VIAJES

Un cascarrabias en el país de la felicidad

Las estadísticas y los estudios tienden a colocar a Noruega en el tope de la lista de países “felices”. ¿Es para tanto? Un viajero con serias dificultades para encontrar la dicha lo pone a prueba.

Noruega, uno de los países más "felices" del mundo

Las grandes cabras montañesas reposaban junto al camino que recorríamos en un parque alpino con vista hacia Bergen, la segunda ciudad más grande de Noruega, a cuya cima habíamos llegado a bordo de un funicular repleto de gente. "Turistas", murmuró Ira, mi esposo, mientras él y Steven, un compañero de universidad, avanzaban por un sendero flanqueado por flores silvestres y enormes piceas.

La encantadora caminata en esta ciudad patrimonio de la humanidad que siempre había querido visitar —un impresionante puerto con edificios de madera del siglo XIV— solo alcanzaba para levantar mi ánimo ligeramente. No era el jet lag, sino la decepcionante habitación de hotel.

Esta no es la mejor actitud, lo reconozco, tratándose de un país nombrado como el más feliz del mundo en 2017. Una encuesta de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas atribuyó este hecho a factores sociales y económicos, incluido el producto bruto interno per cápita (el petróleo es una exportación importante), la esperanza de vida, los fuertes sistemas de protección social y la confianza en torno a un gobierno libre de corrupción.

Pero la felicidad, por supuesto, es un asunto relativo y moldeable, que no solo se aplica al lugar donde vivimos, sino que también al que vamos.

¿Qué nos hace felices en un viaje? Thomas Jefferson era el más feliz, según dijo, cuando viajaba solo. Al autor Bruce Chatwin le gustaba el camino menos transitado y recorrerlo siempre a pie. "Si caminar es una virtud —escribió—, entonces el turismo es un pecado".

Me interesa tener una habitación con balcón y deambular por los barrios concurridos de la ciudad, y por los pueblos agrícolas montañeses o las caletas de pescadores, todos lugares donde encuentre el sentido de una vida auténtica diferente a la mía.

Los ferries públicos también son un atractivo adicional. Steven y yo, tan testarudos como controladores, nos habíamos agotado tramando este viaje. Pero más allá de nuestra obsesiva planificación, no había absolutamente nada que pudiéramos hacer respecto a la lluvia, abundante en el lado occidental de Noruega a fines del verano boreal y que aniquilaba nuestra sensación de control, algo que, según Daniel Gilbert, autor de Stumbling on Happiness, es clave para la satisfacción humana. Sin control, nos ponemos ansiosos. Por otro lado, un viaje feliz siempre deja espacio para la espontaneidad y, en mi personal opinión, para nadar.

Y así es como terminamos tomando un desvío no planificado a través de Klosteret, un dulce vecindario de Bergen repleto de casas con flores, calles adoquinadas y un café encantador, hasta llegar a una gran piscina pública. No había mucha gente, estaba climatizada y tenía vista panorámica hacia los diferentes tipos de embarcaciones que se guardaban en las profundas aguas oscuras del puerto. Si tan solo no hubiese habido el insistente zumbido de un dron sobre nuestras cabezas... Se movía tan cerca, que los salvavidas de la piscina llamaron a la Policía.

"Espero que no sea de un chico con quien salí y que está enojado conmigo", dijo una mujer que caminaba junto a nosotros. Dejé el comentario de lado (y un recordatorio acerca de la masacre cerca de Oslo cometida en 2011 por un xenófobo noruego) y el sauna luego me puso de mejor humor. Lo mismo que el apuesto empleado de nuestro hotel: "Pudimos encontrarte otra habitación", dijo. Era más pequeña y no tenía balcón, pero sí grandes ventanas que daban hacia la montaña. "¿Ahora sí estás contento?", preguntó Ira.

Durante la época de los vikingos y hasta el siglo XIV, Bergen fue sede del reino medieval noruego. Desde entonces ha sido hogar del dramaturgo Henrik Ibsen, del compositor Edvard Grieg y, más recientemente, del novelista Karl Ove Knausgaard. Actualmente es conocida por su escena universitaria, la música black metal y por Kode, el nombre de su red de museos de arte, diseño e historia.

Un edificio de Kode albergó el catalizador de nuestra felicidad el sábado por la noche: Lysverket, un destino gastronómico. De acuerdo a un blogger noruego de comida al que Steven (diligente en la planificación de este tema) había consultado, no era tan formal. "Las comidas de dieciocho platos que duran horas no me hacen feliz", dijo. Una vez en el lugar, la comida de cuatro tiempos era fresca e inventiva, e incluía muchos pescados y mariscos locales.

El lunes, tras una satisfactoria visita a una exposición dedicada a Edvard Munch, mi humor se hundió cuando la lluvia comenzó a caer incansablemente y nos dirigíamos al Norte, a Brekke, que sería la primera parada de una noche en nuestra aventura por los fiordos.

Por las ventanas no alcanzamos a ver el paisaje que nos había traído a Noruega. ¿Qué pasaría si el clima arruinaba nuestras perspectivas toda la semana? ¿Tendría que invocar mi mindfulness prescrito por el Dalai Lama en The Art of Happiness para aliviar la decepción?

Esa noche en un peculiar motel que tenía pasto en el techo, me tiré en la cama, inquieto por el sonido de la lluvia, pero cuando amaneció, miré hacia afuera y vi dos masas de tierra que se elevaban desde el agua. Un fiordo tal y como lo había imaginado. El clima se había calmado para brindarnos una vista sublime.

Llovió todavía más mientras abordamos transbordadores y recorrimos carreteras hacia Fjaerland, donde el atractivo propietario de pelo largo del pequeño hotel de madera Fjaerland Fjordstove nos dio una reflexiva charla a una docena de invitados. Nos contó cómo había encontrado la felicidad al traer a su familia desde Oslo para vivir más de cerca la naturaleza. Luego nos contó sobre Jostedalsbreen, el glaciar que veíamos entre las nubes y la niebla hacia el Norte. "En verano, cuando el hielo se derrite, nutre la tierra", dijo.

Más tarde, cuando la llovizna disminuyó, di un paseo y descubrí que Fjaerland, también conocido como Mundal, era mi ideal platónico de pueblo noruego, despreocupado y modesto, con un par de tiendas y cafés. El escenario —montañas nevadas contra las aguas del fiordo de Fjaerland— me impactó de tal modo, que sentí la felicidad total porque satisfacía todos mis deseos.

Además, había libros. Estaban por todas partes: en las tiendas, en gallineros abandonados, en estanterías en los muelles y junto a los prados color esmeralda. En 1996, para atraer a más viajeros, el somnoliento Mundal se convirtió en la primera "ciudad del libro" oficial de Escandinavia. "Pero, como todo, requiere de un esfuerzo para que resulte", me dijo la mujer que dirigía una oficina de turismo cargada de libros. Sí, pensé, el esfuerzo puede traer felicidad. Pero no solo eso.

Los pueblos que visitamos posteriormente, Balestrand (donde tuvimos un excelente almuerzo híper local —aunque costoso— en una sidrería) y Solvorn (famoso por su encanto y belleza natural), no me hicieron tan feliz como Fjaerland. Esos lugares parecían demasiado exclusivos y renovados. Ira levantó una ceja ante mi sensibilidad y autosabotaje. "Compara y desespera", advirtió.

En nuestro histórico y familiar hotel de Solvorn, el Walaker, un encantador gerente escuchó mis quejas sobre nuestra habitación sin vista, pero no nos pudo ayudar. Me dejó de un mal humor que duró desde el ferry hasta la iglesia de madera de Urnes, del siglo XII y que es Patrimonio Mundial Unesco, con un entorno tan espectacular como cualquiera en Escandinavia. De regreso, vimos ballenas negras del tamaño de un delfín saltando en el agua, como desafiándome a sonreír. Luego, en el instante justo, apareció un arco iris radiante. Momentos después me dijeron que podíamos cambiarnos a una habitación con balcón, lo que hizo que mi espíritu se elevara tan rápidamente como un globo de aire caliente. 

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