POÉTICAS

Sombra de ombú

Un grito poético bajo la más uruguaya de las sombras.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Eduardo Milán

DESDE las cosas quietas a las cosas que se mueven —las cosas que no están en su lugar— se escribe un trecho de vida que no puedo llamar continuidad. ¿Qué es continuidad? Una montaña. En el sur que me tocó no hay atisbo de montaña, ni un pelo. Cerros, montes. No hay poeta que teje —es un decir no dicho—, hila —otro decir no dicho— un dorado no dorado. La imaginación que transmite la lectura de un Oriente, una especie de lugar remoto donde el tiempo es manso: un hilo dorado se adapta a un tejido —un modo de escribir con agujas que detesto— que no riñe con el tiempo —ni un gallo a la redonda. Una verdad asoma cuando en la vejez se acepta un simple acontecimiento común como si fuera poesía. Asoma, luego se esconde el tatú. Sin la imagen que se crea, "la pura cosa", lo que se saca del lenguaje para que lance un brillo diferente sobre lo que sigue o aparte: un tiempo que no estaba, propio. ¿No estaba? ¿Y cómo logró estar si no estaba? Es nuestra época, la del tiempo maleable. Vivir en ese tiempo. El poeta no es un loco. El poeta no es un descolocado. Dislocado, esa es la palabra. Saltó del engranaje sin ningún ruido, sin ruido nadie nota. Un dislocado, ahora, en el tiempo de los desarraigados. ¿No es el triunfo de la poesía en este tiempo para los cultores de la poesía del tiempo propio? Lo mío es la ironía, desmonto el mecanismo como en la infancia a mi caballo. No la del destino: de la poesía cuando quiere. El poeta ya tiene el tiempo propio: el tiempo del sin trabajo. Si no hay trabajo en el mundo del trabajo el trabajo del poeta es un recuerdo fordista. ¿Quién otorga los recuerdos fordistas? Prefiero decir que no es un triunfo la poesía. Por el momento mantenela —no mantenla— bajo sombra de ombú que es la derrota. Ver: Artigas.

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