Última novela

Salman Rushdie y su Quijote hindú

No es la primera reescritura del Quijote, pero ésta de Salman Rushdie pone al Quijote en Nueva York, es hindú, y termina peleando con ciberhackers y supremacistas peligrosos para llegar a su doncella.

Salman Rushdie
Salman Rushdie y el Quijote por Ombú

Una historia que lo tenga todo y abarque en un amplio movimiento la vastedad del mundo contemporáneo y las vicisitudes del yo, desde la perspectiva de sus simultáneos derrumbamientos, es lo que se propone esta novedad del célebre Salman Rushdie, Quijote. La trama de esta novela es compleja, con densas bifurcaciones y líneas sinuosas que nos remontan al pasado —genealogías, lugares, familias, líneas de vida— de varios personajes indio-norteamericanos, cuyas conexiones resultarán significativas cuando el relato va ya muy avanzado. A partir del segundo capítulo pueden diferenciarse dentro de las múltiples capas espacio temporales de la novela, dos grandes planos en que se mueven un personaje “creado” y un personaje “creador”: un tal de risueño nombre, Ismail Smile, que deviene Quijote por su propia loca voluntad, para largarse por las carreteras a buscar aventuras, y un Autor, Sam Duchamp, llamado también Hermano, decadente escritor de novelas de espías.

Nacidos hace mucho en el mismo barrio de Bombay, en un sector cosmopolita de la clase media muy permeado por la cultura norteamericana, los dos están radicados en Nueva York y son especialistas vocacionales en asuntos de inteligencia y servicios secretos, obsesión que habría canalizado por décadas sus tendencias paranoides. Hermano se siente llamado a contar la crisis de este lunático Quijote que se le va imponiendo, un enamorado perseguidor de la presentadora de televisión Salma R., a partir de la intuición de que ese solitario con tendencias autodestructivas “había estado con él toda la vida”, que “aquella historia era una versión metamorfoseada de la suya” e incluso que su vida “imaginaria” era “la más auténtica de ambas narraciones”.

Con estilo torrencial y desquiciado, Rushdie aspira a decirlo todo, la “vida” y la “época” (“todos estamos —dice— en esas dos historias al mismo tiempo”), como llevado por una ansiedad y una urgencia incontrolables. Mantiene la correspondencia entre los distintos planos de ficción, pero reserva, demorando, los motivos más íntimos de Autor, quien solo al final se enfrenta al duelo que le obliga a ver su propia decrepitud y la posibilidad de su cercana muerte, velada desde el principio en una amenaza genérica de la descomposición de la Tierra, al anuncio publicitario del inminente fin del mundo. Su arritmia cardíaca pauta esa descontrolada frecuencia que el lector percibe galopando en las páginas de la novela.

Alienación

Es imposible no notar las claves autorreferenciales de quien firma el libro, siendo a la vez Quijote y Autor, el enamorado y la dama, Salma R. (juego anagramático de Salman Rushdie), cuyo nombre árabe —que significa “la que está en paz, la que está a salvo de todo”— asumirá en el final su potencial más trágico y a la vez más esperanzador.

Este Quijote contemporáneo es presentado como “un hombre de piel oscura en América que anhelaba a una mujer de piel oscura y sin embargo no veía su historia en términos raciales. Se podía decir que se había separado de su piel”. La discriminación por la apariencia y el color de la piel en la vida cotidiana, y la alienación de la comunidad indio-norteamericana al respecto, son cuestiones afrontadas de manera muy directa. También otras formas de violencia, despersonalización y deterioro cultural que se expresan a través de la incorporación del discurso y el consumo de la televisión —Quijote es un adicto a las series de TV, los certámenes de preguntas y respuestas, y otros programas chatarra—, en el uso inadecuado de las redes sociales, las reacciones mediáticas, la ignorancia y la desesperación que propician la manipulación de masas por medio de mensajes apocalípticos y promesas mágicas.

Las variadas historias, entre las que no falta un Sancho-hijo que se sabe creado por Quijote, tensando al límite su condición espectral, en pugna por no descomponerse al dejar de ser pensado por otro y conquistar así una existencia (lo que lo pone en línea con un clásico protagonista de Unamuno), dan paso a otros problemas no menos acuciantes, aunque no todos estrictamente nuevos. Tal es el caso del abuso intrafamiliar, los egoístas presupuestos del “amor romántico” que a menudo justifican el acoso sexual, las adicciones de todo tipo y el tráfico de sustancias, el ciberespionaje, las injustas brechas entre hombres y mujeres, y entre ricos y pobres, los sucios secretos de la industria farmacológica y la medicina corrupta, el mundo de los multimillonarios y sus mil formas fáciles de hacer más millones, el dolor de los emigrantes y las consecuencias del desarraigo cultural.

Asimilación

La secuela quijotesca es un género que nace ya en la época de Cervantes. Mientras apenas disfrutaba el éxito de la primera parte del Quijote (1605), le sale la competencia de una segunda parte apócrifa (más burlesca e incluso agraviante para el pobre autor ya casi viejo), firmada por Alonso Fernández de Avellaneda, seudónimo tras el cual aún hoy es difícil saber quién se escondía. Desde entonces, las apropiaciones y expropiaciones, las continuaciones, adaptaciones y reescrituras no han cesado, a pesar del esmero de Cervantes en el hermoso final de la segunda parte de 1615, en que el personaje muere en su cama, contraviniendo adrede las tendencias del género, y pretendiendo explícitamente evitar las continuaciones espurias.

En el extremo más fiel a la copia destacan, sin dudas, los ejercicios del Pierre Menard de Borges. Pero hay los más variados textos y representaciones que recuperan la fábula o el mito quijotesco adaptándolo a distintas épocas y geografías. Ya en 1607 aparecen unas mascaradas en el carnaval de Pausa (Perú), que componen a Don Quijote y Sancho, y en 1818 se divulga en versos gauchescos, en Mendoza, la confesión e historia de vida del bandido Francisco Corro, “Quijote de Cuyo”. No han faltado versiones en femenino, como La mujer Quijote (1752), de Charlotte Lennox, o La Quijotita y su prima (1818), del mexicano Fernández de Lizardi.

En lengua inglesa hubo una temprana asimilación novelística del Quijote por parte de Henry Fielding, en La historia de las aventuras de Joseph Andrews (1742), configurando un género prolífico que llega hasta hoy, con hitos como El regreso de Don Quijote (1926), la última novela de Chesterton, Monseñor Quijote (1982), de Graham Greene, o Ciudad de cristal (1985), de Paul Auster. Las reescrituras o adopciones de un clásico se juegan en un terreno minado: vienen auspiciadas por el brillo y la segura eficacia del antecedente pero se arriesgan a quedar en una condición subsidiaria, débil, y sujetas a desventajosas comparaciones. Casi parece que las que mejor superan la versión curiosa o simpática de homenaje son aquellas que más se despegan de la fábula y el lenguaje cervantinos, evitando insistir en el anacronismo, buscando la reencarnación del mito por caminos nuevos, de experimentación con las herramientas de hoy.

El Quijote de Rushdie alcanza un equilibrio saludable entre la obediencia y la traición al texto cervantino, con una antena en la tradición en que aspira a inscribirse y otra muy aguda para detectar las angustias, los vicios, las inconsistencias de la sociedad contemporánea, y para incorporar toda la cultura literaria de la que dispone, alternando lo selecto y lo popular. Trabaja, como Newton, subido “a hombros de gigantes”, concibiendo una obra que, como la de Cervantes, pueda abarcar “muchos géneros, nobles y bajos, fabulistas y costumbristas, que pudiera ser al mismo tiempo paródica y original, y que sus pillerías metamórficas permitan representar y tratar de abarcar la multiplicidad de la vida humana”.

Como Cervantes, deja a la vista la ausencia del heroísmo que, en el sentido tradicional, deposita en un individuo la defensa de valores colectivos dignos de preservar. Sobrevive el destello de la aventura que impulsa siembre hacia adelante, el que alienta todavía en muchas “novelas de camino”, intacto en el “pasaje” final que elige Rushdie para sus personajes más entrañables: un cierre trágico e idealista, que es también una promesa.

QUIJOTE, de Salman Rushdie. Seix Barral, 2020. Buenos Aires, 528 págs. Traducción de Javier Calvo.

Una ciudad, todas las ciudades

Hay dos ciudades —explicó Quijote— Hay una visible, las aceras rotas de la ciudad antigua y los esqueletos de acero de la nueva, las luces del cielo, la basura de las alcantarillas, la música de las sirenas, un viejo bailando claqué para que le tiren monedas, cuyos pies dicen: “Antes yo era alguien”, pero su mirada dice: “Ya no, colega, ya no”. El fluir de las avenidas y las calles embotelladas. Un ratón navegando en un bote por un estanque del parque. Un tipo con cresta punk gritándole a un taxi. Mafiosos con servilletas remetidas por el cuello de la camisa en un restaurante italiano de Harlem. Tipos de Wall Street con tirantes recibiendo tratamiento de vips en clubes nocturnos o bebiendo tequilas y tirándose encima de mujeres como si fueran papel moneda. Mujeres altas, hombres bajitos y calvos, locales de filetes, locales donde darse el filete. Tiendas vacías, liquidaciones por cierre, liquidación final, una sonrisa a la que le faltan algunos de sus mejores dientes. Obras por todas partes pero aún se rompen las tuberías de la calefacción. Hombres de pelo ensortijado con millones de dólares en diamantes en los bolsillos de sus abrigos largos y negros. Hierro forjado. Casas de ladrillo rojo. Música. Comida. Drogas. Gente sin techo. Hace veinte años habían desaparecido, pero ahora han vuelto. Máquinas quitanieves, béisbol, coches de policía que prometen C.P.R., cortesía, profesionalismo y respeto, qué se puede decir, no les falta sentido del humor. Todos los idiomas de la Tierra. Ruso, punjabi, taishanés, criollo, yiddish, kru. Y no nos olvidemos del corazón de la industria televisiva. Colbert en el Ed Sullivan Theater, Noah en Hell’s Kitchen, The View, The Chew, Seth Meyers, Fallon, todo el mundo. Abogados sonrientes en la televisión por cable que te dicen que si te lesionas te pueden conseguir una fortuna. El Rockefeller Center, la CNN, la Fox. El almacén del Downtown donde se rueda Salma. Las calles por las que ella camina, el coche en el que va a su casa, el ascensor que sube al ático, los restaurantes a los que pide la comida, la gente que conoce su número, las cosas que le gustan. Toda la ciudad fea-bonita, hermosa en su fealdad, jolie-laide, que es francés, igual que la estatua de la bahía. Todo eso es lo visible.
—¿Y la otra ciudad? —preguntó Sancho con el ceño fruncido— Porque todo eso ya es mucho.

                                          (tomado de Quijote, de Salman Rushdie)

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