CON JORGE ESMORIS

"Todos tenemos un Mussolini y un Stalin adentro"

Se define como actor, e insiste, desde las tablas, en dar a la gente herramientas para lidiar con la bestia que cada uno guarda.

Jorge Esmoris. Dibujo de Ombú
Jorge Esmoris. Dibujo de Ombú

Retorné en 1983 a un Uruguay que parecía un horror. Abrumaba la grisura, el prejuicio y la mezquindad. Pero algo sorprendió por su colorido y contemporaneidad: un grupo de melenudos rotosos, desfachatados e imprevisibles llamado Antimurga BCG al mando de Jorge Esmoris (Montevideo, 1956). Dieron la única nota de alegría en aquel carnaval. Pasaron 35 años y Esmoris, cual ingenioso hidalgo sensato, sigue siendo el mismo flaco desgarbado, delirante y pasional en todo lo que emprende, sea teatro, cine, radio o televisión.

Presentate.

Me presento como actor, que es lo que soy. Yo divido muy bien lo que es mi vida en el escenario y mi vida fuera del escenario. Pero la verdad es que cuando no estoy en el escenario ando como esos marineros que en tierra se marean. En la realidad o en esta parte de la realidad vivo mareado, y trato de ser efímero, pasar desapercibido. A veces alguien me dice "che, yo te conozco de algún lado", y a mí no me da para contestarle "no, pasa que yo soy, viste, actor". Pero me siento actor, ese es el tronco, la matriz, en todo lo que hago. Trato de ser lo más honesto y ético posible con esa vocación, eso para mí es como una marca.

¿Qué placer, instinto o necesidad satisfacés al actuar?

No sé cómo explicarlo para que no suene grandilocuente, pero lo que yo hago es calidad de vida. Cuando estoy esperando arrancar la función muchas veces digo "qué hago acá, quién me manda meterme en esto". Porque me pongo en un estado tremendo, necesito salir ya, no puedo ni esperar que termine de entrar el público, tengo que largar. Pero apenas empieza a rodar paso a un estado de plenitud. Y también noto sobre todo en los monólogos, porque como no tenés otra referencia estás obligado a mirar al público un estado de felicidad en la gente, de sentirse bien. Ahí se da algo increíble, que quizá tenga que ver con que esto empezó hace miles de años, con unos tipos alrededor de una fogata y alguien que cantaba o bailaba, o contaba cómo había cazado un bisonte. Creo que ese sentimiento original sigue estando presente cada vez que actuás, y para mí es insustituible.

En ese momento previo que te viene la mezcla de nervios y dudas, ¿qué es lo último, el motorcito que te hace subir?

El motorcito es mi madre artística, Rosita Baffico. Cierro los ojos y pienso en ella. Me la imagino al lado del escenario, mirándome, cuestionándome, y entonces salgo, no a hacer una función sino un ejercicio que va a ser juzgado por alguien que si no estoy bien me va a caer con un caño. Ella me grabó a fuego eso de que hay que ganarse el subir a un escenario. No cualquiera puede subir. O mejor dicho, cualquiera puede, pero lo importante es saber por qué subís. Y yo en ese aspecto soy inflexible, a rajatabla. Por ejemplo, sea cual sea la obra en la que esté trabajando, llego y la repaso entera. Ando por ahí, reviso las cosas, me fijo que todo funcione, que esté la utilería. Y después necesito un tiempo: la sala y yo solos. Recién ahí empiezo a sentirme en mi hábitat. Es más, cuando hago cine, en momentos de esos que son una mezcla de frenesí, histeria, ocio, abulia, un montón de cosas, siempre trato de abstraerme y meterme en un camarín. Para mí el camarín es ese momento de introspección en el que realmente doy gracias.

EL ABSURDO Y EL HUMOR.

¿Qué tiene que tener un papel para que te resulte atractivo?

El texto es fundamental. Después, que esté vinculado a la comedia. Puede ser comedia dramática, pero a mí me gusta hacer cosas que se parezcan a la vida. En la vida puede haber drama, pero creo que hay más comedia que drama. Es más necesaria la comedia. Con el humor se pueden decir muchas cosas, también, sin caer en lo deprimente. No me gusta remarcar la sordidez, el desasosiego. Me gusta reírme de eso.

Llama la atención la distancia entre tu actitud al interpretar los textos y el contenido de esos textos. Muchas veces tenés una actitud totalmente jodona, pero estás diciendo cosas tremendas, oscurísimas.

Claro, pero ves, eso lo podés hacer de dos maneras: una es flagelándote, agarrando un palo y dándote en el escenario, que la gente llore, haga catarsis, se escandalice. Y la otra es con humor e ironía. ¡Porque es lo mismo! Dostoievski decía que todo puede ser visto a través del absurdo, y yo también lo creo. No me siento bien en un escenario yendo a sufrir. Ya lo hice y no me gustó, y tampoco veo que pase mucho con la gente. Me interesa decir mis cosas, mostrar mi lado oscuro, meterme en la basura cotidiana, pero tratar de bailar, danzarle por encima a eso. El humor se transformó en una de mis herramientas, y lo aprendí en carnaval, con la BCG. Yo detesto el didactismo y todo ese tipo de cosas, lo detesto, realmente. Así que entre la murga tradicional y la murga politizada, que eran las dos corrientes de ese entonces, nosotros fuimos por otro carril, por el absurdo, por el humor. Muchos decían que nadie iba a entender nada, que nos iban a sacar a pedradas. Sin embargo y a pesar de que era un momento muy complicado, se salía de una dictadura, estaba todo a flor de piel nos ganamos al público. La gente hizo un éxito de unos tipos que eran unos perdedores, y encontró, en un mundo que te pide ganar haciendo lo que sea, un sentido para vitorearlos.

Hay un clima que, más allá de lo que hagas, siempre está. Es la ironía, lo grotesco, el disparate. ¿Cuánto hay de vos ahí?

Eso nace de lo que a uno le toca vivir. Yo perdí a mi madre a los 12 años. Eso es un quiebre inexplicable, intransferible. Y nunca lo trabajé con profesionales. Nunca. Pero haciendo lo que hago fui entendiendo, capté que de alguna manera la cosa empezó ahí. Porque era sobreponerme a algo abrumador. Sobre todo en aquella época, donde había temas que todavía no se sabían, o no se tenían tan en cuenta. Recuerdo que fui saliendo, y a partir de ahí hice un quiebre, un clic, de buscar, en el humor, situaciones con las que de alguna manera pudiera procesar eso, y vivir yo también. Y ahí empezó. Con el tiempo, y con lecturas, y con cosas nuevas que fui viviendo, fue apareciendo lo que creo que ahora soy o es ese personaje, que es el perdedor. El perdedor que en definitiva gana.

Habría que definir qué es ganar y qué es perder.

Claro, por eso te digo, ¿qué es tener éxito en lo que hacés? En esta sociedad escuchás todo el día "el éxito, el éxito, el éxito", y vos decís, ¿pero qué es? Para mí el éxito no es cuando me aplauden, sino el hecho de que pueda subir a un escenario. Después lo otro es casi a suerte y verdad.

MISERIAS DE LA POLÍTICA.

¿Qué podés entender hoy de tu obra que antes era sólo impulso, intuición?

Yo trato de no imponerme ni obligarme a nada. Diría que tengo más horas de ocio que de trabajo. Necesito el ocio, porque me da cierto andar. Y después trato de que las cosas que hago tengan ese andar tranquilo, sin crispación. Lo mío sale de las entrañas, yo hago estas cosas porque tengo una necesidad visceral de hacerlas, pero las medito y corrijo bastante, trato de que sean realmente lo que quiero y tengo necesidad de hacer. Si no tengo nada para decir, o no pude lograr lo que quiero decir, entonces me aguanto. Y al mismo tiempo le doy mucha pelota a la intuición, al instinto. O sea, hay un cierto nivel sobre el cual no reflexiono.

Claro, pero a veces uno hace cosas por ese impulso visceral, como tú decís, pero 20 años después tiene contexto para, desde un lugar más racional, entender por qué las hizo.

Mirá, hay una cuestión que yo trabajo mucho en mis espectáculos, que son las miserias que vemos todos los días en la política local. Que al final a uno que le gusta la política, es como si incendiaran la biblioteca de Alejandría otra vez, como si cada día quemaran buena parte del conocimiento universal. Entonces, qué paradójico que yo diga que el humor es tolerancia, cuando parto de cosas que por momentos me dan asco. Lo que pasa es que hay que entender que eso también somos nosotros. Porque yo soy parte de eso, y yo puedo ser eso. A esas cosas las detona nuestra condición humana. Todos llevamos el kit de la barbaridad, y todos tenemos un Mussolini y un Stalin adentro, es cuestión de que nos toquen el botoncito adecuado y ya salta. Entonces, si me preguntás qué quiero que pase con mis espectáculos, lo que yo quiero es que la gente salga con alguna herramienta más para entender que tenemos que controlar la bestia que llevamos adentro.

Recién hablaste de la muerte de tu madre a los 12 años. ¿Qué tipo de adolescente fuiste?

Era bastante retraído, mal estudiante, me iba a examen siempre, en todas las materias, aunque después salvaba. Fue una adolescencia de muchas pérdidas, porque a la pérdida de mamá se sumó la pérdida de la casa donde yo vivía, que como era una cuestión familiar hubo que venderla, y yo empecé a andar por aquí y por allá, muy nómade. Mucha diferencia de edad con mis hermanos, que me llevaban 10 o 12 años, y tenían su vida armada. Al poquito tiempo también la pérdida de mis amigos más cercanos, que se fueron a vivir a Buenos Aires. O sea, cada vez estaba más aislado, teniendo que resolver todo solo, muchas cosas, algunas duras. Empecé a trabajar a los 16 años, y eso me llevó a otros conocimientos, otros tratos con otras personas. Salir a lo laboral temprano me hizo mover de otra manera, me llevó a otra madurez digamos.

¿Y todo eso cómo se expresa en tu vida actual?

Eso me marcó hasta el día de hoy. Yo nunca le doy a nadie un texto para que me diga qué le parece. Se estrena y no tengo idea de qué puede pasar, ninguna referencia. Porque mi vida ha sido eso, hacer todo solo. Y también tengo esa cosa de que no me gusta interferir en la vida de los demás: si en un lugar no quieren que esté, no estoy y punto, no hago cosas extrañas para que me acepten. Si siento que algo no funciona se acabó, no hay problema, sin misterio. Soy de resolver, resuelvo muchas cosas. En lo que tenga que ver con el teatro y la actuación es muy difícil que me quede sin soluciones. En la vida fuera de eso capaz que no tanto, pero ahí soy de tomar decisiones, y me gusta tener control sobre lo que hago, sea solo o en grupo. Me pongo muy nervioso e histérico a la hora de que todo salga bien. Para mí la democracia en el arte no existe, en determinado momento alguien tiene que decir "bueno, esto va por acá". Porque sino no llegamos más. Y si tengo que explicárselo a alguien le digo "mirá, la cosa es así: este es tu cuadrado, ahí adentro hacé lo que quieras. Pero no te salgas del cuadrado. Sé libre, pero ahí. Porque en este cuadrado termina tu libertad. Si te salís te metés en el cuadrado del otro".

LA ATRACCIÓN DE LO IMPREVISTO.

—¿Qué te obsesiona?

Me preocupa la falta de sensatez. La gente que tiene responsabilidades, cargos públicos, tendría que ser la que ponga un poco de sensatez. Y a veces es donde más insensatez ves. No puede ser que se siga hablando de la educación, cuando desde el feriante al más ilustre de los ciudadanos todos saben que ahí nos jugamos la vida, el futuro como sociedad. Educar. Cualquiera sabe que eso es el ABC. No puede ser que no se haya resuelto. Si te dicen que tenés un cáncer y hay que extirparlo no estás 20 años para decidir. Es incomprensible. Yo soy montevideano hasta el tuétano. Pero salgo y me duele la ciudad, me lastima Montevideo, en el corazón. Hay cosas que decís "ta loco, basta, ya está, no embromen más". ¿No se dan cuenta de cuánto es necesario formar ciudadanos? Acá hay que formar ciudadanía, que la gente empiece a sentir que pertenece a algo. Es tan deprimente, ¡qué falta de perspectiva! Y duele verlo en tipos que tendrían que estar para mejorar eso. Pero claro, todo está armado por corporaciones: no muevas nada, ni aquí ni allá.

Hay algo muy peculiar en el actor como artista, y es que su cuerpo es indisociable de su arte. Uno no puede abordar tu obra sin ver tu cara, tu cuerpo, escuchar tu voz...

Sí, claro, y sobre todo en la actuación en vivo. Estás totalmente expuesto, y no sólo en cuanto a lo que mencionás. También estás expuesto al error. No salís a un ambiente controlado, hay un margen de aleatoriedad. Hay algo que a todo actor en algún momento le pasa, que es la sensación de que va a olvidarse del texto. Así vayan 50 funciones, no importa cuantas, siempre, llegado el momento, vas a tener esa sensación. Y creo que la gente también, en algún lugar, percibe eso. O sea, todos, el público y los que están en el escenario, comparten el factor de que en cualquier momento puede pasar algo. Y de hecho pasa, muy seguido. Otra cosa que me ocurre es que cuando estoy en el escenario mi capacidad de concentración aumenta, todos mis sentidos se agudizan. Yo de repente estoy acá y se me caen los vasos, cometo todo tipo de torpezas, me cuesta fijar la atención. Pero en el escenario soy como un pez. Se me agudiza absolutamente todo, veo, percibo, justamente porque estoy en esa exposición. El cuerpo también se libera. Te movés de otra forma. De hecho te pasa de ir con problemas físicos, fiebre o lo que sea, pero salís y mientras hacés la función parece que no tuvieras nada.

Tu cuerpo es tu herramienta. Te reconocen por la calle. La gente no actúa espontáneamente si te identifica. ¿Eso no afecta la cantera de la cual tú extraés material?

No, para nada. Primero que yo lo entiendo: si una persona me mira por la calle o me pide algo una foto, o que cuente un chiste  es porque de alguna manera, en algún momento, se estableció una empatía entre ella y yo. O sea que por un lado se dio lo que yo también busco. Segundo, que para observar y ver cosas, si uno va atento, lo que ocurre en la ciudad es inagotable. Ir en el ómnibus es como una película, cada ventana un fotograma. Muchas veces cuanto menos buscás más encontrás. Yo de repente voy a hacer un trámite y veo algo que detona vaya a saber cuándo. Un ciego pidiendo limosna con una lata de galletas danesas por ejemplo. Eso queda guardado en alguna neurona perdida, y en determinado momento pum, reaparece esa imagen que me dispara algo para un espectáculo. De ese tipo de cosas es de lo que yo me nutro. Porque te nutrís de todo, incluyendo la televisión. Te despertás a las 8 de la mañana y están hablando con un oncólogo, "bueno doctor, qué nos recomienda para el cáncer de próstata", y al minuto sale uno cocinando… ¡Es Buñuel, estamos viviendo en El discreto encanto de la burguesía! Ahí te das cuenta de que nos creemos más de lo que somos. Y el humor tiene eso de que te baja así, paf. Te da la posibilidad de poner al feriante y al Papa a la misma escala.

¿Qué aprendiste actuando?

Aprendí a respetar la inteligencia y la sensibilidad de la gente. Hay cosas mías que son muy ácidas, grotescas, cáusticas, absurdas, oscuras. Pero están hechas desde la razón, y desde el corazón. Desde la intención de no dañar a nadie. Para mí el escenario no es una trinchera de nada. Es simplemente eso, un escenario. Ya bastante me calienta cuando hablan del "teatro de operaciones" en una guerra. Me pregunto por qué no se inventan un término que tenga más que ver con la muerte, y no con la vida, como es el teatro.

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