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Cartagena: entre piratas, rones y otras historias

Es la perla colonial de Colombia y la niña bonita del Caribe; invita a un recorrido entre lo nuevo y lo viejo, la música y las playas de revistas. Una visita a este Patrimonio de la Humanidad

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Cartagena, un encuentro con la historia.

Cartagena de Indias es conocida como la ciudad de las historias de piratas, la ciudad amurallada y la ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad. Pero también es un lugar con un encanto único en donde su gente se destaca por su simpatía y alegría. Como se le decía anteriormente, es la “Reina de las Indias”. 


Es muy fácil moverse por Cartagena. El transporte en la ciudad es la combinación perfecta de caos con elementos folclóricos y pintorescos. Lo que uno debe comenzar a hacer es pasear y perderse por las calles de su centro histórico y del barrio Getsemaní.

Sus calles son hermosas y repletas de vida, colores e historias. Cada tantas cuadras aparecen plazas llenas de colores y movimiento. Es el barrio que dio origen a la ciudad en el siglo XVI y en donde en 1811 se dio el grito de independencia sobre el yugo español.

Al caminarla se respira un fuerte aire colonial en donde se puede ver la ornamentación: cuantos más adornos y herrajes en las puertas, mayor nivel social.

Este viejo barrio, actualmente muy engalanado, fue durante décadas un barrio de “mala muerte” repleto de bares, borrachos, pistoleros y, como diría el Gabriel García Márquez, lleno de “putas tristes”. La música invade las calles desde cada casa o local. Hay una batalla musical en cada cuadra. En general es algo pintoresco pero hay veces que llega a convertirse en un infierno para los oídos.

Apenas uno visita la ciudad y ya resulta sencillo quedar fascinado con el platillo típico: la famosa “arepa e huevo” como dicen sus vendedores.

La arepa de huevo es una comida típica del Caribe colombiano, que está compuesta por una masa de maíz y un relleno de carne y huevo. ​La arepa es nuestra dieta en estos primeros días.

La entrada principal de la ciudad es la puerta del Reloj. Antes podríamos encontrar un puente levadizo que los españoles cerraban todas las noches para la protección de la ciudad colonial. Apenas cruzamos, llegamos a la Plaza de los Coches, donde hoy encontramos a los carros de caballos; en el pasado colonial era el mercado de esclavos.

Los fuertes colores caribeños están en todas partes. Y así encontramos a la clásica postal de Cartagena: las Palenqueras. Estas mujeres pasean por todo el centro de Cartagena con sus vestidos coloridos y las frutas para vender que llevan sobre la cabeza; también posan para las fotos, siempre con un pago previo. Las palenqueras se molestan si le sacas fotos sin su permiso; se cubren y te gritan. Los palenques eran los pueblos fundados por los esclavos fugitivos. La otra gran postal de Cartagena son los puestos callejeros de venta de arepas. Salen de debajo de las piedras y adoquines.

Uno puede ver caminando por las calles a los personajes de Gabriel García Márquez e imaginar todos los amores y desamores. Aquí apreciamos que hay lugares y rincones que quedan eternizados en la literatura. Aquí aprendemos que el Gabo adoptó Cartagena como su ciudad (aquí se forjó como periodista y escritor) y aquí reposan sus restos, en la Universidad de Cartagena.

En esta ciudad pareciera que la realidad y la ficción se mezclan, se hacen una. Es el famoso Realismo Mágico de nuestro continente. Cartagena se recorre, no con un mapa en las manos, sino con la obra de Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura.

Invasión de colores

Son muchas las plazas para detenerse y quedarse sentado mirando a la gente. Recomendamos las hermosas y movidas plazas de San Diego, Plaza Bolívar y el Parque Centenario, que hasta hace un tiempo era el matadero de la ciudad. Hoy, sin embargo, es un lugar obligado del paseo, donde nos sentamos a tomar un jugo de la calle entre iguanas inofensivas que juegan entre ellas sin prestar la mínima atención a las personas que están por allí.

Nos perdemos por la ciudad y vamos descubriendo un fascinante recorrido que nos lleva a conocer las historias de estas murallas construidas hace más de 400 años. Debemos recordar que Cartagena de Indias fue declara Patrimonio de la Humanidad de la Unesco por la preservación de su identidad colonial.

Así aparece el Castillo San Felipe de Barajas. Su construcción comenzó en 1536 con el objetivo de poder defenderse de los ataques enemigos, sobre todo de las fuerzas inglesas y francesas. Hoy se lo puede recorrer todo y adentrarse por los túneles por los que las tropas podían moverse sin ser vistos por los eventuales enemigos que invadían la ciudad.

Dos postales bien diferentes de la multifacética y amplia Cartagena de Indias son el Monasterio de la Popa y el barrio Bocagrande.

El primero hace referencia a un monasterio del siglo XVII que vigila y observa toda la ciudad. Se encuentra a unos 145 metros y oficia de perfecto balcón con vista a todo el paisaje. El nombre se debe a los siempre ocurrentes marineros que veían el monasterio desde el mar con forma de popa de barco.

Con el paso del tiempo fue quedando como la vinculación del mismo como icono de Cartagena.

En el recorrido se nos advierte que el lugar es peligroso para continuar a pie y que lo más recomendado es hacer el ascenso en moto. Negociamos el precio; la pobre y humilde moto va con tres personas y sufriendo mucho el esfuerzo.

Bocagrande, por su parte, es el barrio más distinguido de la ciudad. Aquí están los edificios y hoteles más importantes y elegantes así como los principales centros comerciales. Todo está enmarcado en playas azules Aquí pasamos una mañana y tarde, esquivando vendedores ambulantes y disfrutando de un hermoso atardecer: vale la pena mirar un sol gigante y en llamas hundiéndose en el Caribe.

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Cartagena de Indias. Un antiguo enclave colonia transformado en una ciudad de mil encantos.

Camping en Barú

No podemos irnos de Cartagena sin pisar las playas paradisiacas que siempre vemos en las revistas. Y así es que aparece Barú en el viaje.

Tomamos un bus hasta el pueblo de Pasacaballos y ahí te llevan autos y motos hasta el destino. Vamos a un hostel sobre el final de la playa y luego de dos días decidimos quedarnos acampando en el lugar. Meterse al mar es como una caricia tibia. No existe el apuro mientras miramos las distintas escenas que se suceden en esta playa.

La experiencia es increíble al igual que lo vivido el último día allí. El día amanece con un mar enfurecido y muy creciente. Tenemos que poner unos troncos como barricadas y hacer zanjas en la arena para que el mar no llegue a la carpa. El viento es muy fuerte. Los lugareños están muy tranquilos y dicen que en ocasiones el mar logra subir mucho más, que la naturaleza hace lo que quiere y que debemos aceptar y esperar.

Igualmente señalan que no recordaban tal furia. El Mar Caribe nos quiere devorar: esa es nuestra última anécdota.

Ahora nos queda seguir viajando para descubrir lo que Colombia nos tiene para ofrecer.

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