FABIÁN COITO

"Aprendí a ser tranquilo y también a transmitirlo"

Hace una década se puso al frente de las selecciones de fútbol juveniles. Hoy cierra un año lleno de reconocimientos, entre ellos haber sacado a Uruguay campeón sudamericano.

Fabián Coito
Foto: Fernando Ponzetto

Hace diez años, Fabián Coito firmaba su primer contrato para dirigir una selección juvenil uruguaya. Con 40 años de edad y ocho de experiencia como director técnico, Coito empezaba a dirigir la Sub 15. "Cuando firmé, dije ‘Ojalá pueda estar diez años’. Era algo que me había propuesto. Y hace poco me recordaron ese momento", comenta con una sonrisa en su casa, en el barrio Bella Vista, donde recibe a Domingo para una conversación sobre fútbol, docencia, espiritualidad y liderazgo.

La casa de Coito es la misma en la que vivió de niño con sus padres. Tras una puerta enrejada común y corriente, empieza un corredor muy largo que lleva hasta la cocina y, más allá, al fondo, donde el perro pasea entre plantas.

En el camino hacia la pequeña oficina del director técnico, a la que se sube por una estrecha escalera, las distintas habitaciones se van sucediendo, y por ahí hay cosas desperdigadas, sin mucho orden. Entre ellas, una bandera de Peñarol. "Se la regalaron a uno de mis dos hijos. A veces la lleva, otras veces no", dice Coito encogiéndose de hombros y con un gesto que le quita buena parte de la trascendencia que muchos uruguayos le dan al deporte nacional.

Para ser alguien que vive del fútbol, el entrenador aparenta poca pasión y bastante reflexión. Es difícil, en ese momento, imaginárselo a los gritos —enojado y vehemente— protestando ante el fallo de un árbitro. "Una vez, el profesor (Ricardo) De León me dijo: Usted tiene un arma a su favor, la tranquilidad. Úsela. Yo era de gritar, de estar ansioso al lado de la cancha. Pero aprendí que el entrenador tiene que adoptar una posición de tranquilidad. Que era importante transmitirla, no solo tenerla. Que el jugador vea a una persona serena, que no se enloquece frente a la adversidad. Eso es parte de la experiencia", señala. Y agrega: "Al principio, me parecía que perder un partido equivalía a perder el trabajo. Fui aprendiendo que no hay nadie que gane siempre. Por lo tanto, hay que prepararse para lo otro. Lo que pasa es que a veces es difícil mantener esa calma, porque tengo brotes temperamentales".

Cualquiera que lo haya visto con los brazos en alto y a los gritos cuando Matías Viña metió el agónico gol contra Brasil en el Campeonato Sudamericano Sub 20 —la antesala al título de campeón que Uruguay no obtenía desde 1981 en esa categoría— sabe de esos brotes.

Pero así como no parece disgustarse demasiado ante la derrota, tampoco quiere dejarse llevar por la euforia de la victoria. "Siempre le hablamos a los jugadores de lo circunstancial y breve que es el éxito", comenta en su oficina, rodeado de fotos, medallas, pizarrones, una laptop, mate, termo y una foto del Papa Francisco.

Coito se asume como un hombre de fe católica, aunque aclara que no vive su catolicismo de una manera demasiado ritualizada. Va a misa siempre que puede, pero cuando falta no lo experimenta como algo conflictivo.

Se siente cercano a la orden de los salesianos y al colegio cercano que estos dirigen, el Maturana. Su madre, explica, tuvo mucho que ver con su fe, aunque durante unos años se distanció de la Iglesia. "Como todo adolescente, tuve mi período medio rebelde. No dejé de creer, pero sí de ir a misa. Uno, cuando es adolescente, se junta con sus pares y va a los lugares que ellos concurren. Y la misa no es uno de esos lugares. Pero en 2007 falleció mi padre y nos volvimos para esta casa, que fue la de toda la vida. A mis hijos, que iban a otras escuelas, los inscribimos en el Maturana, y el colegio me da un trabajo. Ahí vino una nueva etapa en mi relación con los salesianos, con el colegio, y se fortaleció mi fe", cuenta.

Su padre no pudo verlo triunfar como entrenador, algo que él lamenta con resignación. "Esa es una conversación que tengo con la religión. Pienso que hubiese sido muy feliz de verme ahora. Él era muy duro en sus críticas, pero también era muy hincha mío. A mí no me preocupa dónde está, si en el cielo o en algún otro lado. Fui feliz con él, lo amé como un hijo ama a un padre. Mi felicidad radica en que he sido consecuente, que he luchado, y eso también es en parte gracias a lo que me dio él y mi madre, claro, que aún vive".

Ser consecuente y luchador lo llevó a tener una trayectoria como jugador que, como dice ahora, lo satisfizo: "Tenía buenas condiciones, pero también tenía algunas limitantes. Me había propuesto llegar a México y a Europa. A Europa no llegué, al menos a un cuadro importante, pero a México sí. Al Pachuca, un gran club. Me hubiese gustado estar más tiempo en Pachuca, pero por una lesión volví a Wanderers e hice un último año en Central Español, que en definitiva me iba a marcar el futuro porque a mitad de año me ofrecieron dirigir las divisiones juveniles. No lo dudé ni un instante. Y con 32 años, en 1999, empecé a dirigir a juveniles".

Para él, entrenar a otros es algo en lo que, presentía, le iba a ir mejor que como jugador. "Me lo imaginaba. Me encantaba ir a practicar, y tuve grandes entrenadores, como el Maestro Tabárez, Gregorio Pérez, Maño Ruiz, Osvaldo Giménez, Miguel Falero... Haberlos tenido a ellos —y a otros, de otros países— como referencia también fue un disparador para querer ser entrenador".

Ahora puede cultivar su pasión por la docencia y la instrucción. "Antes, el entrenador, en la escala de educadores, estaba bastante atrás de la familia y el sistema educativo. Hoy no es tan así. Actualmente el entrenador casi que compite con la familia en cuanto a educación, porque el fútbol ha cambiado totalmente, pero también la familia se ha desagregado mucho. Hace unos años, habían 24.000 casamientos, hoy no más de 9.000. Eso habla de muchas cosas".

Para Coito, los entrenadores son docentes aún cuando entrenan a jugadores de elite, ya formados. "Pero los que trabajamos con juveniles tenemos eso aún más pronunciado, porque tenemos claro que algunos van a ser jugadores de fútbol, y otros no. No podemos dejar de lado eso, saber que estamos con chiquilines que no van a llegar, y que deben prepararse para un futuro que no era el de sus sueños".

Una de sus esperanzas es poder transmitirle a sus dirigidos que perder un partido es solo uno de tres resultados posibles. Y luego de diez años de aprendizajes y experiencias transmitidas, Coito ha conseguido que las selecciones que él prepara para distintos campeonatos internacionales tengan una impresionante hilera de reconocimientos. Entre ellos, el ya mencionado campeonato sudamericano Sub 20 en Ecuador, un cuarto lugar en el mundial Sub 20 este año en Corea y el campeonato Panamericano Sub 22 en México en 2015, entre otros.

—¿Cómo se logró eso?

—Antes pensaba que una de mis principales tareas era definir quién jugaba y quién no. Ahora no me preocupa tanto quiénes son, sino cómo van a hacer lo que tienen que hacer. Ese es mi principal objetivo hoy. Ese conocimiento lo adquirí en Europa. Un día fuimos a jugar un cuadrangular en donde participaban varios países. Vi que jugaban a otra cosa, y le dije a mi ayudante: "No tiene nada que ver lo que proponen ellos y lo que proponemos nosotros". Es nuestra tarea proponer un esquema de juego, porque el chiquilín no lo va a adivinar. "Nos tenemos que formar, nos tenemos que capacitar, y tenemos que transmitir eso", nos dijimos en esa ocasión. El fútbol ha evolucionado, digan lo que digan. No nos podemos negar a la evolución.

Las ideas y los métodos de Coito, por ahora, seguirán guiando los caminos de las selecciones juveniles, porque mientras pueda seguirá al frente de la instrucción futbolística y profesional de los más jóvenes, una tarea que lo estimula y lo llena de satisfacción. "Me gusta mucho donde estoy, lo disfruto. Luego de algunos torneos donde tuvimos éxito, me hicieron algunas ofertas, pero estamos bien con lo que tenemos. Si se puede mejorar, se mejora, pero por un tema de superación personal, no de acumulación de dinero. Lo importante es que no falte la salud, la educación, comer bien y poder pagar las cuentas a fin de mes".

De largo aliento.

A Fabián Coito le gustan las cosas que se mantienen en el tiempo. No parece ser amigo de lo efímero y pasajero. Cuando puede, se junta con cuatro amigos con los que compartió solo un breve tiempo como jugador en un equipo de baby fútbol. "Hace poco, pudimos volver a juntarnos los cinco. Me quedé pensando en que si le tuviera que poner un título a esas reuniones, sería Compañeros un año, amigos para siempre. Creo en eso, me gusta seguir el camino de los afectos, soy una persona con vínculos que duran mucho". Es probable que en los últimos seis años haya generado algunos vínculos así. Porque desde 2011 es uno de los entrenadores que forman parte del programa del Ministerio del Interior Pelota al Medio a la Esperanza, en donde tiene contacto con jóvenes de contextos nada privilegiados. "Me encanta lo que hemos hecho hasta ahora. Lo que más me gusta es cuando un chiquilín es feliz en las actividades que hacemos. Y les decimos que el fútbol no es lo más importante. Es un instrumento para lograr cosas que sí son importantes, pero el fútbol en sí no es lo más importante. No hay una relación lineal entre practicar un deporte y ser una buena persona".

SUS COSAS

Un equipo

Escudo de Wanderers
Wanderers

"Por trabajo voy a ver a todos los cuadros, pero si es por placer voy a ver a Wanderers, que fue donde jugué más años. Creo que ser identificado con Wanderers —y no Peñarol o Nacional— es algo positivo. Además, no es un cuadro que genere broncas", dice entre risas.

Un libro

El de James Kerr Legado: 15 lecciones sobre liderazgo. "De ese libro usamos la frase La presión es un privilegio, para tratar de hacerles entender a los jugadores de la selección que el hecho de que esa sensación, la presión, solo la viven aquellos que tienen el privilegio de llegar a esa instancia de definir una final sudamericana o mundial".

Una figura

En la oficina del entrenador, al lado del escritorio, hay un retrato del papa Francisco, en el cual hay una cita sobre impresa: "Cuando vayas subiendo, saluda a todos. Son los mismos que vas a encontrar cuando vayas bajando". Para Coito, es un recordatorio para tratar de ser humilde.

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