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Atrás de la ciencia y el laboratorio

La familia Lev Asaravicius quiso homenajear a su hija Sandra financiando la carrera a distintos estudiantes. Van por la tercera generación.

Mathias Meyer de la Beca Lev Asaravicius. Foto: Leonardo Mainé
Mathias Meyer. Foto: Leonardo Mainé

Hay algo que tienen en común Sandra Lev, Mathias Meyer, Elisa Vanoli y Gastón Bonilla: la pasión por la ciencia. Crecieron seguros de que el laboratorio era un mundo por descubrir. Ese gusto lo adquirieron en la escuela, lo conservaron en el liceo y llegaron a la facultad convencidos de su vocación para hacer biotecnología.

“En mi infancia no conocía esta carrera, pero siempre me gustó ir más para el lado del laboratorio. En la escuela me gustaba trabajar con microscopios, con muestras. Era mi parte favorita. Empecé el liceo y física no era mi fuerte, pero siempre me interesó ciencias físicas y química. Me gustaba tanto trabajar con animales como con células vegetales”, cuenta Elisa Vanoli (foto principal). Es de Melo, tiene 20 años, y vive en Montevideo desde 2017, cuando se vino a estudiar Biotecnología. Además, es la segunda estudiante de la Universidad ORT en recibir la beca Licenciada Sandra Lev Asaravicius.

Elisa Vanoli de la Beca Lev Asaravicius. Foto: Marcelo Bonjour
Elisa Vanoli. Foto: Marcelo Bonjour

La investigación científica fue la pasión de Sandra. Se licenció en bioquímica en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, y comenzó una maestría en biotecnología que se frenó por sus problemas de salud, cuenta Diana Asaravicius, su madre. Cuando Sandra falleció, en 2015, Monis Lev, su padre, decidió que cada vez que pensara en su hija, no quería hacerlo desde el dolor, desde el tiempo difícil. Prefería recordar su espíritu y su fuerza, por eso le propuso a su esposa y la familia ofrecer una ayuda económica para que chicos con el mismo perfil vocacional de Sandra puedan cursar la carrera en la ORT.

Cuando Elisa llegó a 4to de liceo, poco antes de decidir la orientación de bachillerato, hizo un viaje con su tía y sus amigas, una de ellas estudiaba biotecnología, y le contó de la carrera. “Ella justo se estaba por recibir, y me contó que era una carrera en la que podías mezclar biología, química, el trabajo en laboratorio y la investigación”. La convenció. Una vez en 5to, cuando ya estaba en biológico, su profesor de química la convenció de unirse a las olimpíadas de química. “Me fue bien, y eso hizo que me empezara a gustar mucho más, y desde ahí dije: ‘Esto es para mí’”.

Mathias Meyer (21) fue el primer chico en ser reconocido con la beca, en 2016. Ese año se mudó de Paysandú a Montevideo. Allá dejó a sus amigos, a sus padres, a su hermana, a sus perros, a sus días de jugar al rugby y al waterpolo, porque él, ante todo, quería dedicarse a la ciencia. Estaba decidido sobre su futuro. Nadie de su familia está vinculado a la profesión que eligió, lo más cercano es su abuelo médico, pero nunca nadie le puso un pero, más bien siempre lo motivaron a hacer lo que sintiera que era para él.

Lo mismo sucedió con Sandra, pero 20 años antes. Eligió la carrera cuando cumplió 18 y terminó la secundaria. Era 1992 y la suya fue una de las primeras generaciones en Bioquímica en Facultad de Ciencias. “Era una carrera muy nueva, y nosotros no estábamos muy convencidos, porque el campo laboral era para los químicos, pero a ella le encantó”, recuerda Diana. Además, contra Sandra no se podía ir, menos si era decisión tomada: “Cuando se proponía algo, lo conseguía”, añade Monis. Y ellos confiaron en la decisión de Sandra, porque siempre les hizo felices que sus hijos siguieran su vocación. “Queríamos que ella fuera feliz”, dice el padre, y en el laboratorio, investigando, lo era.

“Siempre hemos entendido que la educación es la llave del futuro de las personas. Es una forma de avanzar en la vida y llenarla de contenido, no solo intelectual, sino en valores. Siempre hemos sentido que eso impulsó la vida de Sandra, y que fue eso lo que la llevó a elegir su carrera, y a desarrollarse en el área de la bioquímica, tanto como pudo”, expresó Monis, en su discurso para la ceremonia de bienvenida Gastón Bonilla, el tercer estudiante en recibir la beca.

Gastón es de Maldonado, está por cumplir sus 19 años, y uno de los motivos por los que eligió la carrera fue la inspiración que le generó su tío, Flavio Zolessi, investigador del Instituto Pasteur. Antes pensaba que quería ser veterinario, porque le iba bien con la biología y porque siempre tuvo fascinación por los animales. Ahora, cuenta, su intención ha cambiado: “Realmente me gustaría poder realizar aportes a la comunidad científica, como ha hecho mi tío. Él fue quien me convenció de que esta era la carrera para mí. Mi aspiración es algún día llegar a tener el impacto que ha tenido”. 

Monis Lev, Gastón Bonilla y Diana Asaravicius. Foto: Marcelo Bonjour
Monis Lev, Gastón Bonilla y Diana Asaravicius. Foto: Marcelo Bonjour

Por ahora, su experiencia es la que trae desde el liceo, y de un proyecto que empezó hace dos años, por su cuenta: criar y estudiar a las hormigas negra de fuego invasora y Camponotus mus. Asimismo, tiene gran expectativa por lo que le deparará la vida universitaria, porque ya notó que quienes están en su salón de clase hoy, es porque realmente les apasiona lo que están estudiando.

El apoyo financiero que cubre el 50 por ciento de la la carrera es solo una parte de la beca. Tanto la familia como los amigos de Sandra crearon un grupo de Facebook en el que están al tanto de la vida académica de los chicos, y además buscan darles ánimo. Quieren ser un sostén porque una de las características en común de los estudiantes es que son del interior, les toca estar lejos de sus hogares y adaptarse a la vida en residencia.

Los tres llegaron a la beca sin saber nada de la historia de Sandra, los seleccionó la ORT y les contaron de dónde vendría el apoyo. Los allegados a Sandra les dijeron que no se lo tomaran como una mochila sobrecargada, y no, no sucede. Pero sí buscan motivación en la historia y, dice Mathias, lo que más le gusta es “saber la energía que ella transmitía”.

Estudiantes que quieren salir adelante

Selección. Enrique Remuñán, director de Servicios Estudiantiles de la Universidad ORT es el encargado de seleccionar a los alumnos que recibirán la beca Licenciada Sandra Lev Asaravicius. El referente explicó a Domingo que los chicos son preseleccionados de aquellos que rinden la prueba habitual de aptitud académica en los períodos de octubre, diciembre y febrero. Además, deben presentar una declaración jurada de ingresos y son entrevistados por la universidad, como en las otras becas que brinda la institución.

Lo que marca la diferencia para la beca Lev, es que una vez que está destinada para chicos que busquen un futuro en la biotecnología, carrera que desarrolló Sandra Lev en vida.

“Por otro lado, hago entrevistas personales buscando que el alumno demuestre entusiasmo hacia la carrera, y a su vez el hambre de aprender y salir adelante. Como Sandra, que a pesar de tener sus problemas de salud fue para adelante, construyó su familia, tuvo a su hijo, estaba estudiando su posgrado”, sostiene Remuñán.

La otra característica es que los estudiantes vengan del interior del país: Mathias Meyer (generación 2016) es de Paysandú, Elisa Vanoli (2017) vino desde Cerro Largo y Gastón Bonilla, que acaba de recibir su beca, es fernandino.

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