MÁS SOBRE VALENTÌN TRUJILLO

Cómo ver la revolución en sepia

Las evocaciones, el contexto y los personajes de Revolución en sepia remiten a varios grupos musicales, pero sobre todo a Los Beatles.

The Beatles

En Revolución en sepia, última novela de Valentín Trujillo, la ficción se mete en el pasado uruguayo reciente. Hay voluntad del autor de no ser preciso en cuanto al año en que ocurre la historia. Se hace referencia a la canción “Revolution” de The Beatles que es de 1968 y se habla de que el hombre ya llegó a la luna, es decir 1969. La banda formada por Mariano se llama Los Shepards, cantan en inglés y triunfan en Argentina. Es un homenaje a Los Shakers aunque el fenómeno del cuarteto uruguayo ocurrió unos años antes.

Los nombres de sus canciones recuerdan a otro cuarteto que cambió la música. El primer éxito de Los Shepards es “Please rescue me” (Por favor rescátame) muy parecido a “Please, please me”, canción y nombre del primer álbum de los fab four. En el Montevideo recreado existen heladeras con freezer y en las casas discográficas se prueban discos con auriculares. Quienes recuerden las cabinas de un solo parlante de Palacio de la Música o tengan presente las viejas heladeras General Electric de los sesenta, con a lo sumo congeladores tradicionales, notarán esas pequeñas anacronías. Ese juego de un país y un lugar con diferencias mínimas al real queda claro cuando Mariano decide exiliarse en el este uruguayo y toma un Greyhound, nombre que refiere a una línea de ómnibus nacida en Dallas, Texas, que traducido significa “galgo inglés”. La compañía norteamericana tiene a ese galgo como logo, imagen que también utilizó la vieja O.N.D.A., compañía uruguaya de ómnibus casi hegemónica por aquellos años. Es un Uruguay de los sesenta —o puede ser comienzo de los setenta— original, con una banda con rasgos parecidos a Los Shakers pero con historias que hacen recordar a The Beatles y con un movimiento guerrillero al que nunca se lo menciona por su nombre.

En pleno enfrentamiento gobierno contra guerrilla, Mariano, hijo de un ministro, desea trascender con una banda de rock. Otro joven, Alberto, ingresa al grupo y será su socio en la composición de canciones. La relación de Mariano y Alberto crece. Cuando componen logran que el resultado final sea más importante que el aporte individual. El todo es mucho más trascendente que las partes. Nada diferente a lo que pasaba con Lennon y McCartney. Pero el objetivo de Alberto, guerrillero encubierto, es secuestrar a Mariano para obtener un rescate pagado por su padre. La relación que se genera entre los jóvenes es tan fuerte que Alberto le confiesa a su amigo el plan y la música que los une hace naufragar al secuestro. Es paradójico que el dinero del rescate no sea destinado a la revolución guerrillera sino que se utilice para lograr abrir la primera puerta en la carrera musical de Los Shepards. No es la única paradoja. Las canciones interpretadas por músicos de pelo largo causan rechazo en las generaciones mayores que ven con desconfianza cualquier gesto de rebeldía, y también en los jóvenes guerrilleros que censuran a ese movimiento por falta de una ideología precisa. Su música les parece una excusa producto de su inconformismo autocomplaciente, alejándolos de la lucha política seria. Esta última discusión recuerda a la que se generó entre representantes del Canto Popular y el rock post dictadura a la salida del régimen de facto.

Con capítulos ágiles en los que siempre hay una nueva vuelta de tuerca, Trujillo logra mantener el interés en la historia. Si bien hay algún episodio —por ejemplo la atracción física que Alberto siente por Mariano— que queda colgado o algún momento en que los personajes resultan demasiado estereotipados —como la comunidad hippie que vive en una playa del Este— son reparos menores a una historia que se desarrolla en forma original y con cierto humor a través de esa música parecida a la que se escuchaba en Montevideo por aquellos tiempos de guerra.

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