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Los artistas en el banquillo de los acusados

La polémica puede envolver a los creadores pero ¿eso invalida a sus obras? Una discusión que tiene mucha historia, y que seguirá teniendo futuro. 

Muestra de Picasso MNAV
Muestra de Picasso MNAV

Cada vez que uno de los personajes hacía un comentario chistoso sobre sexo me venían a la cabeza todas las denuncias contra él”. El comentario es de una joven colega luego de ver la última película de Woody Allen, "Un día lluvioso en Nueva York". Si bien el film le agradó, “es una película de Allen”, los pensamientos inquietantes la asaltaron mientras pasaban los elegantes escenarios neoyorquinos de la mano del cineasta que mejor ha retratado esa ciudad.

Una polémica similar se suscitó hace poco cuando Montevideo acogió la muestra de obras de Pablo Picasso. El historial de abusos contra las mujeres del entorno del pintor malagueño es largamente conocido y la pregunta no tardó en aparecer: ¿pueden las feministas ver la obra del pintor sin recordar su escabrosa biografía?

Pablo Picasso
Pablo Picasso

Los casos podrían multiplicarse y aumentar una lista inacabable pasando por todas las disciplinas: el cine, la pintura, la literatura, la música. El dilema ético, empero, sólo parece alcanzar con la misma equivalencia a la política cuando se habla de la vida privada de figuras públicas. Ni las ciencias, ni otras ramas de la actividad y humana parecen del todo marcadas por este tipo de disyuntivas.

Neruda y un abuso sexual

A fines del año pasado una polémica inesperada surgió en torno al nombre del poeta Pablo Neruda, premio Nobel de Literatura 1971. Cuando la fundación que lleva su nombre propuso al parlamento chileno que el principal aeropuerto de Santiago llevara su nombre el movimiento feminista se opuso enérgicamente. ¿La razón? El relato en primera persona que el poeta hace en sus memorias Confieso que he vivido de una violación. En un par de párrafos de la mencionada obra, el autor recuerda un "encuentro" en su pasado como joven diplomático en Ceilán (actualmente Sri Lanka) con una mujer pobre y paria cuyo trabajo era recoger la lata donde él dejaba sus heces. "Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama", narra Neruda. Cuando estas revelaciones fueron puestas en contexto causaron un profundo impacto en la opinión pública chilena.

Lo cierto es que al correr de los titulares que colman las portadas de los principales medios y, sobre todo, de las redes sociales la pregunta sacude al público una y otra vez: ¿puede separarse la obra de su creador cuando éste tiene conductas condenables? Esta pregunta fue formulada a críticos, dramaturgos, filósofos, artistas, cineastas y reveló toda su complejidad. No todos los consultados por Revista Domingo se mostraron inclinados a responder, unos por la necesidad de un mayor espacio para argumentar, otros porque la respuesta para ellos aún no está cerrada. Pero antes de ir a la pregunta convendría repasar algunos de los casos más salientes que todavía —como los casos de Allen y de Picasso— siguen reclamando algún tipo de postura.

Los infames

El ascenso y la caída del actor Kevin Spacey es tal vez uno de los casos más sonados, junto al del productor Harvey Weinstein, origen del movimiento MeToo. Las denuncias que comenzaron a llover sobre Spacey terminaron en los estrados judiciales y si bien uno de esos tribunales terminó por desestimar los cargos, la reputación del actor continúa en la más absoluta ruina. Los testimonios que lo pintan como depredador sexual son numerosos y abrumadores.

Kevin Spacey 2019. Foto: Reuters
Kevin Spacey 2019. Foto: Reuters

Hace un par de meses recorrió el mundo una foto que mostraba al ganador del Oscar en un local de una plaza de Sevilla cantando "La Bamba". El exilio forzado del actor no ha pasado inadvertido y su posibilidad de regresar al reino de Hollywood parece cada vez más lejana.

La repulsa que ocasionó el destape fue tal que la serie "House of Cards" que lo tenía como protagonista indiscutido se vio obligada a una insólita pirueta argumental para poner en pantalla su temporada final con la única sobreactuada acrobacia interpretativa de la coprotagonista Robin Wright.

También el caso del cineasta neoyorquino Woody Allen es largamente conocido. Un litigo que se arrastra por décadas pero que hace tan solo unos pocos años volvió a la luz y que involucraba a uno de los hijastros de Allen junto a la actriz Mia Farrow, en un incidente ocurrido en 1992 cuando la pareja ya estaba separada. Sin entrar en detalles acerca de estos episodios vale recordar que una vez que estos volvieron a la luz afectaron directamente la carrera del director.

Woody Allen
Woody Allen.

Aunque las consideraciones éticas puedan, y de hecho lo están haciendo, afectar las carreras artísticas de estas figuras sus respectivas obras ya forman parte del acervo cultural. "Manhattan", "Hannah y sus hermanas", "La rosa púrpura del Cairo", "Días de radio", "Annie Hall", "El dormilón", solo por mencionar algunas ¿acaso no forman parte de la mejor historia del cine? ¿No ocurre algo similar con las interpretaciones de Kevin Spacey? Si hay alguna duda se recomienda volver a ver "Los sospechosos de siempre", "Belleza americana" (Oscar al mejor actor en ambas), o el fascinante Frank Underwood de "House of Cards" para aventar toda duda.

¿Pero dónde nos deja como público la cuestión ética que involucra al creador? “Empezando porque no hay respuestas absolutas, es una pregunta filosófica que abarca temas que tienen que ver con la ética, abarca temas que tienen que ver con la conceptualización del bien y del mal. Nos podemos ir a manifestaciones artísticas mucho más antiguas para encontrarnos instituciones que nosotros creemos que no deben existir y sí existían en la Grecia antigua y en la Roma antigua”, responde Florencia Caballero Bianchi, dramaturga, actriz, docente, consultada por Revista Domingo sobre este tema.

El caso Louis Ferdinand Céline

Hace unos años se planteó en Francia una polémica que alcanzó niveles de Estado. En 2011 al conmemorarse el medio siglo de la muerte del escritor Louis Ferdinand Céline la posibilidad de hacer homenajes a un autor considerado entre los grandes del siglo XX se chocó contra una fuerte oposición. Las conocidas posturas antisemitas y el abierto colaboracionismo del escritor con los nazis fueron traídos a colación y el Ministerio de Cultura suspendió los homenajes. El año pasado la polémica volvió a surgir cuando se manejó la posibilidad de reeditar los panfletos antisemitas del autor. Por entonces el filósofo español Fernando Savater reflexionaba sobre el papel de Céline en las letras europeas modernas. Recordaba el ensayo que escribió Céline sobre el médico Semelweiss, quien en el siglo XIX descubrió el origen de las fiebres pauperales, que se infectó a sí mismo para probar sus tesis. “Me pregunto si Céline no hizo otro experimento semejante, contaminando voluntariamente su escritura con los peores miasmas del siglo para ponernos en guardia contra la infección política de la historia”, escribió Savater.

“Ninguna obra, creo, jamás puede ser separada de su contexto creativo. Por lo tanto lo primero que tenemos que entender es cuál es el contexto creativo de una obra y el contexto de una obra es sí o sí su artista”, opina Caballero.

A juicio de la dramaturga y actriz todo juicio ético sobre el creador tendrá alguna repercusión en su obra, aunque ello no implique una negación de la misma. Pero ello no significa que al artista no lo alcancen los juicios morales e incluso, lisa y llanamente, los que emite el sistema judicial penal sobre las conductas.

“Yo creo que la obra y el artista no pueden ni deben ser separados, lo que sí debemos tener en cuenta es la información sobre lo que se considera en esa obra, incluso lo delictivo debe formar parte de ese contexto”, sostiene Florencia Caballero.

Dentro de estas categorías entran cuestiones bastante complejas y a la vez frecuentes, sobre todo en el mundo de las redes sociales, como lo son todos los discursos de odio vinculados a distintos temas: étnicos, religiosos, políticos, en el principal grupo.

“Lo que sí considero es que uno debe ser muy cuidadoso con la reproducción de discursos de odio, la reproducción de discursos de odio no es admisible porque debería ser perseguido”, opina la joven dramaturga.

Donde tal vez se cuelen con mayor frecuencias estas cuestiones es en la política. Hace muchos años, durante el momento de mayor auge del llamado boom de la literatura latinoamericana una pelea a golpes de puño enfrentó a Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Las diferencias entre estos dos “pesos pesados” de las letras (ambos obtuvieron el premio Nobel) eran de origen político. La pelea mantuvo a ambos autores en posiciones irreconciliables por décadas, de hecho el escritor colombiano murió sin haber llegado a estrechar la mano de su contendor aunque este dio muestras en alguna entrevista de su voluntad reparadora.

Con estas posturas enfrentadas muchos lectores de la obra de ambos gigantes literarios fueron arrastrados a posturas igualmente antagónicas. Unos y otros terminaron por alejarse, sobre todo en el último tramo de sus respectivas producciones literarias, de sus libros. Una excepcional polarización que solo últimamente ha logrado zafarse de sus corsets originales y volver sobre sus obras en los últimos años.

“El problema es no solamente disfrutar del arte del otro, sino que todo arte es político y todo arte tiene cúmulos de información adentro. Por eso decía que el contexto es muy importante, toda obra de arte es producida en un contexto y estos contextos lo que hacen es informarnos sobre de qué nos está hablando esa persona”, apunta Caballero.

Lo cierto es que por detrás de una cuestión en apariencia banal surgen enormes dilemas filosóficos. De hecho, aunque pueda parecer que se trata de cuestiones bien actuales y acicateadas por el humor de las redes sociales, es en realidad una discusión muy antigua. Y, para algunos incluso, no es otra cosa que filosofía pura.

Preguntas y más preguntas

La cuestión ha enfrentado a, al menos, dos escuelas críticas a lo largo del tiempo. Una de ellas nacida al calor de la Ilustración en el siglo XVIII y la otra más moderna surgida en la segunda mitad del siglo XX. La hermenéutica que toma los elementos del pensamiento clásico desde los griegos y aduce, muy básicamente, que una obra debe ser vista a la luz de su historicidad. En tanto el llamado “Nuevo criticismo” que propone una lectura de la obra por sí misma.

La amplitud de ambas posturas las lleva a cuestiones filosóficas que aún hoy son estudiadas y debatidas.

“La idea de que puede existir una intrepretación de la obra separada del autor no es nueva”, apunta Javier Mazza, profesor de filosofía y coordinador docente del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica. “De hecho los que más la han llevado adelante son los que se conocen como la escuela del new criticism”, explica.

Esta corriente nació como teoría literaria a mediados del siglo XX en el sur de Estados Unidos y reunió entre sus principales propulsores al poeta T. S. Eliot, entre otras notables figuras. Esta escuela proponía la lectura de la obra despojada de sus componentes históricos y aún psicológicos ligados al autor.

“Ellos dicen: yo tengo que poder mirar una obra equis separada de cualquier contexto y poder leerla para que esa obra pueda tener valor en sí misma”, explica Mazza. La aplicación de estas nociones críticas no implican, señala el docente, que no deban considerarse cuestiones como el contexto histórico y aún la historia personal del autor. “Lo que dice esta corriente, y en esto creo que tienen un interesante argumento, es que cuando pensamos en obras canónicas, de las que además nos separan muchos años -pensemos en la Divina Comedia, en las obras de Shakespeare, o incluso más lejos como La Odisea o La Ilíada y las tragedias griegas-, el nuevo criticismo dice ahí estoy mirando la obra, pensando en la obra en sí misma porque ésta tiene un valor propio”, puntualiza el académico.

De hecho, las discusiones en torno a las representaciones simbólicas que puso en juego el poeta Dante Alighieri, los dardos contra notorias figuras políticas de su época y rivales artísticos, la idealización de su amada Beatrice y el papel que le da a su poeta favorito, Virgilio, han sido objeto de innumerables estudios y debates. Algo parecido ha ocurrido con la figura de Homero, del que incluso se discute su existencia en un momento histórico en el que la noción de “autor” no tenía el peso y la significancia que tiene hoy.

Precisamente, estos aspectos son los que pesan para la corriente clásica fundada por Friedrich Schleiermacher y Wilhelm Dilthey, conocida como la hermenéutica y que aún hoy continúan teniendo defensores.

“Para traducirlo en términos más llanos, es algo así como pensar la interpretación de la obra en el contexto en el que se da el fenómeno, en el que ocurre la misma. Entonces cabe pensar en que también la obra de arte es una respuesta a esas circunstancias, o está entrando en diálogo con determinado contexto social, histórico y cultural. En la famosa circunstancia de Ortega y Gasset”, dice Mazza.

El académico recuerda ejemplos que permiten verlo con mayor claridad. Hoy es posible estudiar las obras de algunos clásicos modernos como Charles Dickens y Honoré de Balzac —que produjeron sus obras entre mediados y fines del siglo XIX— como verdaderos “frescos” sociales, retratos de una fidelidad asombrosa de las sociedades en un periodo fermental.

El autor inglés pintó como pocos el ambiente de las clases bajas, describió de primera mano los orfanatos, la vida de los mendigos en una Londres que paría la revolución industrial. También pintó como nadie el contraste entre Londres y París durante la revolución que alumbró la modernidad a fines del siglo XVIII.

Lo mismo podría decirse de Balzac y su pintura de esa burguesía y pequeña burguesía de provincias que poblaron las tramas de su comedia humana. Mazza recuerda que los defensores de ambas corrientes se han enfrentado una y otra vez en una discusión que aún permanece abierta.  “Los del nuevo criticismo le dicen a los hermenéuticos ¿hasta dónde vas a llevar tus interpretaciones? ¿Todo va a entrar, diarios del autor, sus estudios psicoanaliticos, qué más?”, explica Mazza.

“Desde el lado de la hermenéutica dicen que la postura del nuevo criticismo es como muy ingenua, es como pretender que el artista vive en una especie de cámara de vacío, donde no tiene contacto con el mundo, está cien por ciento aislado y desde ahí produce”, añade.

Por cierto, si estas cuestiones permanecen abiertas en estos círculos intelectuales, para el público de las obras de arte alcanzan una vigencia ineludible. “En el caso de los artistas se presenta algo bastante particular y es que los artistas muchas veces construyen nuestras emociones. Y como nuestras emociones están muy atadas a las formas en que nosotros construimos juicios morales, entonces ahí hay como un lugar donde las fronteras se empiezan a desdibujar”, señala el académico.

De hecho, la existencia de medios especializados que buscan la palabra directa del artista para que se pronuncie tanto sobre sus propias motivaciones como sobre cuestiones políticas, sociales o filosóficas hace que el público esté hoy mejor armado que antaño para evaluar a los creadores y sus obras.

Y algunos casos reveladores sobre los que vale reflexionar. Un documental reveló los aspectos más escabrosos en relación con las acusaciones de pedofilia que recayeron sobre Michael Jackson. ¿La música del “rey del pop” seguirá escuchándose en décadas venideras?

Lo que sí parece evidente es que el público de las obras de arte ya no asistirá de manera inocente. Y aunque los juicios morales han sido lapidarios con algunos artistas, aún falta la perspectiva que los hará ver bajo una nueva luz, como ha ocurrido en tantos casos.

¿Cómo hacer las paces con las películas de Allen?

El escándalo en torno a la figura de Woody Allen sacudió al mundo del arte. Una columna firmada por A.O. Scott publicada en The New York Times proponía una interesante reflexión bajo el título de ¿Cómo hacer las paces con la obra de Woody Allen? “Durante más de dos décadas, la creencia de que Allen es un artista se mantuvo intacta. Fluctuaba el qué tan bien eran recibidas sus películas, pero los críticos (incluyéndome) usualmente encontraban una razón para celebrar aquellas que representaban un retorno a sus mejores momentos después de una racha de algunas que no lo eran. Ganó premios y los actores clamaban por trabajar en sus filmes. Es hasta ahora que eso ha comenzado a cambiar”, escribía el autor entonces. Y sobre algunas cuestiones de fondo analizadas en estas páginas Scott decía: “Pero, como muchas cosas que antes parecían ser sentido común, ahora suenan algo despistadas en el contexto actual. Se ha proclamado -de una manera algo desesperada, a mi parecer- la separación del arte y el artista como si fuera un principio filosófico y no un hábito cultural apuntalado por un dogma académico ya desgastado. Pero la idea de que el arte pertenece a una zona de la experiencia humana distinta a otras es tanto incoherente en cuestión conceptual como incapacitante en términos intelectuales. El arte le pertenece a la vida y cualquiera -sea crítico, creador o fanático- que le ha dedicado su vida al arte lo sabe”. Y al cerrar su columna apuntaba: “Las películas y la obra escrita de Allen son parte del registro artístico compartido, lo que significa que forman las memorias y experiencias de muchas personas. No quiero decirlo así a modo de defensa, sino de reconocimiento del pesar y la traición que conlleva”.

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