HISTORIAS

Cómo Alejandro Landman se convirtió en Álex, el niño que escapó del Holocausto

Ruperto Long narra en un nuevo libro cómo Alejandro Landman escapó del Holocausto cruzando ríos helados y corriendo noches enteras.

Alejandro Landman
Alejandro Landman

Alejandro Landman, o Álex, era un niño cuando empezó a desplegarse la tragedia europea de la Segunda Guerra Mundial. Su familia iba a veranear a una localidad de lo que hoy es Ucrania pero que entonces era Polonia. En esos veranos, Álex había forjado amistad con dos niñes: Riki y Lizzy. En uno de esos veranos, el de 1938, algunos ya empezaban a intuir que lo que se iba a cernir sobre buena parte del continente europeo no era esperanzador. Y los tres, aunque niños, también presentían que se avecinaban días tristes y dolorosos.

Por eso, cuando arranca la historia plasmada en el libro Éramos tres niños perdidos en la niebla de Ruperto Long, Álex, Riki y Lizzy hacen un “pacto de sangre”, y se prometen a sí mismos siempre seguir siendo amigos. Lo que sigue luego de esa introducción al relato son historias grandes y mínimas, en las que se cruzan las peripecias y los destinos de los tres protagonistas, con las convulsiones de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto como telón de fondo.

tapa libro Éramos tres niños...
El nuevo libro de Ruperto Long.

Landman, el Álex del libro, tiene hoy 88 años (“a poco de cumplir 89”, dice por teléfono) y vive en Uruguay desde que cumplió 15, cuando llegó junto a su madre luego de superar mil y un obstáculos para sobrevivir. Apenas terminó la Segunda Guerra Mundial, el entonces adolescente se puso a escribir sus memorias. Quería dejar plasmado en papel y de mano propia todo lo que había vivido y visto. Cuando el polvo se asentó, las bombas dejaron de caer y empezó la reconstrucción de un continente devastado, también comenzó el trabajo de preservar la memoria de lo que había ocurrido en esos años.

“Mi madre tenía un amigo en el Instituto Histórico de Polonia, y él le pidió que si le podía dar mis memorias. Mi madre accedió y se las dio. Pero luego se perdieron”, cuenta Landman. Así que muchos años después, en la década de 1970, el sobreviviente se puso a escribir de nuevo sus memorias. “No era lo mismo, claro. Me había olvidado de algunas cosas”. Pero Landman no las compartía. Las tenía ahí, guardadas y seguras.

Como en Uruguay somos pocos y nos conocemos, alguno se enteró de las peripecias de Landman y le ofreció llevarlas a las páginas de un libro, pero las ofertas no lo convencían.

Hasta que se acercó Ruperto Long, el actual director del Laboratorio Tecnológico del Uruguay (LATU). Long ya había tratado el tema de la niñez y la guerra en el libro La niña que miraba los trenes partir. Había conocimiento de causa y eso ayudó a generar la confianza que Landman necesitaba para abrirse y relatar sus experiencias. Entonces dijo que sí y Long se puso a investigar primero y a teclear después. En total, el libro le insumió tres años de trabajo, la mitad dedicada a documentarse y entrevistar gente, y la otra destinada a la escritura misma. “Luego de La niña..., mucha gente se me acercó a contarme que conocía a tal o cual historia. Y así di con Alejandro, que se convirtió en Álex en el libro”, dice el político y escritor.

El nuevo libro de Long es, como dice, una novela inspirada en hechos reales. Por eso, ficción y hechos históricos se funden en un mismo relato. Hay personajes reales y también ficticios, aunque el autor dice que prefiere no entrar en detalle, para no condicionar la lectura de antemano y dejar que la historia fluya, para que quien la lea pueda experimentar por sí mismo lo narrado. Long tuvo que viajar bastante, tanto para examinar archivos in situ como para hablar con sobrevivientes o sus descendientes. “Muchos de los testimonios los encontré como encontré el de Kaminsky, el legendario falsificador de París. Claro, luego uno los adapta y les da un tratamiento literario. Pero hay cosas que son muy delicadas, como por ejemplo el testimonio de un integrante de escuadrones de la muerte, que atestigua sobre eso en los juicios de Nuremberg. Eso lo tomé exactamente como está en los archivos. Hay otros son totalmente ficticios, en los que imagino qué podría haber dicho ese personaje. Pero a esos personajes no les hago decir cualquier cosa: consulté muchos archivos y documentos. Lo aclaro porque hay veces que dentro de la novela histórica se da que le hacen decir a personajes cosas inverosímiles o que no respetan los hechos. Yo no”.

Noche Cristales Rotos
La noche de los cristales rotos.

Landman, por su lado, cuenta que él y Long se encontraron varias veces para hablar del libro, y que no fue fácil revivir esas experiencias. “Para mí fue duro volver a esa época pero uno tiene siempre eso presente. No se olvidan esas cosas”, dice. Para el protagonista central del relato, lo que hizo Long fue muy ingenioso. “Cómo mezcló lo que sucedió con lo que imaginó. Como él es ingeniero como yo y muy puntilloso, lo hizo muy bien”.

Landman recuerda que no sabía nada de Uruguay cuando arribó. “Nada de nada. Uruguay, Paraguay... era todo lo mismo. Pero este país me recibió de una manera extraordinaria, me trató muy bien. Hubo algún que otro comentario negativo cuando entré a la Facultad de Ingeniería en los años 50 —porque era una facultad bastante elitista— porque no hablaba tan bien el castellano. Pero fue poca cosa. Acá me han tratado peor por ser hincha de Peñarol que por ser judío”, comenta entre risas.

Huidas y solidaridad

En el libro , Álex se enfrenta a un montón de desafíos, como los tuvo que superar Alejandro. “Cuando empezamos a hablar para el libro, vi a ese niño que tuvo que sortear muchísimos obstáculos para sobrevivir, muchas veces por su cuenta, sin nadie. Tuvo que cruzar ríos casi congelados, o correr toda una noche por un bosque nevado sin poder detenerse, porque si se detenía se moría de hipotermia. Resultan cosas increíbles, parecen inventadas. Pero no: la realidad siempre supera a la ficción”, cuenta el autor del libro.

Landman dice que son cosas que costaron superar. “Yo tenía nueve años, y no se le puede exigir mucho a un niño de esa edad. Además, tampoco soy religioso. Una persona de fe puede hallar un sentido, le resulta un poco más fácil. ‘Dios lo dispuso así’. Tuve suerte. Y tenía fuerza, tenía fuerza física. Además, la voluntad ¿no? Consciente o inconscientemente, uno saca fuerza. Pero esas son cosas que no sé explicar”.

Landman, además, tuvo que darle sentido a sus experiencias sin tener muchos vínculos que hayan atravesado por viviencias similares. “Casi todos mis amigos son uruguayos. Hay muy pocos que vivieron lo que yo viví. Además, estas cosas no se hablan mucho tampoco. No sé cómo se dio que entre muchos sobrevivientes del Holocausto una especie de pacto de silencio: de no hablar de esto, en especial con los hijos. Recién a los nietos se le podía empezar a contar algo. Y creo que eso es algo bueno. Conozco a una persona a la que los padres le contaron esas experiencias, y no le hizo bien”.

—¿Cómo reaccionaron sus nietos cuando les contaba algo?

—Yo les relataba cosas muy puntuales, no todo. A uno de mis nietos, que ahora tiene unos 30 años, le interesaba mucho saber cómo había hecho para saltar de un tren en marcha.

En el trayecto que lo llevó de Polonia/Ucrania a Uruguay, Álex y otros como él tuvieron que huir y esconderse de quienes los perseguían, pero en ese camino también encontraron personas que, arriesgando bastante, los ayudaron. Esas historias, que cautivaron a Long, también figuran en el libro. “Esas personas fueron capaces de tender una mano, de ayudar, aunque eso fuera un gran riesgo para ellos. Como Florencio Rivas, el cónsul uruguayo en Alemania que ayudó a muchos tras La Noche de los Cristales Rotos. Para eso entrevisté a su nieta en Alemania, que algo recordaba. Pero también hubo otras, claro, como el diplomático y escritor brasileño João Guimarães Rosa, que también figura en el libro”, dice Long y añade: “O como la conspiración que se armó entre diplomáticos, militares y civiles italianos en pleno régimen de Mussolini, para salvar judíos. Lograron salvar a 3.500 personas, todo durante una confabulación que duró meses e involucró a mucha gente”, dice fascinado.

Así, en las más de 300 páginas se encuentran personajes reales e inventados para aportar —cada uno desde su lugar— las piezas que conforman el mosaico histórico. Un mosaico que se arma a partir de las historias de tres niños que se juraron amistad eterna a raíz de las gotas de sangre que salían de las yemas de sus dedos y se mezclaban en ese pacto.

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