dos libros, cuentos y poesía

Rosario Lázaro y Cecilia Ríos: el agua es el origen

Tiene algo de milagro gozoso el encuentro de dos escrituras.

Rosario Lázaro
Cecilia Ríos

Que los libros remiten unos a otros, que se llaman, se responden, se modifican en ese diálogo es sabido desde hace tiempo. Sin embargo, no deja de tener algo de milagro gozoso el encuentro accidental entre dos escrituras en principio tan distintas como las de Rosario Lázaro y Cecilia Ríos. Peces mudos es un libro de cuentos, mientras que Crecida es un poemario. En el primero los relatos son independientes; en el segundo, un acontecimiento se despliega a medida que se suceden los textos, para terminar mostrando otro, secreto, que asoma de todos modos desde el abismo.

AGUAS OSCURAS

Lo que los acerca, entonces, y los hermana, es el agua. Los dos ceden (todo cede) al crecimiento del río, a la hinchazón de las nubes a punto de reventar, a la humedad y al lúbrico exceso de vida que causa. El agua, como explica Juan Eduardo Cirlot, se identifica con el inconsciente y es símbolo “de la parte informal, dinámica, causante, femenina, del espíritu”. “De las aguas y del inconsciente universal surge todo lo viviente, como de la madre”, agrega.

Pero vamos por partes.

Crecida es la crónica de la invasión de las aguas sobre un poblado; el registro de su avance turbio sobre las calles, el repaso de los objetos familiares flotando en la correntada, el asombro de los vecinos acercándose al borde, sacando cuentas, calculando hasta dónde llegará la cosa. “Todos dejaban sus asuntos al atardecer / para mirar oler explicar conocer la crecida / convertirla en recuerdo, fantasma o fotografía”. El procedimiento de Ríos consiste en jugar con la sintaxis para conseguir el efecto de amontonamiento y continuidad que el agua desbordada le imprime a las cosas. Así, los verbos (mirar oler explicar conocer) o los objetos (palillos / plumas de gallina puños de camisa, semillas / jugadas de quiniela) se agrupan en una sola materia indivisible y pegoteada, en el residuo de la respiración de esa bestia sorda que es el río.

En el primer cuento de Peces mudos (“Dos perros”), una mujer repasa un cuaderno de recetas mientras ve caer la lluvia. Primero vio venir la nube negra, gorda, combada por el peso del agua. Vio como el viento iba parando de a poco y cómo se iluminaba el centro de la negrura con los relámpagos. Descolgó la ropa tendida y se metió para adentro, y ahí, sentada en el sillón, se puso a hacer como que buscaba una idea entre las recetas acumuladas por años. Pero su atención no está en el cuaderno ni en la lluvia. Ni siquiera en la gotera por la que el agua se mete en la casa. Lo que la distrae es el llamado de los perros, rascando la puerta para entrar. Uno de los perros: el más nuevo. Un macho que apareció no se sabe de dónde y se fue instalando, hasta ganarse el lugar de jefe de la pequeña jauría que se completa con una perra negra y gorda y otro perro atigrado. El perro nuevo es el triunfo de la mujer sobre la monótona vida de todos los días. Es salvaje, temerario, capaz de matar. Una curiosidad en un paisaje que ya no ofrecía novedades.

DESASTRES HUMANOS

La prosa de Lázaro es exacta, perfecta, y el cuento no tiene una letra de más ni de menos. El título, por otra parte, se vuelve perturbador cuando se cae en la cuenta de que los perros son tres, y por lo tanto los aludidos bien pueden ser los humanos, la mujer y su marido, atados a una vida en la que, como en el Limbo de Dante, ni se sufre ni se goza.

En el cuento siguiente (“Los diques”) se respira una atmósfera densa, onírica, en la que una vez más el agua y la soledad se combinan para componer una escena inquietante. “Piures”, por su parte, anuncia desde la primera línea la posibilidad de algo terrible, siempre facilitado por la presencia ominosa del agua, esta vez oceánica. “La pérdida de los ojos” también remite al océano, pero sólo para explicar la muerte de un hombre que deja, en el amigo que lo recuerda, una herida absoluta, basal.

En Peces mudos abundan los niños casi tanto como abunda el agua, y no es raro, porque la materia narrativa parece provenir de la memoria, aunque no sea necesariamente una memoria personal sino una mítica, colectiva.

Y una vez más los dos libros se encuentran, porque Crecida es también el registro de una vivencia compartida, de la acumulación de experiencias de un pueblo hecho al ritmo de la respiración del río y educado en los golpes de una voluntad ajena y poderosa, avasallante.

“El agua no castigará por un tiempo al río”. La crecida se retira, llevándose la sangre del asesinado: Luis Batalla, un albañil de 32 años, militante cristiano, muerto como consecuencia de torturas en el Batallón de Infantería Nº 10 de Treinta y Tres, en mayo de 1972. Era la primera vez que un detenido moría en un cuartel.

Debajo del agua y del barro vuelven a asomar las piedras, a reverdecer las plantas. Quedará el miedo al “desastre inesperado”, el alivio por la tregua que da la crecida, la memoria que enseña que algo cambió para siempre. Se aprende a caminar sobre el suelo resbaloso, a doblar la esquina oscura, a sobrevivir discretamente. Así como el agua vino, lo tapó todo y volvió a su cauce -no sin haber hecho daño-, la oscuridad y el miedo se irán, eventualmente, y el muerto será un nombre que podrá ser recuperado por la historia. Mientras tanto, el agua, el hombre asesinado, las mujeres de ojos hinchados por el llanto son dichos por el poema.

Cecilia Ríos nació en Montevideo en 1959 y pasó parte de su infancia y adolescencia en Treinta y Tres. Autora de Sigiloso dinosaurio (Civiles Iletrados, 2011) e integrante de diversas antologías de narrativa, ganó el año pasado la primera edición del Premio Lussich organizado por la Intendencia de Maldonado por su novela inédita Volver de noche. En 2014 su novela Si me perdonas obtuvo mención de honor en el concurso Narradores de la Banda Oriental y en 2016 Crecida fue mención en el concurso Onetti de la Intendencia de Montevideo en la categoría poesía. Su obra Cuatro mujeres de campo obtuvo un tercer lugar en la categoría dramaturgia inédita en los Premios Nacionales de Literatura que otorgó el Ministerio de Educación y Cultura en 2017.

Rosario Lázaro Igoa nació en Salto en 1981 pero se mudó a La Paloma (Rocha) siendo una niña. Vive en Brasil desde 2009. Traductora literaria y periodista, es autora de la novela Mayito (2006) y de varios cuentos publicados en antologías como Exposición múltiple (2015), Kafkaville (2015), Entintalo (2012) y El descontento y la promesa (2008). Como periodista colabora con el periódico La diaria y la revista Lento, y varias de sus crónicas pueden leerse en el portal de Escaramuza.

PECES MUDOS, de Rosario Lázaro Igoa. Criatura editora, 2016, Montevideo, 120 págs. Distribuye Escaramuza.

CRECIDA, de Cecilia Ríos. Civiles Iletrados, 2017. Montevideo, sin numeración de páginas.

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