Libro de Lawrence Wright

Texas, un Estado de maravillas y desgracias

Lawrence Wright, premio Pulitzer, cuenta todos los misterios del Estado republicano que vio crecer a los Bush, y que vio morir a JFK en Dallas.

Texas
Foto: Archivo El País

Lawrence Wright nació en 1947 y pasó su infancia y su juventud en Dallas, Texas, esa ciudad “beata, neurótica y materialista”, tal como él la ha definido. Después de cumplir 20 años deambuló por buena parte de Estados Unidos e incluso ocupó por dos años una cátedra en la Universidad Norteamericana de El Cairo. Columnista de The New Yorker, Rolling Stone y Texas Monthly entre otras importantes publicaciones periódicas, en 2007 le fue otorgado el premio Pulitzer por uno de sus libros más importantes, La torre elevada (2006), en el que, tras tres intensos años de investigación, abordó los atentados del 11 de setiembre de 2001 en Nueva York y en Washington, analizando tanto lo concerniente a la formación, actividades y operatividad de Al-Qaeda como las múltiples desinteligencias de las que fueron protagonistas los organismos de defensa de Estados Unidos (FBI, CIA, Consejo de Seguridad Nacional, etc.).

Wright dio a conocer en estos últimos años, entre otros títulos, Los años del terror. De Al-Qaeda al Estado Islámico (2017), Cienciología. Hollywood y la prisión de la fe (2013, sobre la controvertida secta religiosa que ha reclutado a una buena cantidad de ricos y famosos como Juliette Lewis, Elisabeth Moss, John Travolta y Tom Cruise), y Thirteen Days in September: Carter, Begin and Sadat at Camp David (2014, sobre uno de los tantos y olvidados acuerdos de paz entre israelíes y palestinos). Por si fuera poco es autor de obras teatrales, ha escrito guiones para Hollywood, y es habitual que sus libros figuren entre las recomendaciones de diarios como The New York Times y Los Angeles Times, y revistas como Newsweek y Time. Y como si con todo ello no bastara, también toca el teclado en la banda de blues WhoDo de Austin, ciudad en la que se estableció definitivamente en la década de los 80 junto a su esposa y sus dos hijos.

En 2018 Wright publicó Dios salve a Texas. Viaje al futuro de Estados Unidos (Debate, 2019, en Uruguay solo disponible en ebook), un libro que reúne crónicas, estampas, balances y análisis políticos e históricos del Estado más pujante y conservador de la Unión, el que hasta la incorporación de Alaska era el más extenso y el que, si bien aún está a distancia de los guarismos económicos de California, se le acerca cada vez más, en particular en el área de la tecnología, situación impensable pocos años atrás. El primer apartado del libro, “Los encantos naturales”, rememora un viaje que Wright hizo con su amigo Stephen Harrigan (1948), un destacado novelista autor de Las puertas de El Álamo. “Mi amigo Steve utilizó el adjetivo ‘sutil’ mientras viajábamos en mi furgoneta desde Austin a San Antonio bajo una tenue llovizna en una tibia mañana de mediados de febrero. Con esa palabra quería resumir el placer que uno experimenta al contemplar el paisaje de Texas.” El motivo del viaje era visitar cinco antiguas misiones españolas a lo largo del río San Antonio, declaradas Patrimonio de la Humanidad.

La víctima decapitada

Además de la bandera oficial de Texas (blanca, roja y azul con su emblemática estrella solitaria), al Estado se lo conoce por seis blasones, que frente a algunos edificios públicos flamean simultáneamente. Ellos representan, a lo largo de más de cinco siglos, a las naciones que dominaron todo o partes de su territorio: España (Alvar Núñez Cabeza de Vaca fue el primer español en arribar a sus costas en 1528), Francia, México, una que representa su independencia de todo poder exterior y que fue utilizada entre 1836 y 1845, la insignia de los Estados confederados durante la Guerra de Secesión de 1861 a 1865, y finalmente, y hasta el día de hoy, la bandera de Estados Unidos. Esa multiplicidad de referencias no resulta caprichosa: la constitución política y demográfica de Texas refleja la mezcla incesante de nacionalidades, los movimientos migratorios, la labilidad de sus inversiones económicas, la incorrección política y el mestizaje cultural de sus más de 25 millones de habitantes que se reparten a lo largo y ancho de casi 700 mil kilómetros cuadrados (unas cuatro veces el tamaño de Uruguay).

Ocupados como más de una vez en convertir derrotas históricas en resonantes triunfos, Texas, tal cual se la conoce, parece haber empezado a diseñarse con las sangrientas batallas que enfrentaron a sus residentes anglosajones con el ejército mexicano en 1836, con la muerte de David Crockett en el fuerte de El Álamo (que lo convirtiera en un héroe invencible), con la victoria de Samuel Houston sobre el general Antonio López de Santa Anna, su inmediata proclamación como primer presidente del Estado y la instalación de su gobierno en Austin, hasta hoy capital administrativa. Desde entonces Texas no ha dejado de crecer, de alimentar sus contradicciones, de haber promovido por lo menos a dos de los presidentes más beligerantes del país (Lyndon B. Johnson y Vietnam, George W. Bush e Iraq), de haber apoyado masivamente a Donald Trump, de enfrentar la expectativa de duplicar su población en 2050, y de ser vista, según Wright, como “el ello freudiano de Estados Unidos, un lugar en el que corren los impulsos más prohibidos y desaforados”. Y quizás esto se resuma en la imagen que nuestros viajeros encontraron en la misión de San Juan Capistrano: “El santo, calzado con sandalias, eleva hacia el cielo una mirada beatífica mientras pisa la cabeza de una víctima recién decapitada”.

En apariencia condenado en aquellos tiempos fundacionales a convertirse en un Estado agricultor, al igual que sus parientes pobres del Deep South, la economía de Texas explotó en el momento exacto en que, de sus primeros e inciertos tres pozos cercanos al Golfo de México, empezó a surgir sin control un infinito chorro de petróleo. Una vez instalada la fiebre del oro negro, miles de inversores, especuladores, explotadores, industriales y filibusteros comenzaron a llegar a sus tierras a comienzos del siglo XX. En la actualidad, en Houston hay establecidas cinco mil empresas energéticas, cifra que convierte a esa ciudad en la capital del mundo del sector. Pero también en Texas se inventó uno de los medios de extracción más contaminantes del planeta, el fracking hidráulico. Los ambientalistas sostienen que el uso de agua, la contaminación subterránea y atmosférica y hasta el aumento de la actividad sísmica son riesgos inherentes a esta técnica, que ya se ha prohibido en varios países, Uruguay incluido, y también en algunos lugares de Estados Unidos.

La economía texana ha prosperado y sufrido sus crisis a causa de los cambios en el mercado del petróleo, pero lo cierto es que los niveles de producción (en la actualidad más de nueve millones de barriles diarios) superan a los de los países árabes y sus fabulosas reservas. Su PBI coloca a Texas como la décima economía del mundo, por encima de países como Canadá o Australia, aunque California sigue ocupando el acaso inalcanzable quinto lugar, aun por delante de Gran Bretaña.

Un mundo de excesos

 Dice Wright que la cultura de Texas se puede medir en tres niveles. El nivel uno corresponde a las características singulares que hicieron a la idiosincrasia tradicional de sus habitantes: su comida, su arquitectura, sus costumbres cotidianas, su forma de vestir (sombreros, botas, vaqueros), “nuestras raíces y la conciencia de lo que representamos”. El dos a aquellas costumbres “importadas” en el marco de un proceso de homogeneización que comprende a todo el país: invasión de modelos arquitectónicos foráneos, música, ropa, cadenas de comida rápida, pérdida de calidez en el trato. Y un nivel tres, cuando ya se han asimilado las “novedades” del nivel dos y se retorna al nivel uno “enriqueciéndolo” con lo adquirido.

También es posible contabilizar las características domésticas según las regiones en que la vastedad de sus tierras están divididas: “El este de Texas es criollo, con sus campos verdes y su quingombó (una fruta de sabor similar a la berenjena). En el oeste encontramos la influencia hispánica y los chiles. En el norte, el ganado trashumante. En el sur y a lo largo de todo el litoral del golfo, el auténtico pescado sureño. Y en el centro del Estado, las influencias alemana y checa”. En todas partes se alimentan la misoginia y el machismo (casi todas las instituciones deportivas llevan nombres como Cowboys, Rangers, Spurs), poco cuidado del medio ambiente, un anticomunismo radical, la defensa a ultranza del uso de armas de fuego, la cuna del Ku Klux Klan y otros hitos nada reconfortantes. Para Wright, esa explícita androginia había hecho que en las primeras décadas de Hollywood el cine adorara el mito texano, pero que el asesinato de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963 en Dallas “puso fin a la era de películas heroicas sobre Texas”.

En ese Estado de excesos, todo parece batir récords: la mayor estación de servicio del mundo, con 120 surtidores y 83 baños, a pocos kilómetros de San Antonio; el mayor complejo médico del mundo en Houston con 59 instituciones y más de cien mil trabajadores de la salud; el mayor consumo de energía del país, un 67% más que el segundo de la lista, California; las inundaciones y los huracanes más devastadores, como el reciente Harvey, que a punto estuvo de destruir Houston; el tamaño del miembro viril de Lyndon B. Johnson, que él mismo apodó Jumbo, quien también solía conducir a gran velocidad un Lincoln descapotable con un vaso de whisky en una mano, que cada tanto se hacía llenar por un agente del Servicio Secreto, o en las recepciones diplomáticas “se metía el dedo en la nariz, se rascaba el culo y comía de los platos de otros comensales”.

También los Bush son dignos de atención. Wright confiesa que Bush hijo siempre lo sorprendió por “lo poco que sabía sobre la región, o sobre cualquier otro lugar que no fuese Texas”. “Ambos invadieron Iraq”, comenta párrafos más adelante en referencia al padre y al hijo: “la primera vez por razones legítimas y la segunda por una mentira que el pueblo estadounidense aceptó creer, causando un daño perdurable a nuestro país y que prendería en llamas Oriente Próximo… Ninguno de los dos hombres era demasiado reflexivo, un rasgo que ambos parecían considerar un absurdo síntoma de debilidad”.

La espada del samurái

El libro se enfoca también en otras singularidades, como las emisoras radiales (las AM dirigidas a la población más próxima al Partido Republicano, una verdadera fábrica de fake news con locutores tan siniestros y exitosos como Alex Jones, quien llegó a afirmar que Hillary Clinton “ha asesinado y descuartizado a niños con sus propias manos”, o como Dan Patrick, actual vicegobernador, quien llegó a transmitir en directo su propia vasectomía), el origen político de sus dirigentes y gobernadores, el avance irresistible de la derecha más reaccionaria que a principios de los 2000 se hizo con las dos cámaras estatales. O los irredentos debates de sus legisladores, la presencia tenaz del senador republicano Ted Cruz, quien promovió su precandidatura presidencial con un video titulado “Cómo hacer beicon con una ametralladora” (fue derrotado por Trump).

Wright dedica capítulos a Dallas, a algunos casos de violencia pública, a asesinatos en campus, a la muerte de cinco policías en 2016 a manos de un francotirador, a otros viajes y visitas a pequeñas localidades, por ejemplo al pueblo de Wink donde está el Museo Roy Orbison, a algunas leyes estaduales recién aprobadas, como la que permite a los texanos “llevar espada por la calle, una medida muy aplaudida por los samuráis del Estado”. También se ocupa de Austin, ciudad en la que reside desde hace casi cuarenta años, último bastión del Partido Demócrata que se ha convertido en el segundo destino turístico del país solo detrás de Las Vegas, y que ha sido elegida por la revista Forbes como la mejor ciudad de Estados Unidos para vivir. Muchos artistas han elegido Austin, entre ellos el legendario Willie Nelson, el actor Mathew McConaughey y los directores cinematográficos Richard Linklater y Robert Rodríguez.

Atención especial merece el capítulo dedicado a la frontera con México y al incesante flujo migratorio. “Ya hay más de mil cien kilómetros de cercado a lo largo de la frontera…, resultado de la Ley de Valla Segura de 2006, aprobada por el Gobierno de George W. Bush”, lo que facilitará los planes de Donald Trump de convertir una zona de intercambio económico y cultural en una franja de guerra.

“Si Texas se hiciera demócrata, el presidente de Estados Unidos sería demócrata sí o sí, por los siglos de los siglos”, sostiene Wright a cierta altura de este estupendo libro. Pero lo hace con un evidente dejo melancólico, como si se tratara de una misión imposible.

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