Viajes

En la boca del volcán Sollipulli

El cráter de este volcán chileno oculta un enorme glaciar. El viaje hasta la cima se hace en compañía de pobladores mapuches.

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Los mapuches son los propios guías.

Llegaríamos al cráter, decían. Y habría un glaciar allí adentro. No era el famoso volcán Villarrica, sino otro gigante menos conocido de La Araucanía, en Chile: el Sollipulli. Para eso, primero había que ir a Rukaleufu, donde partiría la expedición.

Una vez allí nos recibió la familia Quintonahuel, de origen mapuche, encargada de la expedición. Rigoberto, el padre, abrió el portón. Moreno, bajo, ojos alargados, casi sin canas. Parecía de treinta y tantos. Tenía 55. Su hija, Verónica, tenía los mismos rasgos: con su pelo oscuro tomado en dos trenzas, aparentaba 20, pero tenía 36 años. Ambos organizan excursiones étnico-culturales.

En el terreno de los Quintonahuel había una ruca: de madera, sin ventanas, con suelo de tierra y fogón al centro. Del techo colgaba la carne y piel de un cordero. Un par de tablas servían como asiento.

Rukaleufu significa "casa a la orilla del río" en mapudungun, y el nombre se relaciona con el lugar: junto a la construcción corre el río Curimeno. Lo rodean cerros y bosques de araucarias. Suenan cigarras.

Esa noche, Rigoberto preparó el cordero. En la ruca no había luz eléctrica, pero el fuego iluminaba todo. "El almuerzo de mañana —dijo Verónica— koliquitram o pichko": mote, trigo y verduras. Luego aprenderíamos más palabras en mapudungun: vino se dice "pulko", hermana es "lamieng" y gracias, "chantumay". Lo más importante: volcán es "pillán".

La primera parte de la excursión sería una cabalgata adentrándonos en la Reserva Nacional Villarrica, casi en la frontera con Argentina. A los pies del volcán comenzaría el trekking. Esta vía no es la habitual: lo común es subir por la ladera noreste, desde Melipeuco. Nosotros lo haríamos por la ladera sur y seríamos los únicos en toda la ruta.

Antes de partir, Rigoberto nos reunió cerca de los chemamull, estatuas de madera con significado funerario para los mapuches. Había que hacer una ceremonia. "Siempre tenemos que pedirle a Dios que andemos bien, que tengamos suerte y que no nos pase nada. Vamos a ir a un lugar lejano y por eso tenemos que cubrirnos con algo. Vamos a tocar un poco el instrumento para que nos vaya bien, porque el Ngén Pillán (dueño del volcán) es poderoso. Esto se toca así". Una melodía como de anuncio real sonó unos momentos. Los caballos relincharon. Luego cambió a una tradicional trutruca. El sonido parecía una proclama de guerra.

A las 10.30 horas partimos. Cruzamos el río Curimeno y enfilamos hacia el norte. En el camino vimos infinidad de araucarias, el árbol sagrado de los mapuches. El sol pegaba duro. Desde aquí vislumbramos la meta: las cumbres del volcán Sollipulli, a 2.300 metros de altura.

Una hora después llegamos a la administración de Conaf, la entrada a la Reserva Nacional Villarrica. Desde aquí el sendero se angostaba y se volvía empinado, adentrándose en el bosque. A las 12 llegamos al árbol caído. "Afírmese del caballo que él pasa solo", dijo Verónica. El caballo se encaramó y cruzó con destreza.

Cuando ingresamos a la cordillera, el bosque era cada vez más denso. Una hora más tarde paramos a descansar bajo un árbol. Estábamos exhaustos, pero lo que seguía era más duro: la subida se tornó tan empinada que Rigoberto recomendaba agarrarse del pelo del caballo.

A las dos de la tarde llegamos a los faldeos del Sollipulli. Estábamos en altura. Hacia atrás había una hermosa vista del valle y todo lo que habíamos recorrido.

Amarramos los caballos y Rigoberto nos reunió en torno a una araucaria para pedir permiso a la cordillera. Sacó una botella con "muday", la bebida típica de trigo molido utilizada para ceremonias mapuches. Lo vertió en una taza y comenzó una oración en mapudungun. Verónica lo acompañó, mientras ambos vertían de a poco el líquido en el árbol. Terminaron con un "¡ow!" y bebieron. Luego, dimos un sorbo. El sabor era amargo.

Almorzamos y emprendimos la caminata. Los árboles quedaron atrás. Había un sol fuerte, pero el viento aliviaba el calor. Llegamos a una zona de piedras volcánicas donde el andar se hizo lento. Rigoberto y Verónica, con ropa normal y sin bastones, parecían no notarlo. Enseguida vino una pared de piedra que debimos cruzar y el camino a partir de este momento fue totalmente empinado. A la hora, se veía el lago Moquehue y el volcán Lanín, en Argentina.

"Ya pasamos lo peor", dijo Verónica. No era cierto. Todavía faltaba un par de cuestas, pasando junto a hielos. Pero el camino tenía recompensas, como una hipnótica laguna calipso que hacía suspirar. Son pocos los que han visto esta laguna, porque la ruta de ascenso común al Sollipulli va por otro lado. De hecho, la laguna ni siquiera tiene nombre. Ellos la llaman "pichi lafken" (laguna chica) o "kalfu yen" (azul celeste).

Faltaba poco para alcanzar el cráter cuando la subida se hizo más plana. En 15 minutos todo el esfuerzo se vio recompensado: llegamos, literalmente, hasta el cráter mismo del Sollipulli. Y a su gran glaciar. Era un hielo inmenso, de 14 kilómetros cuadrados y 190 metros de profundidad, que observamos desde el borde del cráter hacia abajo. Era como un mar de hielo que iba de un lado a otro de la boca del volcán. Pero en pocos minutos había que irse. El reloj marcaba casi las 17 horas y la luz apremiaba. Debimos cruzar el río a oscuras, algo que a esas alturas parecía solo un detalle.

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