ARTE

El arte sacro en Uruguay

Arquitectura, murales, esculturas, platería. Las iglesias católicas son espacios donde se puede hallar arte de siglos pasados y de hoy.

Iglesia de San Pedro Durazno

La Iglesia católica uruguaya ha sido, como en otros países, uno de los escenarios de la historia. Un ejemplo es la Basílica Nuestra Señora del Carmen (Aguada), ese edificio de estilo neoclásico que mira de reojo al Palacio Legislativo. Cien años antes de que se erigiera la actual sede del Poder Legislativo uruguayo, esa iglesia fue el escenario donde la Asamblea Constituyente redactó la constitución de 1830. También fue cuartel en la Guerra Grande.

Pero además de su importancia histórica, las iglesias uruguayas, como en gran parte del mundo, también son un destino para quienes buscan arte. En ellas convergen escultores como José Belloni o Juan Zorrilla de San Martín. Allí se encuentran muralistas coloniales anónimos y conocidos. Arquitectos franceses como Víctor Rabú o el español Tomás Toribio y nombres nacionales como Eladio Dieste, Juan Tosi, Elzeario Boix y Terra Arocena.

“El arte sacro y religioso tiene importancia por su valor estético, económico e histórico”, explica a Domingo Fernando Aguerre, doctor en Geografía e Historia y docente en la Universidad de Montevideo. Añade: “Pero más importante aún, es que es la expresión de un sentimiento muy profundo de una sociedad en un momento y lugar determinado”. El arte sacro es el símbolo material de una creencia, y para el docente —aunque permanezca en iglesias, santuarios o casas religiosas— pertenece a la sociedad.

A pesar de la importancia que tienen estas obras, no hay en Uruguay un inventario, ni un seguimiento de su estado de conservación general. Sí existen iniciativas particulares, como la de Aguerre, que en su trabajo de tesis para el Programa de Doctorado “Historia del Arte y Gestión del Patrimonio en el Mundo hispánico” de la Universidad Pablo de Olavide en Sevilla, realizó un registro de la Iglesia Matriz de Montevideo, en 2006.

En bibliografía, hay publicaciones que trabajan templos específicos. Por ejemplo Desde la Matriz, 400 años de presencia y servicio de la Iglesia en Uruguay, escrito por por el cardenal Daniel Sturla, Paulo Olascoaga y Natalia Espasandín. O, con un enfoque más arquitectónico, también está Divinas piedras, de Mary Méndez, que analiza las iglesias de Eladio Dieste y Antonio Bonet, y también el Seminario Arquidiocesano construido por Mario Payssé en Toledo.

Desde el 18 de marzo, también estará Iglesias del Uruguay. Historia, arquitectura y arte sacro, una serie de ocho libros sobre templos de todo el país, que saldrán los lunes con El País. La idea de la colección partió de Pablo Marks (coordinador), y cuenta con textos del periodista Miguel Álvarez Montero y fotografías de Julio Testoni.

Álvarez Montero recorrió 70 templos católicos y construyó los textos a partir de charlas con historiadores locales, párrocos y el asesoramiento del obispo de Canelones, Alberto Sanguinetti. Se encontró con la historia uruguaya y también con historias particulares contadas a través de esculturas, frescos, altares y arquitectura. Porque en las iglesias, en los santuarios y en las casas religiosas también se puede encontrar narrativa sobre una sociedad y su tiempo.

Arquitectura

Cuentan que Le Corbusier dijo que “la Arquitectura es cosa de arte, un fenómeno de emociones, que queda fuera y más allá de las cuestiones constructivas. El propósito de la construcción es mantener las cosas juntas y el de la arquitectura es deleitarnos”. Entonces, hablar de arte religioso es también ir por las iglesias, esas proyecciones con fines divinos que perduran desde hace siglos.

En Uruguay, existe en un extremo temporal la jesuita Calera de las Huérfanas en Colonia de la que solo quedan las paredes exteriores, irguiéndose como pueden ante el paso del tiempo. En el otro polo cronológico, está el modernismo de Eladio Dieste, tan popular que atrae a turistas y expertos a la iglesia Cristo Obrero y la Virgen de Lourdes, como ejemplo de la eficacia y versatilidad del ladrillo. Pero también Dieste es el autor de una conjunción entre la fachada colonial de la antigua iglesia de San Pedro, en Durazno (incendiada en 1967) y el ladrillo armado del interior, sin columnas y con un rosetón que ilumina el templo desde la reforma que finalizó en 1971 (foto principal).

Si Álvarez Montero tiene que elegir dos lugares de todo su recorrido, menciona primero la cripta de la iglesia de San Francisco de Asís (Ciudad Vieja). Esto por la impresión que causa un espacio de techos bajos abovedados, iluminado con velas y con las paredes cargadas de inscripciones de fieles que se acercan al lugar desde 1850, haciendo pedidos a la figura al Señor de la Paciencia, representado por un Cristo con la mano en el oído. Abre solo los viernes, de 10.00 a 17.00.

Del interior del país elige la capilla de Santa Susana, en Soca. La mandó construir la poeta Susana Soca, en honor a su padre, el doctor Francisco Soca. Aunque está sin terminar y fue diseñada por el arquitecto agnóstico, Antonio Bonet, “es impresionante”, dice el periodista: “Está hecha con triángulos superpuestos y los vitrales, también en triángulos, son todos en tonos ocres y violetas, por lo que la luz dentro es muy especial”.

Objetos sacros

Tanto el periodista como el académico coinciden en que entre las obras religiosas a destacar está el sepulcro del obispo Mariano Soler, en la iglesia Matriz de Montevideo. Es obra de José Luis Zorrilla de San Martín, que esculpió a Soler, yacente sobre su cama, rodeado por sus cuatro virtudes: la piedad, la oración, el peregrino y el cruzado de la fe. También en la Matriz hay obra de José Belloni (la Virgen y los apóstoles de la fachada).

Asimismo, hay trabajos de artistas contemporáneos. En la iglesia Matriz, dos de los cuatro medallones de los evangelistas ubicados en la Capilla del Santísimo fueron hechos por Ramón Cuadra (los otros dos, por Zorrilla). Y una obra bastante especial, de influencias bizantina, se puede ver en el ábside de la iglesia del Cordón: cuatro ángeles pintados por Alicia Bauer, quien también hizo el pantocrátor de la catedral de Canelones.

Pero además de figuras religiosas de autores conocidos, hay muchas anónimas. Algunas importadas desde Europa en los siglos XVI o XVII, y otras que venían desde tierras indígenas, “muchas cusqueñas”, comenta Álvarez. Otras tantas, fueron realizadas por los fieles como ofrendas de fe y amor, y sin firmas. El umbral del arte sacro en Uruguay es inmenso (también están los vitrales, la platería, las vestiduras) y queda mucho por saber. Pero hay mucho para apreciar, ya sea desde el catolicismo, o desde el ojo artístico.

Leyendas que son arte e historia

La capilla de la Calera de las Huérfanas fue una construcción del siglo XVIII, era parte de la estancia de Belén del Río de las Vacas, obra de los Jesuitas que llegaron al Río de la Plata. Cuando comenzó a derruirse, todavía quedaban imágenes religiosas en ella. Una era la Virgen del Carmen, antes Virgen de Belén de la Estancia Las Vacas (donde estaba ubicada la Calera) que luego fue trasladada al Templo del Carmen de esa ciudad, de donde es patrona hasta estos días. Cuentan los locales que por muchos años, la imagen aparecía con el manto húmedo y lleno de abrojos, porque por las noches extrañaba su lugar en la Calera y regresaba. Con el tiempo, pasó a hacerlo cada vez menos noches.

En Montevideo, en la misma cripta donde está el Señor de la Paciencia, hay un crucifijo que, según ha llegado desde antaño, era la figura frente a la cual el Artigas niño se inclinaba a orar. “Ese crucifijo estaba donde ahora está el Banco República, esquina cruzada con la Iglesia de San Francisco de Asís. Ahí estaba lo que se llamaba la Casa de los Ejercicios, donde había un monasterio, un templo, un colegio, hecho por los franciscanos, y ahí concurría Artigas”, cuenta el periodista Miguel Álvarez Montero.

Otra historia interesante, es la del crucero (un Cristo en piedra, de origen gallego) que está en la fachada de la Iglesia del Cordón. Lo trajeron unos hermanos gallegos en el 1600, pero no para adornar un templo, sino para la fachada de una pulpería que tenían en esa ubicación y que se llamaba, precisamente, El Cristo.

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