Novela de Juan Andrés Ferreira

Un salto febril entre la aflicción y la sabiduría

La escritura como vehículo para cicatrizar heridas.

Juan Andrés Ferreira. Foto: Leo Barizzoni
Juan Andrés Ferreira: sin trampas narrativas. Foto: Leo Barizzoni

Casi dieciséis años pasaron entre un cuento que fue la semilla de Mil de fiebre y la publicación de esta novela, un relato de seiscientas cincuenta y dos páginas que se lee con la agilidad del mejor bestseller pero que carece de los trucos narrativos de ese género. Los protagonistas son dos salteños: Werner Gómez, de veintinueve años y aspirante a escritor estrella, y el periodista Luis Bruno, que ronda los cuarenta. Y si hay un adjetivo en común para esas vidas que Juan Andrés Ferreira va narrando en paralelo, es el de torturadas. O, más bien, autotorturadas.

Coprofilia y psicofármacos.

El devenir de ambos fascina casi desde el principio. En el caso de Werner por la energía y trabajo que aplica a sus ínfulas de gran escritor, y en el caso de Luis por el horrible camino que recorre cuando su depresión lo lleva al abandono absoluto y a sucesivas internaciones psiquiátricas. A partir de esas primeras decenas de páginas lo que sigue es, básicamente, la vida de los dos personajes durante mucho tiempo. Más allá de que sean salteños, ambos podrían tener algo de su autor, quien mientras la fue escribiendo era, ante ojos ajenos, un periodista que había escrito algunos relatos y una historieta, pero que también escondía una obra inédita.

A diferencia de lo que ocurre con Werner, la novela de Ferreira tuvo impacto en la prensa y entre los críticos, quienes la han visto como toda una revelación literaria e incluso como firme candidata a ser considerada como una de las mejores que se han publicado en Uruguay en esta década. A diferencia de Werner, el autor de Mil de fiebre nunca pretendió ser un enfant terrible ni necesitó despotricar en Internet contra el ambiente literario y cultural. Al igual que Luis, Ferreira ha pasado por varias redacciones de medios de prensa escrita (incluso algún personaje se inspira en periodistas veteranos que conoció).

En una entrevista para el semanario Búsqueda, Ferreira contó cómo investigó para construir ambos personajes. Leyó y miró materiales sobre coprofilia y también indagó en infinidad de psicofármacos y tratamientos psiquiátricos. En ese sentido, la novela abunda en detalles. La experiencia de leer todo lo que atraviesan Luis y Werner, cada uno por separado, es por momentos dura pero de algún modo se hace irresistible porque la agilidad de la prosa, cierto sarcasmo y sentido del humor delicadamente ubicados mantienen atento al lector. Uno no pasa las páginas a la misma velocidad que lleva un libro de John Grisham porque necesita saber quién conspira contra quién o cómo se resuelve una intriga. No. Lo hace por las mismas vivencias de los pobres protagonistas y los estilos que el autor adopta para contarlas. Sin trampas narrativas, el recurso y el gran gancho de la historia es el modo detallado en que Ferreira cuenta cómo ambos llegan al extremo de todo, caen y se vuelven a parar una y otra vez.

La extensión del libro permite acompañarlos casi paso a paso, sin distancia entre lo que ellos piensan y hacen y lo que pueda pensar el lector. Al no haber respiro tampoco hay tregua y por eso Luis y Werner continúan con el lector entre lectura y lectura, salvo que se logre la proeza de terminar el libro de un solo tirón. Este último caso sería poco recomendable, ya que, a pesar del ritmo que impone la novela, se hace necesario descansar y respirar para ir digiriendo la historia con cierta perspectiva. Ahí, por ejemplo, se entenderá que el miedo que Werner tiene de que le dé una fiebre de mil grados si no puede escribir (o sea, si tiene que trabajar como cualquier persona) es injustificado ya que tal vez vive con mil de fiebre y que eso le lleva a perder quién sabe cuántas horas despotricando en su blog, en lugar de escribir y dejar atrás toda esa paranoia. O se entenderá también que, a pesar de todo, Luis no deja de vincularse con gente que lo mantiene cerca del infierno en el que se metió.

Los dos grandes escenarios de la novela son las ciudades de Salto y Montevideo, pero se trata de un Uruguay algo fantástico o alternativo. Es un país en el que existen un diario llamado El Día, que no es el fundado por Batlle y Ordóñez, y un Salto con una vida cultural cosmopolita que parece Buenos Aires. Es un país en el que hay una exitosa sitcom nacional llamada “Mi familia es un quilombo”. Los personajes pueden beber una ficticia Coca Cola White, un té de huevo rojo con ácido fólico, comer alfajores de membrillo con uva o platos con quinoa y cereales fortificados. Cada tanto, muy escasamente, aparece algún apunte que se corresponden con el mundo real, como en una ocasión en que comen empanadas y en otra en que se menciona a los diarios El País y El Observador. Pero la tónica es que viven en este Uruguay ficticio en el que muchas ingestas parecen inapropiadamente cool para la torpeza y decadencia de los protagonistas.

Escribir como experiencia física.

Mil de fiebre es fruto de un largo proceso de pulido y depuración y también de una notoria búsqueda de recursos, ya que el autor no duda en intercalar con buen tino narración en distintos tonos con entradas de blogs, un informe médico, chats, un par de cuentos de Werner (gran acierto sarcástico) e incluso un intento de libreto teatral. El manuscrito de la novela llegó a tener novecientas páginas e incluía los dibujos que hace uno de los personajes, cosa que se fue perdiendo con las sucesivas revisiones hasta que llegó a la extensión con la que fue publicado. Ese larguísimo proceso llevó a que los personajes crecieran junto con su autor, quien ha dicho que le gusta la literatura como experiencia física. De modo que no es solo física para el lector, que debe sostener en sus manos un volumen de dimensiones atípicas para la literatura uruguaya reciente, sino que lo fue para él si se toman en cuenta esos dieciséis años de trabajo y crecimiento.

No parece casual, entonces, que la ilustración de portada sea una representación de Mahakala, una entidad del budismo tibetano que, en palabras del autor, representa la capacidad de transmutación. La corona de cinco cráneos que lleva esta entidad simboliza cinco aflicciones que serán convertidas, por su obra, en sabidurías. Mahakala ahuyenta la ira, el miedo, el orgullo y la envidia, características que se corresponden bastante con el lastre que arrastra Werner. Si bien no se trata de una novela budista, hay algunas alusiones a eso y, tras entender la imagen de la tapa es inevitable pensar que un encuentro con Mahakala le vendría bien a los protagonistas. Pero hay una segunda lectura y es que esa ilustración es, en la ficción, también la tapa del disco “Mil de fiebre”, de una banda salteña.

La contratapa del libro dice que es una novela urgente. Es un adjetivo errado, porque urgente podría ser la lectura de un libro de autoayuda realmente efectivo o de uno periodístico que revele alguna trama de corrupción que tenga efecto aquí y ahora. Lo que se puede decir, si, es que lleva a una lectura veloz. Es una hemorragia de palabras que el autor deja salir como si fuese una herida que cicatrizó solo cuando llegó el punto final. En el caso del lector, toda esa verborragia se mantiene en ebullición tiempo después de haber llegado a la última página.

MIL DE FIEBRE, de Juan Andrés Ferreira. Literatura Random House, 2018. Montevideo, 652 págs. Distribuye Penguin Random House.

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