CABEZA DE TURCO

Adaptarse o morir

Somos la primera generación que aprende de sus hijos tanto como ellos aprenden de nosotros. Esto de veras es extraño. Sin ellos las plataformas de las redes sociales, el tono con el que hay que actuar allí, las tendencias ultramodernas y la utilidad de todo eso sería un misterio. Semejante realidad nos hace estar en un tiempo especial.

Nunca fuimos, ni seremos —ni debemos ser— amigos de nuestros hijos. No es nuestro rol pero hoy nos toca pedirles ayuda, preguntarles y aprender de ellos. Eso nos convierte en padres "rehenes" de una forma que ninguna generación en la historia de la humanidad vivió jamás. Estamos un poquito complicados (y va en serio este asunto).

Eso hace que seamos una generación para la que establecer la autoridad y demarcar límites —en medio de una globalización que muta valores de manera acelerada— no sea tarea sencilla. O sea, le tenemos que poner límites a los individuos que nos van explicando el mundo que vivimos (paradójico). Hijos sin límites son idiotas en la vida (también lo sabemos todos pero hay que insistir).

De cualquier forma, los grandes desafíos siguen siendo los mismos: acompañar a los más chicos, dotarlos de los "conceptos" (o valores) que nos parecen apropiados para ver si optan por ellos —o eligen otros—, educarlos para la vida y sus dolores, y lo principal, hacerlos lo más felices que se pueda. Para algo los trajimos a la existencia. Pero claro, todos caemos en el lugar común de darles aquello que no tuvimos nosotros y por allí, quizás, macaneamos creyendo que de esa forma cumplimos mejor el rol de mentores.

Es cierto, el fenómeno de la autoridad ya no es como antes. La "palabra" no vale porque la dice un padre sino que se la debe fundamentar procurando ser coherente con ese relato que vamos describiendo del camino. Si sos muy espiritual pero tu vida diaria contradice tus postulados y tus hijos te observan —por ejemplo— aplastando gente, esa realidad para un joven será luego un gigantesco problema emocional. Los hijos son nuestros mejores críticos porque como buscan separarse y construir sus propias identidades se ocupan de enrostrarnos lo que casi nadie se anima a espetarnos en la cara. Si los hijos son muy papas fritas con nosotros, ojo que los estamos castrando. Si nos gastan, ojo que nos estamos pasando. La tenemos siempre difícil. Ser padre es así muchachos.

Por estos días he conocido —simultáneamente— asuntos con jóvenes de familias pudientes y de familias humildes que me han impactado. Son casos de menores que llegan al extremo de la "violencia en las redes sociales" donde uno no imaginaría que esos extremos pudieran ser posibles. Sin embargo, como ese es el territorio donde ellos socializan, actúan y crecen, en realidad era lógico que patologías que antes se veían en el mundo físico ahora se trasladen al mundo virtual.

Con los más jóvenes hay que ser muy claro en las redes sociales. Lo primero es saber cuando están preparados para las mismas. Eso no siempre es evidente, pero luego de los once o doce años es casi imposible detener un joven hacia allí (ingresan antes).

Lo segundo es no creer que los padres podemos ser "amigos" en las dimensiones virtuales de los hijos. Ellos no solo no quieren eso sino que además logramos el efecto contrario automático al mosquearlos (bloqueo y aislamiento).

Lo tercero es conversar con ellos de los peligros de la red y de cómo el historial de fotos y videos les será una carga documental que los estará esperando siempre. Las fotos de borracheras, la alienación y el estilo loquito de la adolescencia luego en la juventud (y adultez) puede ser un problema serio. La Internet no olvida nada, el ojo del Gran Hermano escruta todo. Estamos a cinco clicks de saber todo de todos.

Estos tiempos de "atracones de series" en Netflix (todos mis estudiantes la miran) demuestran cómo la gente empieza a vivir de manera impensada su globalización. Todo va a mil y hay que entender en lo que estamos. De lo contrario la ola nos arrollará sin siquiera ser conscientes de ello. Ahora sí, Darwin con todo: adaptarse o morir. El resto es palabrerío.

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