Dos narradoras y muchos viñedos

Vino, emociones y literatura

María Bohtlingk y Marta del Riego Anta conjuran sus traumas y recuerdos de infancia, siempre en el contexto del vino.

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María Bohtlingk y Marta del Riego Anta

Los americanos tienen una forma que suena hasta simpática de resumirlo: “Booze as a muse”. Se podría traducir a lo rioplatense como “el chupi como inspirador” (“la priva como inspiradora” sería en España) y la realidad es que el alcohol ha jugado un papel central en la vida creativa de algunos de los autores más famosos de los últimos siglos. De hecho, el crítico cultural Lewis Hyde recordó en su ensayo Alcohol and Poetry que cuatro de los seis norteamericanos que ganaron el Nobel de Literatura eran alcohólicos: William Faulkner, Eugene O’Neill, Ernest Hemingway y John Steinbeck.

Marta del Riego Anta y María Bohtlingk, sin embargo, usan al alcohol como musa de manera considerablemente menos autodestructiva: el mundo del vino es parte de su vida cotidiana y su pasión, y lo incorporan en la trama de sus nuevos libros de una manera que embriaga. En Los tres fuegos, de María Bohtlingk, y Pájaro del Noroeste, de Marta del Riego Anta, queda claro que ambas saben del tema. Bohtlingk es argentina, enóloga del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, vivió en Mendoza, en Chile, y actualmente en Burdeos, siempre por trabajo familiar relacionado con el alcohol. Escribió para Cusine & Vins y Los tres fuegos, su primera colección de cuentos cortos, salió finalista del concurso de ficción de Baltasara, la editorial rosarina que es el boom actual del circuito independiente.

Para Carlos Gamerro el libro trata de historias de una mujer “intentando recuperar el vértigo del vuelo perdido en las permanentes mudanzas de país o en los vapores del alcohol; y que elevándose y estrellándose una y otra vez, termina reencontrándolo en la ficción”. Algo similar ocurre con Del Riego Anta, célebre periodista española, ex editora jefe de Vanity Fair España y autora de tres exitosas novelas anteriores que siempre tienen algún toque autobiográfico, aunque nunca tan fuerte como en este caso. Porque en Pájaro del Noroeste (Alianza), del Riego Anta, madrileña sofisticada si la hay y con años a la cabeza del mundo editorial que marca el glamour europeo, lleva a su protagonista de regreso a un pueblo agrícola y duro de León, donde ella misma nació. Sobre todo a las historias detrás de la uva prieto picudo, mágicas y crueles a puro estilo “country noir”.
En ninguno de los dos casos se trata de libros sobre “neorrurales”, mote que aplica a personas que en pandemia encontraron un entorno idílico en el campo, y que ahora está tan de moda. Por el contrario, son textos que escapan de lo costumbrista o didáctico, auténticas historias de provincia que se trasladan al mundo.

Recuerdos de La Barra

En el caso de Bohtlingk la colección de cuentos sigue un orden cronológico. La vida y el vino la va llevando por Chile, Estados Unidos y Francia, donde se va sintiendo incómoda en su propia piel y en el entorno, una suerte de “observador participante” de su propia vida con cierta distancia y buena dosis de ironía. Este tono, sin embargo, no es fruto de la madurez sino que arranca con fuerza en sus memorias de una infancia entre Uruguay y Santa Fé rural, donde nunca logra encajar del todo en su familia patricia argentina, típicamente distante en lo afectivo.

El tema va in crescendo. Los veranos de María Bohtlingk —o del personaje de los cuentos cortos, frecuentemente escritos en primera persona—, comenzaban cada año en Punta del Este. Más concretamente en “Don Javier y su verdulería sobre la ruta 10 de Maldonado, que después se puso a hacer chivitos”. Este era epicentro de la vida en La Barra cuando ésta “todavía tenía calles de piedritas rojas”, y como las casas tenían nombre, alcanzaba decir “en Pallas a la izquierda, en La Toja a la derecha” para llegar a cualquier lado.

“Estábamos en traje de baño y alpargatas desde que nos despertábamos hasta que nos íbamos a dormir”, recuerda Bohtlingk, pero de a poco el verano se iba mostrando menos idílico. Sola al alba con los pescadores estaba razonablemente bien. Después, con su familia numerosa en la playa el día era interminable y, paradójicamente, la soledad se acrecentaba. Las pocas palabras que recuerda que sus padres alguna vez le dirigieran eran “¡Los helados están podridos!” cuando ella veía pasar al heladero y le veían la cara de anhelo.

“En esa época no discutíamos, tal vez porque creíamos en la palabra santa de nuestros padres, aunque seguramente les teníamos miedo”, dice, anticipando lo que vendría después. Del Este uruguayo la familia se marchaba al campo en Santa Fé por el resto del verano. El desinterés que sufre María por parte de sus progenitores pasa entonces de lo pintoresco a lo brutal. En un momento tiene un accidente, pero ni eso genera la reacción esperada. “Hoy todavía creo (estoy convencida) que el médico de guardia no estaba de guardia y me llevaron a coser al veterinario”, recuerda. Mientras el drama se desencadena, la madre fuma y mira por la ventana y el padre aprovecha para ir al pueblo a comprar cosas. “El sobrehueso y la costura pirata que atraviesan mi pierna bajo la rodilla derecha es el recuerdo más carnal que tengo de mi infancia”, resume.

Mujeres duras

Del Riego Anta también tiene una niñez donde todo se trata de “vivir y morir sin aspavientos”, en lugares de cortesía sin roces y muy pocas palabras. “Nos han educado así. Yo he visto a mujeres de mi familia llorar en un funeral, que les corrieran las lágrimas por el rostro, ellas solas, de pie frente a la tumba abierta, y nadie iba a abrazarlas, a consolarlas. Mujeres duras. Que nunca aprendieron a expresar sus sentimientos, sobre todo, a expresar el amor”, sostiene.

Sin embargo, los personajes femeninos de Del Riego Anta y de Bohtlingk se niegan a que haya un destino preestablecido. Nada en sus vidas se ve rosado (salvo, literalmente, algún vino), pero de alguna manera saben que van a salir adelante. Este vino muchas veces es apenas una parte de sus historias, incluso tangencial, pero otras veces es clave para entender la búsqueda de un sentido ulterior, algo que lleva la marca del outsider. Lo resume el diálogo entre Icia, la protagonista de Del Riego Anta, y una veterana viticultora:

“En una bodega todo tiene su porqué.
—Real o místico.
—Real —afirma la mujer en tono seco.
—Todas las bodegas tienen su mística sagrada y no le van a desvelar sus secretos al primer turista que pase —digo con una media sonrisa”.

Julio Llamazares, el gran referente de la novela del norte de España, dijo respecto a Pájaro del Noroeste: “En la mitad de sus vidas, la protagonista de esta novela y su autora nos dan una lección de valentía y de talento. Una novela de las de verdad”. En ambos casos, y en todo sentido, son libros que merecen un brindis.

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