COLUMNA CABEZA DE TURCO

Amor fachito foqueril

"Ella cree que él no es facho pero tiene algunos tics brutos. Él, por su parte, no cree que ella sea foca pero tiene ciertos tics de la barra". Por Washington Abdala.

Washington Abdala
Washington Abdala. Foto: El País.

Esta es una historia de amor. Ella es Licenciada en Humanidades, especialista en Bertolt Brecht, militante en el combate por detener el cambio climático, veintiocho años, ingestas sanas, no llega a ser “vegana” neta pero le pega en el palo.

Él es emprendedor, tiene una empresa con la que creó una aplicación para ayudar a adultos mayores a usar los teléfonos móviles. La aplicación se la compró un inversor sueco y ahora posee unos cuantos dólares en el banco. Treinta años, varios inmuebles y adquirió una participación accionaria en tres locales de alimentos veganos.

Justamente, él buscando cómo hacer más dinero con los veganos y ella viviendo la filosofía vegana, “algo” los juntó una noche de “previa” en lo de Fito, un amigo dadaísta. Copa va, copa viene, noches de pasión, y pasaron a vivir juntos. Es como si León Trotsky fuera pareja de Henry Ford. Pero pintó onda y allí están.

El amor iniciático, la pasión y Luis Suárez los unió. Nada más. En el resto, son el día y la noche.

Ella no entiende cómo él vive pensando en ganar dólares y él no entiende cómo ella puede releer un texto ciento cincuenta veces, y repetirlo, y repetirlo, y no salir de ese círculo tortuoso.

Ella vota a Martínez pero ama al Pepe, y goza cuando el veterano bardea a los Tinchos y a las Milipilis. Él vota a Lacalle Pou pero tiene debilidad por Javier García, eso de la peladita le inspira respeto de senador romano y goza cuando se parece al Sr. Burns (Los Simpson) y muerde a las focas fuera de control.

Cuando desayunan y miran los teléfonos para ver las novedades, siempre comentan de manera sutil la realidad, conscientes que no hay espacio para la libertad absoluta, la llevaban suave… hasta estas semanas.

Ella cree que él no es facho, pero tiene algunos tics brutos. Él cree que ella no es foca, pero tiene ciertos tics de la barra.

En estos días toman café en silencio, ya no charlan de casi nada, y cada uno manda a sus grupos de amigos en Whatsaap las encuestas leídas desde el ángulo matemático en el que creen que les conviene (“los tenemos”, “ahora sí”, “se quieren matar”. Escriben exactamente lo mismo).

Ella está segura que al final el Frente Amplio tiene resto para colarse. Él está convencido de que Lacalle arma la macrocoalición con los colorados y los cabildistas y que en la segunda vuelta la cuelga contra un ángulo y Martínez queda como Carlitos Tévez en Boca: sentado en el banco.

La tensión en la casa se percibe incómoda porque a diario están participando de reuniones públicas con los candidatos y luego -a la noche- se stalkean en las redes sociales para ver sus vidas políticas.

Ella le pregunta si en esa foto la que está trabada del cuello de él -en un acto- es una militante blanca o es amiga de Moria Casán. “¡Linda chica!” le dice con las cejas fruncidas.

Él encuentra una foto de ella en una reunión en Maldonado con el Pelado Martínez, y ella está con un morocho -que parece el del Abasto- con una sonrisa igual a la de Carlitos, medio apretando. “¿Y este muñeco de dónde salió?” le pregunta él en tonito recriminador. El ambiente está espeso.

La tetera chilla porque el agua hierve y nadie presta atención. Cada uno está ahora en el Instagram del otro chusmeándolo.

Se levantan los dos y cada uno marcha a sus actividades matinales. Él casi choca con el vecino al sacar el auto nervioso. Ella se patinó en la escalera y casi se desnuca.

A la hora de la cena, ya lejos de la tensión matinal, ponen Netflix, miran El espía y comen hamburguesas de lentejas con salsita de pimentones. Al final se hacen una apuesta: el que pierde la elección se tatuará en el pecho una consigna, el que gana nada. Si gana Lacalle ella se estampa: “Yo amo a un fachito ¿Y qué ”. Si gana Martínez él se estampa: “Yo amo a una foquita ¿Y qué?”

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