Valiosa reedición

Robert Capa: el que no dudó en ir hacia la metralla

El libro de memorias del fotógrafo de guerra Robert Capa llega ahora en lujosa edición y con abundantes fotografías.

Robert Capa
Robert Capa y su foto antes de desembarcar en Normandía

Una suma de episodios fortuitos convirtió a Robert Capa en el fotógrafo de guerra más famoso del siglo XX. En mayo del 1931, a los diecisiete años, debió abandonar Hungría luego de ser arrestado por pertenecer a un movimiento estudiantil de izquierda. Quería ser periodista y se inscribió en un instituto de Berlín, pero la debacle económica de su familia lo obligó a abandonar los estudios y a trabajar como mandadero en una agencia gráfica, donde aprendió el oficio de fotógrafo. Al año siguiente lo enviaron a Copenhague a intentar fotografiar a León Trotski durante una conferencia y, pese a la resistencia del líder ruso, consiguió una foto muy difundida. Pero el ascenso de Hitler lo llevó a París, donde conoció al escritor húngaro Imre Kertész, a los fotógrafos Cartier-Bresson, David Seymour, y a la refugiada alemana Gerda Phorylle, de la que se habría de enamorar y con la que encarnaría una pareja profesional y romántica que se volvería célebre.

Húngaro de origen judío, Capa nació bajo el nombre de Endre Friedman el 22 de octubre de 1913 en Budapest. Y volvió a nacer en París bajo el nombre de Robert Capa a sugerencia de Gerda, que también adoptó el de un joven artista japonés, Taro Okamoto. Capa le enseñó a ella a manejar una cámara fotográfica y ella salió a vender las fotos de su novio con muy poca suerte hasta que se las atribuyeron a un exitoso fotógrafo norteamericano cuyo nombre sonaba parecido al del cineasta Frank Capra, que acababa de ganar varios premios Oscar en la academia de Hollywood.

En 1934 Robert Capa y Gerda Taro eran dos jóvenes buscavidas de 21 y 24 años con suficiente imaginación para vivir de una mentira en un continente saturado de mentiras. Dos años después fotografiaban la guerra civil española y tomaban la instantánea más discutida de la historia, difundida por la revista Life: “Muerte de un miliciano”, el momento en que un anarquista recibe el impacto de una bala, hasta el día de hoy atribuida alternativamente a Capa o a Gerda, a la realidad del combate o a una escena armada. Meses después, en una retirada del ejército republicano, Gerda murió aplastada por las orugas de un tanque y Capa prolongó su trabajo en cuatro guerras más: en 1938 cubrió la invasión japonesa a China, entre 1941 y 1945 fue fotógrafo en varios frentes aliados de África y Europa, en 1948 fotografió la primera guerra Árabe-Israelí, y en 1954 la primera guerra de Indochina, en la que murió al pisar una mina de contacto. Tenía 41 años.

Desenfocado

La fotografía, dijo en una oportunidad, “es el recorte de un suceso completo que mostrará a quien no haya estado presente una realidad más auténtica que la que pueda deducirse a partir de la escena completa del suceso”. Su talento con la cámara sin embargo, no desplazó su vocación por la escritura. Escribió una crónica adulterada de sus días durante la Segunda Guerra Mundial bajo el título Ligeramente desenfocado, que ahora regresa en una edición española ilustrada con sus fotografías. La primera edición es de 1947, cuando ya había probado fortuna en los estudios de Hollywood —como aprendiz de director y productor, pero todo lo aburría— y vivido un romance sin futuro con Ingrid Bergman, del que tomó nota Alfred Hitchcock, entonces confesor de Ingrid, para incluir en el argumento de La ventana indiscreta.

Unas pocas señas bastan para hacerse una idea de que Capa se codeó con tipos bastante célebres como John Houston, Grace Kelly, Ernst Hemingway, John Steinbeck, Cartier-Bresson, Pablo Picasso y otros, y que entre guerra y guerra vivió algunas temporadas de glamour a cuenta de la fama de su talento, de su picardía y de su coraje.

El título del libro es una alusión a “Las magníficas once” fotografías que sobrevivieron, primero a las metrallas alemanas durante el desembarco de los aliados en Normandía, y luego al excesivo secado de los negativos que aplicó un asistente de laboratorio a las 134 tomas de la invasión sobre la playa de Easy Red. Las rescatadas quedaron, en efecto, algo fuera de foco, pero dieron al mundo el único testimonio gráfico de aquella sangrienta primera oleada en la que Capa bajó de los lanchones con los soldados y enfrentó el fuego masivo del enemigo.

Escribió el libro pensando en una futura adaptación cinematográfica porque está con las claves del cine de guerra que produjo Hollywood: diálogos rápidos y mordaces, secuencias bélicas alternadas con mesas de póker y borracheras, camaraderías masculinas, intrigas románticas, episodios crueles y mucho alarde. Un buen corresponsal de guerra ha de ser un buen fanfarrón, parece justificar Capa, o dejará de cobrarle renta a las muchas oportunidades en que estuvo a punto de perder la vida.

Su libro arranca en el verano de 1942, mientras se encuentra deprimido y sin motivos para levantarse de la cama en un pequeño apartamento del Greenwich Village de Nueva York, acusado por el Departamento de Justicia de ser un potencial enemigo extranjero. Carece de papeles y de dinero, y una carta de la revista Collier’s le acerca 1.500 dólares si es capaz de embarcarse en 48 horas en un barco que parte a Inglaterra, para realizar un proyecto especial. La edición que llega a Montevideo no tiene ninguna sobrecubierta, pero en la Introducción, su biógrafo Richard Whelan se encarga de aclarar que en la que cubría la publicación original, Capa anunciaba el pacto de lectura que merece todo lector: “Escribir sobre la realidad es obviamente muy difícil —decía—, así que me he tomado en su honor la libertad de a veces traspasarla y otras no llegar a ella. Todos los sucesos y personajes de este libro son fortuitos y están conectados de algún modo con la realidad”.

Ligeramente desenfocado es ligeramente ficción, pero tiene el tono vívido de una crónica con buenas descripciones de tipos y ambientes, y un recorrido intenso por el frente del norte de África y los combates en el desierto contra las tropas del general Rommel, poco después narra el desembarco en Sicilia y Nápoles, la difícil marcha hacia Roma, y finalmente su peligroso arrojo en el Día D, la recuperación de París, el avance hacia el corazón de Alemania. Entre medio, hay una sucesión de desencuentros románticos con una muchacha que fuera de las páginas del libro estaba casada con un actor anglo argentino llamado John Justin, y con la que teje una historia de amor interferida por la guerra.

Es un libro atractivo, entretenido, y con algunas preguntas interesantes dibujadas al calor de su testimonio, sobre el lugar del fotógrafo en los campos de la muerte. Decía Capa a sus colegas: “Si haces fotos que no son lo suficientemente buenas es porque no estás lo suficientemente cerca”. Pero no dijo qué extraño orgullo lo justifica.

LIGERAMENTE DESENFOCADO, de Robert Capa, La Fábrica, 2018, Madrid, 322 páginas. Distribuye Océano.

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