Poéticas

Una realidad con o sin mamut

Aunque la frase es ambigua: la poesía no crea mamut. Crea realidades de mamut.

Eduardo Milán
Eduardo Milán

¿Era real el mamut que creó la poesía? La frase es ambigua: la poesía no crea mamut. Crea realidades de mamut, sus cosas de lenguaje. Pero el grito ante la presencia o la ausencia aterradoras, un grito que se vuelve repetitivo como elemento de conjuro, ritual de alejamiento, protección mágica: esas cosas no se las quita nadie a la poesía. Se llaman lo bailado. En la carga magnética que supone el regreso del sonido a una posición similar a la inmediatamente anterior —que nunca es la misma como vino a recordar el minimalismo— se tiene el antecedente más lejano de la poesía vinculada a la REPETICIÓN. Se diría que en la repetición está el germen de la poesía considerada desde el punto de vista del lenguaje verbal, un poco bruto, un poco elemental o mucho, siempre magnético, con esa voluntad hipnótica que tiene la palabra dicha en voz alta una y otra vez sin ser idéntica. Otra cosa es el valor que se le adjudica desde un punto de vista conceptual, la dimensión que alcanza en ese nivel. Desde ese grito-ante-mamut el sentido de la emisión ya es positivo: se trata de una afirmación de la presencia de otro o de mi propia afirmación ante la presencia de otro, en este caso amenazante. La afirmación, el valor positivo de la palabra ya poética tiene su origen, entonces, en el reconocimiento del otro y luego en el re-conocimiento del Otro, es decir, en el Otro reiterado en su presencia, y en el reconocimiento de mi propio miedo y luego en el re-conocimiento de mi propio miedo (ante el otro) y luego ante sí mismo que es ya el momento de condensación del acto poético: el re-conocimiento ante sí mismo como un acto autónomo del Otro, válido en sí (pero que en algún lugar recuerda al Otro o, a los efectos de este tema que trato aquí, recuerda la ausencia del otro). En el recordar o en el olvidar la ausencia está el comienzo de la práctica de la dialéctica inclusión/exclusión, vale la pena recordar en estos días lácteos sin dialéctica que una. Pero ese Otro que alcanza la mayúscula por ser un concentrado de conocimiento y de reconocimiento —es decir, de memoria— podría pasar con el tiempo a ser institucionalmente ese Gran Otro de Lacan que se le atraviesa a Žižek cada tres diosas de Hollywood. Es decir, se vuelve en la palabra poética sinónimo de jerarquía. Y la palabra poética se carga de verdad con ese Gran Otro, es decir, en este caso, con el aliento de Dios, verdad primera y última según la tradición judeo-cristiana. La comodidad que adquirió la palabra poética como desplazamiento en el lenguaje de la verdad del dios —estaba sentada a su extrema derecha original y no al intento de regreso de estas extremas derechas de hoy— no vuelve a adquirirlo nunca más luego de comenzado el proceso de secularización del mundo cuando Roma adopta el cristianismo como religión y con Roma el mundo Occidental. Período breve de la poesía, ese de palabra-con-o-sin-mamut.

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