NOVELA DE EMMA CLINE

Tiburones cortando el agua

La joven revelación de la literatura norteamericana se luce con una prosa envolvente y directa, en imágenes y adjetivación precisas, que se detiene un paso antes de lo ingenioso.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Emma Cline. Foto: Megan Cline

EN LOS últimos años, hubo algunos debuts literarios y éxitos de ventas provenientes de la literatura "de calidad" (de lo que suele entenderse por tal en oposición al bestsellerismo sui generis o a la mediocridad lisa y llana) cuyos autores unen dos rasgos: juventud y belleza. Ahí están la anglo-alemana Charlotte Roche (n. 1978) que arrasó en ventas con la erótica y transgresora Zonas húmedas (2008), el italiano Paolo Giordano (n. 1982) que en el mismo año logró posicionarse con la más romántica La soledad de los números primos, o el suizo Joël Dicker (n. 1985), que en 2012 se hizo millonario con el folletín de suspenso La verdad sobre el caso Harry Quebert, si bien en rigor no era su primera novela.

Con igual entrada promisoria llega ahora Emma Cline (Sonoma, 1989), delicada belleza estadounidense que a los veintipocos años obtuvo adelantos millonarios por su primera novela, Las chicas (2016). Lo logró haciendo ficción a partir de uno de los episodios más incomprensibles de la historia misántropa estadounidense: los crímenes del clan Manson. Específicamente, a partir de las chicas del clan, jóvenes que sonreían ante los flashes de los fotógrafos mientras iban a declarar por los asesinatos a sangre fría de un puñado de personas, entre ellas la embarazada Sharon Tate, esposa del cineasta Roman Polanski. Los datos son harto conocidos y lo que hace Cline es una jugada inteligente. Se inspira en el Clan Manson (o "La Familia", como se hacían llamar) pero tomándose licencias indicadoras de que lo suyo no es crónica ni es non fiction novel. Con eso crea un mundo propio pero además se salvaguarda de posibles críticas a la manipulación literaria de hechos que están hiperdocumentados, y con una parte de sus protagonistas vivos y todavía en prisión, caso del propio Charles Manson y de las "chicas" Leslie Van Houten y Patricia Krenwinkel, entre otros.

AUTOESTIMA.

La novela de Cline, narrada en primera persona por su protagonista, Evie Boyd, transcurre en dos tiempos que se van alternando. Los episodios más extensos corresponden a 1969, el año de los crímenes, donde Evie es una típica adolescente de catorce años, insegura, virgen, deseosa de agradar al mundo y escapar de la tutela de su madre y uno de los tantos novios de ésta. Los bloques más breves muestran a Evie ya madura e invisible viviendo de prestado en la casa vacía de un amigo y desconfiando de cada ruido y de cada prójimo porque sabe que ni la voz más segura e inocua es seguro contra nada. El primer punto para Cline es cómo yuxtapone esas instancias y tensa el puente del miedo como una corriente eléctrica sostenida.

En 1969, el encuentro fortuito de Evie con un grupo de jóvenes algo mayores y desinhibidas cambia su vida. "Aquellas chicas de pelo largo parecían deslizarse por encima de todo lo que sucedía a su alrededor, trágicas y distantes", dice Evie, oponiéndolas a "las familias arremolinadas en una cola difusa, esperando las salchichas y hamburguesas de la barbacoa". Son las muchachas de una comunidad dirigida por Russell (alter ego de Manson), un gurú carismático que las domina mental y sexualmente. No importa que coman de la basura o roben de donde pueden. Viven en el aparente amor y paz alucinado del modo hippie, hasta que algo se sale de cauce. El segundo punto donde Cline acierta es en posponer esa salida, no hacer de la revisitada noche sangrienta el asunto principal.

En vez de eso, se aplica a mostrar cómo se consolidan en una mezcla angelical y siniestra esas amistades femeninas, sobre todo la que se da entre Evie y Suzanne, la chica de diecinueve años cuyo modelo evidente es Susan Atkins (muerta en prisión en 2009). Las vemos probarse ropa, conversar, celarse, cosas de chicas, pero en apenas un episodio —la doble entrada a la casa del niño Teddy Dutton, vecino de Evie— Cline transmite y adelanta esa peligrosidad rasante que en cualquier momento y sin provocación puede cruzar la línea. Vemos cómo se van sometiendo, con qué felicidad hipnótica, a la jefatura mesiánica de Russell. Y por ahí viene la parte jugosa y fundamental de la novela de Cline, la incursión que hace en el territorio de la autoestima femenina y en los discursos que la minan, que no comprende solo a las chicas del clan. Incluye a la madre de Evie, desesperada por cariño masculino, contenta incluso con hombres que "hacían un torpe amago de coger la cuenta pero parecían agradecidos cuando ella sacaba su tarjeta Air Travel". E incluye a otro gran personaje, Sasha, la novia del hijo del dueño de la casa que ahora habita la protagonista. Una Evie en miniatura, que admira a Evie como esta admiraba a Suzanne, que es capaz de rebajarse a conciencia ante los hombres mientras la va de chica superada, y que solo corre con la suerte de que su novio no sea (o no pueda ser) Russell. El alegato feminista de Cline es tan sutil que brilla. No hay juicio, excepto de unos personajes sobre otros, y aun así, es más empatía desconsolada que juicio abierto.

UNA NARRADORA.

Cuando Las chicas llegó al mercado ya hacía un par de años que se la esperaba. El conglomerado Penguin Random House había dado por la novela un adelanto de dos millones de dólares, ganando una puja donde otras editoriales también tallaron. La pregunta de por qué un adelanto tan promisorio a una debutante que apenas tenía algunos textos publicados en revistas y una licenciatura en Bellas Artes se puede responder con varias palabras, entre ellas "lotería". El tema Manson, aunque sea como mera inspiración, es cómodo en el sentido de que sus aristas de morbo, gratuidad y justicia implacable tienen una rentabilidad fácil. Asimismo, la adolescencia como problema y la amistad femenina como coto problemático (desde Jane Austen a la actualísima y desenmascarada Elena Ferrante) no son tampoco nada nuevo, pero venden.

Pero incluso si se piensa en Las chicas como un fenómeno de marketing editorial, que lo es, o si se considera que por momentos hay algo de inercia en esas trescientas y pico de páginas en las que el lector sabe lo que va a pasar, la novela da la talla de algo más que una revelación. Cline se luce en una prosa envolvente y directa, en imágenes y adjetivación precisas, en un vuelo narrativo que se detiene un paso antes de lo ingenioso. Capta la condición humana y su ambigüedad en pasajes lapidarios: "Notaba miradas curiosas sobre mí, camioneros que compraban bolsas de pipas en la gasolinera y escupían chorros de tabaco al suelo. Con andares de padre y sombreros de vaquero. Sabía que estaban valorando las circunstancias de mi soledad".

Y puede definir a un personaje con un trazo maestro: "La chica no era guapa; me di cuenta al verla otra vez. Era otra cosa. Como las fotos que había visto de la hija de John Huston. Su cara tal vez fuese un error, pero había otro proceso actuando allí. Y era mejor que la belleza". Párrafos de ese estilo abundan en la novela, no se trata de un acierto puntual ni casual. No debe ser casual, tampoco, que la foto elegida de contratapa (que ilustra esta nota) sea la de una Emma Cline mirando al frente, con candidez y determinación, cara lavada y pelo largo con raya al medio, evocadora sin vueltas de alguna de las míticas fotos de "las chicas". "Gráciles y despreocupadas, como tiburones cortando el agua", las había definido Cline, y esa imagen poderosa aplica a sí misma como escritora.

LAS CHICAS, de Emma Cline. Anagrama, 2016. Montevideo, 336 págs. Traducción de Inga Pellisa. Distribuye Gussi.

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