me asusté. Porque vos no sabés cómo tu organismo va a reaccionar. La referencia son los profesionales de la salud que te empiezan a despejar las dudas”.

En su casa de 35 metros cuadrados estaba ella, sus cosas y las paredes, así que las palabras virtuales de sus seres queridos fueron salvadoras. Malena contaba los días y registraba lo que sentía, los síntomas no eran lineales ni evolutivos. Lo que más la preocupaba era el oxígeno en sangre, lo medía constantemente. Al séptimo día, al que le tenía temor por si aparecían signos más graves, perdió el olfato.

Superado eso, el desafío era que la ansiedad no la carcomiera. La rutina fue su foco (ver recuadro en página siguiente).

La rutina para el encierro

Cuando Malena Castaldi sintió que su cuerpo recobraba fuerzas, tuvo que implementar estrategias para que la cabeza no le jugara en contra. “Mis amigos me dicen que no vine con el pan abajo del brazo, vine con el Google Calenadar. Ya de por sí suelo tener como cierta organización, pero me ayudó mucho en esto. Tener conducta, que te levantás, que tendés tu cama, te das una ducha, te sacás el pijama y empezás a hacer cosas. Me permitía mayor laxitud para hacer las cosas, pero con orden. Tu cabeza necesita cosas distintas. Y tu cuerpo también necesita moverse”.

Cuando le dieron el alta, pasó lo contrario a lo que esperaba. “A veces se juega con eso de ‘ya estás inmunizado naturalmente, así que ahora living la vida loca’. Antes ya estaba siendo bastante exigente y muy reducidas mis burbujas, pero me volví más reacia al contacto”. Lo otro fue entender que a veces hay que dejar de “priorizar lo urgente por encima de lo importante”, que la vida se va en rutinas porque “la realidad se impone, pero hay que bajar revoluciones. Hay mucha gente que la pasa realmente mal, hay gente que no puede contar la historia. Tenemos una gama de experiencias frente a lo que es transitar la enfermedad”.

Una mirada retrospectiva

Pasó un año y dos meses. Ya lo ve de lejos, con las vacunas en campo, con el pico de la curva, con la experiencia. Pero antes, hace un año y dos meses, todo era incierto y desconocido. Su médica tuvo que pelear por uno de los cien hisopados que hacían por día. No había estado ni en China ni en Europa “ni en el casamiento famoso”, dice Pedro Bordaberry. Había estado en Paraguay y primero pensaron que podía ser dengue, lo descartaron. Era COVID-19.

“Yo creo que todos nos olvidamos cómo empezó y todo lo que evolucionó y todo lo que se ha hecho. Dónde estábamos hace un año y dónde estamos hoy”. Y entonces se acuerda de diciembre de 2020. Las fiestas, el repaso al año, las batallas ganadas y perdidas, las tres personas que a él se le vinieron a la mente, eran los médicos que lo habían atendido en marzo.

“Le mandé un mensaje a la doctora Criscuolo, que fue la que peleó para que me hisoparan y gracias a eso me pudieron tratar rápido, al doctor Layerle y al doctor Facal que me atendieron. Les dije: ‘Miro para atrás y me doy cuenta por el momento que pasé que hoy la estoy contando y me acuerdo de ustedes tres’. Y hoy de vuelta me vuelvo a emocionar”.

Lo primero para él fue el dolor en el cuerpo, el agotamiento. Lo adjudicó a que los días anteriores había estado plantando árboles bajo un sol fuerte.

Pero entonces “iba del living a la cocina y parece que hubiera jugado 15 minutos y alargue”. La falta de oxígeno se hacía notar. Eso y sus antecedentes de neumonía hicieron que lo internaran.

“Te diría que el segundo día pasé muy mal, me daba vuelta todo. Estaba aislado, entonces entraban y pasaban astronautas a dejarte la comida y se iban; el médico que iba una vez por día. Te tenés que tomar la temperatura y el oxígeno. La cabeza trabaja, todo el día mirando el techo. En ese momento dos personas a las que quería mucho también entraron al hospital pero fueron al CTI y luego fallecieron”.

— ¿Sentiste miedo?

—Sí, claro. No tengo vergüenza en decirlo. Ahí apareció Dios, por suerte. Lo que tiene es que cuando tenés eso no podés hacer nada. Porque si es otra situación de la vida vos podés encarar, hacer, pelear, pero en esto no tenés más remedio que quedarte quieto y esperar que el remedio o la quietud hagan efecto.

Pedro Bordaberry. Foto: Leonardo Mainé
Pedro Bordaberry. Foto: Leonardo Mainé

Haber sido senador le dejaba la sensación de que tenía que decir algo, transmitir tranquilidad. Compartió un video en el grupo de WhatsApp de sus compañeros de liceo —“Era como ponerlo en la CNN”, bromea—, y así se viralizó.

Después vino el alta, cuatro o cinco meses en los que el cansancio físico lo llevaban a usar bastón, una recuperación que llevó su tiempo. “Decía 'no puedo creer que se me vinieron tan rápido los años arriba'”. Hoy, a sus 61 años, se siente bien, entero como antes de aquel marzo de 2020. Lo que cambió, un poco, es la sensación que le transmite Uruguay. Le gustaría, dice, que el pueblo siguiera tan unido como al principio.

“Lo otro que diría a mis excolegas, los políticos, a todos, del oficialismo y de la oposición, es que nos juntemos. No hagamos de la pandemia un tema político. Ya va a haber tiempo cuando esto pase para pasar la factura política”.

Queda un aprendizaje

Hugo Soca dice que lo que más le sorprende de haber pasado por el coronavirus es el desgaste mental. Que él, que está constantemente pensando y razonando y organizando, ha tenido que tenerse tolerancia. Hace poco más de 20 días que le dieron de alta, bajó muchísimo de peso, siente dolor corporal, pero la mente: “La sentís cansada. Empiezo a programar una reunión y llega un momento que tengo que dejar el celular, descansar unas cuantas horas y después volver. Ayer trabajé todo el día, me empecé a sentir mal. Si hablo mucho, me canso”.

Todo empezó con un enfriamiento en el estómago; era lunes. Pensó que era por haber salido desabrigado un día de frío. Todos los inviernos pasa por lo mismo. Pero entonces empezó la fiebre, los chuchos de frío y, lo que más marcó al cocinero: el rechazo a la comida. “No comía, literalmente no comía”. Para cuando se levantó el viernes, seguía creyendo que podía ser la gripe anual, pero fue a hacerse el hisopado y se encerró. El resultado lo tomó por sorpresa.

Y apareció la tos, el cansancio, el dolor corporal. Suave, dice. “El lunes a la mañana me levanto, me voy a duchar, y ahí empezó todo el caos. Me desvanecí, me agarré de la jabonera. No tenía oxígeno, no podía respirar. Lo primero que pensé fue: relajate, tranquilo. Salí de la ducha a tirarme arriba de la cama boca abajo pero no sentía de donde agarrar el oxígeno”.

Dice que uno de sus consejos para quienes viven solos es, siempre, tener una o más llaves extras en casa de alguien más. Eso lo ayudó. Llamó a un amigo, llamó a la doctora, le mandaron una ambulancia. Salió caminando del apartamento a la vereda, sintió como si hubiese corrido diez kilómetros.

Máscara de oxígeno, suero. En 46 años de vida, esa fue la primera vez que lo internaron. Antes, estaba convencido de que sería una de esas personas que pasaría sin pena ni gloria por el coronavirus. A lo sumo, un asintomático o síntomas leves. “Hago ejercicio, me alimento bien, hacía dos meses me había hecho estudios y todos los valores me habían dado bien. Lo que me pasó pienso que pudo tener que ver con el estrés”. Hugo venía de un año de reconversión en lo laboral y la muerte de personas queridas.

Internado, no veía que sus valores cambiaran, se asustó. Empezó a mejorar. “Esto me dio 300 cachetadas, sentí por primera vez la sensación de ‘no salgo de esta’. Me tocó y de una forma que no la esperaba. Te hace reflexionar mucho, te hace valorar ciertas cosas”.

Con el tema de la soledad, no se lleva nada mal y el tiempo de aislamiento no fue la excepción. Lo que sí, dice, el cariño y los mensajes que recibió por doquier fueron de ayuda. También el espacio para pensar y entender que aquello de disfrutar y vivir la vida que predica desde siempre, ahora tiene que tomárselo mucho más en serio. Decir que no cuando siente que tiene decir que no, decir que sí pero con calma. No correr más y parar cuando el cuerpo y la cabeza le piden. No ir a toda velocidad.

El cariño en los malos momentos

Julio Ríos (60) cuenta que tiene por costumbre correr diez kilómetros seis días a la semana. Notó que algo no andaba bien cuando un sábado salió como siempre y volvió sintiendo que habían sido 50 kilómetros. Los chuchos de frío fueron su señal. El lunes lo hisoparon. El martes le confirmaron lo que sospechaba. Después los síntomas disminuyeron, al punto que le decía a sus amigos que, si no fuera por el contagio, saldría a caminar como acostumbraba. “Es un virus muy traicionero, que es la particularidad que tiene. Porque los primeros cinco días te va invadiendo los pulmones y vos no sentís absolutamente nada”.

Julio Ríos. Foto: Leo Mainé
Julio Ríos. Foto: Leo Mainé

El séptimo día, dice, fue brutal, cayó en picada. Al octavo día sentía que una fuerza magnética no lo dejaba salir de la cama. El noveno día aparecieron los dolores. Fue entonces cuando llamó a la ambulancia. En el proceso, demoró más de una hora en bañarse, varios minutos para retirarse las medias. Estar de pie parecía casi imposible. “Tenía 89 de oxígeno, el mínimo es 93. Inmediatamente me colocan máscara y deciden llevarme al Hospital Británico que fue cuando me internaron”.

“Buenas noches Sr. Julio Ríos. Hoy tuve el placer de cocinarle su cena!! Mi nombre es Gabriela y junto a la nutricionista Cami le deseamos pronta recuperación”, está escrito en color azul sobre un papel blanco, al lado de la foto de Gabriela con su indumentaria, su tapabocas y sus ojos finitos de risa. El cariño, dicen los entrevistados, ha sido un poco el motor que les ha dado fuerza en todo esto.

Dice Julio que él ya había pasado por momentos críticos, ya estuvo en CTI por otra condición, y que, siempre, el aliento de los otros es imprescindible. Pero esta vez lo marcó más. Dice, también, que sabe que la gente o lo quiere o lo odia. Pero que incluso algunos que cada tanto le hacen riña por redes, esta vez le mandaron apoyo.

El coronavirus es una enfermedad que se mide en el día a día. Del siete al 12, le dijo el médico, es clave. “Sabés que es la franja, la tenés que atravesar, porque define si vas al CTI, si te vas de este mundo, lamentablemente —como le ha pasado a mucha gente— o si te vas a recuperar. Hoy miro la cuestión desde otro ángulo. Se fueron amigos, colegas. Le tocó a uno. Mentalmente es la enfermedad más complicada que me tocó atravesar. Eso que tuve ya dos capítulos anteriores”.

“Con la vacuna vemos tierra firme”, dice Juan Andrés Verde

El cura Juan Andrés Verde iba por su décimo hisopado cuando el resultado fue positivo. En los casos anteriores de contacto directo, cree que el tapabocas y las distancias lo protegieron, esta vez, fue un contagio dentro de su propia casa. “La forma en la que me enteré fue muy buena porque pude encuarentenarme antes de adquirir la enfermedad, con lo cual eso también me dio una cierta paz”, dice. También sintió temor por la mínima posibilidad de contagiar a sus padres, a sus seres queridos. A su vez, valoró más que nunca al personal de salud, a la paciencia y la claridad con que le respondían sus dudas. “Y la fe fue fundamental para enfrentar tanto la noticia como la enfermedad. Eso siempre lo ayuda a uno a vivir la cosa distinto”.

Juan Andrés Verde. Foto: Leonardo Mainé
Juan Andrés Verde. Foto: Leonardo Mainé

Su mensaje, dice, es que “no subestimemos a este bicho, a pesar de que ya estamos cansados, por todos los esfuerzos que estamos poniendo desde diferentes ámbitos de nuestra sociedad. A través de la vacuna estamos viendo tierra firme, sigamos remando, no aflojemos justo ahora que, si Dios quiere, ya queda menos, y espalda con espalda lo vamos a lograr”.

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