Un clásico alemán

Theodor Fontane para lectores sin prisa, que saborean

Una novela que tardó 150 años en ser traducida al castellano, un clásico de Theodor Fontane que Thomas Mann calificó de "absolutamente seductor".

Theodor Fontane
Theodor Fontane

Thomas Mann escribió sobre Theodor Fontane (1819-1898) lo siguiente: “hay algo absolutamente seductor en su estilo (…). Si se me permite la confidencia: no ha existido otro autor, pasado o presente, capaz de despertar en mí la simpatía y el agradecimiento, el deleite instintivo e inmediato, la alegría, el entusiasmo y la satisfacción que me produce la lectura de cualquiera de sus versos o de cualquier línea de sus cartas o fragmentos de sus diálogos”.

Con un retardo de alrededor de ciento cincuenta años, apareció en castellano la traducción de Antes de la tormenta, la extensa novela de Theodor Fontane, de quien se conoce la más típicamente realista novela alemana del siglo, Effi Briest. Al respecto, lo paradójico del trayecto narrativo de Fontane, es que si a Effi Briest se le asocia con Madame Bovary de Flaubert, a Antes de la tormenta se le asocia con Guerra y paz de León Tolstoi.

La asociación es obvia, dado que la novela de Fontane narra lo ocurrido entre diciembre de 1812 y principios de 1813, después de la derrota de Napoleón y su retirada de Rusia. El escenario es la Marca de Brandenburgo, actualmente alemana, “más exactamente el Oderbruch, esto es, la microcomarca de los pantanos del río Oder”, cerca de la frontera polaca, al este y cerca de Berlín.

La prologuista, traductora y anotadora de la edición, Helena Cortés Gabaudan, extiende esta coincidencia a otros paralelismos sobre todo entre personajes de ambas novelas. La misma Helena Cortés muy acertadamente concluye que “aunque trata de las mismas cosas y de la misma época, Antes de la tormenta produce una intensa sensación de localismo, pequeñez e intimidad, acorde con el limitado territorio de la Marca de Brandenburgo, mientras que Guerra y paz se mueve en dimensiones tan grandes y planetarias como el infinito territorio de Rusia”.

Lector hipnotizado

Lo original de Antes de la tormenta es la manera de narrar. Encantador de serpientes, auténtico contador de cuentos, cuando el lector llega a la página 300 de esta edición apenas ha conocido a algunos de los personajes principales. Uno a uno le llegaron a través de anécdotas, de chismes de parroquia escogidos por alguien que posee el indiscutible don de la protagonista de Las mil y una noches, Sherezade: el arte de entretener relatando. Hasta el punto de que el lector gozoso sabe que no ha entrado en la historia pero que, en todo caso, inapelablemente, le interesa lo que pueda pasarles a esos personajes con los que ya está plenamente familiarizado.

No faltan los guiños al lector, como cuando dice: “puesto que en el largo transcurso de nuestra narración no encontraremos nunca un lugar adecuado para introducir un esbozo biográfico titulado ‘la tía Schorlemmer’, creemos que ha llegado el momento de satisfacer nuestra deuda con esta excelente dama”.

Cuando el lector va en la página 389 lo único que ha leído es un conjunto de retratos —‘perfiles’ los llaman ahora los expertos en crónica—. Esto no obsta para que comience la página así: “el ‘potpurri de amigos’ estaba compuesto por un círculo más íntimo y otro más amplio. El círculo íntimo contaba con siete miembros (…). Debemos esbozar ahora una breve caracterización. Si este proceder atenta contra las reglas del buen narrar, le ruego al lector que sea indulgente, aun más por cuanto la falta que pretendo cometer tal vez sea más aparente que real. Pues por mucho que sea de justicia rechazar la presentación de personajes completamente acabados, que exhiben sus actos y pensamientos al modo de etiquetas prendidas en los ojales de su abrigo, y que por el contrario sea digno de alabanza ese arte de narrar que le deja las puertas abiertas a la creatividad y fantasía del lector, para que él pueda terminar lo que sólo ha sido insinuado, de todos modos, habrá que tolerar de cuando en cuando las excepciones en los casos en que, como aquí, la yuxtaposición de figuras acabadas sólo pretende presentar al lector una galería de retratos cuyo interés no radica tanto en los retratos en sí como en el lugar en el que se encuentran los mismos”.

Fontane expresa lo anterior cuando el lector, que no se detiene, ya hipnotizado, lleva casi cuatrocientas páginas de la novela. Lo que no le dice es que las siguientes seiscientas —hasta sobrepasar la página mil— seguirán en el mismo asunto. Reuniones o perfiles en tres escenarios, dos casas de la aristocracia rural de la cuenca del Oder, y la capital, el epicentro de Prusia, Berlín. Fontane es un narrador para lectores sin prisa, capaces de saborear esta forma de contar las cosas. Hasta llegar a la última parte, cuando ocurre la tormenta.

A veces, los retratos se atreven con detalles extravagantes, como lo que cuenta del general Bamme: “sus gustos se fueron volviendo cada vez más raros. Si moría alguien joven en el pueblo, ya fuese mozo o muchacha, mandaba preparar un magnífico entierro a condición de que los familiares le permitieran maquillar al difunto y exponerlo en un vestíbulo adornado con gran número de velas. Entonces se colocaba al pie del ataúd fumando su pipa de espuma de mar y se quedaba contemplando el cadáver, con los ojos entornados durante media hora. Nadie sabía qué sentía en el fondo de su alma en aquellos momentos”.

Es aquí donde hay que elogiar las notas al pie de página de Helena Cortés, que siempre están conectando algún detalle de la ficción con los referentes reales del tiempo de Fontane; la historia de Bamme, el personaje, trasunta lo que se decía del hermano de Federico el Grande, el príncipe Enrique de Prusia, y que Fontane cuenta en otro de sus libros, El Stechlin. Dice que Enrique “mostraba una misteriosa pasión por las doncellas muertas, sobre todo si eran novias, y antes de que pudiera llegar el clérigo (al que evitaba), aparecía él y se colocaba al pie del ataúd y se quedaba contemplando a la muerta. Pero tenía que estar maquillada y tener el aspecto de estar viva”.
En otras ocasiones, tras referirse a su oficio y a su clase social, el personaje retratado da lugar a definiciones memorables. Por ejemplo, el barón Pehlemann “de cuando en cuando tenía repentinos ataques de confianza en sí mismo”.

Algunas de las reuniones, tanto en la provincia brandenburguesa como en Berlín, son talleres literarios —todavía no tenían el estrambótico nombre actual de ‘talleres’. Por esos tiempos y en ese lugar, se respiraba romanticismo, un romanticismo que creían eterno y antiguo; “existe también un romanticismo del mundo clásico, pero la verdadera cuna y raíz de todo lo romántico es justamente el portal y la Cruz”, dice uno de los entusiastas jóvenes románticos, adoradores de Novalis y de Hölderlin. Otro declara: “la fuerza de la expresión poética no es lo que da la medida justa de nuestras convicciones, ni mucho menos de nuestras inclinaciones. Amo la paz de tout mon coeur, y sin embargo me sería bastante más fácil glorificar la guerra y lo haría mejor. Todo lo que es colorista juega con ventaja y hasta el negro es mejor que lo blanco. Fíjate en nuestros poetas más creyentes; cuando se ponen a describir a Dios y al diablo el primero siempre se queda demasiado corto”.

También es típicamente romántico cuando se refiere a las gratificaciones íntimas de escribir poesía: “es verdad que no hacía poemas, sencillamente le sobrevenían, y gozaba de la dicha y la recompensa (la única de la que puede estar seguro un poeta) de poder echar fuera del alma en forma de versos todo aquello que lo atormentaba”.

Al llegar a la página 549, aproximadamente la tercera parte de esta novela, Fontane titula un capítulo “pasa algo”. Helena Cortés anota en pie de página: “obsérvese la ironía del título, que en absoluto es casual, como demuestra la correspondencia de Fontane. El autor era consciente de su estilo no basado en la acción”.

Napoleón el modernizador

En diciembre de 1812 ya Napoleón estaba en París, derrotado, de regreso de Rusia. Y había batallones franceses por todas partes, Prusia incluida. La posición de Prusia era muy equívoca; por un lado, tenía un pacto con su enemigo Francia; por el otro, buena parte de la población quería liberarse por completo del yugo francés.

En ese mismo momento, el mariscal York de Wartenburg, “tras haber intentado varias veces convencer a su rey sin haber obtenido nunca respuesta, decidió romper el pacto con Napoleón en la famosa Convención de Tauroggen, en la que el mariscal se aliaba con Rusia y Austria contra Francia. York se jugaba la cabeza al tomar esta decisión de modo unilateral, y de hecho cuando el rey se enteró se puso fuera de sí de la furia; sin embargo, los acontecimientos le dieron la razón a York y el rey tuvo que perdonarlo y aceptar el inicio de la guerra de liberación contra Francia, en medio del júbilo del pueblo prusiano que había soportado mal la humillación de su patria en los pactos de Tilsit, en los que Prusia había perdido la mitad de su territorio”, anota al pie de la página la traductora de Fontane.

Estos hechos ocurren al mismo tiempo que lo narrado en Antes de la tormenta. Algún personaje anota que “a lo largo de toda la línea del Oder y el Vístula, repartidos en seis fortificaciones grandes o pequeñas, hay treinta mil franceses acantonados y otro tanto hay aquí abajo, en Polonia, en lo que se llama una posición de flanco”.

Los vecinos de la cuenca del Oder, los protagonistas de nuestra novela, comienzan a organizarse a manera de ejército del pueblo para enfrentar a los franceses; uno de los personajes señala con fría dureza: “esas aldeas, en las que contando muy por lo alto puede uno encontrarse con un máximo de seis fusiles de caza, quieren enfrentarse al mariscal Ney, nada menos que a Ney”. Las opiniones al respecto están divididas entre los personajes. Uno —que refleja a la mayoría— piensa que “Napoleón está acabado, no le queda más remedio que concluir la paz, y lograremos nuestros fines sin derramar sangre”. Otro, al contrario, replica: “¡Napoleón acabado! ¡Oh santa ingenuidad! Se mueve más que nunca y está tan provocativo y tan gallito como nunca”.

Hay un comentario de Helena Cortés, muy esclarecedor: “a principios del siglo XVIII Alemania todavía estaba dividida en más de trescientos cincuenta estados, algunos minúsculos, y respondía a una estructura política y social atrasada y de carácter feudal. Son precisamente las invasiones napoleónicas las que dan el primer impulso para una modernización de los estados alemanes, empezando por la propia Prusia con las importantes reformas de los ministros von Stein y von Hardenberg, que ven la acuciante necesidad de modernización si Prusia quiere subsistir y, en consecuencia, acaban con muchos aspectos del antiguo feudalismo, cosechando la oposición de una parte de la nobleza. (El espíritu de estas reformas coincide) con las reformas que impone el enemigo francés en los nuevos estados bajo su poder (…): modernas constituciones, supresión de la servidumbre, eliminación de privilegios de la nobleza, tolerancia religiosa, unificación y centralización de la administración, ordenamiento de la justicia, eliminación de los gremios y liberación de los oficios, etc. Además de acabar con la antigua estructura social y política, es también Napoleón el que acaba con la antigua estructura territorial (…). Tras las guerras de liberación contra Napoleón, ya no habrá marcha atrás, y el lento proceso de la unificación habrá comenzado para culminar con Bismarck en 1871. En la época de la novela, los liberales y estudiantes se ponen a favor de un nacionalismo que ya no es de corte territorial-feudal, sino de corte unificador alemán; aunque en buena parte estén contra el invasor, en el fondo adoptan buena parte del ideario modernizador de los franceses”.

Final con humor y aforismos

Además del desarrollo comprimido de la trama, que ocurre en las últimas 400 páginas, el resto está salpicado de gracia, humor y aforismos, algunos ajenos y otros del propio Fontane:
“Uno renuncia más fácilmente a sus principios que a sus gustos” (La Rochefoucauld).
“La abierta inmoralidad es la única garantía contra la hipocresía” (La Rochefoucauld).
“El talento de escuchar, algo doblemente raro en aquellos que también saben hablar”.
“Todos los tipos de personas son buenos, excepto los aburridos”.
“Lo que llamamos ambiente o atmósfera de un paisaje es, por regla general, nuestro propio estado de ánimo. El placer y el dolor se pintan con colores distintos”.
“Toda obra de arte, o al menos es así como yo concibo las cosas, debe poder ser entendida por sí misma y a partir de sí misma, sin necesidad de notas históricas o biográficas”.

ANTES DE LA TORMENTA, de Theodor Fontane. Pre-Textos, 2019. Valencia, 1.478 págs.

Theodor Fontane

El rol de la mujer en la vida doméstica

Theodor Fontane nació en Neuruppin, Brandenburgo (Alemania), en 1819, y falleció en Berlín en 1898. Es considerado el primer maestro de la ficción realista alemana. Comenzó su carrera como periodista, y fue corresponsal de diarios alemanes en Inglaterra. En muchas de sus novelas aborda con sentido crítico el rol de la mujer en la vida doméstica, así como también la debilidad de la clase alta prusiana.

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