EL PERSONAJE 

Alfonsina Maldonado: "Mi dolor me invita a vivir a pleno cada día"

Cuando tenía seis meses un accidente le cambió la vida. Sin embargo, soñó con ser atleta olímpica y lo logró en Río 2016. Es amazona profesional y su próxima meta es una medalla.

Alfonsina Maldonado junto a un caballo
Alfonsina Maldonado junto a un caballo. Foto: Ricardo Figueredo

A Alfonsina Maldonado (37) le duele el cuerpo. Hoy, que es martes al mediodía y hay un calor sofocante, ella sonríe —el pelo dorado y lacio envolviéndole el rostro, la piel bronceada— y dice que a veces, cada tres o cuatro meses, le vienen unas crisis de dolor en todo el cuerpo y que necesita ver a un fisioterapeuta para que le afloje los músculos. Sonríe, porque para ella el dolor es parte de su vida desde que tiene seis meses, cuando una vela se cayó en la cuna en la que ella dormía y la incendió por completo. Como consecuencia de las quemaduras perdió su mano izquierda y desde entonces siente un dolor que nunca se va. “Conozco absolutamente cada tramo de mi brazo y puedo identificar cada cosa que me está pasando. Me he dedicado muchos años a sentirlo y a identificar qué me pasa y cómo me afecta. Una aprende del dolor”, dice, con la voz suave y fina pero firme. “Mi dolor me enseña a vivir a pleno cada día. Algo que muchas veces olvidamos. Algo tan importante como despertarte y saber que estás vivo. Porque el dolor que siento es en todo el cuerpo, entonces él me recuerda cada trozo de esta carcaza que tenemos. Y sobre todo me enseña que despertarse es para hacer solo que te gusta, porque para cosas que no te gustan ya lo tenés a él, que te acompaña 24 horas, entonces él me invita a hacer solo cosas que me gusten, a sentirme bien, a vivir de la forma más plena que pueda, y a sentir las cosas más bonitas que pueda”.

Lo que siguió, después de las quemaduras, fue esto: 32 días en coma, cinco años en cuidados intensivos en el área de quemados del Hospital Militar sin ver a su familia, con médicos y enfermeros y cirujanos que la cuidaban, raspajes todos los días, comas inducidos, intervenciones quirúrgicas hasta sus 19 años.

Fue en ese momento, sin embargo, en el que Alfonsina empezó a soñar con ser una deportista olímpica. Ante el dolor, había que tener alguna ilusión, alguna motivación. Y la suya era esa: ser una amazona profesional y ganar una medalla. Por eso, por los sueños y las ilusiones, Alfonsina dice que, a pesar de todo, fue una niña muy feliz. Que en el hospital la querían mucho porque estuvo mucho tiempo allí y que todos la consentían. Que eso, dice, la ayudaba a quererlo todo: a soñar con el mundo entero.

Alfonsina ya es una atleta olímpica: participó en los juegos de Río 2016. Ahora lo que quiere es lo próximo: llegar a los Juegos Olímpicos de París 2024 preparada como para poder obtener una medalla.

“Para mí, ganar una medalla tiene un significado muy importante: a esa medalla Alfonsina la sueña desde que era muy chiquita y vivió muchos años en un hospital y le decía a sus doctores y cirujanos que se iba a ganar esta medalla. Entonces, quiero ganarla para todos los doctores y enfermeros que durante tantos años me cuidaron, me operaron, me trataron como una hija y me llenaron de amor y de motivación. Después es una medalla que se la quiero dedicar a mi país y a todas las personas que piensen que soñar tan grande es imposible. Para mí no es imposible, es una cuestión de voluntad, de ganas, de creértelo mucho”.

Y ella se lo cree. Está decidida a mover el mundo para conseguir los sponsors que le permitan encontrar un buen caballo -en general están en Europa- para ir a los Juegos Ecuestres Mundiales de Dinamarca, que serán en seis meses, pero sobre todo, que la lleven a los próximos Juegos Olímpicos y que la lleven bien: Alfonsina quiere ser una competidora fuerte.

Una chica del campo 

Alfonsina Maldonado antes de competir
Alfonsina Maldonado antes de competir

El caballo se mueve lento. Avanza como si no tuviera un rumbo. Apenas se le ve la cabeza: tiene el cuerpo entero sumergido en el agua, un lago tranquilo que apenas vibra. Ella se mueve con él, idéntica, con el cuerpo entero debajo del agua, patalea suave para impulsarse tomada de la crin del animal. Escucha su respiración, siente cómo sus músculos pesados se contraen, avanzan: es una danza sincronizada, pulcra, limpia. Alrededor no hay nada más que árboles y juncos. El caballo, cerca de la orilla, toma impulso y apoya las manos para salir del agua. Alfonsina se trepa sobre él, se sienta, endereza el torso y lo acaricia.

El animal se llama Zeus y es de Jesús, un fotógrafo argentino y amigo. El lago es parte de Casa Quetzal, el hotel de Punta del Este en el que Alfonsina ofrece la experiencia de eso que ella hace desde siempre y tanto le gusta: nadar con los caballos. Para ella es un momento “mágico, de mucha conexión con la naturaleza y con los animales”.

Los caballos han sido siempre su pasión. Nació en Florida y vivió toda su vida en el campo: ruta 12, kilómetro 17. Los días allí eran tranquilos y salvajes: subida arriba de un caballo, jugando carreras, trepándose a los árboles, corriendo, embarrándose, entre vacas y ovejas y gallinas.

Todavía recuerda el camino que recorría a caballo para llegar a la escuela 105, a su amiga Evelín, que la pasaba a buscar todos los días, al maestro Raúl que iba a darle clases al hospital mientras estuvo internada, al respeto que tenían todos por ese hombre. También recuerda que tenía muchos problemas de conducta: cuando salió del hospital, le sorprendía que los niños se cayeran y lloraran, les doliera algo y lloraran. Ella no entendía -no podía comprender- cómo era que lloraban por tan poca cosa. Entonces les pegaba para que tuvieran un motivo de verdad para sufrir. “Eso no se hace, siempre lo digo, pero fue algo que tuve que trabajar mucho, porque mi umbral del dolor es enorme”, dice.

A los 13 años su padre la llevó al cuartel de caballería de San Ramón, donde daban clases de equitación. Ya no quedaban cupos pero insistieron. Al verle la mano, le dijeron que no. Ella volvió a insistir: que le tomaran una prueba, que la dejaran mostrarles. Se subió sola al caballo y lo hizo: saltó, corrió, recorrió la pista. La aceptaron en el nivel avanzado. Después de que terminó, le ofrecieron una beca para seguir formándose. Allí montó hasta los 21 años, cuando decidió irse a Europa, el lugar donde estaban los mejores caballos, los mejores equipos.

Durante dos años trabajó en establos a cambio de casa y de comida: de lunes a lunes, de sol a sol, limpiaba hasta 30 boxes de caballos por día y, cada tanto, la dejaban montar. A veces, Alfonsina lloraba. Después, se secaba las lágrimas, se repetía a sí misma que todo eso era parte del camino para llegar a ser olímpica, y seguía.

Así empezó el camino a los Juegos Olímpicos de Río 2016, sus primeros juegos: sin nada. Lo que siguió fueron rifas, subastas, alcancías, golpear puertas, préstamos y donaciones hasta llegar a conseguir el dinero. Lo logró.

—¿Qué ha sido lo más difícil de todos estos años?

—Lo que más me ha dolido ha sido estar lejos y sentirme tan sola y tan poco respaldada por mi país. Durante muchos años me he sentido muy sola. Y vos decías: estoy acá dándolo todo y nadie sabe nada. Y eso me ha dolido mucho. He tenido que ser muy valiente para enfrentarme a todos. Y la verdad que me siento orgullosa de estar un poco loca para hacer todo esto. Me siento orgullosa de ser así, lanzada, porque para llegar a cosas grandes hay que atreverse a romper mitos, a romper barreras, a no tener miedo a que te digan que no, porque hay alguien que te va a decir que sí. Pero hay que tener mucha voluntad para seguir golpeando puertas hasta encontrar el sí.

Vivió en Europa hasta febrero de 2020, cuando empezó la pandemia y decidió regresar a Uruguay. Estaba en el Mundial Ecuestre de Doha —al que solo se accede por invitación del rey de Catar— cuando todo comenzó. Ella, sin embargo, recuerda a esa competencia como el momento más importante de su carrera hasta ahora: en cinco días logró juntar diez mil euros para poder viajar, alquiló un caballo que no conocía y viajó sin su entrenador. Tuvo dos días para prepararse. Cuando entró a la pista para la prueba de adiestramiento se repitió lo que siempre le dice Francisco, su entrenador: montá pensando. Y ella pensó: cada paso, cada movimiento, cada apoyo, cada tranco, cada dificultad. Cuando terminó, miró las pantallas que anunciaban que había hecho un puntaje de ranking, el mejor de su temporada. Se bajó del caballo y empezó a llorar. Entonces pensó que ahora sí: después de esa hazaña, estaba lista para ganar una medalla en los próximos Juegos Olímpicos.

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