Bush: "lloro mucho en mi trabajo"

| El presidente se confiesa como "un llorón", pero teme que el mundo lo vea lagrimear. Odia las malas noticias, su pasado alcohólico y que algún día deba arrepentirse de su gestión. Ama la bicicleta y la lectura.

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EL PAIS DE MADRID

El presidente se confiesa. En cinco entrevistas que en total sumaron cinco horas. Pero no lo hizo con cualquiera, sino con uno de los reporteros del agrado de George W. Bush, que de hecho no son muchos. Pero Robert Draper, escritor de la revista masculina GQ, trabajó muchos años en Texas (estado natal de Bush), y aprovechó sus contactos para ganarse la confianza del mandatario, quien no había permitido semejante acceso a su intimidad desde los días de su primera campaña, en 2000. El resultado es el libro Certeza absoluta: La presidencia de George W. Bush (en inglés, Dead Certain: The Presidency of George W. Bush), que acaba de publicarse.

En el texto, Bush confiesa que llora. Y mucho. Pero asegura que no le gusta que se le noten los pesares que carga y que lo único que desea mostrar en público es "firmeza." Sobre todo, en tiempos de guerra. El mundo le observa: "los iraquíes me observan. Las tropas me observan. La gente me observa. Aun así, lloro. Tengo el hombro de Dios para llorar. Y lloro mucho. Lloro mucho en mi trabajo. Apuesto a que he derramado más lágrimas de las que usted puede contar. Derramaré unas cuantas mañana".

Draper no sólo habló con el comandante en jefe para pintar su fresco sobre los últimos cuatro años de la Presidencia de Bush. El escritor ha tenido acceso al todopoderoso vicepresidente Dick Cheney, a la secretaria de Estado Condoleezza Rice, al asesor que manejaba todos los hilos, Karl Rove, al anterior secretario de Defensa Donald Rumsfeld y a Laura Bush.

Durante la entrevista, a Bush le gustaba poner los pies sobre la mesa. Mientras conversaba relajadamente, Bush comía panchos de bajas calorías. Se confesaba abrumado por la soledad de ser "comandante en jefe". Y admitió que lo que más miedo le da es tener que avergonzarse de sus decisiones, algún día en el futuro.

El libro gira en torno a la figura del presidente. Dibuja al Bush que pocos ven: el amigo de sus amigos, el político tejano que valora la lealtad por encima de todas las cosas, el personaje público que no se permite el lujo de la duda. En privado, al presidente de la nación más poderosa del planeta le gustan las imitaciones y en especial, imitar al perro del doctor Maligno, el antagonista de Austin Powers. Lleva una lista de todos los libros que lee, unos 87 al año. Y le obsesiona la bicicleta y no para de pedalear hasta que tiene la certeza absoluta de haber quemado unas 1.000 calorías.

En 419 páginas queda retratada una personalidad a la que enervan las malas noticias y que no aguanta críticas. Sus colaboradores sudan sangre cada vez que tienen que encauzar algún asunto molesto, algo que ha pasado con bastante frecuencia desde que el país invadió Irak o cuando el huracán Katrina. En sus años como asesora de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice decidió asumir un papel de "filtro". Las malas noticias pasaban por ella antes de llegar al jefe. Según Draper, Rice le confesó a un amigo que su trabajo "nunca ha sido ejercer influencia sobre él (Bush), sino internalizar su mundo".

CÓMO CONVENCERLO. Draper descubre cómo se puede convencer a Bush de que una idea es buena. Los asesores califican esta táctica como la estrategia de "Una cosa nueva". Cuando se le quería persuadir de algo se le decía: "va a ser una decisión muy complicada, pero la solución será importante, una `gran idea`". Una de esas "grandes ideas" fue llevar la democracia a Oriente Próximo con la invasión de Irak.

Sobre ese asunto, Bush reconoce que no lo pensó mucho. En su plan para cambiar el escenario de Oriente Próximo, Bush "no gastó mucho tiempo" pensando en la violencia sectaria que hoy devasta el país. "Nos preparamos para un futuro en el que Saddam y su gente se enclavaban en Bagdad", dice Bush. Según el presidente, sus asesores le aseguraron que Saddam estaba fomentando las tensiones étnicas y religiosas entre chiíes y suníes, un problema que se resolvería al derrocar al dictador. Ocurrió lo contrario.

Los días dedicados al vino tienen su pequeño hueco. "Yo no sería presidente si hubiera seguido bebiendo", dice Bush. "Te abandonas, no puedes tomar decisiones, se te nubla la razón del todo. Aún recuerdo cómo es una resaca, aunque no he bebido en 20 años".

El asesor Rove confiesa que antes de las elecciones de 2000 dijo a Bush que era una mala idea asociar su nombre al de Dick Cheney, asociado a la vieja guardia republicana. Pero Bush hizo oídos sordos.

Después de ocho años, ¿qué hará Bush cuando deje el cargo? Su idea, en la línea del ex presidente Jimmy Carter, es crear un Instituto para la Libertad para "enseñar democracia a los jóvenes líderes de otros países."

En ello invertirá parte de su fortuna, estimada en 22 millones de dólares. Ejercer de conferenciante le reportaría una cantidad "ridícula" de dinero. "No sé cuánto le pagan a papá, pero es más de 50" (50.000 dólares por discurso).

Pero Bush quiere "hacer dinero". "No me veo aburriéndome en el rancho". Él quiere ser como Clinton, "que se lleva mucho dinero". Cuando el año pasado se encontró con Bill en los pasillos de Naciones Unidas, el actual presidente susurró a los periodistas: "En unos años, a mí no me van a ver matando el tiempo en la ONU".

Optimista confiado en sí mismo

George W. Bush es "un adicto a las grandes ideas y a las pequeñas comodidades". Así resume el autor de Dead Certain, Robert Draper, la personalidad del presidente del país más poderoso del mundo.

"Grandes ideas" porque a Bush le gusta resolver los problemas de raíz, las grandes soluciones, no los paliativos. Y en su mundo privado, ama la bicicleta, hacer imitaciones y contar los libros que va leyendo.

Draper, que aprovechó su cercanía por haber trabajado en Texas, relata un episodio ilustrativo de la personalidad del presidente. Días antes de las elecciones legislativas de 2006, muchos republicanos preveían un dura derrota. Bush encaró a uno de ellos y les dijo que eran "muy pesimistas". El interlocutor respondió que era "realista", entonces el mandatario relativizó: "hay una delgada línea entre el realismo y el pesimismo".

Efectivamente, la derrota fue dura frente a los demócratas, pero Bush sigue declarándose como un "optimista". "Tiene mucha autoconfianza y está convencido de que cualquier expresión pública de duda, lo convertiría en un líder débil", relata Draper.

Lo que ocurre en Irak le molesta, pero está confiado en que saldrá bien y que quienes ahora lo critican, le darán la razón.

En el libro, que incluye cinco entrevistas con Bush, el mandatario repite que hasta abril de 2006, creía que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva.

En vísperas de la guerra, Draper escribió que el presidente no estaba interesado en ver lo que habían escrito los miembros del grupo de estudio en Irak, sino en que escribieran una visión favorable a la intervención.

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