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La baja autoestima, la frustración y la ansiedad son características del adulto de hoy

La fragilidad en los adultos se acentúa por la tecnología, el individualismo y la sobreprotección

Mujer triste pensando
El adulto de estos tiempos

Victoria tiene 25 años y perdió la cuenta de las veces que ha llorado en su trabajo. Unas cuantas se va al baño, otras mira fijo a la pantalla y mientras cumple sus tareas, llora. Para Victoria, las equivocaciones, los nervios, lo mal que se lleva con su superior, la sensación de sentir que no la valoran y la tan temida “frustración” son, entre otros, sus motivos para llorar.

A Florencia (25) cuando le dicen algo que le molesta, o discute, se queda “carburando”. “No me gusta estar mal con nadie y trato siempre de tener la aprobación y agradar a todo el mundo. Eso, a veces, no está bueno. No sé decir que no. Me pasa que o no le caigo bien a alguien, o me dicen algo que no me gusta y quedo muy sentida, pensando en eso mucho tiempo, triste, lloro, sueño. Y capaz que la persona ni se dio cuenta de que me dijo algo que me molestó o me cayó mal, y se olvidó. Pero yo quedé todo el día, toda la noche pensando y tratando de buscar la vuelta”. Paula tiene 31, trabaja en lo que siempre quiso, está enamorada y tiene completa independencia, pero no logra sentirse plena.

Hace no tanto que Victoria y Florencia pasaron de la dependencia del hogar familiar a la vida adulta. Ambas son del interior, se mudaron a Montevideo primero para estudiar y hoy viven en una casi completa autonomía. Casi porque a veces, cuando los números no dan, recurren a sus padres. Trabajan, alquilan sus apartamentos, deciden por sí mismas qué hacen con su dinero, con su tiempo y con sus vínculos. Son adultas y, sin embargo aunque por momentos sienten fuerza, esa sensación de que pueden romperse en un segundo no se ha ido.

La sensibilidad no se pierde con la adultez, porque ser adulto nunca fue tarea sencilla y porque además la madurez no quita el lado humano. Siembre hubo niños, o padres, parejas, amigos, trabajos, dinero, cuentas, la casa, la rutina, los mandados, la salud y todo lo que conlleva crecer y tomar por las astas la responsabilidad. Hubo que elegir, priorizar, postergar.

Lo que sucede hoy, explica el psicólogo y escritor Alejandro De Barbieri a Revista Domingo, es que la vida actual sobrepasa la salud mental de las personas. Afecta, cansa, estresa y, no menor, “estamos ante adultos que crecieron bajo una sobreprotección que no les dio las herramientas suficientes para enfrentar la vida”. Así, las personas cuando crecen se transforman en lo que él llama “adultos frágiles”, a los que, sobre todo, los define una baja autoestima.

En sus libros Educar sin culpa (2014) y La vida en tus manos (2018), De Barbieri trata de dibujar un camino a seguir para estos adultos, y si bien no hay una receta para el fortalecimiento —no hay un paso a paso—, hay que primero reconocer la fragilidad, y después trabajar en la resiliencia, en fortalecer el autoestima, en aprender a poner límites a los otros. Florencia, por ejemplo, dice que muchas veces prioriza el hacer sentir bien al otro y que por eso el “no” es una palabra que le cuesta. Victoria se da cuenta de que para evitar el conflicto es capaz de soportar mucho, lo que muchas veces se traduce en llorar sin un motivo claro. O mirar una una serie de manera maratónica, y que eso la aísle de sus problemas.

La vida en tus manos, libro de Alejandro de Barbieri
Un libro para acompañar

Alejandro de Barbieri publicó Educar sin culpa en 2014. En ese libro, se dirigía a los adultos que son padre y madre y hablaba con ellos el daño que hace la fragilidad de la persona a la hora de educar a los niños. “El no es no”, el no responder con un berrinche adulto al berrinche del niño, las charlas, fueron algunos de sus puntos. Mientras recorría el país y el exterior para presentarlo, entendió que la fragilidad estaba afectando a las personas más allá del vínculo paterno y materno. La inconsistencia en el actuar también afectaba a las personas a la hora de ir al trabajo, en la pareja, entre los amigos y hasta con los padres y madres de esos adultos. Con eso en mente, y con la visión de que una persona se puede fortalecer, decidió escribir La vida en tus manos. Lo publicó en 2018. Porque si no se busca una solución, “nos volvemos una sociedad reactiva que se ofende fácilmente y que niega asumir la responsabilidad de los adultos como tales”, escribe en el libro.

No hay una edad para la fragilidad, a la larga todos necesitan un poco de motivación externa para la vida, “además de la esencial básica que hace que nos levantemos en la mañana”, recalca De Barbieri, y define al adulto frágil como “aquel al que le cuesta ser responsable, que se lo reconoce por la queja, por el estrés, por el cansancio, por la baja autoestima. Se siente víctima y no se hace cargo”.

“¿Qué es lo que nos pasa a los adultos hoy que no podemos ser adultos en los diversos lugares donde vivimos y representamos nuestra adultez?: en el trabajo, la pareja, la familia, la vida ciudadana, la gestión de los sufrimientos”, se pregunta el autor en La vida en tus manos, y añade que así se termina formando una trama social frágil, que ni puede crecer ni puede con el dolor, una sociedad que se anestesia.

Los nuevos adultos

Para Robert Pérez, psicólogo social y coordinador del Centro Interdisciplinario de Envejecimiento, no es bueno generalizar y universalizar categorías. “Los adultos, las adultas, son en sí diferentes. Y no es lo mismo hablar de un adulto en situación de calle o de un CEO, de un académico o de una persona con nivel universitario y una persona que no llegó a un código de escritura básica. Hay que cruzar distintos factores que hacen a la cosa”. Influye el curso de la vida, el contexto social, familiar, políticio e histórico, no tanto de la generación, sino de cada persona. “Por lo general, en estos casos, se está hablando de la clase media alta o baja, universitaria y de piel blanca. Entonces siempre es importante relativizar, pero tampoco quiere decir que no podamos hablar de que cada época histórica de la humanidad ha tenido sus distintos desafíos”, añade.

Muchos de los que hoy son “los adultos”, hace un par de años eran los jóvenes, los chicos, el futuro. La famosa generación “millennial”, nacidos entre 1981 y 1996 (hay quienes recortan en 1984 y 1995), suele ser remarcada en medios, ensayos y libros por su hipersensibilidad, por su inestabilidad conectada al deseo de una vida aventurera, tan hiperconectada a las redes como soñadora, tan irresponsable con las tareas típicas del día a día como comprometidos y críticos ante los grandes problemas sociales. Los millennials hoy tienen entre 23 y 38, y para 2020 serán la mitad de la fuerza de trabajo del mundo. Serán los adultos, pero seguirán bajo el efecto de la sobreprotección que vivieron.

En enero, en el medio digital Buzzfeed, la periodista estadounidense Anne Helen Petersen escribió un ensayo sobre esa generación, a la que ella también pertenece, donde hizo énfasis en el término “generación quemada” (ver recuadro). Allí, entre otras cosas se describe a sí misma y a sus pares como un grupo de adultos a los que todo cuesta: “Todas las tareas básicas para una existencia autosuficiente”, escribe.

El ensayo sobre una generación que está agotada

Anne Hellen Petersen confiesa en un ensayo que escribió para Buzzfeed que ha desarrollado una “parálisis de los recados”: “Ponía algo en mi lista semanal de cosas para hacer, y se acumulaban de una semana a otra, atormentándome durante meses”. A lo largo del mismo (el ensayo está solo online) cuenta cómo le costó admitir su agotamiento, lo que para ella es “la enfermedad millennial”, una “generación quemada”. Está la presión del mercado laboral, que crece. Eso sumado a la obsesión por “el trabajo que apasione”, que lleva a trabajar hasta lo incanzable por la realización propia y a pesar de los malos pagos. La tecnología permite una “autoptimización” de todo, pero al final, termina por agotar más. Porque genera más tiempo para algo que sea de utilidad. “Tomas cosas que deberían ser agradables y las conviertes en tareas”, escribe. Siempre en la búsqueda de la “realización”, pero sin pensar realmente cuál sería el verdadero logro porque, dice, se alcanza algo y no se siente nunca la satisfacción, que se agota. La capacidad para “quemarse” y seguir funcionando es el mejor valor del millennial.

Joaquín (26) cuenta a Revista Domingo que se lleva muy bien con el “ser adulto”. Que pudo ver con claridad su proceso cuando pasó un tiempo en su trabajo y se demostró a sí mismo que no lo iba a dejar. Pero que si hay algo que definitivamente le cuesta es ir a pagar las cuentas. Sabe que es sencillo, que es ir y hacerlo, pero que por lo general se descansa: “Lo ‘procrastino’, pero cuando lo estoy haciendo me siento bien”.

“Todos dicen que los millennials se trancan con cosas sencillas, que se frustran con poco. Pero lo que pasó fue que los adultos de entonces también fuimos frágiles y no les dimos las herramientas para que se manejen en el mundo. Yo creo que la sobreprotección es desproteger. Proteger es atender a las necesidades emocionales, físicas, psicológicas, y el exceso es cuando hago algo por mi hijo que él puede hacer por sí mismo”, explica De Barbieri.

El individualismo

El otro problema que aparece en este desequilibrio es la ofensa fácil, que tiene que ver con la baja autoestima. Hay académicos estadounidenses que hablan de la generación “copo de nieve”, que lucha por el respeto a la individualidad, que consideran las críticas como agresión a la libertad. Que son vulnerables ante cualquier estrés, y que a su vez viven en un mundo donde las presiones son mayores y donde el tiempo se escurre más. La inseguridad lleva a que muchos adultos hoy piensen que los van a echar de un trabajo o le van a terminar un vínculo por un error.

Las relaciones frágiles

Sin solidez en los vínculos

“Uno se lleva puesto a dónde va, y se relaciona desde cómo se ve y cómo se siente con uno mismo. El amor y valor por uno mismo es base fundacional de la construcción de vínculos sanos”, afirma la psicóloga Roxana Gaudio Piñeyro. Esto significa que la fragilidad con uno mismo puede afectar el cómo se relaciona con los otros. Si se es inseguro, la autoestima está baja y se escapa al conflicto por miedo a salir herido, faltará el diálogo, la puesta a punto que permite el equilibrio en una relación. La ansiedad, el querer que todo suceda inemdiatamente y el acostumbrarse a la “matriz de la velocidad de la era digital”, como la llama Roberto Balaguer, hace que los tiempos de la construcción de un vínculo, y de su crecimiento, no concuerden con la impaciencia. “Corremos de forma impulsiva tras lo que creemos querer, y cuando lo conseguimos se desdibuja su sentido. Y potencia la fragilidad el idealizar situaciones que luego frustran y aumentan la herida de la autoestima”, explica Gaudio.

Hay un problema en la relación con los otros, en la comunicación cara a cara por el exceso de comunicación mediada por la tecnología, que hace todo parecer más fácil. A esto, hay que sumarle el individualismo de la era, cuando desde las ciencias sociales siempre se destaca que el otro es fundamental para formar el yo. Los vínculos con los otros conllevan más esfuerzo que un intercambio de “Me gusta”. Hay que aprender a interactuar, y hay que automotivarse.

El año pasado se popularizó una entrevista a Simon Sinek, escritor y motivador inglés, que expuso su teoría de que parte del problema es porque los adultos jóvenes de hoy crecieron pensando que iban a tener una buena vida sin esfuerzo, idealizaron la realidad. “Les dijeron que eran especiales todo el tiempo, que tendrían todo lo que quisieran en la vida solo por quererlo. Caen al mundo real y se dan cuenta de que no son especiales”. El lugar de las expectativas en el desarrollo de una persona es fundamental.

El contexto virtual

La tecnología vino para acelerar el tiempo, para que todo parezca más inmediato. Esto, dice el psicólogo experto en cibercultura Roberto Balaguer, “crea una matriz de funcionamiento que hace que nuestra expectativa del tiempo para la resolución de problemas haya cambiado. Lo llevás a todas las cuestiones, querés que todo tenga ese ritmo y estamos generando un desfasaje. No entendemos, por ejemplo, lo que lleva forjar un vínculo y mantenerlo, y se esperan tiempos que no son compatibles”.

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Inmediatez. Los nuevos trabajadores quieren demostrar rápido sus capacidades y recibir motivación. Pero si eso no sucede, se sienten frustrados. Foto: Shutterstock

De Barbieri habla de “mendigos del like” y hace una transposición de lo que sucede en las redes sociales, donde se sube una foto esperando esa “aprobación del otro”, a la vida real. Por lo general, las tareas sencillas mencionadas, y que cuestan, no generan una gratificación ni inmediata ni notable.

“Hoy asistimos a una plaza pública continua, sobre todo las personas que estamos vinculadas a una clase social media o media baja, que asistimos continuamente a esta exposición pública donde todo se graba, todo se ve”, sostiene el psicólogo social Pérez. Si bien la tecnología democratizó la comunicación, también reforzó el acoso y, en consecuencia, las patologías psicológicas también crecen o cobran un nuevo significado.

A su vez está la justificación de una “neurocultura” que todo lo explica con patologías o trastornos mentales, “como si el cerebro estuviera aparte de la persona, generando una ajenidad de sí mismo”, dice Robert Pérez.

De Barbieri cita a Jean-Paul Sartre, con su “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. La posibilidad de mejorar está en trabajar en la resiliencia, en la adaptabilidad, pero todo parte de la autocrítica y de hacerse responsable de uno, y de cómo uno es con los otros.

líder y colaboradores

Llorar en el trabajo

Llorar en el trabajo es normal. Aunque a algunos los avergüence hacerlo y a otros les moleste verlo, no faltan las posturas que estén a favor de este descargo. Hace unos meses, la revista Quartz publicó un artículo que se titulaba El asunto de llorar en el trabajo. Entre otras cosas, decía que el motivo por el cual alguien no se muestre afectado en su trabajo tras una crítica o al no conseguir un ascenso esperado, es que “no le importa. Si los empleadores quieren empleados que se dediquen verdaderamente a hacer un buen trabajo, tienen que entender que las lágrimas pueden ser parte”. Eso sí, hay que prestar atención porque esas lágrimas son un indicio de que algo no está del todo bien.

También es cierto que el acto de llorar muchas veces tiene que ver con la fragilidad. La psicóloga laboral Cecilia Rodríguez trae el concepto de “fortaleza yoica”. Es, como dice la expresión, la “fuerza del yo, del uno mismo” que tiene una persona y que a la hora de trabajar con los recursos humanos de una empresa es esencial. Están los que no se rinden ante un ascenso que no sucede, los que ven un despido como oportunidad, o los que se frustran.

En las nuevas generaciones, está muy presente el sentido de la urgencia, de la inmediatez, porque si no se pierde el interés y se van a buscar alternativas. En aquellos de 40 o más años, la estabilidad laboral está asociada a lo económico y si lo laboral está resuelto, todo está en orden. Pero cuando ese orden desaparece tambalea toda la estructura. En el primer caso, se tiende a la frustración, a la ansiedad, la impaciencia. En el segundo, cuenta Rodríguez, “vamos personas que por el ‘querer quedarse’ evitan los conflictos, e incluso vemos personas en roles de conducción que en lugar de resolver, esquivan”.

Esto lleva también a que incluso los líderes sean “frágiles”. Como explica De Barbieri: “Hay líderes que buscan la satisfacción de su ego, en vez de buscar el trabajo en equipo. Vendría a ser como un padre inmaduro también. Un padre maduro trabaja para que sus hijos sean libres y no lo precisen siempre, y un líder también tiene que generar autonomía y no terminar en la queja de ‘si yo no estoy, las cosas no salen’”, que causa inseguridad y miedo en los colaboradores. No hay edad ni puesto para la fragilidad en el trabajo.

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