cabeza de turco I washington abdala

Arañas borrachas

Todo el mundo hacía el cuento de que el Uruguay, en su calidad de país generoso con Francia, en la Segunda Guerra Mundial había colaborado con alimentos y víveres, cuando los franceses no tenían ni para una baguette. Era cierto.

El gran país de Napoleón, como agradecimiento ante semejante generosidad durante esos años inmisericordes, le había permitido a la vieja Banda Oriental elaborar el famoso “cognac” con esa misma denominación sin reproche comercial o jurídico de clase alguno. Aquello fue algo invaluable, pero a los pocos años que Ancap lo hacía acá, se terminó haciendo añicos el prestigio de aquella bebida al elaborar una especie de lija (hasta para el bebedor más endurecido). Cualquiera que le haya entrado a algún cognac uruguayo —de aquella época— era guapo en serio. ¡Otra que el vodka-martini del agente inglés! Aquello era una patada en la nuca con consecuencias nauseabundas. No era joda la cosa y yo no soy un bebedor de nada, solo observaba lo que me rodeaba. Llegué a ver gente hablando sola en algunos boliches donde se habían animado a beberlo. Tengo testigos.

Ni sé cómo terminé en ese lugar alguna vez en un viaje a Francia, pero se dio. Era la época en que uno tomaba un tren y se iba bajando a gusto y placer con un ticket que te permitía vivir arriba del mismo. Supongo que me llamó la atención la palabra “Cognac”. Y era la típica actitud que tiene el curioso que procura de alguna manera apoderarse de parte del viaje de forma distinta al resto de los turistas de manual. Pensé: “Que lindo conocer esto, no todo el mundo debe venir acá, solo borrachos o gente rara”. Porque al turista de excursión siempre lo suben al bateau mouche, lo paran debajo de la torre Eiffel para luego recorrer los campos Eliseos y alguna cosa más de París y rapidito embarcar para Londres con la misma lógica burda, obvia y terrible. No se debe viajar así. Más vale “perderse solo” que andar como oveja obediente en excursiones con abuelos quejosos o viudas eternas.

Vuelvo, la cuestión es que en aquella oportunidad di con el lugar donde hacían el famoso cognac. Visité el proceso poniendo cara de alumno de primer año de facultad. El lugar era especial y con un espíritu antiquísimo, con esas cubas de madera de roble donde se va depositando la bebida por algunos años. ¿Y de repente que vi? Arañas, montones de arañas en la oscuridad, pero montones en serio. Al principio me hice el idiota para no armar un “histeriqueo” masculino (hoy, existe más libertad, pero hace algunos años si un hombre salía corriendo o gritaba porque había visto arañas, bueh, perdiste “muñeca” por el resto de tu vida). La justa: yo veo una araña y huyo, no le doy tiempo al susto a que se me imponga, no le permito hacerse consciente. Soy Flash, me meten pánico esos bichos. En esa oportunidad como las visitas se hacían en grupo me tuve que bancar la situación y puse cara de Francella con la nena. Tensión. Sudor. Dignidad poca. El guía, gran mequetrefe, se dio cuenta de que estaba ingresando en estado de pánico y me dijo en un francés insufrible: “Tranquilo amigo, están loquitas, mírelas y verá que no son como las arañas de verdad, éstas andan de un lado para el otro, obsérvelas hacer la tela, son cómicas, viven borrachas”. Me quedé mirando y aquello era verdad, parecían estar ebrias, no tenían ese movimiento sigiloso, serio, firme, se movían de forma pendular, algunas se pechaban entre sí y otras hasta se iban cayendo. ¡Tenían una mamúa loca por decir lo menos!

Me hubiera gustado contarle a Dalí este cuento porque estoy seguro de que le podría sacar mejor provecho que yo. Juro que es verdad lo que estoy narrando. ¡Yo vi arañas borrachas y me sacaron el susto para siempre por su presencia empática y graciosa! No es que ahora soy Indiana Jones con esos animalitos desgraciados, tampoco la pavada, pero ya no les tengo el miedo de otrora. Y todo porque la situación me resultó tan absurda que el miedo no tenía lugar. Siempre el miedo habita en nuestra imaginación y una vez que lo enfrentamos deja de serlo. Algo obvio que nos cuesta entender. Le debo algo a esas arañas borrachas. Quién lo diría.

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