Paradojas de la Ilustración

Rousseau, Ginebra, y una isla que miente

La isla Rousseau, en pleno corazón de Ginebra, es atracción para los turistas, aunque ésta no muestre que los suizos no lo querían a Rousseau.

Rousseau
Rousseau en la isla Rousseau (foto Juan Pablo Correa)

A metros del lugar donde el río Ródano va a dar al precioso lago Lemán, está la isla Rousseau, en pleno corazón de Ginebra. En este bellísimo islote donde los turistas se sacan fotos, hay una estatua decimonónica del pensador vestido con toga, como un filósofo de la antigua Grecia. Sin embargo, este homenaje esconde un dato turbio: que la república ginebrina, de la que el pensador estaba orgulloso, le dio la espalda, y le impidió volver a pisar su suelo causándole un gran dolor.
Jean-Jacques Rousseau tiene para muchos liberales mala fama. Lo ven como un precursor del totalitarismo. Es una simplificación. La verdad es que Rousseau fue un personaje muy complejo, excesivo, contradictorio, a veces hipersensible, generoso, apasionado, hipocondríaco, paranoico y multifacético que lo que quiso para él fue la libertad, y para la sociedad esa misma libertad, y justicia. A diferencia de otros ilustrados de la época con mejor prensa, intentó ser coherente con ese objetivo. Al final de su vida lo que más quería era que lo dejaran en paz.

Lo mejor para saber de él son sus Confesiones, la autobiografía que escribió y que abarca su peripecia hasta 1765. Porque las Confesiones son, en muchos tramos, divertidas, y en otros cumplen con el fin que el propio Rousseau se había propuesto: presentarse como era con sinceridad. Entre sus primeras frases, “Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Solo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de cuantos he visto y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen”.

Búsqueda errante

La cuna de Rousseau no fue de oro. Aunque nació en la rica “ville haute”, su madre murió a los pocos días de que naciera (en 1712), su padre relojero se tuvo que ir de Ginebra por una pelea, su único hermano desapareció y su tío que debía ocuparse de él no le prestaba mucha atención. Se apasionó por los libros. Le hicieron bullying. Un muchachote le obligaba a robar en los puestos de la plaza Molard, donde estaba el mercado; el matón luego revendía la verdura. Es irónico que la casa en la que pasó parte de su infancia —donde se crió el futuro predicador de la austeridad y la sencillez— fuera demolida y hoy el predio esté ocupado por un local de la carísima tienda Manor. Trabajó como aprendiz en un taller de un grabador que lo maltrataba. A los quince años se fue a pasear fuera de la ciudad. Se le hizo tarde y al querer volver encontró las murallas ginebrinas cerradas. Decidió irse de la pequeña república. Comenzó una vida errante por Francia, el norte de Italia y el oeste de Suiza. Esta etapa se lee en las Confesiones como una novela picaresca. Durmió en calles, sufrió avances indeseados de hombres lascivos, se convirtió pragmáticamente al catolicismo, se apasionó por la música y la botánica, se interesó por la química y, experimentando, se lastimó en un accidente.

Recaló en París. La ciudad era a mediados del siglo XVIII un centro cultural importante. Pero también una urbe del Antiguo Régimen, llena de miseria. A Rousseau le chocó, nunca le gustó. En 1752 se representó su ópera El adivino de la aldea delante del propio Luis XV. Se codeó con los más poderosos pero nunca se encandiló con ellos. Fue secretario del embajador de Francia en Venecia, donde vivió aventuras galantes divertidísimas, y se peleó con el aristócrata porque no quiso darle una góndola propia.

Fue por esa época que comenzó a adoptar una forma de pensar que enfatizaba la necesidad de llevar una vida sencilla, cercana a la Naturaleza, que rechazase la sofisticación y el lujo. Rousseau no gustaba de las ciudades, del dinero y de la industrialización incipiente, aunque aceptaba la propiedad privada. Escribió: “Todo está bien, cuando sale de la mano del autor de las cosas: todo degenera entre las manos del hombre”, “El hombre nace libre pero en todos lados está encadenado”, “La igualdad en la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea precisado a venderse”, “Renunciar a nuestra libertad es renunciar a nuestra calidad de hombres”.

Otras reflexiones del Emilio poseen una curiosa actualidad: “¿Saben cuál es el más seguro medio de hacer a su hijo miserable? Es acostumbrarlo a obtener todo (…) su hijo no tiene que obtener nada porque lo pide sino solamente por necesidad”. Rousseau plantea que la educación tiene que tener como objetivo formar personas libres. Contradictorio, no aplicó sus ideas en su prole: dejó a sus cinco hijos en el asilo porque consideraba que no les podía asegurar sustento, y porque no quería que su familia política se ocupara de ellos. Admitió por escrito este acto; los remordimientos lo mortificaron por años.

Algunas de las ideas de Rousseau hoy suenan detestables. Por ejemplo, para la mujer concebía un rol totalmente subalterno, y pensaba como un nacionalista extremo. En Considerations sur le gouvernement de Pologne proponía para los polacos fórmulas autárquicas y escribió que “un niño, al abrir los ojos, debe ver la patria, y hasta la muerte no debe ver más que ella”. René Pomeau consideró en La Europa de las Luces que “admirable cuando precisa los métodos por los cuales los pueblos de Europa van a regenerarse, Rousseau no deja de, sin embargo, escapar algunos acentos inquietantes”.

Quizás sea demasiado considerarlo un precursor del fascismo. Raymond Trousson, uno de sus principales biógrafos, dice que sería “una sorprendente distorsión, que no es posible sino es a condición de utilizar o de condenar tal o cual elemento aislándolo de la perspectiva global”. El contexto de época es fundamental. En ese sentido, “en una época en la cual la mayor parte de los filósofos liberales se acomodaban, como Montesquieu o Voltaire, a una monarquía limitada o a un despotismo ilustrado, Rousseau, que funda la soberanía en la nación, aparece al contrario como sinceramente demócrata”, sentencia.

Caído en desgracia

El Emilio y El contrato social (publicados en 1762) fueron prohibidos. Ese año marcó el comienzo de su declive. Debió dejar Francia. El Emilio fue quemado en Ginebra por decisión de las autoridades de la república que le quitaron la ciudadanía y le prohibieron regresar. Consideraban que sembraba la discordia. El que podríamos llamar “partido popular” apoyaba al pensador, pero la oligarquía del “Petit Conseil”, influida por Voltaire, lo detestaba.

Rousseau se volvió paranoico. Desconfiaba incluso de quienes lo querían ayudar. Encontró paz en la isla Saint Pierre, en Suiza, donde hubiese querido quedarse pero lo echaron las autoridades de Berna. Recaló en Inglaterra pero detestaba el clima, y volvió a Francia. Se deslizó al desequilibrio mental. El 24 de febrero de 1776 fue a la catedral parisina de Notre Dame a depositar frente al altar principal sus Diálogos, otro intento de explicarse al mundo. Una verja cerrada se lo impidió. Murió en 1778.

Acercarse a la vida de Rousseau es volver a preguntas que se han hecho y se harán los humanos sobre cómo deben vivir y como debería ser la sociedad. Esas preguntas se las hizo e intentó responderlas un ginebrino a veces malhumorado, a veces huraño, un ser humano lleno de defectos pero que dejó mucho para leer y pensar.

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