El regreso de un olvidad0

Richard Yates: retratos de la soledad

Cuentos de un narrador de precisión selectiva, llano y directo.

Richard Yates

Hace dos años la editorial Fiordo publicó Stoner, la novela de un olvidado escritor norteamericano llamado John Williams, y logró interesar a más de veinte mil lectores. Ahora ha vuelto a apostar por otro postergado, Richard Yates, cuyo libro de cuentos Once tipos de soledad, a poco de llegar a las librerías de Buenos Aires va por su segunda edición. Cabría sumar los nombres de H. C. Lewis y su exquisita nouvelle El caballero que cayó al mar, o los cuentos de Lucía Berlin (Manual para mujeres de la limpieza) a esta nueva tendencia editorial que, originada en Estados Unidos, se prolonga en Madrid, Barcelona y Buenos Aires, en su mayoría a través de editoriales independientes: la recuperación de narradores perdidos en la literatura norteamericana, bajo el sostenido empeño de ofrecer buena literatura.

Richard Yates nació en Nueva York en 1926 y murió en Alabama en 1992 sumido en la pobreza, con serios problemas de alcoholismo. Combatió en la segunda guerra, enfermó de tuberculosis en Francia, y de regreso a Estados Unidos fue guionista en Hollywood. Durante un tiempo escribió los discursos de Robert Kennedy, hasta el asesinato de su hermano, John Fitzgerald, en 1963, y durante el último tramo de su vida dictó talleres de escritura en varias universidades. Dejó escritos y publicados nueve libros, entre novelas y cuentos, celebrados por Tennessee Williams, Dorothy Parker, Kurt Vonnegut y Richard Ford, entre otros, lo que le dio fama de ser un escritor para escritores. Su novela Revolutionary Road fue finalista del National Book Award en 1961, y mucho más tarde, en 2008, llevada al cine por Sam Mendes (en Hispanoamérica se dio a conocer con el título Solo un sueño), pero la admiración de sus colegas no eximió a Yates de caer en el olvido hasta hace pocos años, cuando sus libros volvieron a reeditarse.

Once tipos de soledad fue publicado por primera vez en 1962 y muestra un narrador de una precisión selectiva, capaz de envolver sus temas en varias bandas de silencio y los silencios en detalles de una transparencia conmovedora. La crítica ha comparado los cuentos de Yates con los cuadros de Edward Hopper, y es que sus personajes podrían atravesar sin violencia los concentrados escenarios del pintor. Una maestra llena de buenas intenciones choca una y otra vez contra el duro resentimiento de un niño criado en un orfanato (“El doctor Jack-ó-Lantern”), una secretaria a punto de casarse enfrenta las dudas sobre su prometido y queda a las puertas de su futura soledad en “Lo mejor”, uno de los más patéticos cuentos del libro junto a “Ningún dolor”, la historia de una esposa que rompe su fidelidad luego de cuatro años de sostener el ánimo de su marido, internado en un hospital para tuberculosos. La tuberculosis y el hospital regresan en “Fuera el viejo”, como el escenario escolar vuelve en “Divertirse con desconocidos”, solo que esta vez para retratar la soledad de una maestra eficiente pero despojada de emotividad, percibida desde el conjunto de sus alumnos, de un modo similar a los soldados que encuentran en el sargento de “Jody tuvo suerte” un líder empeñado en hacerlos mejores, pero incapaz de provocarles admiración. Las secuelas de la guerra pueden rastrearse en “El hombre B.A.R.”, un talentoso músico de jazz reparte una desilusión ética entre sus seguidores en “Un estupendo pianista de jazz”, y el taxista de “Constructores” arrastra hasta la vileza a un incipiente escritor acosado para que escriba sus anécdotas. Hay dos cuentos que retratan con detalle el bochorno de los empleados al ser despedidos y ambos comparten una infrecuente y fina captación de esa amarga ofensa al orgullo (“Un perdedor nato” y “El luchador y los tiburones”).

El lenguaje de Richard Yates es llano y directo, y su inteligencia narrativa acompaña la de Hemingway y Cheever. Sus reflexiones van por dentro de la trama y no adoptan otras figuras que las de su argumento, el retrato de los gestos, las actitudes, la descripción de un peinado, un traje, los distintos modos de callar. Si al menos dos relatos, “Lo mejor” y “Ningún dolor” dan una completa idea de perfección, es por la concentración absoluta en los detalles reveladores de lo que el cuento se propone expresar. Se diría que Yates encarna, con excelencia, esa otra voz de la literatura norteamericana que a diferencia del gótico sureño —oscuro y denso, destazado por las tensiones sociales y los delirios personales— toma la vida corriente como el relato de una comedia que con sus hallazgos y desolaciones se agota en una irredenta soledad.

La editorial Fiordo promete para este año la publicación de otro libro de cuentos de Yates, Mentirosos enamorados. Cabe esperar que también vuelvan a circular sus novelas, algunas de ellas, como Las hermanas Grimes, (también conocida con el título Desfile de Pascua) que inspiró a Woody Allen para realizar su película Hannah y sus hermanas, y Vía revolucionaria, ambas traducidas por Alfaguara en 2008.

ONCE TIPOS DE SOLEDAD, de Richard Yates. Fiordo, 2017. Buenos Aires, 259 páginas. Distribuye Escaramuza.

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