NOMBRES DEL DOMINGO 

Camila Sosa Villada y una pelea que se da en el lenguaje

Camila Sosa Villada es una escritora y actriz travesti. En 2019 publicó Las malas, novela que la consagró y que se transformará en una serie.

Camila Sosa Villada, actriz y escritora
Camila Sosa Villada, actriz y escritora

En octubre de 2014 Camila Sosa Villada se para sobre un escenario en Córdoba para hablar de los árboles que crecen solos. “Deben haber pasado alguna vez por una zona roja”, le dice a las personas que la escuchan en el marco de una charla TEDx. Tiene un vestido salmón que es más largo atrás que adelante y que le tapa las rodillas, un collar verde y ancho que le llega hasta abajo del pecho, el pelo ondulado, marrón rojizo le cae sobre el hombro derecho. “En el auto, paseando en bicicleta, se deben haber cruzado alguna vez con un par de travas paradas en una esquina laburando”. Después cuenta, con la respiración profunda que contiene el llanto, con una voz que no es gruesa pero que es potente y que lleva a la ciudad de Córdoba en la forma de decir las palabras, que tenía 15 años cuando empezó a travestirse y que su padre le dijo que su destino era terminar muerta en una zanja, porque el único trabajo al que podía aspirar siendo travesti era a tener sexo con hombres por dinero.

Camila Sosa Villada sigue viviendo en Córdoba, tiene 38 años y un libro, Las malas, que en 2019 la consagró como una escritora de esas a las que hay que prestarle atención. Editado por Tusquet, fue publicado en España, en México, en Francia, en Alemania. Tiene, además, un libro de poemas, La novia de Sandro, surgido a partir de textos de un blog que borró por vergüenza, un ensayo autobiográfico en el que reproduce y analiza las condiciones en las que empezó a escribir —El viaje inútil— una obra de teatro unipersonal, Carnes Tolendas, que estrenó en 2009 mezclando vivencias propias con pasajes de la vida de Federico García Lorca que la consagró como actriz y papeles protagónicos en algunas películas o series, como Mía o La viuda de Rafael. Ahora también va a tener una serie que será la adaptación de Las malas, de la mano del productor, guionista y director Armando Bó.

Para escribir, para pensar y para pensarse, para reflexionar sobre el colectivo de travestis, para dar entrevistas a medios locales e internacionales, para convertirse en una referente y en una voz a la que hay, necesariamente, que escuchar, Camila tuvo que trabajar como prostituta en el Parque Sarmiento, una zona roja de la ciudad de Córdoba.

Se había ido de su pueblo, Las Faldas, de 5.000 habitantes, a Córdoba capital para estudiar comunicación social y teatro. Mientras estudiaba quiso buscar otro trabajo: en un McDonald’s, en un call center. Pero en todas partes pasaba lo mismo: se presentaba como Camila pero cuando le pedían el documento decía Cristian. Y nadie entendía cómo Cristian era Camila o cómo Camila ya no era Cristian. Así que la decían que no.

Fue una noche. Camila salía de clases en la universidad cuando un auto se le paró al lado y le preguntó cuánto cobraba. Y ella, que había querido trabajar para demostrarle a su padre que sí había otra manera, otro destino, otro futuro, le puso un precio a su cuerpo y tuvo, por primera vez, sexo a cambio de dinero. Camila tenía 18 años, estaba sola y tenía miedo. Después, por recomendación de una travesti, empezó a trabajar en una zona roja de Córdoba. Eligió el Parque Sarmiento porque siempre se sintió atraída por los árboles que crecen solos. Y en el parque, que es el más grande de la ciudad y tiene un arroyo con aguas podridas, había muchos árboles que crecían solos.

Camila Sosa Villada, autora de Las malas
Camila Sosa Villada, autora de Las malas. Foto: La Nación/GDA

Allí había, también, un grupo de travestis que la adoptó y la cuidó y la protegió y le enseñó códigos que en su mayoría tenían que ver con sobrevivir. Porque si sos travesti y prostituta siempre podés estar cerca de morir.

Esas travestis fueron las primeras personas que se preocuparon por ella, las primeras que la conocieron de verdad, las primeras en saber si Camila estaba triste o con el corazón roto, las primeras en salvarle la vida cuando dos clientes la contrataron pensando que era una mujer y adentro del auto descubrieron que era travesti y empezaron a pegarle como si quisieran vengarse por haberlos engañado y entonces apareció Cleopatra, una travesti que medía casi dos metros y tenía unas manos grandes y fuertes y abrió la puerta del auto y los sacó a golpes y Camila sintió, por primera vez, que alguien se la jugaba por ella. Que alguien estaba ahí para ella.

No sabe qué fue de la vida de las travestis del Parque Sarmiento. Desde que se fue de allí nunca más volvió a verlas, ni a escribirles, ni a buscarlas. Por eso Camila las escribió y las ficcionó y creó, inspiradas en ellas y en los años del parque, a los personajes de Las malas, el libro que la elevó, a ella y a las compañeras que la sostuvieron.

Escribir siempre fue una forma de salvarse. Lo empezó a hacer cuando era un niño y se encerraba en su pieza y escribía historias. Y lo hace ahora para decirse, para que las travestis también existan en el lenguaje. “Durante muchos años el mundo solo estuvo interpretado de forma binaria, por lo que la situación de las mujeres estaba contemplada en el lenguaje. Y su existencia también, aunque con absoluta desfachatez. En cambio, las travestis no estábamos ni siquiera nombradas, es decir, se parecen y no se parecen, en tanto y en cuanto las travestis surgimos y ponemos una cuña entre estos dos polos que son los hombres y las mujeres. Por supuesto que luego identificamos que el enemigo era el mismo: el patriarcado”, dijo en una entrevista con el portal Efeminista.

También escribe para acceder a un lugar al que nadie más puede llegar, es un espacio que solo transita cuando va llenando hojas, cuando va dibujando palabras para encontrar sentidos. Es una soledad en el medio del caos. Un lugar donde quizás haya árboles que crecen solos.

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