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Las armas secretas de una reportera

La mexicana Alma Guillermoprieto ha llevado el periodismo a sus cotas más altas; comenzó cubriendo la Revolución Sandinista

Alma Guillermoprieto nació en México pero reside en Estados Unidos y Colombia.
Alma Guillermoprieto nació en México pero reside en Estados Unidos y Colombia.

Estaba destinada a ser bailarina clásica. Pero su carrera se torció hacia el periodismo mientras daba clases de danza en Cuba. Era a principios de la década de 1970 cuando la Revolución vivía aún su esplendor y Fidel desafiaba la difícil coyuntura con su encendido verbo y el apoyo de su aliado soviético. Y fue, precisamente, en las agitadas aguas del Caribe de esos años cuando se inició en el ejercicio del periodismo y abandonó para siempre su dedicación a la danza.

Alma Guillermoprieto (70) es hoy una figura indiscutida dentro de las letras latinoamericanas y una de las periodistas más respetadas en el mundo. Aunque su lengua materna es el español escribe sus crónicas y reportajes en inglés. Comenzó trabajando para el diario británico The Guardian y poco después cubrió para ese medio y otros la revolución sandinista en Nicaragua.

Está publicando un nuevo libro y se mantiene, a regañadientes, en cuarentena en su casa en Bogotá (Colombia). Un encierro que vive muy a su pesar puesto que es una convencida de que la única forma de hacer periodismo es, sencillamente, “a pie”.

Feminista desde su juventud, ese ha sido uno de sus temas periodísticos. De hecho, lo es en su nuevo libro. “En mi caso, siempre consideré que mi vida, tan libre e independiente, concordaba perfectamente con los postulados del feminismo, y que no hacía falta más”, decía en una entrevista publicada por El País de Madrid el año pasado.

REPORTEAR EL MUNDO. Alma Estela Guillermoprieto nació en Ciudad de México y creció allí hasta que en su adolescencia se mudó junto a su madre a la ciudad de Nueva York.

Allí, en la Gran Manzana, pudo terminar su formación y comenzó a tomar clases de danza moderna. En 1968, con apenas 19 años, fue contratada para dictar clases de danza contemporánea en la Escuela Nacional de Arte de La Habana. Muchos años después pasaría revista a esos años en el libro de memorias La Habana en un espejo.

Su creciente interés por lo que estaba ocurriendo a su alrededor en la isla comenzó a despertar la semilla del periodismo. Por entonces el máximo líder de la revolución cubana prometía un milagroso plan de reactivación con una cosecha de 10 millones de toneladas de caña de azúcar, plan que en poco tiempo resultó un fiasco.

Alma continuó como profesora y bailarina profesional hasta 1973, cuando aceptó comenzar a escribir para el periódico inglés The Guardian. Pero poco después halló un lugar como reportera en The Washington Post, el diario que ganaría prestigio mundial con el escándalo de Watergate y la caída de Nixon.

Ya había conseguido hacerse un nombre como reportera, pero eso no le ahorró algunos roces con sus nuevos editores en el Post. “Esta idea del Washington Post de que tú podías ser muy importante como reportera de Centroamérica y haber creado muchas primeras planas, pero que llegabas al Post y te tocaba reportear algo local, a mí me escandalizó”, cuenta.

Lo cierto es que su nombre empezaba a sonar fuerte como corresponsal del diario londinense en Managua. La capital nicaragüense vivía en una atmósfera convulsa mientras la revolución sandinista peleaba contra la dictadura de Anastasio Somoza y Alma Guillermoprieto había conseguido acercarse a la guerrilla lo suficiente como para obtener varias exclusivas de primera mano. También en ese momento advirtió por primera vez en qué consiste la responsabilidad de un periodista ante sus lectores.

“Después, en uno de esos autobuses de dos pisos de Londres, una viejita se sentó a mi lado en el segundo piso y me empezó a preguntar que quién era, de dónde venía, qué hacía. ‘Ah, ¿escribes para The Guardian?, ‘ah, ¿desde dónde?’, ‘desde Nicaragua’, ‘¿cómo te llamas?’, ‘me llamó tal’, y ella me reconoce y me cuenta la emoción con la que me ha estado leyendo y me habla de esos muchachos sandinistas tan valientes… Yo me doy cuenta de que ella ve Nicaragua por mis ojos. Eso me lleva a entender la enorme responsabilidad ética que yo tengo. Si ella ve por mis ojos, yo no la puedo traicionar”, contó en una entrevista.

Lo cierto es que su cobertura de la revolución sandinista la consolidó como reportera. Ya en la década de 1980 pasó a formar parte de la plantilla de la prestigiosa revista Newsweek y pronto se convirtió en jefa para América Latina de esta publicación. Desde entonces los artículos firmados por Alma Guillermoprieto se han convertido en piezas obligatorias para estudiantes de periodismo en todo el mundo. Además de las publicaciones mencionadas, la periodista y escritora mexicana publicó regularmente en otros medios de prestigio tales como The New Yorker, The New York Book Review y también algunas columnas para El País de Madrid.

Sus crónicas, sin embargo, no solo han sido publicadas por los mencionados periódicos y revistas de enorme prestigio, sino que han formado parte de libros y compilaciones por las que Guillermoprieto recibió numerosos galardones. Algunos de estos títulos como Al pie del volcán te escribo, Desde el país del nunca jamás, Las guerras en Colombia o El año en que no fuimos felices (una serie de artículos sobre su país natal) conforman una biblioteca del mejor periodismo. A estos títulos se agrega ahora ¿Será que soy feminista?, publicado por el sello Penguin Random House este año.

El ejercicio del periodismo y en particular de la crónica y el reportaje de largo aliento han sido su especialidad. Profundamente crítica de la profesión y de los grandes medios Alma Guillermoprieto se ha convertido por esas razones en una referente mundial.

Recibió el Premio Princesa de Asturias en 2018, el año anterior obtuvo el Ortega y Gasset.
Recibió el Premio Princesa de Asturias en 2018, el año anterior obtuvo el Ortega y Gasset.

“En determinado momento ganarse la vida como reportera fue tan imposible como para cualquiera. Pasé años dando clases, sin dejar de reportear nunca. Creo que ya estamos al final de ese ciclo y si algo tengo claro es que el periodismo es indispensable. Como es indispensable y un oficio enamorador, surgirán nuevos medios. De hecho, están surgiendo”, señalaba en una reciente entrevista concedida a El País de España.

En los últimos años la escritora mexicana ha recibido algunos de los premios más importantes de las letras hispanas. En 2017 recibió el Ortega y Gasset por su trayectoria y en 2018 el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Desde hace algo más de una década ejerce la Cátedra Julio Cortázar en la Universidad de Guadalajara (México).

“Yo no me considero periodista, me considero reportera. Esos son mis colegas, los que salen con el cuaderno al mundo. Los periodistas son los que hacen columnas, los editores son periodistas…”, dijo en la misma entrevista.

Sobre periodismo y sus alrededores

Revoluciones. “Yo no tenía la dimensión de los lectores. Para mí fue un tema ético descubrir que del otro lado de la ecuación no estaban ni siquiera las víctimas y mucho menos los guerrilleros sandinistas, que a quien a mí me tocaba serle fiel era a los lectores, porque finalmente eran ellos quienes estaban pagando”.

Fact Checking. “Diría que lo que más asombra a mis colegas latinoamericanos, lo que los deja con la boca abierta, es la tradición del fact checking. Incluso, la ofensa que puede causar. En mi primer taller tuve tres reporteros que son ahora figuras de autoridad en el periodismo, sobre todo colombiano, que se negaron rotundamente a que yo les revisara línea por línea sus textos porque eso era humillante. Sentían que lo que escribían era intocable”, sobre las diferencias entre el periodismo hispano y el anglosajón.

El arte de reportear. “No es que trate de mirar con cuidado o escuchar con cuidado. Trato de convertirme como en un aparato de captación. Mi gran peligro es que soy muy empática. Creo que los entrevistados más sagaces, digamos, lo captan perfectamente y se aprovechan de eso. Cuando he cometido errores ha sido por eso. Yo soy una gran manipuladora como entrevistadora, pero creo que también los entrevistados saben manipular”.

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