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Tras la búsqueda de una perla en Dubái

En este pequeño emirato, que parece obsesionado con el futuro y las megaobras arquitectónicas, encontrar un lugar, un plato o un recuerdo que hable de la genuina tradición local es todo un logro.

Dubái
Foto: Shutterstock

En este lugar solo había buscadores de perlas a bordo de frágiles embarcaciones a vela llamadas dhow. Por siglos, la única forma de sobrevivencia para los habitantes de las costas del desierto de Arabia era adentrarse en las cálidas aguas del Golfo Pérsico, sumergirse, aguantar la respiración por dos o tres minutos y extraer ostras, en cuyo interior encontrarían la gema que sería intercambiada a los beduinos y comerciantes persas por alimentos y otros insumos. Pero en esta tarde de fines de julio, en la orilla del Dubai Creek, el brazo de mar que se adentra en la actual ciudad, nadie piensa en bucear. No por perlas. Ni siquiera porque el calor es abrasador.

Dubái es conocida como la capital más futurista entre los siete estados que forman los Emiratos Árabes Unidos. Sin embargo, el edificio más alto del planeta, la línea de metro robotizada más extensa del orbe y sus malls de hasta 23 kilómetros para recorrer —cancha de esquí incluida— no se divisan desde este sector.

Dubai Creek es el contraste con la nueva ciudad, "con todo lo que vino después del petróleo", como dice Cristianne, que nos ha tenido toda la mañana recorriendo, bajo 45 grados Celsius y con gran solemnidad, un sector con construcciones que tienen apenas 100 años de antigüedad. Todas estas edificaciones han sido restauradas o recreadas para los visitantes, porque el turismo constituye hoy la principal entrada de dinero para este emirato que, unido a otros seis, nació como país en 1971.

Dubái
Foto: Shutterstock

Ahí empezó todo, apenas dos años después de que la primera exportación de oro negro arrasara con cualquier vestigio de su original precariedad.

En Dubái la historia es corta y frenética como el hallazgo del petróleo en los años 60, o como el tiempo que toma atravesar el arroyo por el puente Al Maktoum, la primera construcción de la etapa de la prosperidad. Por eso, a bordo de un abra, una frágil embarcación de madera que todavía sirve a los peatones locales —y, por cierto, a los turistas— para cruzar el arroyo, se agradece apreciar una leve sensación de lo que puede haber sido la Dubái original. Aunque por las orillas se ven amarrados decenas de yates de lujo, este ritmo de navegación, lento y ensoñado, ayudado por los aplastantes calor y humedad, detiene la vorágine de la ciudad.

Así es más o menos fácil imaginar a delgados hombres de piel curtida por el sol arrojándose al agua, ayudados con una piedra atada con una cuerda y tapando sus narices con trozos de cuero, mientras cruzamos desde la zona de Bur Dubai hacia Deira, donde se encuentran los zocos, o mercados, de las Especias y el Oro.

Después de navegar durante unos diez minutos una distancia que en auto tomaría un suspiro, es momento de apuntar otro dato que habla del vértigo de crecimiento en Dubái: en 1960 había aquí solo 13 autos. Nada más. "Y probablemente eran todos de la familia real. La gente usaba camello hasta hace muy poco acá", dice Cristianne.

Entonces, finalmente, queda claro el objetivo de este viaje: perlas y camellos. Eso es lo que quisiera encontrar en esta ciudad de edificios de 163 pisos, autopistas de 8 carriles y carros de metro sin conductor. En la llamada ciudad del futuro, esta sería una búsqueda por la tradición.

Camello tex-mex.

Dubái
Foto: Shutterstock

Ya en Dubái, una encargada de la formación de las tripulantes de Emirates contaría que, de los 25.000 trabajadores que vuelan en la compañía, solo recuerda a unas tres mujeres auténticamente locales. Tampoco es tan inesperado este dato si, según las últimas estadísticas oficiales, el 90 por ciento de la población que vive en Dubái no nació en este lugar. Aún así, había que darle al emirato la oportunidad de sorprender con auténtica cultura local.

Cuando el abra se acerca a la otra orilla del Dubai Creek, divisamos la imagen de un camello. Está sonriendo, impreso en el letrero de un carro que ofrece el verdadero y original helado de leche de camello de Dubái. Podía considerarse un primer encuentro con lo genuinamente dubaití.

El helado de leche de camello tiene un sabor diferente, dulce y cremoso, pero con la ventaja de ser bastante descremado. Cuando le preguntan por los camellos verdaderos a Rashid, el vendedor, que también ofrece entre sus exóticos sabores el de dátiles y azafrán, se ríe. Y agrega que los camellos vivos solo se pueden encontrar, y montar, en un safari por el desierto, una experiencia que, tras la reciente tormenta de arena, está momentáneamente suspendida.

Tampoco es una decepción: en rigor, esos safari se realizan a bordo de unos vehículos 4x4 que hacen rugir los motores en las dunas del desierto de Arabia y que suman al camello para la foto solo al final.

Como sea, hay que seguir con optimismo. El dulce picor del helado de azafrán alienta para no descartar esta búsqueda de tradición. El Zoco de las Especias está al cruzar la calle y puede ser una opción. ¿Qué más tradicional que un mercado?

"Bueno, bonito y barato por acá", grita uno de los comerciantes árabes que abordan al paso a cualquiera que, celular en mano, recorra los cuatro pasillos llenos de pequeños locales que hay. El acoso al visitante es un clásico. El regateo también. Lo cierto es que en este zoco los productos que tienen más salida son los magnetos de refrigerador hechos en China, los inciensos traídos de India y las pañoletas de cashmere y seda que, según sus etiquetas, son 100 por ciento esos productos, y que el vendedor de las "Tres B" reconoce que vienen de Pakistán.

El regateo es acalorado en este laberinto de colores y olores. La cúrcuma, el cardamomo, el azafrán, el índigo, los dátiles y variedades de pimienta, asfixian y se cuelan hasta en el sudor. Entonces, entrar en una tienda es obligación.

A continuación, una pregunta ciertamente retórica, por el calor: ¿Dónde se puede tomar una buena sopa emiratí con limón? Ahmed, un vendedor, no tiene idea de qué lugar recomendar para vivir la experiencia de la comida más "tradicional" de la ciudad. Tampoco lo sabía Peter Boos, que es el chef ejecutivo a cargo de todo lo que se come cada día a bordo de los aviones de Emirates, y con quien hablamos antes: "La comida local es del tipo comfort food , nada bonita, nada sofisticada. Como el fish and chips en mi país —dijo este inglés, mientras intentaba responder a la pregunta por el mejor plato tradicional que se podría probar en Dubái—. Nada crece en este desierto, entonces históricamente lo que se hace es comer mucho arroz, porque se puede mantener bajo el calor. Le agregan especias y un pescado fresco, quizás. El camello es solo para una ocasión especial".

Muros de coral

En la parte antigua de Dubái son dos las grandes construcciones históricas: el fuerte "preservado" de Al Fahidi y el barrio "recuperado" de Bastakyia. Por ambos circularon camellos alguna vez. El fuerte está fechado en 1787, pero no lo parece. Menos si una vez dentro de él se accede por una puerta interior al moderno Museo de Dubái, construido bajo tierra en los recientes años 80 y en el que se invita a revivir, con muñecos de tamaño real, cómo eran las antiguas escenas de camellos y buscadores de perlas en la cotidianeidad.

Cuando llegaron los mercaderes tuvieron un problema: no había materiales sólidos de construcción. No había piedra, no había madera. "¿Cuál fue la solución?", pregunta Cris y mira alrededor, como si la enfocaran las cámaras de un programa de conocimientos de la televisión. Los que la rodean buscan con la vista algo: rastros de adobe, de cal mezclada con huevo, de barro, quizás. Pero no. Hay un muro que deja a la vista una especie de ladrillos erosionados, rectángulos con volumen, pero llenos de orificios: "¡Es coral!", dice la guía, y explica que 55 casas fueron hechas con coral porque sus ocupantes, que eran familias muy ricas, querían una estructura más sólida, permanente. Entonces pegaron los corales con una pasta hecha de aceite de ballena, agua de mar y arena.

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