Con Martín Buscaglia

"Es más punk hacer una canción de amor"

Los libros preferidos, los músicos que le gustan y que lo influyen, la infancia, los caminos que transita para mantener su libertad creativa, y sus planes futuros. Siempre buscando "sonreír para desacomodar"

Martín Buscaglia. Fotografía: Fabián Bia
Martín Buscaglia. Fotografía: Fabián Bia
Con Pippo Spera
Con Pippo Spera
Con los Bochamakers. Fotografía: Abril Rodríguez
Con los Bochamakers. Fotografía: Abril Rodríguez

Como un misil teledirigido, Martín Buscaglia (Montevideo, 1972) apunta hacia donde quiere llegar. Hijo natural del grupo uruguayo Canciones para no dormir la siesta, acepta con soltura su herencia y se aplica a un arte propio, colorido, personal. Su música, festiva, puede ser pegajosa, política y hasta anticlerical, igual que su discurso y su actitud en el escenario.

—Hay algo recurrente en tus canciones, un clima que se repite. Hablo de felicidad, amor, exaltación, búsqueda de trascendencia, epifanía. ¿Qué es, de dónde viene?

—Es así. Por un lado pienso que debe pasarle a cualquier artista, y dentro de la música a cualquier músico que tenga una esencia nítida y clara. Le pasa a los músicos que a mí me gustan, puedo ver eso en su obra, sus obsesiones. No sólo líricas, también en las melodías, las armonías, el sonido. Y cuando se alejan de eso es notorio porque es un alejarse justamente de algo que ya es propio de ellos. En mi caso también es claro. Veo sin dudas la cosa de la epifanía, de la trascendencia. Lo busco conscientemente en lo cotidiano, por ejemplo cuando toco en vivo: me encanta saber que estoy a punto de vivir un momento que contiene la posibilidad de que se genere una noche única. No siempre podés generarlo, y esa cosa singular puede ser muy mínima, puede pasar en una canción, te puede pasar con el público, a vos contigo mismo, con otro músico de la banda, o con tu instrumento. Pero esa posibilidad está siempre latente. El arte y el amor son herramientas que tiene el ser humano para trascender. Es lo que nos diferencia del resto de la fauna, un momento que te eleva, que te muestra una cosa más grande que vos. Por algo las religiones hacen tanto hincapié en el amor y apelan tanto a la música. Siempre fui consciente de que la música y el amor son inherentes al hombre y lo ayudan a trascender. Y supongo que por eso aparece en mis letras. Si me fijo en los escritores que más me gustan, eso siempre está. Pienso en John Cheever, por ejemplo, un novelista sublime, cuyos relatos pueden transcurrir por un canal oscuro, o aparentemente abstracto, pero siempre en un momento aparece esa cosa jubilosa, epifánica.

—¿Y de dónde viene ese mundo onírico, colorido, exuberante, infantil incluso, que se ve en tu obra? ¿Cuánto hay de vos ahí?

—Todo. Creo que el mundo es exuberante. Y al tocar hay inevitablemente una cosa celebratoria. No entiendo cuando veo a un músico tocando con gesto adusto, que parece que está sufriendo, o de mal humor, o muy concentrado para hacer algo muy difícil. Lo encuentro sospechoso. Para mí la instancia de pararte en un escenario y generar esa comunión con la gente tiene que ser sí o sí celebratoria, sino no lo hagas, quedate en tu casa atormentándote, que igual es válido. Y lo que decís de lo infantil también es cierto. Hay una pureza radiante en la infancia, que es con la que consciente o inconscientemente busca conectar el adulto, sobre todo si se dedica a lo creativo. Esa cosa que tiene el niño que es un artista absoluto, hace un dibujo, y después si quiere lo raya o lo rompe, porque no teme que se le agote, sabe que va a hacer otro al día siguiente. Esa capacidad es a la que un poco intentás volver de grande. Creo que los artistas poderosos son los que tienen el link a la infancia. No es que sean naif, es otra cosa. Puede ser visto como algo lúdico, pero no es eso. No es jugar, ni es querer ser inocente, porque no existe esa posibilidad, ya. Es conectar con esa pureza radiante que hubo en un momento.

—¿Qué tipo de niño fuiste?

—Siempre tuve dos lados marcados. Uno, el más sabido de creatividad. O sea, nunca quise ser otra cosa que no estuviera relacionada a lo que hago hoy. Y lo practicaba: tenía una murga en el barrio, componía, escribía cuentos, tocaba, desde que tengo memoria. Pero al mismo tiempo que tenía ese lado cultural, o más sofisticado en comparación con otros amigos del barrio, igual tenía el barrio siempre. Acá, en Villa Dolores, en La Mondiola. Pasaba mucho en la calle, jugaba al fútbol, me agarraba a piñas. Y ya en la adolescencia recuerdo buscar conscientemente un equilibrio entre esas dos caras. Cuando veía que estaba muy copado con la noche, y con el malandraje, y con ciertos amigos que muchos de ellos terminaron bastante mal, pasados de drogas, o presos, o simplemente gordos y pelados haciendo algo sin ningún swing siendo que de jóvenes eran radiantes... Bueno, lo que recuerdo de mi adolescencia es que cuando me iba muy a ese lado, que me atraía mucho, me daba cuenta de que tenía que balancearlo con el lado más nerd. Y al revés también. Si estaba demasiado en el mundo intelectual decía "ta, tengo que irme un fin de semana con estos amigos malandros a acampar y tomar vino". Siempre busqué ese balance. Siempre supe que una cosa sin la otra no iba a funcionar del todo.

SONREÍR PARA DESACOMODAR.

—Apelás a lo lúdico constantemente, es una actitud a flor de piel. Aparte de cuestiones familiares evidentes, seguro habrá cosas más sutiles en la construcción de una personalidad así.

—Sí. Yo considero que todo va un poco en el gesto, en la actitud. Si un cura diera misa cagándose de risa parecería un juego, y en realidad como se viste de determinada manera, pone cara de crucifixión y suena la música, resulta solemne. Hay un músico brasilero, André Abujamra, que tiene un tema que dice "es más fácil ser triste que alegre". Yo comulgo mucho con eso. Está todo puesto para que el arte parezca valedero si el tipo luce atormentado, si lo que hace parece difícil. Pero es al revés, al final es más punk hacer una canción de amor, sonreír y bailar, que vestirte de negro y gritar y putear. A veces es más violento, y más revolucionario, y más desacomodante, sonreír y fluir. Me parece bastante obvio en el estado actual de la música. Yo por ejemplo suelo tocar como hombre orquesta, una cosa con mucha electrónica y mucha complejidad técnica. Pero lo hago disfrutando, gozando. Si lo hiciera serio y con unos lentes de marco grueso podría venderlo como una instalación de música contemporánea, y escribir todo un texto previo, de esos que parecen la traducción de un filósofo alemán. Lo mismo que hago podría ser visto de otra manera solo cambiando el gesto y el look.

—Hay casos de padres exitosos que dejan una impronta excesiva en sus hijos. Tú lidiás bastante bien con ese tema. ¿Cómo es moverse por esa zona, recibir esa herencia sin padecerla, aceptarla sin que te anule?

—Es que yo no sé cómo es ser de otra manera. En mi caso esos elementos siempre fueron alas. Sería una tristeza que solo pudiera repetir lo que me llegó vía familiar. Es algo que nunca me pesó, como tampoco le pesa a otros artistas. Porque hay ejemplos de los dos tipos. Está Julian Lennon, que nunca pudo despegarse de la figura de su padre. Pero está Eli-u Pena, que lleva muy bien la herencia del Príncipe. O Dante Spinetta, que me encanta. Lo escuchás y te das cuenta que es el hijo del flaco Spinetta, pero al mismo tiempo hace otra cosa, va por un lugar diferente. Por otro lado a veces siento que hay una fantasía con eso de que el arte tenga que ser distinto a cualquier otro oficio. En cualquier otra área es muy común que las familias continúen un oficio. Es como se hizo el mundo. El carpintero, que su padre y su abuelo ya eran carpinteros. En ese sentido seguir una tradición familiar alude a elementos con los que crecés y te manejás, ciertas cosas que te gustan, formas de comportarte. Y eso se da en muchos artistas, aunque no lo tengas presente. Ahora que toco en otros países, mi cosa familiar sólo se sabe si la cuento. A veces lo hago, y para ellos es un descubrimiento absoluto. No tienen idea de dónde vengo ni quiénes son mis padres.

—Hay como un candor en tus letras, que no es tal y algún distraído puede tomar por ingenuidad. Jugás al límite, llevás la poesía a la frontera donde termina lo poético y empieza lo cursi. ¿Cómo hacés para manejarte en esa zona?

—No sé, pero es como decís. A veces me parece más interesante hacerlo así. No hay que quedarse en las palabras estrictamente correctas. Al revés, la música es un misterio, y tiene que seguir siéndolo. Tiene que haber un enigma, una doble lectura. No porque haya que escribir todo metafóricamente. Es porque si una obra es buena, siempre podés seguir escarbando y encontrando algo nuevo. Un libro bueno podés leerlo toda la vida, y siempre es un libro diferente. Porque vos cambiás y lo lees distinto. Una canción buena es así. Por eso podés tocarla en una guitarra acústica o en una versión hardcore, y va a estar buena igual. Esa búsqueda me interesa. Que lo que parece simple pueda llegar a ser lo que más laburo tiene atrás. Y al revés, que algo que parece muy intrincado esté construido con tres elementos nada más. Me gusta eso de pasar una carta por abajo de la puerta. Es sutil, yo no quiero que esa carta la reciba todo el mundo. Me interesa tocar para un montón de gente que va a conectar, no para el resto. Y está todo bien, no hay nada que sea para todos. En mi disco El evangelio hay un tema que se llama "Trivial Polonio", y toda una mitología polonesa con la que me pueden llegar a asociar. Una vez Mandrake Wolf me dijo "loco, otra vez con el Cabo, no rompas las bolas". Y yo le dije "no, al revés, como hago lo que se me antoja, no voy a dejar de cantarle otra canción al Polonio porque alguien pueda decir otra vez con el Cabo". Si no terminás haciendo lo correcto. Lo pulcro. Lo que subrepticiamente los demás quieren que hagas. Siendo los demás: el público, un crítico, un colega. Hay como una manera que está bien, y otra manera que te desacomoda más. El arte poderoso desacomoda.

EL ESTAMPADO Y EL SILLÓN.

—El Polonio es uno entre tres o cuatro temas que se repiten, no sólo en tus canciones: en tus entrevistas, en tu cotidianeidad. Son muy recurrentes, otro son los amigos, otro el amor físico...

—Sí, lo carnal. Para mi lo carnal tiene una cosa mística, lo asocio a una posibilidad de trascendencia que te da la naturaleza. Por eso es imposible que me caiga bien el papa Francisco. Un tipo que es virgen no puede hablarme de nada, porque está coartando una posibilidad que la propia naturaleza, que siempre va a ser más sabia, le dio. Entonces es como un discapacitado pero en el sentido más extremo. Y la amistad sí, claro, sin dudas. Es poderosa, y sé que es recurrente en mi arte. Cuando toco en vivo a veces leo una poesía de Tom Lupo, que dice que uno sólo debería ser amigo de gente de la que pueda ser maestro o discípulo. Y por lo menos en la música lo veo así. Poder exigir al otro creativamente, y que el otro tenga un nivel tan alto que te obligue a estar a su nivel. Hay que tocar con músicos que sean mejores que vos. Y de hecho hay que ser amigo de gente que sea mejor que vos, en algún aspecto. Para crecer, para mantenerte despabilado.

—¿Qué tiene que tener una situación, una experiencia, un recuerdo, algo, para que hagas una canción con eso?

—No hay requisitos, y no hay un tema menor que otro. Podés tener una experiencia reveladora con un papel de chicle que encontraste tirado en un charquito en la vereda. Y obviamente podés tener una experiencia reveladora en un lugar más propicio para eso, como una montaña. Pero no va en el tamaño ni en el colorido, ni en la fastuosidad del evento, la profundidad que ese evento pueda contener. Así como no va en la distancia recorrida la distancia que recorrés internamente en un viaje. Podés irte de excursión en bici por dos días, y te pareció que estuviste un mes. Es lo mismo con una canción, podés hacerla hablando de una temática muy trascendente, pero también podés hablar del estampado que tiene ese sillón viejo, e igual llegar a un lugar nuevo o emotivo.

—Claro, pero no todos los estampados terminan en canción.

—Y bueno, pero eso se hace entre los dos, se completa entre el sillón estampado y el ojo que lo mira. Y eso depende del contexto. Vos para leer un libro elegís el momento, te relacionás con él cuando sentís que es el momento indicado. Cambia mucho eso, el mismo estampado en el sillón, el mismo papel de chicle... un día es simplemente mugre en la vereda. Y otro día es "pa, mirá ese color desteñido que parece una aurora boreal, y me hace acordar a aquel amor que nunca volverá". Entonces por cada canción que hagas hay siete mil millones de canciones. Una por cada persona del mundo que vaya a escucharla, y lo que le vaya a pasar. Y al mismo tiempo eso multiplicado por cada minuto de cada día. La sensación cambia siempre, nunca es la misma.

—Te veo constantemente lanzando una metáfora en tus canciones. Hay un mensaje que, con matices, es más o menos el mismo y apunta a cierto lugar relativamente específico.

—Yo sé que todo lo que componga está relacionado con la vida cotidiana, y puede ser aplicado a cualquier otro evento de la vida cotidiana. Es una prerrogativa de la existencia, el intentar expandirte. Y al mismo tiempo es imposible, no te podés escapar nunca de vos. Entonces a mí específicamente como compositor me interesa ese intento condenado al fracaso. El decir voy a irme de mí, voy a llegar a otro lugar. Eso puede ser intentando escribir de otra manera, tocar de otra manera, lo que sea, y al mismo tiempo haga lo que haga voy a ser yo siempre. Aunque toque con una orquesta sinfónica, aunque arme un grupo de cumbia villera: no va a ser tan diferente. La fórmula que lo resume es: cualquiera puede hacer cualquier cosa; nadie puede no ser uno. En mi disco "Somos libres" escribí un texto que habla un poco de eso, dice que no hay que dejar de dar la vuelta al mundo, más allá de que uno sepa que la sortija que salió a buscar en realidad está en el jardín de tu casa. Porque esa sortija va a estar solamente si tú volvés de dar la vuelta al mundo. Me parece que tiene un poco que ver con la pregunta. Y te agregaría una cosa que entendí trabajando con Kiko Veneno: me di cuenta de un factor propositivo, o inspirador, que puede haber en lo que yo hago. Es algo que yo no hago a conciencia, pero él sí. Él busca que lo que hace genere una cosa en el que lo escucha que sea propositiva, energizante, que dé "ganas de". Quiere que eso que está grabando te haga bien, que te ayude. Aunque sea un tema triste. Él, que es un maestro y un punky rebelde, para nada un cantautor melódico de colores básicos. Pero igual su experiencia vital le hizo darse cuenta de que eso es lo que quiere generar, y creo que yo tengo un poco de eso. Hay casi un lugar común, que es decir que no te gustan las canciones con mensaje explícito. Y yo comulgo con eso pero hasta ahí nomás. Me gustan Renato Ruso, Spinetta, me gusta escucharlos y sentir que están predicando. Y eso sabiendo que distan muchísimo de ser ideales.

HUECOS SIN CONTENIDO.

—¿Qué pensás que dice de vos tu música? Porque es un poco eso lo que...

—La vida es corta, ya está. Tengo una fantasía recurrente, yo le llamo la fantasía del menonita, esos que viven aislados sin tecnología nueva. Yo sé que estoy atrapado en este mundo y no voy a poder cumplirla, pero lo intento. El celular no lo contesto, lo tengo bien bajito, para decir "no lo escuché", ese tipo de cosas. Trato de no mirar series ni fútbol. Es eso, la vida es corta, quiero utilizar el tiempo, aunque sea para andar en bicicleta y no pensar en nada. Pero que ese no pensar sea una cosa mía y no un no pensamiento que me estén transmitiendo en forma de partido de fútbol, en forma de serie, o de "escuchate estos 150 discos que salen por día", y no conectarme con ninguno. Estamos generando chatarra estelar. Como hay espacio, generan lo que llaman "contenidos". Pero es al revés, generan huecos. Estímulos, que la mayoría van a quedar flotando en el infinito, sin transmitir, sin cumplir lo que debería ser su función, conectar con alguien. Son chatarra estelar, satélites mustios. Internet es un poco eso también. Y mirá que yo navego, obviamente, porque eso del menonita es una fantasía, me doy cuenta que estoy atrapado, que puedo zafar pero no del todo. Yo viajo bastante, me encanta viajar a lugares nuevos, conocer, pero no es una cosa ni ahí turística. Lo que más me gusta es el trayecto, el hecho de estar en tránsito, de estar un poco en ningún lugar. El salirme de mí, y ese trayecto hacia una cosa nueva. Me pregunto si es que en esos momentos vas dejando todo, lo que construiste, y estás yendo hacia tu esencia, o al revés, si es un intento vano de escapar de lo que sos. Hay algo en todo esto que para mí es claro, y es que lo que me interesa en el fondo es una cosa más grande que mis canciones. Por las herramientas que tengo, la canción probablemente sea el modo en que pueda llegar a eso más grande. Pero no es el fin en sí mismo.

EL FACTOR PROPOSITIVO.

—Sos hijo de una generación muy idealista, militante, de gente que quería cambiar el mundo y buscó educar a sus hijos para ese mundo que iba a venir, pero que nunca vino. ¿Qué quedó de todo eso en vos? ¿Seguís teniendo utopías?

—Lo veo más microscópicamente. Me parece que lo mejor que puedo hacer para el mundo es ser yo lo mejor posible, y juntarme con gente que tenga una búsqueda similar. Y esa suma de elementos genera una cosa inspiradora, ese factor propositivo que quisiera que tenga mi música. Yo creo más en la inspiración que en la utopía. Ayer miraba ese concurso de canto donde va la gente que imita a otros artistas. Y me dieron ganas de llorar, fue una tristeza horrible ver en qué nos hemos convertido. Ver que todo el poderío de eso que empezó como hablábamos recién, en la prehistoria, en la religión, en la epifanía, hoy se convirtió en esto otro. Pero al mismo tiempo fue inspirador, para no hacer eso, para seguir por este otro camino. Nunca tuve dudas, pero ese tipo de programa me confirma que tengo que estar en las antípodas. Sea para cien personas, para mil, para un millón, no importa. Hoy todo es más individualista y egoísta, y en algún sentido está bien que así sea. Si lográs una felicidad, un sentirte vivo —algo que obviamente incluye tropezar— y te juntás con gente que también camine para ese lado, por ósmosis eso se va a ir agrandando. En el fondo hasta la democracia es una utopía. Es lo más cercano que hemos llegado a algo justo, pero en cierto sentido estamos igual que en la Ilustración o en cualquier otra época. Con la misma precariedad de entendimiento y de capacidades para evolucionar. Tengo cierto optimismo en las cercanías, en las zonas aledañas, en el trabajo personal, pero un pesimismo en la cosa más global. No sé si está en nosotros la capacidad de evolucionar. Capaz que nos da para esto. Para pensar, gozar, disfrutar con el arte y el intelecto, y con la aventura, pero no para dejar de hacer la guerra ni de corromperse ni de tantas cosas terribles. Woody Allen lo explica en la película Whatever works (2009), cuando dice que todas las filosofías y manifiestos del mundo están basados en una premisa falsa, que es que el amor al prójimo es inherente al hombre. Por eso todas fracasan.

—Tenés 42 años, estás en un momento de hacer balances, revaluar tu vida. ¿Qué te dio ese balance?

—Estoy contento, ya sé que no puedo volver atrás, y eso es divino, saber que al menos en lo creativo, en lo que hago públicamente, ya no hay error posible. Voy en un camino en el que ya sólo puedo ser yo, haga lo que haga. Y me encanta sentir que seguí hasta este momento. Que no haya error no quiere decir que haya sólo acierto, ni que toda mi música sea excelente. Lo que digo es otra cosa, se mide con otros parámetros. La canción ya está conmigo, y no siento que necesariamente tenga que hacer un montón de discos más. Con hacer un par más cierro una cosa que ya dice algo, con la evidente imperfección que todo lo que hago tiene. Quiero hacer un par de discos más que tengo en la cabeza, y ahora mi fantasía menonita me hace pensar que con eso puedo cerrar y no hacer más discos. Pero soy consciente de que es una fantasía.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados