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Amazonía ecuatoriana: una inmensa región alejada del turismo

Un recorrido por el oriente ecuatoriano, que ofrece una prodigiosa variedad de fauna y flora única en el planeta.

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La Amazonia ecuatoriana, una puerta a la selva para hacer turismo.

Estamos en el oriente de Ecuador. La selva es algo desconocido. Cada paso que damos nos sorprende y nos deja cautivados. Visitamos la Amazonía ecuatoriana y nos fascina. Recorremos Puyo, Tena, Puerto Masahuallí y El Coca. Vemos desde la ruta cómo la ciudad va siendo tragada por la selva. Los colores, aromas, fragancias, comidas y sensaciones aquí son bien distintos. La selva nos conquista. La selva se mete en uno. Vamos bajando y la ropa comienza a pegarse al cuerpo. El calor y la humedad dominan todo. 


Visitamos una comunidad, navegamos en sus canoas, comemos la comida amazónica (entre ellos los famosos gusanos de selva) y caminamos y vivimos con los tiempos de la selva. La naturaleza brinda todo; no hay que estar siempre tras el trabajo y el sacrificio. Hay tiempo para el otro, para la contemplación, la charla y para el ocio. La gente aquí es muy sobria y simple. Los lugareños son tímidos y tratan de esquivar al turista. Nosotros somos “los gringos”. No importa que seas de Uruguay; aquí sos gringo.

La entrada

Nuestra primera parada es Puyo, la puerta de entrada a la selva. Esta ciudad se fundó en 1899 tras un fuerte proceso de colonización y conversión al cristianismo de los indígenas de la zona. El pueblo nació y se desarrolló a base del caucho, la madera y la caña de azúcar.

Llegamos al Parque Omaere que en waorani significa “naturaleza de la selva”. Fue fundado en 1993 por una mujer Shuar y dos francesas que compraron el terreno de 15 hectáreas en las afueras de Puyo, convirtiéndose en uno de los primeros parques etnobotánicos en Latinoamérica (es decir, donde se estudian las relaciones y conexiones entre las culturas y pueblos con las plantas nativas)

El paseo lo guía un joven muy correcto y animado. Luis nos lleva por los diferentes rincones y nos explica cuáles son las plantas más representativas de la selva y sus propiedades curativas. Luego se nos presenta un hombre con pelo largo y una larga barba blanca que es uno de los creadores del proyecto. Era Chris, que nos cuenta sobre la época en la que vino de Estados Unidos y se internó en la selva y comenzó a conocer a los diversos pueblos. Nos habla de la misión de Omaere y de la conservación de las plantas de la Amazonía, de conocer las culturas amazónicas y hacerlas valorar y, por último, sobre cómo contribuir al desarrollo sostenible de las comunidades indígenas. Terminamos la jornada en una choza escuchando cómo los pueblos Shuar y los Waorani conviven con la naturaleza.

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Los ríos, las grande avenidas de la selva.

Más adentro

Queríamos meternos más en la selva y nos dijeron que vayamos a El Coca. En el Puerto Francisco de Orellana, más conocido como El Coca, tenemos la suerte de presenciar las fiestas por los 49 años de cantonización (El Coca se convirtió en un cantón), por lo que acudimos a todas las ferias artesanales, presentación de orquestas y a un espectacular desfile.

Quedamos fascinados con un grupo de niños de la tribu Shuar. Ellos son los famosos jíbaros, nombre despectivo dado por los españoles. Su aislamiento y poco contacto con el exterior queda más que justificado. Lo hacen para sobrevivir y para que sus costumbres y tradiciones sigan vivas.

Los Shuar son mundialmente famosos por su práctica de reducir la cabeza de sus enemigos muertos. Ellos sostienen que, al matar a un enemigo, su espíritu sigue vivo en su cabeza. Es por eso que la cortan y luego la reducen, como forma de apoderarse de su espíritu.

Hasta la década de 1980, El Coca fue un pueblo pequeño y sin relevancia a nivel regional. Pero esto cambió radicalmente tras el descubrimiento de petróleo en sus alrededores. Así es que el pueblo creció rápidamente, tanto en su población como en sus dimensiones y se vio sacudido con la llegada de inversiones extranjeras.

El Coca ha tenido en los últimos años vaivenes en su economía, siempre dependiente del precio del crudo y de los grandes centros de poder a miles de kilómetros de la selva ecuatoriana. Las ganancias se van lejos y lo que queda en estos suelos y aguas es la contaminación. Tras un boom, vino la crisis. El Coca añora esos años dorados. Hoy solo queda el recuerdo.

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El turismo siempre permite, a quien le interesa, interactuar con las poblaciones locales. Personalizar la experiencia.

Al borde del río

Otro punto a visitar es Tena, un lugar que tiene en sus orígenes toda una historia de grandes desplazamientos. Cuando los españoles fundaron una serie de ciudades en la zona, procedieron a repartir tierras e indígenas. Hartos de soportar los malos tratos y ser víctimas de la explotación, estos huyeron a la selva escogiendo las orillas de los ríos para formar sus centros poblados.

En Tena nos informan que cerca de ahí se puede visitar el hermoso Puerto Misahuallí. Es un pequeño pueblito al borde del Río Napo que lleva a la comunidad indígena. La sorpresa es grata, ya que los precios no son los desorbitantes de El Coca. En pocos minutos ya se está en Ayllu Awarina que nos muestra sus tradiciones, sus casas, sus calles y hasta un pequeño zoológico. Subimos a una casa de un árbol para descubrir una vista increíble. Los ríos en la selva no separan sino que unen. Son grandes avenidas y calles que te llevan fácilmente adonde quieras.

Las imágenes que nos regaló la comunidad y que me llevé en mi mente y en la memoria de la cámara son las escenas de muchos niños jugando al borde del río, todos juntos y de forma armónica, sin peleas, tirones o forcejeos. Sus sonrisas eran anchas y su felicidad y libertad al jugar era tan grande que ni siquiera advirtieron nuestra presencia.

En Puerto Misahuallí también se puede disfrutar de un hermoso camino por medio de la selva por donde se puede ir bordeando el río. El calor era gigante y te empuja a meterte pero, aunque la corriente era pequeña, se sentía que si uno se soltaba un poco, el agua te llevaba.

Aquí, los primeros que reciben al turista son los monos. Copan los techos, cables, azoteas y árboles del pueblo. Dominan estos elementos de forma asombrosa y son los dueños del aire. La gente del puerto dice que no hay que darles de comer aunque son alimentados de todas formas. Un hombre es mordido por uno de ellos.

Puerto Misahuallí es un lugar donde la selva se siente de forma directa y donde la Amazonía ecuatoriana vibra y se desarrolla en todo su esplendor.

La selva nos refresca, nos llena de aire y nos llena de imágenes, sensaciones y pensamientos que quedan grabados en nuestra mente. Nuestro pensamiento se centra en las bellezas que podemos encontrar aquí, en sus secretos y con toda su sabiduría. Pero en contrapartida se viene a la cabeza toda la destrucción que sufre en nombre del progreso y del crecimiento económico. Los lugareños cuentan cómo ha cambiado el aire en los últimos años, cómo ha cambiado el color de agua, cómo han aparecido peces muertos y otros tantos indicadores que señalan que la selva está siendo destruida.

La economía y las empresas son las que mandan, los gobiernos no dicen nada y callan de forma cómplice y las comunidades no son escuchadas. Es una combinación fatal. Esta feroz pesadilla se convierte en realidad y cae duro y fuerte como la lluvia en la selva.

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