Autobiografía del líder de los Who

Roger Daltrey, con la guitarra a los saltos

Sin pecar de pretencioso, Roger Daltrey cuenta historias sin desperdicio sobre esa gran banda de rock llamada The Who.

Roger Daltrey
Roger Daltrey por Ombú

En la tapa de su autobiografía, un joven Roger Daltrey se encuentra al frente de una calle en un barrio proletario londinense. Se ven, a su espalda, ladrillos y escombros. Es una buena alegoría del escenario de la ciudad donde el cantante nació en el final de la Segunda Guerra Mundial. El padre de Daltrey fue herido en esa guerra y volvió a casa cuando el cantante apenas tenía veinte meses. Aún recuerda el cambio que significó en su rutina la llegada de esa persona callada que vino a ocupar su lugar en la cama, al lado de su madre. El cantante nació en marzo de 1944 y creció en el ambiente de necesidades y racionamiento de la post guerra. Estados Unidos retiró el apoyo económico al Reino Unido y es imposible imaginar esa vida “sin haberlo vivido”. Recibían un pollo cada seis meses, que era puro cartílago y nervios, o un pan al que elogiaban porque venía fortificado con calcio, “un truco para que creyéramos que comíamos pan blanco”. Esos niños de la post guerra, muchos de los cuales tuvieron problemas de crecimiento por la deficiente alimentación, sabían que su destino era conseguir un trabajo mal pago lo antes posible para reiterar la vida de sus padres. Saltar de la niñez a la adultez. Mientras, en Estados Unidos, comenzaba a sonar una música pensada para una adolescencia que no vivía penurias económicas. Daltrey fue uno de los cautivados por esas canciones a las que llamaban rock and roll. En el ambiente gris y sin mejoras en el horizonte, esa música comenzó a ser más que una diversión. Era la posibilidad de quedarse por un tiempo en la juventud, ganándose la vida de forma tan divertida como emocionante.

Desde el comienzo, la autobiografía de Daltrey demuestra dos virtudes: su falta de pretensiones al narrar y dejar que las conclusiones las saque el lector. Las anécdotas son justas y el humor es un recurso constante, aunque relate cosas graves. Cuando niño, su familia se había mudado de casa y a Roger le resultaba difícil adaptarse al nuevo colegio. Tuvo un accidente que le produjo una infección en la mandíbula. Le dio un aspecto raro, e insensibilizó esa parte de su cara. Soportó por un año que lo llamaran “troglodita” y ser blanco fácil de sus compañeros matones. Hasta que le rompió una silla en la espalda a uno y notó que la insensibilidad en la quijada era buena para pelear. Una especie de arma secreta que le permitía ganar las trifulcas y obtener respeto de sus pares. Comienza su mote de busca pleitos al que le encantaba las peleas que retrató Pete Townshend en su biografía (ver Cultural Nº1293). No soportaba las órdenes, ni las clases en el colegio secundario de Acton al que también concurrían Entwistle y Townshend. Un día, luego de varias peleas y muestras de rebeldía, el Sr. Kibblewhite —director del colegio— resolvió expulsarlo. En esa despedida le dijo al adolescente de apenas quince años: “nunca harás nada con tu vida, Daltrey”. Sesenta años después, desde el título de su libro le da las gracias por la expulsión y por esa sentencia que lo impulsó a torcer su sombrío destino.

Ruido

Luego de una etapa skiffle (música sencilla de los trabajadores negros, que se toca con instrumentos acústicos caseros o muy baratos), Daltrey encaró la formación de un grupo de rock. Nacía The Detours donde cantaba y tocaba la guitarra. En 1961 se unió al trompetista y bajista John Entwistle, al que Roger embaucó diciendo que harían actuaciones donde ganarían dinero. En 1962 tomaron una prueba a Pete Townshend. “Pete tenía únicamente 16 años, pero le sobraba talento”. Daltrey abandonó la guitarra concentrándose en el canto. La parte floja del grupo era el baterista. En 1964 prueban a un joven que llegó al ensayo con el pelo rojo, porque el teñido a rubio había salido mal, y del que su profesor de arte decía que era “negado para el arte y estúpido para todo lo demás”, mientras su maestro de música opinaba que tenía “mucho talento, pero debe controlar sus ganas de llamar la atención”. Keith Moon era lo que el grupo necesitaba. Daltrey había formado un hogar, con esposa e hijo, pero decidió abandonar todo por la música. Se fue de su casa con una pequeña valija y un enfrentamiento con su padre, que terminó con un derechazo de éste a su hijo. Por un tiempo la banda pasa a llamarse The High Numbers. Buscan una denominación más apropiada y descartan algunas como “The Group”, “The Hair”, “The No One”. Un amigo, que no había escuchado uno de los nombres propuestos, preguntó: “¿Los… quién?” (“the who?”). La pregunta se transformó en la marca que los acompañaría por más de cinco décadas: The Who. “Cuatro personas que nunca deberían haber estado juntas en un grupo”, según la definición de Townshend.

En setiembre de 1964, mientras tocaban en el Railway Tavern, con un escenario de techo bajo, en forma accidental Pete lo atravesó con el brazo de su guitarra. Eso enfureció a Daltrey, que sabía lo que costaba comprar instrumentos decentes, pero se asombró con la reacción del público. A la actuación siguiente, fue Keith Moon el que tiró sus tambores a patadas. No había vuelta atrás. El público esperaba ese show de destrucción salvaje que comenzó a ser difundido por la prensa. Townshend, Entwistle y, en especial, Moon, consumían alcohol y anfetaminas. Daltrey solía estar sobrio en los shows y le era muy difícil seguir el ritmo de sus compañeros, acelerados por lo que habían consumido. El volumen ensordecedor, las idas de tiempo y la falta de coordinación lo frustraban. No podía ni escuchar su voz. En 1965, luego de un desastroso concierto, abandonó el escenario, fue al camerino y tiró al WC las incontables pastillas que tenía Moon en su valija. El incidente terminó con un enfrentamiento donde Daltrey noqueó al baterista. A los pocos días, el manager le comunicó que estaba expulsado de la banda que él mismo había fundado. Luego de unas actuaciones donde el devenido trío fue abucheado, le solicitaron que volviera. Las condiciones fueron que habría menos drogas y alcohol antes de las actuaciones, pero quedaban prohibidas las peleas y sobre todo noquear a algún compañero. Daltrey cumplió, pero al poco tiempo Moon volvió a las andadas.

Los cuatro

John Entwistle, al que apodaban el “Buey” por su físico y su capacidad de beber y comer mayor a la normal, competía con su maestría para tocar el bajo e introducir solos que parecían de guitarrista con Pete Townshend, quien montaba su acto de saltos, baile y el brazo derecho que parecía el aspa de un molino castigando su guitarra. Keith Moon, enfrascado en su propio show de ritmo tan original como inesperado, iba en la dirección que su genio, o lo que había consumido, quería. Su manera de tocar la batería era tan fuerte que usualmente, tanto John como Pete, subían a más no poder el volumen de sus amplificadores que tenían una potencia inusual para la época. Se transformaron en la “banda más ruidosa del planeta”. Frente a ellos estaba Daltrey, con su largo pelo enrulado, su físico atlético, su torso desnudo apenas cubierto por un chaleco de cuero y flecos, y su destreza para lanzar el micrófono. Desde que abandonó la guitarra nunca supo qué hacer con las manos mientras cantaba. Se transformó en un malabarista del micrófono que lo tiraba hacia arriba y lo recogía en el aire a la perfección. Era como una carrera, entre Pete y Roger, a ver quién sobresalía en esa coreografía. Ese pesado micrófono volador que en los sesenta “lo atrapaba después de lanzarlo, sin problemas, pero ahora la vista no la tengo tan bien y mi porcentaje de acierto es más irregular”. Reconoce que cuando le pega en las piernas duele mucho. Ni hablar cuando impacta en sus testículos. “Por lo menos, así llego con más facilidad a los agudos”.

A fines de los sesenta pegan el gran salto con Tommy (1969), una de las primeras —y la más exitosa— ópera rock. El genio creativo de Townshend nunca es cuestionado por Daltrey, pero reconoce que a veces sus ideas son tan profundas y originales que es difícil seguirlo para el resto de los humanos. Como en la siguiente y frustrada ópera rock, Lifehouse, cuyos pedazos sirvieron para editar acaso el mejor álbum de la banda, Who’s Next (1971). Cuando Pete está en el proceso de crear algo nuevo, Roger lo compara con un escorpión que, por más suave que sea su andar siempre los que están a su lado recibirán la picadura en algún momento.

En esos trece años, de 1965 a 1978, la banda se posicionó como una de las más importantes del mundo con el humor ácido y taciturno de Entwistle —a quien Daltrey compara con el personaje siniestro del Tío Kevin de Tommy—, el descontrol de Moon, los cambios de ánimo de Townshend y el temperamento de Daltrey. Hay en el libro un relato desencantado del Festival Woodstock junto a graciosas descripciones de músicos como Jimi Hendrix, con el que peleó la conquista por Heather, esposa del cantante hasta el presente. Hasta que el 7 de setiembre de 1978 hubo una llamada telefónica. Daltrey y Townshend no se ponen de acuerdo sobre quién fue el que llamó a quién para dar la noticia de que Keith Moon había muerto esa mañana, por una sobredosis de treinta y dos pastillas sedantes que consumía para combatir el alcoholismo.

Peleando la muerte

Ingresa Kenney Jones, baterista de Small Faces como miembro pleno de The Who, decisión que Daltrey señala como uno de los peores errores en la historia del grupo. Jones era un gran baterista para una “banda de pub”, como el cantante define a los Small Faces, aunque asegura que no lo dice en forma despectiva. No era el músico adecuado para la banda. En 1979 salen de gira y tienen un gran éxito con recitales de entradas agotadas. En diciembre, en el Riverfront Stadium de Cincinatti, dieron un buen concierto sin saber que una avalancha a la entrada del mismo se había llevado la vida de once fans. Fue uno de los golpes más duros en la vida del cantante. Sacan dos álbumes: Face Dances (1981) y It’s Hard (1982), que no conforman. En vivo, cuando tocaban canciones de esos discos, todo iba bien pero cuando ejecutaban el repertorio clásico, Daltrey notaba que había un agujero en el escenario: el que había dejado Moon. Propone despedir a Jones, pero Pete se opone y siguen los conciertos. Tenían el compromiso de editar con Warner Bros un tercer álbum. En 1983 Pete confiesa que no puede componer más canciones. A fines de ese año, emite un comunicado que da por terminada la banda, aunque hubo reuniones esporádicas, como en el año 1985 dentro de los conciertos por el Live Aid en Wembley.

A fines de los noventa se vuelven a unir. Retornan los conciertos, con Zak Starkey —hijo de Ringo Starr y ahijado de Keith Moon— en la batería y la vieja magia reaparece. En junio de 2002 daban inicio a una larga gira. El primer concierto tendría lugar en Las Vegas. La noche previa, en la habitación 658 del Hard Rock Hotel & Casino de esa ciudad, John Entwistle fallece a consecuencia de un infarto causado por sobredosis de cocaína. Según Daltrey, era la muerte que el bajista hubiera deseado. En la cama, con una bella señorita a su lado y los “polvos mágicos que tuviera a mano”. Sin tiempo para el duelo, y con el propósito de que la banda no muriera, reclutan al excelente bajista Pino Paladino para la gira. Devenido dúo, sacan dos grandes álbumes, Endless Wire (2006) y Who (2019).

Esa relación de hermanos, en constante pelea y ebullición, sigue hasta hoy. Townshend es el compositor del noventa por ciento de las canciones de The Who, pero reconoce en sus memorias que Daltrey es el líder que ha logrado mantener viva a la banda. En una de sus clásicas peleas la reconciliación llegó cuando el cantante le dijo que su mayor objetivo en la vida era cantar las canciones del guitarrista. Cuando en 2003 Pete tuvo una sonada acusación por consumo de pornografía infantil, cargos que después fueron retirados, quien estuvo a su lado fue su amigo Roger. Le dedicó la canción “Stand by me” (Quédate conmigo) del álbum Endless Wire, aunque luego dijo que era para su novia. Una de las conclusiones de esta historia se encuentra en el capítulo quinto de esta excelente biografía. Daltrey está seguro que tomó la decisión correcta cuando se fue de su casa para dedicarse a la banda. Si no lo hubiera hecho The Who no hubiera existido y “el mundo estaría hoy lleno de discos de Townshend en solitario”.

MI HISTORIA: Memorias del fundador de The Who, de Roger Daltrey. Libros del Kultrum, 2019. Trad. Manuel de la Fuente. Barcelona, 307 págs.

A golpes

Un gerente de la discográfica norteamericana que había contratado a Daltrey y a Townshend, concurrió a un ensayo. Pete, que había bebido una botella de brandy, y Roger, se estaban insultando. Pete lo atacó con su instrumento mientras Roger le dio un golpe en la boca y lo desmayó. Una ambulancia trasladó al herido. El gerente preguntó “Por Dios, ¿siempre es así?”; Keith Moon dijo “No, hoy están de buenas”.

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