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La capilla que la batalla del Álamo dejó en pie

Enclavados en la bellísima San Antonio, Texas, el edificio y su famosa fachada fueron declarados por la Unesco como Patrimonio Histórico de la Humanidad el mismo día que el exfrigorífico Anglo de Fray Bentos.

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La capilla se erige a un lado de la plaza principal de la ciudad.

MIGUEL ÁLVAREZ MONTERO

El mismo día que la Unesco declaró al exfrigorífico Anglo de la ciudad de Fray Bentos como Patrimonio Histórico de la Humanidad, hizo lo propio con la capilla del Álamo, en San Antonio, Texas, que con sus gruesos muros de piedra es única testigo en pie de un martirologio histórico que hasta el cine —John Wayne mediante— convirtió en una epopeya épica.

Esa capilla es hoy no solo el principal atractivo turístico de San Antonio de Texas, sino también el eje desde donde se extiende la bellísima ciudad, acaso la más hermosa de todo Texas y la de mayor influencia mexicana y española. Es también como un enclave histórico amenazado (apenas uno sale de la ciudad) por el agresivo perfil de las torres perforadoras de petróleo que matrizan al estado texano.

La capilla se erige a un lado de la plaza principal de la ciudad. Su fachada no solo está allí de piedra presente, sino también en infinidad de souvenirs de consumo turístico que se venden hasta por apenas un dólar en los comercios del entorno. Sus muros son los mismos que en abril de 1836 resistieron a pie firme la batalla de El Álamo, aunque su techo debió ser reconstruido porque el original no logró sostenerse ante el cañoneo a que lo sometieron las fuerzas del generalísimo Antonio López de Santa Anna en 1836. Tampoco logró mantenerse en pie la línea de piedras que amurallaba el fortín, aunque algunos vestigios quedan en la plaza.

No falta nada.

Trasponer la puerta de la fachada es empezar a respirar el espíritu de aquella contienda, porque allí están el sable del atildado coronel Travis, el sombrero de piel del aventurero David Crockett, el famoso cuchillo de Jim Bowie, los utensilios que sirvieron a la defensa del fortín, los viejos fusiles que dispararon hasta que los defensores tuvieron el último aliento, la bandera texana que enarbolaron desafiantes ante Santa Anna, pinturas que recogen momentos claves de la batalla, el pequeño recinto donde se refugiaron la esposa de Travis y otras damas ajenas a la lucha de los hombres, las últimas cartas recibidas en El Álamo antes del apocalíptico final y otros detalles que introducen al visitante en el episodio histórico. Pero si eso no lo logró, un breve documental cuenta la batalla, que el visitante podrá también recrear visualmente en una enorme maqueta —con soldaditos de plomo— que escenifica el encontronazo. Y la tiene también en el monumento de mármol que preside la plaza, con el nombre de cada uno de los mártires.

Para memoriosos del cine, El Álamo no fue una lucha de defensa liderada por Crockett, Bowie y Travis, sino por John Wayne, Richard Widmark y Laurence Harvey, dirigidos por el propio Wayne, quien relató en ella los preliminares de la defensa del fortín y la larga y desigual batalla entre cien defensores texanos y un ejército mexicano de entre 3 mil y 8 mil hombres, según de donde provengan las versiones.

Un poco de historia.

Conviene recordar que en aquel 1836 Texas aún pertenecía a México, aunque los colonos angloparlantes eran absoluta mayoría en el territorio y habían comenzado a hablar en voz alta sobre una emancipación que les permitiría erigirse en estado independiente y quizás (o sin quizás) adherirse luego a los Estados de la Unión. Los míticos David Crockett y Jim Bowie —por entonces asentados como tranquilos pero influyentes hacendados —eran dos de los que querían ver en Texas flamear su propia bandera.

México vivía bajo la dictadura del generalísimo Santa Anna y temía que esos movimientos separatistas llegaran a materializarse, así que reunió un ejército bien pertrechado y bajo la consigna de imponer a los texanos el respeto a las leyes mexicanas (catolicismo y antiesclavismo) se puso a la cabeza del avance militar sobre Texas, encontrando en su paso el fortín de El Álamo, donde un centenar de hombres —unos de Crockett, otros de Bowie, los más del ejército de la Unión que comandaba el coronel Travis —se atrincheraron para dar batalla en defensa de "su" Texas.

Cuando los defensores vieron el horizonte lleno de soldados mexicanos, enviaron un mensajero al general Sam Houston, que estaba más al Norte, pidiéndole ayuda, pero éste lo envió de vuelta instando a los de El Álamo a resistir, porque el tiempo a ganar en la demora del avance de Santa Anna sería vital para recibir refuerzos y ganar a los "invasores" la siguiente batalla.

En una palabra, Houston dictó, en aras del sublime deber patriota, la sentencia de muerte de los hombres de El Álamo. Según narra Wayne en la película, cuando volvió el mensajero con la mala noticia, Travis dio la posibilidad a los colonos de abandonar el fortín, pero ninguno se fue. Finalmente, el filme cuenta con lujos de detalles cómo cada uno de los hombres fueron cayendo ante los embates de los uniformados mexicanos, hasta no quedar ninguno.

Más allá del romántico sacrificio que narra Wayne, la historia verdadera cuenta que la batalla le provocó al ejército del Generalísimo las suficientes bajas y la necesaria demora para que luego, en San Jacinto, Sam Houston lo venciera y tomara prisionero al mismísimo Santa Anna. El vencedor aprovechó la oportunidad para declarar la independencia de Texas y asumir su presidencia, y unos pocos años después concretó la ansiada anexión a la Unión como una estrella más de su bandera. Pero Houston, además, se dio el lujo de liberar a Santa Anna a cambio de pactar una venta: México cedía el rico estado de Texas a Estados Unidos (y en la misma transacción también a California) por la suma de 15 millones de dólares. A la luz de los recursos económicos posteriores de esos dos estados, la cifra es irrisoria.

Influencia presente.

A México puede quedarle el relativo consuelo que Texas es hoy un estado influido por su cultura. Al menos lo es San Antonio, donde están los restos de El Álamo. Y esa influencia no sólo se nota en la vieja capilla que había sido erigida por Padres Franciscanos muchísimo antes de la batalla, cuando los españoles intentaban evangelizar a los indios con resultados más bien negativos: siete veces los indígenas arrasaron la misión y masacraron a los frailes, lo que motivó que la capilla estuviera en tiempos de la batalla encerrada en un fortín militar.

Esa influencia hispana y mexicana está hoy en todo San Antonio, como se ve en el otro gran atractivo de la ciudad, el Paseo del Río, que es una larga vereda que bordea un caracoleante curso de agua, cruzado por pequeños puentes. En esas veredas se alinean restoranes de comida mexicana, pubs, cafés con mesitas al borde del río y hoteles, todo con tejas rojas españolas, arcadas, plantas colgando de los postigos, azulejos y música de mariachis. México y la España colonial están allí omnipresentes, como reivindicando la propiedad del pasado.

Barcazas que hacen el paseo a los turistas completan un enclave de una belleza subyugante. Y si San Antonio es la clásica ciudad para enamorarse y volver, la capilla de El Álamo es su emblema turístico, que la Unesco reconoció como Patrimonio Histórico el mismo día que el exAnglo de Fray Bentos, desde ahora hermanados culturalmente.

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