VIGENCIA DE una novela que llega al cine

Zama, la conquista de la permanencia

Lucrecia Martel filmó la novela clásica de Antonio Di Benedetto, y abrió un panorama de discusiones insospechado.

Daniel Giménez Cacho en Zama, dirigida por Lucrecia Martel. Foto: Rei Cine
Antonio Di Benedetto
Zama, dirigida por Lucrecia Martel
Lucrecia Martel

Hay grandes libros que duermen durante años por las más increíbles o certeras razones, y de repente algo —una noticia, una muerte, un film— los despierta, y sus valores pasan a ser recordados, redimensionados o descubiertos. Hace años que la cineasta Lucrecia Martel está embarcada en un proyecto que le surgió remontando el río Paraná hacia Asunción en un viaje inclemente pero necesario para dejar atrás un film abortado (El eternauta, basado en la historieta de H.G. Oesterheld). En ese viaje fluvial llevó consigo una novela eclipsada por el fenómeno sesentista del boom. Zama, del argentino Antonio Di Benedetto, había sido publicada en 1956 cuando su autor tenía treinta y cuatro años y terminó siendo la primera de una trilogía involuntaria que Juan José Saer denominó "trilogía de la espera", continuada con El silenciero (1964) y Los suicidas (1969), tres libros de una grisura brillante que colocaban en el centro de sus historias a hombres marcados por el desasosiego y el infortunio de la condición humana. Hay novelas cuyo espesor no depende de la anécdota, novelas infilmables. Zama lo parece; Martel demostró que no lo es.

PREDESTINADO.

En una entrevista de 1978 para un programa de la televisión española (A fondo, dirigido por el periodista Joaquín Soler Serrano y hoy disponible en YouTube) Antonio Di Benedetto hablaba del karma de haber nacido un 2 de noviembre, Día de Muertos. El año era 1922 y el lugar Mendoza, lejos de una Buenos Aires que siempre le sería un poco ajena. Algo de ese karma comenzó a gestarse diez años después cuando murió su padre enólogo y bibliotecario, y el ocultismo familiar dejó abierta la posibilidad de que fuera un suicidio. A partir de ahí Di Benedetto vivió un tiempo con sus abuelos, una pareja extraña que no se dirigió la palabra por cuarenta años a raíz de una infidelidad del hombre.

En la entrevista se puede ver a un Di Benedetto de una sencillez señorial, triste aunque en ocasiones chispeante que con un hablar pausado cuenta algunos episodios de su vida: la primera vez que oyó y vio una rotativa, su paso lector por la "comedia humana" de Balzac, su fugaz encuentro con Alain Robbe-Grillet. Señala haberse empalagado con Balzac leyéndolo completo y haber pensado entonces que la literatura no debía ser eso, que debía haber una experimentación que llevara a cambios. Pero luego, propuesto él mismo como ejemplo de un escritor experimental, un adelantado del "objetivismo" o "nouveau roman", tampoco esa etiqueta lo convenció.

Después de estudiar Derecho, Di Benedetto se dedicó al periodismo y trabajaba en el diario mendocino Los Andes cuando fue detenido el mismo día del Golpe de Estado que inauguró la dictadura cívico militar argentina en marzo de 1976, algunos dicen que por haber hecho una burla a los militares en una cena privada. Encerrado durante más de un año fue excarcelado en setiembre de 1977, dicen que también a raíz de otra comida en la que Sábato y Borges entregaron al General Videla un pedido de liberación para varios escritores detenidos. Ese mes se exilia en Francia y luego en España. Publica textos que escribió en prisión (Absurdos, 1978) haciéndolos pasar por cartas; la antología Caballo en el Salitral (1981), Cuentos del exilio (1983) y la novela Sombras, nada más (1985). El consenso general es que ya no es el mismo, torturas y simulacros de fusilamiento pasaron su cuenta. En marzo de 1984 regresa a su país y en octubre de 1986 muere de un derrame cerebral en Buenos Aires. Hay un relato bastante menor pero entrañable como crónica del chileno Roberto Bolaño que habla de él, "Sensini". Allí Di Benedetto se llama Luis Antonio Sensini y su gran obra se titula Ugarte y no Zama; Bolaño lo conoce en Madrid, donde ambos se dedican a participar con suerte diversa en cuanto concurso literario existe, por razones puramente económicas. "El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo" dice Sensini, retratado en una impávida resignación que no le permite más que una sobria ironía hacia el mundo y sus desajustes.

FANTASÍAS DE LA ESPERA.

En 1956, cuando se publica Zama, la carrera literaria de Di Benedetto tenía poco trayecto, apenas el debut con los relatos de Mundo animal (1953). Si bien la idea central de la novela un súbdito criollo de la Corona Española varado en Asunción del Paraguay esperando infructuosamente el traslado a un destino mejor la venía madurando desde hacía tiempo, el texto en sí (una novela de tamaño mediano) lo escribió en treinta días.

Como ya mostró Beckett toda espera es inútil, en el mejor de los casos un regalo de tiempo al tedio. Zama gira en torno a ese concepto. Su personaje, siempre hierático y en vilo, está tensado como un arco entre esa dimensión de la espera y los sucesivos deseos que le permiten soportarla. En el fondo (y el lector lo confirma cuando ha terminado de leerla) su "Godot" no es la paga ni el traslado; eso sería propio de una novela menor.

Los versos finales del poema "La espera" de Borges hablan del "temeroso tiempo de la espera" y la suma de cosas que deben suceder antes de que esta finalice: "Antes que llegues,/ un monje tiene que soñar con un ancla,/ un tigre tiene que morir en Sumatra,/ nueve hombres tienen que morir en Borneo". No importa cuál sea el meollo o motivo la cualidad de la espera es la misma, una conspiración de ansiedad y destino.

Quince años antes de Zama el italiano Dino Buzzati había publicado El desierto de los tártaros (1940) en la que un joven teniente se confina en una fortaleza militar a la espera de que llegue la guerra y con ella su hora de gloria. Nunca llega. A ese libro a su vez remite uno posterior del Nobel sudafricano Coetzee, Esperando a los bárbaros (1989), que también se inspira en un famoso poema del griego Constantino Kavafis de igual título y con un final adecuado para interpretar a Di Benedetto: "¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?/ Esta gente, al fin y al cabo, era una solución". Aquello que está adentro en las profundidades de la espera de lo que sea es en último término una distracción, una excusa y una solución para explicar las propias carencias y la continuidad del fracaso. Así es en Zama, donde la esperanza de un traslado camufla por un instante la vida arruinada y la lucidez angustiosa del letrado Don Diego de Zama, que estará perdido en cualquier parte, con o sin dinero, con o sin mujeres, con o sin aventura.

Justamente a raíz de la traducción de Zama al inglés Coetzee le hace al libro y al autor un destacado elogio en un artículo para The New York Review of Books. En él rastrea las huellas de Borges y Kafka en Di Benedetto y señala su modernidad latinoamericana que nunca cae en el pintoresquismo. Zama es áspera, ruda, y solo un año posterior a otro ejercicio tan áspero y rudo como ella: Pedro Páramo (1955) de Rulfo, para quien sí se abrieron las puertas del reconocimiento, tanto más abiertas cuanto más él las cerró convirtiéndose en escritor renunciante. En los años sesenta, sin embargo, la novela sobre la espera que se llevó las palmas fue escrita por el colombiano Gabriel García Márquez, en el estilo todavía realista previo a su consagración. El coronel no tiene quien le escriba, publicada en 1961 y cuya acción se desarrolla en 1956 (el año de Zama) también habla de un hombre de acción esperando que alguna autoridad mayor termine con su infortunio. En este caso el protagonista, ya viejo, espera el otorgamiento de una pensión como veterano de la guerra civil y mientras se le va la vida en esa esperanza sostiene otra no menos inútil: alimentar un gallo de pelea privándose él mismo y a su mujer de comida. La privación en Zama es también otra consecuencia de la inmovilidad de la espera, que lleva a su protagonista a emular en algo aquel orgullo pobre de los caballeros andantes.

NOVELA MAYOR.

Dedicada "A las víctimas de la espera", narrada en primera persona y ambientada en Paraguay, Zama está dividida en tres partes: la primera transcurre en 1790, la segunda cuatro años después y la tercera en 1799. No se trata de una novela histórica, pero su escenario, lenguaje y personajes hacen sentir al lector la adrenalina regresiva de un viaje en el tiempo. Por otro lado, su trama es movida y a la vez lenta porque lo que ocurre es evanescente, impregnado de la misma vacuidad de su protagonista y narrador. Excepto él, los demás personajes aparecen y desaparecen como chispazos en la oscuridad. Está Don Diego de Zama y, separado por fosos de indiferencia recíproca y alguna alianza, deseo o lealtad ocasional, está el resto del mundo.

Igual que en La divina comedia de Dante Alighieri al inicio de Zama aparecen tres animales cuya carga es simbólica. Primero, frente a las aguas del puerto donde espera la llegada de algún buque que traiga novedades su pensión, una carta Don Diego ve flotar un mono muerto, atrapado entre los palos del muelle, sin irse y sin quedarse, suspendido en un limbo igual al suyo. Luego su colega y rival el español Ventura Prieto le refiere el caso de un pez al que las aguas tratan de arrojar a tierra y el pez debe emplear todas sus energías en "la conquista de la permanencia". El tercer animal que aparece es producto de la alucinación que le provoca la arena bajo el sol: Don Diego ve un puma, pero no como el animal salvaje que es sino como un decorado inofensivo. Mono, pez y puma: versiones de sí mismo. El Zama escindido, fragmentado, pálida sombra de lo que fue. Antes corregidor, pacificador de indios por la sola prestancia de su autoridad, y ahora asesor letrado en desgracia, chupamedias oficial realizando trabajos corruptos, esperando huesos de la Corona mientras choca contra la otredad de todo lo que lo rodea: indios, españoles, mujeres.

Una serie de episodios amorosos y pseudobélicos enmarcan ese tragicómico compás de espera en Zama y complejizan a su personaje. La primera parte de la novela es sobre todo una historia de desamor y soledad apenas desafiados por el flirteo y el juego superficial de la seducción de un individuo ya maduro para los parámetros de la época: treinta y cinco años. Y que razona de acuerdo a mandatos patriarcales: "Ningún hombre me dije desdeña la perspectiva de un amor ilícito. Es un juego, un juego de peligro y satisfacciones. Si se da el triunfo, ha ganado la simulación ante interesado tercero y contra la sociedad, guardiana gratuita". Así, aunque primero se define fiel a su esposa y respetuoso de un orden familiar dependiente de él que incluye hijos y madre, luego se reconoce "ajeno a la pureza de la fidelidad" y responde al condicionamiento conquistador de su sexo. Aprovecha los filones más desparejos: voyeur de aborígenes desnudas; cortejante de Luciana de Piñares de Luenga, dama casada de la alta sociedad asunceña de la que se enamora pero a la que descuida cuando la nota sumisa; perseguidor de Rita, hija menor de un huésped suyo de la que conoce un secreto; y aprovechador económico de una mujer con la que tuvo un hijo que no reconoce. No acepta en cambio asistir a una "reunión con mulatas libres en cierta casa de las afueras", elegante manera de nombrar un prostíbulo.

Sin embargo, la trayectoria sentimental de este conquistador pusilánime y voluble es tan ridícula como su trayectoria épica. Diego de Zama va descendiendo del pedestal en el que solo el recuerdo del pasado lo mantiene y termina siendo una mezcla de caballero andante y pícaro viejo. A medida que ni su paga ni su traslado llegan, Zama va perdiendo posición, dinero y bienes. Dispendioso cuando tiene monedas, las cuenta una a una cuando escasean y pasa a pagar con sexo su comida.

Diego de Zama vive en el siglo XVIII pero su tragedia es intemporal; igual a Alonso Quijano, o a los personajes de Onetti, Di Benedetto construye un ser que no puede vivir en la realidad: "Mal me causaba, eso sí, que lo real me resultase inasible y, si una mujer venía a mí, lo hiciera en sueños, nada más". De hecho, en cuanto a concreción física solo una vez se encuentra verdaderamente con una mujer y para obtenerla mata a estocadas a unos perros que lo agreden y luego la toma, con su consentimiento. Tiempo después, cuando ya ha empeñado hasta el caballo ve la espada colgando de un clavo: "me recordó el ataque de los perros. Pensé que era la única sangre que había empañado esa hoja, regalo de mi cuñado cuando embarqué en el río de la Plata. Me llamé mataperros". En uno de los mejores finales de la literatura latinoamericana, el diálogo que cierra la novela le responde a Zama y al lector dónde está el núcleo de su otredad: no ha crecido, es tan virgen y niño y de una niñez sin inocencia como el territorio que pisa.

BELLEZA Y VERDAD.

En su segunda y tercera parte Zama se renueva y el escenario se oscurece primero con el delirio y luego con el horror. Irrumpen nuevas figuras: el escritor de novela Manuel Fernández, único personaje puro y sin amo de Zama y de hecho el único que conquista una suerte de permanencia emocional e identitaria; la contundente Emilia; un puñado de mulatas teñidas de irrealidad y lujuria; y el bandido Vicuña Porto, que sella la suerte del protagonista al presentarse como la última oportunidad de gloria y terminar siendo instrumento de castigo y anagnórisis.

Lucrecia Martel (Salta, 1966) filma poco declara con desarmante franqueza que no tiene tanto para decir y no hace filmes convencionales. Incluso dentro del llamado "cine independiente argentino" del que forma parte y en el que figuran Adrián Caetano, Pablo Trapero, Lisandro Alonso o Daniel Burman entre otros, su narrativa fílmica destaca y se distancia del resto con un mundo propio y una mirada intransferible, visible en sus guiones, su dirección de actores, la posición de la cámara, los claroscuros, el manejo de la elipsis y sobre todo su trabajo con el sonido como elemento clave y de importancia pareja al visual. Martel sabe por dónde va y hacia dónde. El espectador podrá seguirla o no. Frecuentemente la sigue o la rechaza, sin medias tintas, intuitivamente.

Dentro de lo que venía siendo su filmografía elegir Zama implicó un viraje que la alejó de sus protagonismos femeninos, del presente, y de la geografía salteña pueblerina o citadina, al menos en la superficie. Algo a tener en cuenta es que con Martel no valen los estereotipos: ni lo femenino ni lo folclórico ni lo patriótico forman parte de su paisaje más que como bloques a ser demolidos.

Zama fue filmada luego de casi una década de silencio. Con un presupuesto de tres millones de dólares y una coproducción múltiple (Argentina, Brasil, España, Francia, México, EEUU, Holanda, Portugal y Suiza) su rodaje insumió casi diez semanas y estuvo a punto de naufragar hacia el final, cuando la directora enfermó y consideró seriamente dejar lo filmado como material libre de ser aprovechado y continuado por otros. Ya había un malditismo previo asociado a la película desde que su compatriota Nicolás Sarquís dejó inconclusa una versión a mediados de los ochenta. Martel logró terminarla y aun con todas sus diferencias muestra un universo tan deteriorado como el de sus largos anteriores: La Ciénaga (2001), La niña santa (2004) o La mujer sin cabeza (2008). Ya no hay una clase media o media alta de mujeres enajenadas, infelices o iluminadas atrapadas en el mundo familiar sino un hombre solitario atrapado en la historia. El actor hispano mexicano Daniel Giménez Cacho parece y es mayor que el treintañero Zama, pero da la edad de su interior vencido. Él es la película, su punto de vista, su núcleo dramático. Filmada en el chaco argentino, en una zona de comunidades indígenas (qom, mocoví, wichí, pilagá, chorote) que más o menos mantienen sus tradiciones y estilos de vida, Martel aprovechó esos rostros para dar el telón de fondo no naturalista, no fielmente histórico áspero y visceral al enjuto Diego de Zama. Martel ha dicho más de una vez que no cree en la verdad y que si hay algún efecto de verdad en sus películas es de milagro. "Lo que yo hago es todo mentira, todo artefacto" declaró en una entrevista de 2016 para la revista de cine La fuga.

Para documentar ese artificio durante el rodaje de Zama Martel llevó consigo a una escritora que vio, tomó nota y escribió, como para cerrar un círculo de interpretaciones, versiones y escrituras. El mono en el remolino, de Selva Almada (Entre Ríos, 1973) es un extraño diario de rodaje, tan alucinado como la película y el libro, tan sujeto como ellos a la distancia ínfima y absoluta entre lo aparente y lo real. La genialidad de este texto breve está en mostrar el artificio y a la vez trascenderlo. Los indios de la película son actores que son indios, el siglo XVIII de la película es el XXI pero a la vez está lejos de serlo, las mulatas del río se sacan fotos con celulares "para engordar la vista de novios, maridos y concubinos", alguna actriz debutante jamás ha visto nada de Lucrecia Martel, al protagonista su personaje le parece aburrido, algunas ancianas qom o pilagá lloran durante el casting o antes del rodaje, hay escenas "demasiado prolijas" que hay que filmar de nuevo, chicos que habitan chozas pobrísimas y están sin trabajo hacen de guerreros fuertes y hermosos, a uno de los adolescentes que trabaja en la película se le muere la madre meses después y él degüella a un vecino.

El producto final de Lucrecia Martel no coincide exactamente con el Zama de Antonio Di Benedetto ni busca en ningún momento ser una transcripción. Zama película es la búsqueda de Zama hombre y de su lugar en la intemperie y la intimidad, igual que lo es el libro. La antigüedad impostada del lenguaje de Di Benedetto, de un preciosismo consciente y sintaxis subversiva deviene en Martel en profundas elipsis, planos cortados, voces en off, pensamiento hecho fantasmática imagen. Y en ambas obras Don Diego de Zama, personaje aborrecible, mal menor y mezquino, se vuelve espejo.

ZAMA, de Antonio Di Benedetto. Adriana Hidalgo, 2014. Buenos Aires, 294 págs. Distribuye Gussi. (Se reeditó en 2017)

EL MONO EN EL REMOLINO, de Selva Almada. Random House 2017. Buenos Aires, 93 págs. Distribuye Penguin Random House.

ZAMA, dirigida por Lucrecia Martel. Argentina, 2017.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)