Acervo en situación crítica

| Más allá del meticuloso trabajo de restauradores públicos, importantes libros y documentos de la Biblioteca Nacional corren peligro. Hay tecnología, faltan manos.

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El País

CATERINA NOTARGIOVANNI

Silvia Sosa está orgullosa. Una semana atrás, la pequeña libreta que sostiene con cuidado sobre la palma de la mano estaba deshojada, rota y sin tapas. Hoy, después de un meticuloso trabajo de restauración, ese Carnet de Baile recuperó buena parte del encanto que tuvo en febrero de 1914, cuando fuera entregado a Delmira Agustini en el Teatro Solís.

Silvia es una de las cuatro restauradoras que se desempeñan en la División Técnica Especializada de la Biblioteca Nacional, sector que nuclea los trabajos de encuadernación, conservación, microfilmación y digitalización.

Ellas, más un puñado de funcionarios que no llegan a la docena, tienen la misión de rescatar, restaurar y acondicionar para la conservación todo el patrimonio en papel (incluido fotografías) de la biblioteca más grande del Uruguay. Pero, como sucede a menudo en el sector público, el trabajo se realiza con escasos recursos y en ambientes que no son los ideales. Así, el día a día se convierte en un desafío de creatividad, paciencia, empeño y vocación. No significa que lo "aten con alambre", pero casi.

papel quebrado. En un taller del piso más alto de la Biblioteca se desarrolla parte del trabajo de encuadernación, restauración y conservación. Allí trabajan Estrella Grosse, Silvia Sosa y Mary Acosta. La primera se pasa el día encolando libros y colocándolos en prensas. En algunos casos la presión la ejercen pequeños trozos de mármol que recolectan donde pueden. "Debe hacer 10 años que hago esto y no me han traído ningún libro de vuelta", comenta con orgullo Estrella. Otra parte del trabajo de encuadernación se realiza fuera, por terceros, con excepción de las obras documentales y de carácter histórico.

En el caso de la restauración, los insumos básicos son el papel japonés (o de té), el metil celulosa (pegamento) y papel siliconado antiadherente (el que viene debajo de las etiquetas) que se utiliza como apoyo porque no se pega. El papel japonés no se vende en Uruguay. El que usan lo dona una empresa empaquetadora de té, pero como es blanco lo deben teñir.

"Antes de que existiera ese rollo donado, se recorrían todas las secciones recolectando las bolsitas de té usadas. Se lavaban, se pegaban en los azulejos para que se secaran y se usaban", cuenta Graciela Gargiulo, directora de la División con 35 años de experiencia. "La ventaja que tenían era que no había que teñirlas", agrega, y se ríe.

Mary Acosta es quien se encarga de fabricar cajas a medida para los ejemplares de más valor o aquellos cuya encuadernación original está muy deteriorada. Es algo así como una modista de libros. Para ello utiliza cajas de cartón libre de ácido (no se vuelven amarillas).

El estuche más grande que debió fabricar fue para un pergamino manuscrito de Cantos Gregorianos del siglo XV, encuadernado en madera y hierro (ver foto abajo). El libro tiene tal peso que, para trasladarlo, se necesitan dos personas o un carro. "La única que lo mueve sola es Mary", comenta la directora.

El cómo llegó ese libro a la Biblioteca Nacional es un misterio, aunque Gargiulo tiene su teoría: "Tenemos 10 ejemplares que formaban parte de la colección que integró la primera biblioteca pública en 1816. En el inventario con el que se conformó (se hizo una investigación) aparecen descriptos una serie de `mamotretos`. Supongo que hacen referencia a ese ejemplar", explica.

Una puerta conecta el taller con la azotea donde está instalado el cuartito de desinfección. "Como el ambiente es muy húmedo, muchos libros, además de rotos o sucios, pueden impregnarse de hongos. Por eso debe realizárseles un tratamiento de desinfección. También suelen tener insectos", comenta Gargiulo, y agrega que éstos atacan primero las gomas y las colas, y por último el papel.

Antes ese sector estaba integrado al taller, pero como para desinfectar se utilizan productos tóxicos, se trasladó a la azotea. Los importante es que el papel se seque, por eso la ventilación natural se refuerza con ventiladores.

En las instalaciones de Materiales Especiales -que funciona como sala de lectura, consulta y procesos- hay otro pequeño taller de restauración que se instaló con el objetivo de evitar el trasiego de las obras, asunto que también colabora en el deterioro.

Allí es donde Carmen Arias despliega sus cualidades de restauradora, adquiridas en 29 años de labor. Su mesa de trabajo parece la de un cirujano: cada herramienta alineada y pronta para ser usada. Ocupando toda la tabla, hay un plano grande de 1901 que le llegó quebrado y con faltantes de papel. Primer paso: limpieza con goma de pan de las zonas sucias. Segundo paso: prueba de tinta. Si ésta no se corre se pone a lavar en una cubeta. Tercer paso: la restauración. "Primero se une el mapa y se le hacen injertos con el papel de té en todas las faltantes. Luego lo pego con metil celulosa y lo seco con la espátula", explica Carmen. El proceso total, intercalado con otras tareas, le lleva un mes. Una vez restaurados, los mapas se digitalizan.

En el sector de microfilmación y digitalización trabajan cinco personas. Como en el resto de las áreas, falta personal para dar respuesta a la cantidad de trabajo. Tanto que allí, "el 70% de los equipos están ociosos", señala la directora.

Aunque se cuenta con la tecnología necesaria (escáner de microfilm y de libros grandes, procesadoras de películas de rollo, lector impresor de microfilm, entre otros), faltan las manos operarias. De hecho, una de las mayores preocupaciones de la directora es que si hoy se jubilaran o retiraran estos experientes funcionarios, no tendría recambio en el mercado laboral (ver recuadro).

Actualmente se trabaja en la microfilmación de todos los libros y documentos correspondientes al siglo XIX. El orden de prioridad continúa por los materiales "más pedidos" por el público y los más deteriorados.

Es necesario consignar que la calidad del papel ha cambiado en los últimos años. Cada vez más se fabrica papel con reserva alcalina, lo que evita que adquiere el color amarillento característico de los libros publicados desde principio del siglo XX hasta la década del 60. "Si se observan los libros de esa época, se ven todos amarillos", ilustra Gargiulo, mientras abre un ejemplar de 1750 cuyas páginas están blancas. "Porque este es un papel de buena calidad", acota enseguida. En Brasil ya no se utiliza el papel ácido y en Canadá hace tiempo que le inscribieron el símbolo de infinito a las publicaciones oficiales. Si la tendencia se mantiene, los libros de hoy supondrán un poco menos de trabajo para las restauradoras del mañana.

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